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lunes, 8 de octubre de 2012

La jaula de surcouf

Desde la primera mitad del siglo XVII, con el poderío español en decadencia, In­glaterra, Francia y Holanda se disputan la hegemonía de los mares, indispensable para el comercio con las Indias. Dos siglos había de durar la rivalidad entre ingle­ses y franceses gran parte de la cual tuvo como escenario el Canal de la Mancha. Frente al poderío inglés, los franceses -mejores corsarios que almirantes- de­sarrollaron un tipo de guerra basado en el genio y decisión de los lobos de mar. El corso era entonces una forma legítima de guerra y un marino provisto de esa pa­tente no era considerado un pirata, aun­que sus métodos eran análogos, actuando por su cuenta y riesgo y teniendo una ele­vada participación en los botines. Los «hermanos de la Costa» más famosos fue­ron Jean Bart, de Dunkerque, Duguay ­Trouin y Surcouf, de Saint-Malo; éste úl­timo combatió en el Océano Indico y ex­ploró Madagascar.

-Decid, capitán Rivington, ¿quién es ese Surcouf? -preguntó la margravesa d'Anspach, casada con el general inglés Saint-John. No hago más que oír hablar de él, desde que estoy en las Indias, y sentiría tener que marcharme sin haber­lo visto siquiera.
-¡Bah! -dijo el oficial británico en­cogiéndose de hombros, es un miserable corsario francés que, de vez en cuando, con sus casca-rones de nuez, tiene la osa­día de insultar a los navíos de Su Majes­tad. Si se pusiera al alcance de los caño­nes del Kent, me bastaría con un cuarto de hora para mandarlo a pique.
-El hecho de que nos siga fastidiando, quiere decir que nadie ha hecho nada para eliminarlo -añadió James O'Connor, un joven funcionario de la Compañía de las Indias, la gran compañía inglesa que, tras el hundimiento de su homónima france­sa, explotaba las colonias indostanas, con­siderablemente incrementadas a raíz de la derrota de Tipoo-Saib, sultán de Myso­re, y de las conquistas a costa de Holanda y de los príncipes mahratas.
-Además -completó Rivington, los franceses no entienden nada de cosas del mar.
Esta conversación tenía lugar durante una cálida jornada a finales de primavera en el año 1799, en Calcuta, capital de Bengala. Quienes hablaban se hallaban en la terraza de la residencia del mar­qués de Wellesley, gobernador general de las Indias y delegado por la Compañía. Magnífica residencia, en verdad, cons­truida al estilo de una mansión inglesa, pues los ingleses, cuando se establecen lejos de su país, transportan sus costum­bres y su manera de vivir; no obstante lord Wellesley había enriquecido sus apo­sentos con maravillas del país, obras de arte de todo tipo, estatuas de bronce o piedras raras, telas preciosas, tapices de ricos colores, regalos mandados por los príncipes indígenas deseosos de obtener sus favores, o producto de los saqueos realizados en los palacios de los ven­cidos.
Gente notable se hallaba reunida aque­lla tarde en la terraza. Tomaban el té como lo harían en Londres a igual hora.
Era el centro de la reunión la margrave­sa d'Anspach, alemana de origen y pa­riente cercana del rey de Prusia, pero inglesa por su matrimonio y principal in­vitada del gobernador. A su alrededor dis­currían oficiales de marina y de tierra, funcionarios de la Compañía, magistra­dos y otra gente, ya casada, junto a sus esposas.
Era una de las últimas reuniones de temporada, pues poco faltaba para que la sociedad británica de Calcuta se disgre­gara ; la temperatura comenzaba ya a amenazar con inclemencias y el clima re­sultaba poco sano. Dentro de unos días casi todas esas damas, entre ellas la mar­gravesa, embarcarían rumbo a Londres a bordo de la fragata Kent, uno de los mejores navíos de la flota de la Compa­ñía. El capitán Rivington, hombre muy conocido en los salones mundanos, con­tra lo que pudiera indicar su oficio de marino, y bien relacionado en la gentry inglesa, era precisamente el que con tan acentuado desdén había hablado del cor­sario francés Surcouf.
