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lunes, 3 de diciembre de 2012

El agutí de oro

Entre las sierras de Pacaraima[i] y la de Roraima[ii] y el río Cotingo[iii] vive todavía la tribu de Tauená. En aquella región hay muchos ríos que confluyen para formar el río Branco. En las aguas de esos ríos hay abundancia de peces buenos, pero antes había muchos más, pequeños y grandes, como los surubins [iv] y los pirarucúes [v]. Hasta el pez-buey [vi], que hoy casi ya no existe, pastaba entonces entre las canaranas, en los remansos del agua.
Los viejos cuentan que antes se veían en las riberas de los ríos y lagos muchas garzas, jabirúes [vii], mauaris y muchas otras aves, grandes y chicas; tantas, que era im­posible contarlas. En los bosques de las is­las[viii], erguíanse grandes árboles de las me­jores maderas; también árboles que daban sabrosos frutos y otros por cuyos troncos corrían resinas aromáticas y que con un golpe de cuchillo vertían el precioso látex.
En las hondonadas y boquerones pastaban rebaños de venados, y los jabalíes cruzaban la región de punta a punta. Monos, los había grandes, como los guaribas [ix], y chiquitos, como los saguíes [x]. Había jaguares enormes como bueyes, osos hormigueros y tatúes. Pero el tapir [xi] era siempre la caza preferida.
Los guacamayos [xii] y los papagayos volaban en bandos rumorosos. Los pajaritos no habla­ban, cantaban, llenando el pecho de alegría, y regalaban sus plumajes de colores para que los indios se adornasen y adornaran sus armas y sus hamacas.
¡Ah! Antes, todo era hermoso allí y lleno de colores y de cantos. Antes, los indios vivían allí como en un paraíso que les pertenecía.
Pero eso fue antes de nacer Tauená, cuando era suficiente extender las manos para agarrar un pez en el río, tensar el arco y lanzar la flecha para recoger una pieza, porque eran tantos los animales, que siempre se alcanzaba alguno. Después llegaron los hombres blancos y lo echaron todo a perder: cazaron y pescaron más de lo debido, talaron los bosques, se apoderaron de las tierras de los indios y pusieron alambradas para que ellos no pu­dieran recoger los frutos de la tierra ni pescar en las aguas que habían sido de todos.
Por esa razón, Tauená se hizo tan buen cazador. La caza ya no era abundante y había que arriesgarse para no perderla.
Tauená no tiraba jamás en vano una flecha; jamás perdía la caza que persiguiera. No había cazador que se le comparara.
Cierta noche, su madre le vio afilando la punta de las flechas y le dijo:
-No vayas a cazar hoy, hijo. Hay mucha embiara[xiii] en el moquem, y no se necesita más. Vete con los otros a recoger los frutos del buritizeiro.
-Ya lo sé, madre. Cerca del riachuelo hay muchas frutas. Los pajaritos y los animales van allá a comer los frutos que riegan el suelo. Allá me voy.
-Debes llevar un jamaxí[xiv], hijo, para traer los frutos.
-No, madre. Tauená es cazador... Re­coger frutos de burití[xv] es cosa de mujeres, de los curumins...
-Pero si tus hermanos y tus parientes van...
-Ellos, sí... Tauená, no... Tauená ¡es ca­zador, madre!
Reunió sus flechas nuevas y se fue con los otros que iban a recoger los frutos de burití.
La madre de Tauená no dijo nada, pero pensó que los indios no matan los animales sin necesidad; solamente cazan para alimen­tarse. Si no es así, Cainhamé[xvi], el padre de la floresta, los castiga.
Salieron de madrugada.
En el claroscuro del amanecer, Tauená vio unas sombras que se movían bajo el buritizeiro. Olió caza menuda y esperó. Cuando se hizo de día, Tauená vio un agutí-assú[xvii] hembra, sentada bajo el buritizeiro, royendo un fruto de burití. Hizo señas a los compañeros, pi­diendo silencio.
Armó el arco y disparó la flecha.
¡Qué sorpresa! La flecha pasó por encima del agutí sin tocarla. ¿Qué podía ser?
Era la primera vez que Tauená no acerta­ba a un animal. Sus hermanos pensaron: «¿Qué pasará?»
Tauená preparó el arco de nuevo y ¡ziiim!
Partió veloz la flecha, pero el agutí-assía no se movió. Roía y roía el fruto de burití.
Los hermanos del cazador, las mujeres y los curumins que lo acompañaban rieron ruidosamente y gastaron algunas bromas. Fue entonces cuando el agutí-assú huyó, asustada por el ruido. Tauená partió en su persecu­ción. ¡Cómo iba a perder un agutí-assú de esa hermosura ! En ese momento, un rayo de sol iluminó al animal, que apareció dorado: ¡era un agutí de oro!
-¡Ah, agutí-assú !¡Yo te agarro! excla­mó Tauená, desconcertado.
El agutí de oro corría siempre delante de Tauená, que le disparaba flecha tras flecha, sin que ninguna le alcanzara. El agutí, para despreciarlo, se sentaba en las patas traseras y roía, roía el fruto de burití que llevaba pren­dido entre los dientes. A veces, para descon­certar al cazador, saltaba de un lado para otro, cerca, muy cerca de él. Después corría delante de él, se sentaba de nuevo sobre las patas traseras y roía, roía el fruto de burití.
Tauená distendía el arco, apuntaba y lar­gaba la flecha, que nunca acertaba en el animal, pasando por encima, por sus flancos de oro, por entre sus piernas doradas... Nin­guna flecha lo alcanzaba.
El agutí saltaba y, corría: después se sen­taba sobre las patas y roía, roía el fruto del burití.
Hacía tiempo que Tauená perseguía al agu­tí de oro por campos y bosques. ¿Cuántas horas? ¿Cuántos días?
El agutí-assú de tal hermosura iba siempre delante, saltando y saltando. Luego se sen­taba sobre las patas de atrás y roía, roía el fruto de burití.
Tauená no era un cazador que abandonase la caza perseguida.
Y llegó el momento cuando el agutí permi­tió al cazador acercarse; no se movía del lugar y lo miraba. Tauená se fue acercando, acer­cando despacio, despacito... Se iba acercan­do... El agutí de oro no se movía. Sentada sobre las patas traseras, roía y roía el fruto de burití.
Tauená pensó:
«Ahora voy a poner mis manos sobre ella, voy a agarrar el animalito vivo.»
Era de tal hermosura el agutí de oro relu­ciente al sol. ¡Sería una lástima matarla! No la mataría, no.
Tauená se acercaba..., se fue acercando... Despacio, despacito, extendió rápido las ma­nos y... ¡patatrás!
El agutí de oro saltó y ocultóse detrás de un montón de plantas de bananos.
  ¡Ah, agutí-assú! -exclamó Tauená, y em­bistiendo contra los bananos para agarrarla, pensó rápidamente: «Ahora sí que no huirás más, agutí de oro.»
Ya iba a penetrar por entre los bananos..., cuando de súbito la planta de bananos se transformó en una maraña de espinos grandes y aduntos, enredados entre sí. Cercada en el medio por espinos, surgió una Cunhá de oro como el agutí-assú.
-¡Ah hermosa Cunhá! -exclamó Tauená.
Se abalanzó sobre los espinos para agarrar la Cunhá dorada. Hirióse la cara, los brazos, las piernas, el pecho... Ya no parecía Tauená, el joven y hermoso cazador, el más valiente. Lloraba y reía al mismo tiempo, lacerándose con los espinos.
¡Pobre Tauená! Unas veces veía el agutí dorado y otra vez veía la Cunhá de oro. ¿A cuál elegir por su belleza? ¿A cuál flecharía?
Tauená ya se moría de amores por la Cunhá dorada. Iba a alcanzarla..., extendía las manos..., iba a tocarla... Surgió un espino, otro y otro más. Y la maraña se espesaba más todavía.
Sangraban las manos de Tauená y la Cunhá de oro sonreía, sonreía como fruto de burití.
Cainhamé abrió las manos y trenzó la ma­raña de espinos alrededor de la Cunhd dorada, de la hermosa Cunhá-agutí-assú.
-¡Ah Cunhá de oro! -gimió el cazador.
Tauená corrió por bosques y descampados...
Sus hermanos le encontraron días después, caído en el suelo, febril y desfalleciente. Solo su corazón palpitaba de amor por la Cunhá de oro, la hermosa Cunhá que nadie volvió a ver.
Solamente Tauená, solo él, pudo ver a la Cunhá de oro.

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[i] También Paracaima. Es una gran cordillera en la frontera de Brasil con Venezuela.
[ii] La cumbre más alta de la cordillera es la montaña Roroima o Roraima (2.772 metros de altitud). La palabra Roroima significa, en la lengua de los indios de la región, «Madre de las Aguas».
[iii] Nace este río en la cumbre de la montaña Roroima, en donde se yergue el marco de la frontera de Brasil con Vene­zuela y Guayana independiente.
[iv] Peces sin escamas, de color pardo con motas negras. Llegan a tener tres metros treinta centímetros de largo; más grandes que el pirarucú.
[v] Véase la explicación de la leyenda Cómo apareció la noche.
[vi] Peixe-boi, en portugués. Mamífero del orden de los sirenios, familia de los manátidos. Hay una sola especie en Brasil, que quedó muy diezmada. Encuéntrase en la costa del Norte y en el Amazonas. Vive en los ríos y lagos en donde abunda la canarana, una alta gramínea. Se pa­rece más bien a una foca.
[vii] Es la especie que más se asemeja ala cigüeña de Europa. Ave de patas largas, de cuerpo fuerte y una talla de un metro quince centímetros aproximadamente; el pico es grueso en la base y afilado en la punta, como de unos treinta centímetros de largo. El pescuezo está desprovisto de plumas, negro con la base roja, también sin plumas. El plumaje es blanco no muy claro, y las patas son negras. Aliméntase de peces en descomposición.
[viii] Terreno de planicies con bosques aislados, a los que llaman «Islas de Bosques».
[ix] Son monos corpulentos con barba. Su color es el negro o amarillo oscuro. Hay cinco especies brasileñas del género Alouatta, habiendo otras especies en el continente, norte de Argentina hasta América Central. Viven en bandos de doce, guiados por el más viejo, que la gente llama «capellán». A la mañana y a la tarde, o cuando el tiempo va a cambiar, empiezan a gritar (uiaar) todos juntos en la copa de un gran árbol. Se escuchan sus voces a más de media legua de distancia. Aliméntanse de brotes, hojas y frutos. Tienen gran fuerza en la cola, que utilizan como una mano más. Pueden comer colgados de ella. Las madres son muy cari­ñosas con sus hijos. El jefe «capellán» tiene el encargo de la vigilancia, y si no da la señal de huida a tiempo, dicen que es azotado por los otros del bando.