En ese momento le decía a James O'Connor:
-Con algunos cutters o hasta con unos cuantos lugres bien armados, limpiaría­mos los mares de esa plaga que los des­honra.
-Discrepo, capitán.
Esas palabras habían sido pronuncia­das en tono seco y tajante.
Los invitados volvieron la cabeza ha­cia quien las había proferido: un oficial de caballería que aparentaba tener unos treinta años, el coronel Arthur Welles­ley que hasta entonces había permane­cido en silencio.
Las damas se sonrieron ante Wellesley, primero porque les gustaba su perfil de medalla romana, sus rasgos nítidos, su mirada fría y harto dura, su porte esbel­to y elegante, su gracia favorecida por el uniforme rojo con galones de oro, pero también sonrieron porque era el herma­no del gobernador general, que se había cubierto de gloria en la campaña contra Tipoo-Saib, lo que le había valido el nom­bramiento de gobernador de Seringapa­tam, provincia reciente-mente sometida. Todas estas circunstancias le convertían en un personaje muy interesante.
Arthur Wellesley, como si le pesara abandonar su mutismo para participar en la discusión, insistió:
-Sí, capitán, discrepo. Conozco a los franceses, realicé parte de mis estudios militares con ellos, en Angers. Son unos valientes. Evidentemente su marina se vio afectada por la revolución, pero no faltan en los barcos hombres intrépidos que siguen manteniendo muy alto su pa­bellón. En cuanto a ese Surcouf, capitán Rivington, deseo que le venzáis con la misma facilidad que decis si alguna vez os lo encontráis.
-¡Oh! ¡Qué apasionante! -exclamó la margravesa d'Anspach. ¿Así que es tan extraordinario como dicen?
-Es un hombre, señora, que, en una barcaza de veinte toneladas, el Hasard, se escondió en uno de los recodos del Ganges, cerca de Balassore, en acecho de uno de nuestros mayores veleros, el Tri­tón, que volvía de Inglaterra cargado de mercancías. Lo asaltó, lo capturó y se lo llevó a un puerto de la isla de Francia, a mil doscientas leguas de aquí con todo su cargamento, burlándose de los cruceros de Su Majestad o de los de la Compañía.
-¿Y hace mucho? -volvió a pregun­tar la margravesa.
-Hará unos tres años, pero desde en­tonces nos ha causado muchos más per­juicios y, a pesar de lo que puedan pensar el capitán y el señor James O'Connor, he­mos hecho todo lo posible para cogerle.
La Compañía ha llegado a prometer una fortuna en rupias a la tripulación que lo capture. Eso demuestra que no lo consi­deramos enemigo tan despreciable como estos señores parecen dar a entender.
-¡Una fortuna en rupias! ¡Ah! ¡Coro­nel, estáis acuciando mi deseo de ver al personaje! -suspiró la prima del rey de Prusia. ¡Qué interesante debe ser!
-Yo no le conozco -contestó el coro­nel en un tono que indicaba sus ganas de acabar con el tema.
-Pero yo sí que le conozco -dijo sir William Burough, un magistrado de as­pecto modesto y discreto.
Rivington, desairado mientras hablaba sir Arthur Wellesley, soltó una risa iró­nica.
-¿Vos, señor Juez? No conocía vues­tra amistad con los corsarios.
-Le vi sin embargo, o mejor dicho le distinguí, y de eso hará ya unos diez años. Aún no estábamos en guerra con Francia y yo había ido a Saint-Malo. La revolu­ción apenas se hallaba en sus comienzos en ese infortunado país. Me paseaba por el puerto con un amigo de mi padre, un consejero del Parlamento de Bretaña, cuando vi que se acercaba un buen mozo, que tendría al menos cinco pies y seis pulgadas, de anchas espaldas y con anda­res típicos del marino que pisa tierra. No me refiero a vos, capitán Rivington, pues poseéis el donaire de un danzarín.