[x] Bajo este nombre se incluyen todas las especies de simios de la familia hapalideos. En total, unas veinticinco especies en Brasil. El más pequeño, del alto Amazonas, mide dieci­séis centímetros. La cola es muy larga para su tamaño. El pelo es suave, castaño oscuro, con ornatos blancos o rojos en la frente y los bigotes. Son animalitos graciosos y tiernos.
[xi] Mamífero de la familia tapirideos, Tapiris americanus. Es una de las mejores cazas. Puede medir hasta dos metros de largo y un metro de alto. Su color es uniforme, castaño pardo, pero los cachorros son listados con motitas blancas en las piernas y la cabeza. Después del sexto mes de vida el color se torna uniforme. El hocico termina en forma de pequeña trompa móvil. La cola es corta y las orejas son móviles, como las de los caballos. Vive en las florestas, cerca del agua; nada y se zambulle perfectamente. Tiene gran fuerza. Pace y aliméntase de frutas silvestres. Se extiende de la Argentina a Venezuela.
[xii] Aves de la familia psittacideos, de colores brillantes: rojo, amarillo y azul. Viven en grandes bandos en las flo­restas. Son muy ruidosos y vivaces. Aliméntanse preferen­temente de frutos de cáscara dura, que rompen con sus picos, muy fuertes. Aprenden a hablar, pero no tan bien como los loros. Sus voces estridentes repiten siempre «a-ra-ra», lo que dio origen a su nombre en Brasil: arara.
[xiii] Se da este nombre a la caza y al pescado con que se alimentan.
[xiv] Palabra con que los indígenas de la región designan un utensilio que les sirve para el transporte de carga, objetos y productos del cultivo. Lo apoyan en la espalda, para que no se mueva de un lado a otro, y lo fijan por medio de una cinta de fibras vegetales trenzadas a la cabeza y bajo los hombros.
[xv] Palmera del Brasil, de frutos comestibles.
[xvi] Pai-do-Mato, que quiere decir «padre del monte». En la mitología de los indios Taulipangs y sus vecinos, se trata de un espíritu del mal. Toma varias formas, y muchas fechorías le son atribuidas por los indígenas, que le temen mucho.
[xvii] Especie de roedor que llega a tener más de medio metro de largo. Su pelo es amarillo casi dorado, distinto de las especies más pequeñas. Sus movimientos son rápidos y corre a saltitos.

Cómo apareció la noche

Los indios dicen que antes, en el princi­pio de todas las cosas, no había noche. Todo el tiempo era día, siempre día. La noche estaba aún adormecida en el fondo de las aguas. Era una sombra extendida en el fondo del río.
En aquel tiempo no existían animales y todas las cosas hablaban. Todas las cosas que hoy enmudecieron, antes hablaban: las pie­dras, los árboles, las aguas, los caminos... Todas las cosas hablaban.
Todo era día, y por eso nadie dormía. Sucedió entonces que la hija de Cobra Grande[i] se casó con un joven que era hermoso, fuerte y que tenía tres servidores fieles.
Un día, el joven dijo a los tres muchachos:
-¡No os quedéis siempre ahí parados; idos a pasear! ¡Quiero dormir!
Llamó a su mujer y le dijo:
-Tengo sueño. ¡Vamos a dormir!
La hija de Cobra Grande le respondió:
-¡No anocheció todavía!
El marido insistió:
-Bien sabes que no existe la noche; sola­mente hay el día...
-Sí existe -respondió la mujer. Mi padre tiene la noche. Yo no puedo dormir de día. Si quieres que yo duerma también, vete a buscar a la noche, que está con mi padre, allá del lado del río grande, en el fondo de las aguas.
El joven llamó a sus servidores y pidió a la mujer que les explicase lo que debían hacer. Ella les dijo:
-Id a casa de mi padre y traedme lo que él me envíe, pero ¡con mucho cuidado! ¡Con mucho cuidado!
No agradó al marido la insistencia de la mujer y le replicó:
-No necesitas recomendar dos veces lo mismo. Ellos saben hacer lo que se les manda.
Los tres muchachos tomaron inmediata­mente una canoa y partieron, río arriba, hasta llegar al gran río donde habitaba Cobra Grande. A cierta altura del gran río tiraron algunas piedrecitas en el agua, y al rato, Cobra Grande, desde el fondo, se asomó para ver quién llamaba. Al reconocer a los tres muchachos, exclamó:
-¡Ah, ya sé! Vosotros venís a buscar un encargo de parte de mi hija.
Los tres muchachos quedaron muy sor­prendidos al ver que Cobra Grande conocía el motivo de su visita y asintieron con la ca­beza.
Cobra Grande bajó al fondo de las aguas, y al rato regresó trayendo un coco[ii], que les entregó recomendándoles:
-Esto es lo que pidió mi hija. ¡Ahora tened cuidado! No abráis el coco, que está bien cerrado con brea. Si llegara a abrirse, todas las cosas se perderían y también os perderíais vosotros.
Los tres muchachos tomaron de nuevo la canoa para regresar a la casa.
Al rato escucharon un ruidito que provenía del coco: «Ten, ten..., xi, xi..., croá, croá..., cri, cri..., cri, cri...»
Era el ruido que hacen los grillos y los sapitos que cantan de noche.
El más joven de los tres muchachos dijo:
-Veamos, ¿qué ruidito es ese?
El segundo, que dirigía la canoa, retrucó:
-¡No olvidéis que el señor nos dijo que si abríamos el coco, todas las cosas se perde­rían y nosotros también. ¡Sigamos! ¡Sigamos!
Rema que te rema. «Chape... Chape... Chape...», sonaba el remo dentro del agua; pero la curiosidad de los tres muchachos era tan grande que les parecía escuchar al remo decir: «Abrid, abrid, abrid...»
Al rato, el tercero, que había permanecido callado, volvió a oír el murmullo: «Cri, cri..., ten, ten, ten..., xi, xi...»
-Espiemos -dijo. No es necesario de­rretir toda la brea. Hagamos una ranurita..., así, así...- y juntó dos dedos para indicar que solo abrirían una cosita de nada.
El segundo no estaba de acuerdo. Los otros dos insistían e insistían... Pero aquel no quería que se abriera el coco. No era exactamente que no quisiese. Estaba enloquecido por hacer­lo, muerto de curiosidad como sus dos com­pañeros; pero había prometido al padre de la joven no abrir el coco.
-¿Solo por eso? -preguntó el más joven de los tres.
-Nosotros escuchamos lo que dijo el señor Cobra Grande, pero no prometimos nada, ¿no es cierto? -añadió el tercero.
El segundo oía la conversación de sus com­pañeros sin replicar palabra.
-Pues bien -dijo el primero. ¿Qué tene­mos que ver nosotros con Cobra Grande?
Abre que no abre, llegó la hora en que los tres, solamente por ver quién hacía ese ruidito gracioso allí dentro, resolvieron abrir una ranurita en el coco. Reunidos en medio de la canoa, encendieron una pequeña hoguera, colocaron el coco cerca del fuego, y de re­pente, en lugar de una ranurita, toda la brea se derritió por completo en un instante, y cuando quisieron tapar el agujero con la mano, ya era tarde.
En el mismo instante, el día se oscureció.
El que dirigía la canoa dijo entonces:
-¡Estamos perdidos! Ellos sabrán ya que abrimos el coco.
Prosiguieron el viaje en la oscuridad, muy asustados, si bien pronto encontraron el ca­mino de regreso.
La hija de Cobra Grande, a la hora de anochecer, dijo al marido:
-Los muchachos soltaron a la noche; no tenemos más remedio que esperar la llegada de la mañana.
La noche, como era hechicera (Payé[iii], como dicen los indios), consiguió que todo aquello que se encontraba desparramado en la flo­resta se transformase en otra cosa. Las pie­drecitas, los palitos, los árboles secos, las hojas caídas se convirtieron en pájaros y animales. Una cesta que se encontraba al costado de la casa se convirtió en jaguar[iv].
Patos y peces surgieron de todo lo que bajaba por el río. Un pescador con su canoa se convirtió en pato. Un tronco que iba río abajo se transformó en un gran pez pirarucú[v], y así, cuanto vivía en el agua se tornó pez o pato, gaviota o tortuga...
La hija de Cobra Grande y el marido contemplaron a la noche, y él exclamó:
-¿Por qué tu padre guardaba escondida a la noche? Es ahora cuando la gente valora el día.
-Así es -respondió la mujer. Mi padre guardaba a la noche para que las cosas no se extraviasen. Espera a la mañana; ya verás cómo las cosas se vuelven a encontrar de nuevo.
Cuando la estrella del alba apareció en el cielo, la hija de Cobra Grande dijo al marido:
-Ya apunta la madrugada. Voy a se­parar el día de la noche.
Enrolló un hilo de su cabello y dijo:
-¡Tú serás cujubi[vi]!
Y de ese modo apareció el cujubi. Pintó luego la cabeza del cujubi con tabatinga, una arcilla blanca, y de rojo sus patas, y a conti­nuación dijo:
-Cantarás siempre al rayar la madrugada.
Enrolló después otro hilo de cabello, lo salpicó con ceniza y dijo:
-Inambú[vii], te llamas perdiz y cantarás todas las horas de la noche y de la madrugada.
Así fueron creados los pájaros de la floresta por la hija de Cobra Grande.
Enrollaba un hilo de su cabello, y al pro­nunciar un nombre el pájaro aparecía, y entonces ella le daba su canto. Luego, con las tintas que tenía preparadas, pintaba sus plu­mas de todos los colores, de manera que no se pareciesen. Pintó al papagayo[viii] de verde, con la cabeza amarilla; a otros dio un toque­cito rojo; a otros, azul. Pintó al tucán[ix] de negro y amarillo, y fue coloreando así todas las aves que alegran la floresta. Los pájaros comenza­ron a cantar, cada uno a su tiempo: unos durante la noche y todos juntos al amanecer, para que el día llegara alegre y, ¿quién sabe?, tal vez para que se quedase en la tierra en lugar de la noche.
Cuando los tres muchachos llegaron a la casa, el joven marido de la hija de Cobra Grande les dijo:
-Habéis perdido mi confianza, ya que abristeis el coco y soltasteis a la noche, que estaba dentro; por lo cual, todas las cosas se extraviaron y vosotros también, que ahora os habéis vuelto monos...
Apenas terminó de hablar el joven, cuando ya los tres muchachos se habían convertido en monos.
El joven, entonces, añadió:
-...y habréis de andar siempre saltando de rama en rama, y siempre tendréis miedo de la noche.
Dicen que la boca oscura de los monos y la franja amarilla de sus brazos provienen de la brea que tapaba el agujero del coco, que se derritió, escurriendo sobre ellos y deján­doles una marca que les recuerda siempre su mala acción... Por eso, cuando se aproxima la noche comienzan a gritar y a gritar... Dicen que con sus gritos advierten a todas las cosas que pronto van a perderse en lo oscuro... y que ellos también se perderán. ¡No importa! Todo ha de aparecer de nuevo al romper la madrugada, y los tres monos volverán a ser los muchachos de antes; Inambú y Cujubi cantarán otra vez, y el día volverá a alegrarse. ¡Todo el mundo será feliz!

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[i] Mito indígena del Amazonas. Dueña de los elementos, poseía poderes cosmogónicos. La leyenda explica el origen de los animales, de los peces, del día y de la noche. Es parte de los mitos del agua, uno de los símbolos más antiguos y universales.
[ii] En la leyenda es un coco de tucumá, la semilla de una palmera del Brasil.
[iii] Jefe espiritual, sacerdote, hechicero y curandero entre las tribus indígenas.
[iv] El tigre más grande de América del Sur, de piel ama­rillenta con motas negras.
[v] Gran pez de agua dulce, común en el río Amazonas. Tiene, sobre poco más o menos, dos metros de largo, y sus escamas son largas, redondas y fuertes, de color rojo, desde la mitad del cuerpo hasta la cola.
[vi] Ave brasileña del orden de las gallináceas. La cresta es blanca; el plumaje, negro; tiene brillo verde y presenta una mancha blanca en el cuello.
[vii] Designación corriente de muchas especies de aves bra­sileñas de la familia de los tinamideos. En Brasil hay catorce especies de este género, con variaciones en el tamaño y en los colores. Viven en el suelo y vuelan poco; aliméntanse de frutas y de semillas. En el Amazonas hay una especie a la que llaman «inambú-reloj», porque dicen que su canto señala las horas. Seguramente a esa especie se refiere la leyenda.
[viii] Lo mismo que loro. En Brasil hay catorce especies de esta ave de brillante colorido, con predominio del color verde. Vuelan a grandes distancias y tienen la habilidad de imitar el habla del ser humano.
[ix] Ave de pico enorme. Su plumaje es negro con la gar­ganta blanca, amarilla o roja. Algunos tienen el pico verde y negro. Aliméntanse de frutas y de pequeños animales, como pajaritos y ratones. Toman el alimento con la punta del pico y lo tiran hacia arriba para recibirlo de vuelta en la garganta. Vuelan poco y pasan a saltitos de una a otra rama. El manto real de Don Pedro II, emperador del Brasil en el siglo pasado, fue confeccionado con las plumas amarillas de este pájaro.

Ciucí

Un joven indio se hallaba pescando a la orilla de un río, subido a un árbol, cuando escuchó una voz que le llamaba:
-¡Venid acá, nieto! ¡Tengo peces para daros; no necesitáis pescar más!
El muchacho trató de ver quién le ha­blaba y se encontró con una vieja muy fea que estaba allí, bajo el árbol. Era Ciucí, a quien todos conocían pcirque era muy go­losa y comía todo lo que más o menos servía para la alimentación: jabalíes, capibaras, venados, tigres, monos, osos hormigueros, ar­madillos, serpientes, peces, pájaros, frutas, raíces, lagartos y, del mismo modo, también gente.
Ciucí pescaba a la orilla del río, y cada vez que tiraba de la red tomaba a los peces por la cola y los engullía vivos, con cabeza, tripas y aletas, sin escupir ni las escamas. Luego de haber devorado veintitantos pes­cados, vio a un muchacho que se movía dentro del agua. Al instante arrojó la red para atraparle, pero en realidad era la som­bra del joven que se reflejaba en el agua. A pesar de su corta vista, luego de tirar varias veces la red, tuvo sospechas de lo que se trataba y miró hacia arriba. Vio al muchacho sentado en una rama y le ofreció peces para atraerlo. Al verla tan fea, el muchacho sos­pechó algo. Haciendo un gran esfuerzo para sonreír, la vieja replegó los labios en un gesto horrible que le asustó.
El le respondió que no bajaría del árbol; estaba muy bien allí, y ya había pescado suficientes peces, de modo que no necesitaba más, y le daba las gracias.
La vieja insistió, esta vez con tono autori­tario, para que descen-diese del árbol y fuera a buscar los pescados que le ofrecía. El mu­chacho no le contestó siquiera y trató de subir hasta las ramas más altas.
Ciucí se enojó al verle subir, murmurando palabras ininteligibles.
«Esta vieja es hechicera -pensó el mucha­cho. Debe de estar pensando en alguna maldad.»
Era verdad. Al rato, Ciucí envió un en­jambre de avispas para que lo atacaran. El joven indio se defendió como pudo, atacando a las avispas con una rama que arrancó del árbol; mató a algunas y espantó a las restantes.
Ciucí torció el rostro de rabia y se puso a murmurar otra vez.
El indio escuchó atentamente para oír lo que decía, pero no consiguió entender una sola palabra. Pensó:
«La vieja está planeando otra perfidia peor que la de las avispas.»
Quiso bajar del árbol y huir corriendo lo más rápido que pudiera; mas, pensando me­jor, advirtió que era eso precisamente lo que la vieja quería que hiciese para, atraparlo. Lo mejor sería estar atento ante lo que pudiera suceder.
Al rato escuchó un ruido que poco a poco fue creciendo; parecía la suma de muchos pequeños estallidos. El bien sabía de qué se trataba y quedó paralizado por el terror al ver un ejército de hormigas enviado por Ciucí y que iba subiendo por el tronco del árbol. Eran tantas que en seguida vio la im­posibilidad de defenderse. Eran unas hor­migas armadas de espolón, como las avispas. Su picadura es dolorosa; mejor ni pensar lo que puede ocurrir tratándose de un ejército entero.
El muchacho miró haFia el río midiendo la altura para tirarse, pero abajo estaba Ciucí con la red lista para arrojarla al agua en el momento en que él saltase.
Las hormigas subían velozmente: ya al­canzaban la rama donde se hallaba el mu­chacho, y este iba retrocediendo poco a poco, al mismo tiempo que otras divisiones se apro­ximaban. Reflexionó: «No hay nada que hacer sino arrojarse al agua, lo más lejos po­sible de la vieja.»
Preparó el salto.
¡Plaf!
Pensó que había caído lejos, pero al in­tentar nadar se vio preso en las mallas de la red. Debatióse en vano; gritó, procuró liberarse y nada consiguió.
Ciucí lo sacó del agua, suspendiéndole sobre sus hombros, y lo llevó a su casa. Por el camino, el muchacho no cesó de dar pun­tapiés hasta que la vieja lo amenazó con una lluvia de palos si no se quedaba quieto.
La hechicera anduvo el día entero car­gándolo a sus hombros. Al llegar a su casa, ya anochecido, lo dejó en el patio, bien atado dentro de la red, y fue a buscar leña en el matorral. Al verla alejarse, el muchacho gritó pidiendo socorro con la esperanza de que alguien apareciera para salvarlo.
La vieja Ciucí tenía una hija, que a esa hora dormía. La joven despertó ante los gri­tos del muchacho y silió al patio a ver de qué se trataba. Viendo al hermoso indio su­plicándole que lo salvase, se conmovió y le dejó libre. Para engañar a su madre, puso dentro de la red un mortero untado con cera de abejas y recomendó al joven:
-Huid lo más pronto que podáis. Mi madre no tardará en volver, y cuando com­prenda el engaño os perseguirá. Cuando oigáis gritar: «¡Can-can-can-can!», escon­déos, pues significa que mi madre está cerca. Llevaos estos cestos, y si conseguís esconde­ros en lugar seguro, arrojad uno cada vez por donde ella venga, a medida que sea necesario.
La joven le entregó los cestos, uno dentro del otro. El muchacho salió corriendo, y la hija de la hechicera se metió de nuevo en la hamaca y simuló dormir cuando llegó la madre.
La vieja trajo un gran haz de leña y en­cendió una hoguera en el patio. Tomó la embiara -palabra que en la región designa cualquier presa de caza o pesca, en este caso el muchacho- y la arrojó, con red y todo, en la hoguera. Se extrañó de no escuchar grito alguno; pero como la hoguera chisporro­teaba y segregaba un agua espesa en medio del fuego, la vieja no sospechó nada.
Pero pronto notó olor a miel de abejas; entonces advirtió las artimañas de la hija, y sin esperar más salió en persecución del mu­chacho. Este se había adelantado mucho y, creyéndose a salvo, se detuvo a saborear unas frutas dulces. No tardó en oír:
-¡Can-can-can-can !
El muchacho escuchó el grito ya próximo y, recordando la recomendación de la hija de la hechicera, echó a correr; pero cuanto más corría, le parecía oír más cerca:
¡Can-can-can-can!
La vieja se hallaba a unos veinte metros de distancia cuando el muchacho le arrojó el primer cesto. Al caer en tierra, frente a la hechicera, el cesto se transformó en un ja­balí, que ella tomó y devoró al instante. Aún no había terminado de limpiarse con el dorso de la mano la grasa que se le escurría por la mandíbula, cuando partió nuevamente en persecución del indiecito.
Este, al advertir que la vieja estaba a punto de alcanzarlo, arrojó el segundo cesto, que se convirtió en una capibara [i]. La vieja se detuvo, tomó la capibara y la devoró con cuero y todo.
Al rato estaba de nuevo tras las huellas del muchacho.
  -¡Can-can-can-can-can!
El fugitivo le arrojó el tercer cestó, que al caer en tierra se transformó en un venado, que rápidamente echó a correr. La mujer, sin pérdida de tiempo, partió en su perse­cución y le alcanzó a los pocos metros. Lo devoró rápidamente, escupiendo apenas las astas y las pezuñas.
-iCan-can-can-can!
La vieja corría ahora con más rapidez. El muchacho ya estaba agotado de cansancio, mas el miedo que sentía de la vieja hechi­cera lo hizo pensar: «Necesito aguantar un poco más. Tal vez dentro de un momento se canse de perseguirme.»
-¡Can-can-can-can !
Restábanle apenas dos pequeños cestos: tiró el penúltimo al presentirla cerca. Apenás el cesto tocó tierra frente a la vieja, se trans­formó en un armadillo [ii], de esos que se repliegan sobre sí, quedando con el aspecto de una pelota.
La vieja, que a toda costa quería comer precisamente carne de ese animal, juntó al­gunas ramas secas y encendió una hoguera, y antes de que el armadillo acabase de desenrollarse al calor del fuego, se lo comió enterito, escupiendo, como la vez anterior, apenas el caparazón.
Entre tanto, el muchacho había avanzado bastante, pero estaba tan cansado que apenas podía tenerse de pie:
-¡Can-can-can-can!
La vieja estaba de nuevo sobre sus talones. La persecución duraba ya varias horas y el joven sentía hambre y sed, aunque sin poder detenerse para tomar agua siquiera. Se echó al suelo casi sin aliento, pero escuchó de nuevo los gritos:
-¡Can-can-can-can!
El muchacho hizo un esfuerzo supremo y arrojó el último cesto, que al tocar tierra se transformó en un ave mutum [iii] bien gordo. La vieja lo devoró con plumas y todo.
-¡Can-can-can-can !-oyó el muchacho otra vez.
No sabía qué hacer, cuando escuchó un ruido entre los ramajes y vio aparecer una bandada de monos. Les explicó lo que le sucedía y les pidió que lo ocultasen de la vieja.
Los monos, que detestaban a Ciucí, es­taban contentos de protegerlo, y lo escon­dieron en un gran pote de miel que habían robado.
-¡Can-can-can-can!
Al rato llegó la vieja, y buscando aquí y allí, dio con el pote de miel. Lo destapó, olió, olió, metió un dedo y lo chupó. Era miel, sin duda, con olor y gusto de miel; pero no era eso lo que quería, y para no per­der el rastro del fugitivo siguió adelante, siempre corriendo. Momentos después se es­cucharon sus gritos, distantes.
El muchacho salió del pote, enmielado hasta la raíz de los cabellos, feliz por haberse salvado. Los monos le ayudaron a limpiarse de la miel que lo cubría y le indicaron un camino que, según ellos, era desconocido para la vieja.
Anduvo. Anduvo. Anduvo.
Caía la madrugada, cuando escuchó:
-¡Can-can-can-can !
Era ella de nuevo.
En la mayor de las aflicciones, sin saber dónde esconderse, el indiecito vio a la ser­piente Surucucú [iv], enrollada a la salida de su cueva, y le pidió ayuda, refiriéndole lo suce­dido. Surucucú se dispuso a ayudarlo, y lo llevó hacia el fondo de la morada en que vivía, para esconderlo. Permaneció alli quieto esperando que la vieja pasase de largo, cuando escuchó que Surucucú decía a su compañera:
-Luego que la vieja se aleje, nos comeremos al muchacho.
La vieja llegó y preguntó si lo habían visto. Las serpientes negaron y la vieja se fue gri­tando:
-¡Can-can-can-can !
Apenas desapareció Ciucí, el muchacho salió corriendo y pidió auxilio al gavilán Acauán [v], devorador de serpientes, a quien le contó la peligrosa conversación que había escuchado. Acauán se escan-dalizó ante la falta de hospitalidad de las surucucús y decidió ayudarlo.
Voló encima de las serpientes, y de un pi­cotazo mató a una; con un segundo picotazo mató a la otra.
El perseguido partió de nuevo, luego de agradecer debidamente a Acauán. Prestan­do atención a su alrededor, abrigaba la es­peranza de que la bruja dejase de perseguirlo. Aguzaba los oídos sin escuchar nada. Final­mente, alcanzó la orilla de un gran lago lleno de plantas acuáticas: enormes victorias reglas [vi], con hojas de más de un metro de diámetro, abrían lentamente los pétalos se­dosos y, cerrando las corolas, se sumergían en el fondo de las aguas.
Aplacó la sed que lo atormentaba y se sentó en la orilla a descansar.
Al despertar de un buen sueño contempló una bandada de garzas azules [vii], que se posó cerca. Había una garza grande que dormi­taba sobre una sola pierna; a juzgar por el respeto con que las otras la trataban, parecía ser el cacique del grupo. Aproximóse a ella y le pidió que lo transportara a la margen opuesta del lago, ya que se encontraba per­seguido por la hechicera.
La garza se dispuso a ayudarlo a librarse de la vieja india, golosa como nadie.
El ave tomó su aturá, el gran cesto cilín­drico que los indios cargan, sostenido por una cinta de lianas trenzadas que pasan alre­dedor de la frente, e hizo que él se acomodase dentro, cargándolo luego en su espalda.
Levantó el vuelo, y era un hermoso es­pectáculo ver aquella gran garza azul, con las alas abiertas, llevando al joven en el cesto. Hasta los cocodrilos quedaron boquiabiertos de admiración.
La garza azul atravesó el lago y se posó en un árbol altísimo cuyas ramas parecían tocar el cielo. Allí dejó al muchacho, que sólo así consiguió librarse de la persecución de la malvada hechicera Ciucí.

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[i] Es el más grande de los roedores. Tiene un metro de largo; de color pardo. No tiene cola. Las orejas son peque­ñas. Vive cerca del agua y nada muy bien. Es herbívoro y gusta del arroz y del choclo, por lo que causa daños en las plantaciones.
[ii] En Brasil lo llaman tatú. Hay veintidós especies de este animal, que presenta el cuerpo recubierto de una co­raza compuesta de pequeñas placas duras. Los dedos ter­minan en garras afiladas, con las que se defiende muy bien. Excava galerías bajo tierra, en donde vive.
[iii] En Brasil se llama así a esta ave de la familia de los cracideos. Vive en los árboles, y sus plumas son negras con brillo metálico; la cresta es del mismo color. En los machos, el vientre es blanco, y en las hembras, de color amarillento.
[iv] Es la más temible de las serpientes de Brasil. La cola termina en la forma de una espina. Su color es amarillo sucio con manchas negras en forma de mosaicos, con pro­longaciones triangulares sobre los flancos. Tiene gran fuerza y su veneno es muy violento.
[v] Nombre que se da en Brasil a esta ave de rapiña, de la familia de los falconídeos. Hermoso gavilán de color cas­taño oscuro, con algunas plumas claras en la cola. Alimén­tase de serpientes.
[vi] Planta acuática de América. Pertenece a la familia de las ninfáceas. Tiene hojas enormes con los bordes vueltos hacia arriba.
[vii] Gran ave de plumaje azul, que en algunas partes puede ser de azul más intenso y en otras con tonalidades grisáceas. El pico es azul, pero las patas son negras. En el pescuezo mézclanse algunas plumas de color violeta o castaño.

Carú-sacaibé y rairú

Antes que apareciese Carú-Sacaibé [i], los Mundurucú [ii] vivían dispersos, aleja­dos unos de otros. Fue Carú-Sacaibé quien los reunió en una sola tribu y les enseñó el adorno de los tatuajes que usan hasta hoy.
Dicen que clavó muchísimas plumas en la tierra y que soplándolas creó las rocas y las montañas. Dicen que antes de desaparecer en un hueco de la tierra dejó las inscripcio­nes que se encuentran en el valle del río Tapajós. Dicen que fue él. Los Mundurucú dicen que fue Carú-Sacaibé quien dejó las inscripciones en el valle del Tapajós, y por eso el hueco de la tierra se llama Carú-Cupí.
Antes que apareciese Carú-Sacaibé, los Mundurucú vivían alejados los unos de los otros y guerreaban entre ellos. Carú llegó de lejos y les dijo:
Todo está bien ahora. Dejemos de matar. Seamos hermanos. Seamos alegres.
Fue así como Carú-Sacaibé habló a los Mundurucú y los reunió en una sola tribu.
Fue él quien trajo a los Mundurucú desde el fondo de la tierra.
Rairú, el compañero de Carú-Sacaibé, hizo una imagen de armadillo con hojas secas y untó con resinas el rabo a flor de tierra.
La imagen del armadillo empezó a cavar un agujero. Rairú trató de retirar la mano, pero no pudo, porque la resina lo tenía pe­gado a la figura del armadillo.
El agujero se iba hundiendo; la imagen del armadillo fue cavando un agujero en el suelo. Rairú no conseguía retirar la mano que estaba presa al rabo de la imagen del armadillo y fue llevado por el hueco bajo tierra.
Allí, Rairú encontró mucha gente, gente fea y gente hermosa.
Toda aquella gente habitaba el fondo de la tierra.
Cuando Rairú estaba saliendo del agujero, Carú-Sacaibé pasaba por allí. Viendo a su compañero saliendo del hueco a flor de tierra, Carú se disgustó, tomó un palo y lo castigó.
Rairú le dijo:
-No me castigues, Carú, porque en el fondo de la tierra encontré mucha gente, buena gente, y ellos vendrán a trabajar para nosotros.
Carú-Sacaibé dejó el palo y, muy contento por lo que acababa de escuchar, hizo una pelotita que, arrojada al suelo, empezó a crecer y se transformó en una planta de algodón.
El algodonero creció inmediatamente, flo­reció y dio capullos.
Carú tomó el algodón e hizo una cuerda con la que amarró a Rairú, diciéndole:
-Vete a buscar a los que viven en el fondo de la tierra.
Rairú descendió por el mismo agujero hecho por la imagen del armadillo. Apenas llegó al fondo, hizo que la gente comenzase a subir por la cuerda de algodón. Primero subió toda la gente fea; después subió la gente hermosa. Estaban subiendo, cuando la cuerda se cortó. El resto cayó de nuevo por el hueco y quedó en el fondo de la tierra. Rairú llegó junto a la poca gente hermosa que consiguió subir.
Al verlos, Carú-Sacaibé quiso diferenciar Mundurucú, Mura, Panamá, Uinamari, Ma­los para que los hombres y las mujeres fuesen natenery, Catauchy [iii], y así en adelante para formar tribus indígenas. Para diferen-ciarlos pintó a unos de verde, y a otros, de rojo, de amarillo, de negro.
Era mucha gente, y Carú-Sacaibé tardó mucho tiempo en pintar-los a todos. Mientras esperaban, los que eran perezosos empeza­ron a sentir sueño y se fueron a dormir. Carú les dijo entonces:
-Vosotros sois muy perezosos, no servís para trabajar; desde ahora seréis convertidos en pajaritos, murciélagos, puercos y mari­posas...
A los que eran gente hermosa y eran la­boriosos, Carú-Sacaibé les dijo:
-Vosotros seréis el principio de otro tiem­po. Vuestros hijos serán valientes. Carú-Sacaibé preparó un campo, lo sem­bró, y cuando cayeron las primeras lluvias brotaron mandioca [iv], batatas, algodón y otras plantas alimenticias, y también hierbas curativas. Luego enseñó a los Mundurucú el arte de construir hornos y a preparar fa­riña [v].
Fue así como Carú-Sacaibé enseñó a tra­bajar a los que no eran perezosos.
Para la gente hermosa fue el principio de otro tiempo y sus hijos fueron valientes. Los Mundurucú fueron una grande y po­derosa nación indígena.

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[i] Héroe civilizador entre los indios Mundurucú.
[ii] Tribu indígena del Amazonas, que vivía en una región que llaman Mundmucania, situada entre los ríos Tapajós y Madeira, limitándose al norte por la isla Tupinambarana. Constituyó una de las más poderosas agrupaciones indígenas de aquellas regiones.
[iii] Tribus indígenas del Amazonas que procedían de un mismo origen.
[iv] Tubérculo comestible de una planta de la familia de las euforbiáceas.
[v] Polvo que se obtiene de la trituración de los tubérculos de la mandioca, muy usada en Brasil para la alimentación.