La verdad es que Rivington tenía una silueta voluminosa. Hubo algunas sonri­sas en los rostros de las damas que goza­ron de la ocurrencia, mientras que el ca­pitán enrojecía. Sin abandonar su tono suave y cortés, el magistrado prosiguió:
-El chico no era guapo, todo lo con­trario. Tenía la nariz chata y la cara cu­bierta de pecas. Sus labios delgados no cesaban de agitarse como si estuviera hablando todo el rato consigo mismo. Los ojos eran pequeños y de color indefinido, pero ¡qué mirada! Nunca la olvidaré. Por mi indumentaria reconoció que yo era inglés y me lanzó una ojeada que me es­tremeció. Mi profesión no consiste en ser valiente.
Las damas dejaron escapar nuevas ri­sitas mirando de reojo a Rivington, que volvió a sonrojarse. Sir William Burough continuó imperturbable:
-Le pregunté a mi acompañante quién era aquel joven de mirada feroz. Se echó a reír: «Es de aquí, me explicó. No le vemos a menudo porque lleva cuatro años en el mar y sólo tiene diecisiete. Embar­có a los trece y ya ha viajado a las Indias y a las islas. Su familia suspiró aliviada de que se fuera pues tiene un carácter indomable. En cuanto a la furiosa mira­da que nos ha lanzado, y que he notado, no me sorprende en absoluto. Odia a to­dos los de vuestro país. Ese odio es here­ditario: desciende de Duguay-Trouin por su madre...» ¡Pues bien! Sentí cierto in­terés por ese encarnizado enemigo de nuestros compatriotas y nunca dejé de recibir información acerca de lo que ha­cía. Sé que ha armado navíos con patente de corso. Primero tuvo el Emilie, luego el Clarisse y luego el Hasard como ya sa­béis. Ahora navega al mando de un brick de veinte cañones que se llama, me pa­rece, el Confiance. Tiene su refugio en la isla de Francia, en Port-Louis, y con esos barcos, todos de tonelaje ligero pues él es su propio armador y no dispone de más medios que el producto de sus pre­sas, no vacila en atacar a nuestras mayo­res naves. Por supuesto el capitán Ri­vington no desconocerá estos últimos de­talles.
-No -dijo bruscamente el capitán del Kent, no los desconozco, aunque tampo­co impiden que esté decidido a hundir a esse Surcouf o dejo de llamarme Riving­ton, a condición, claro está y que el señor juez me perdone, de que el corsario se cruce por mi camino.
-¡Oh! ¡No lo hundáis, capitán! -gi­mió la sensible margravesa. Más vale que lo capturéis. Lo encerraremos en una jaula y lo exhibiremos en todas partes como una bestia salvaje. Será una buena atracción para la temporada de Londres.
-Vuestros deseos son órdenes, señora -replicó Rivington con galante reveren­cia. Pero por desgracia, como vea al Kent, una fragata de cuarenta cañones, mil quinientas toneladas y provista de una dotación de cuatrocientos marineros, en­tre ellos cien soldados, se escapará con toda la velocidad que le permitan sus velas.
La frase corrió de boca en boca por toda la colonia inglesa de Calcuta pues Sur­couf era el hombre del día, el terror de todos aquellos que sabían que un día u otro debían regresar a la madre patria, con el consiguiente riesgo de caer vícti­mas del terrible corsario.
Resultaba consolador que un hombre como el capitán Rivington, comandante de uno de los mejores navíos de la Com­pañía, se comprometiera por su nombre a capturar a Surcouf, y aún parecía me­jor augurio el hecho de que la prima del rey de Prusia estuviera decidida a ence­rrarlo en una jaula.
Los boletines de la ciudad publicaron esos estimulantes propósitos y cuando la margravesa embarcó a bordo del Kent pa­ra volver a Inglaterra en compañía de al­gunas esposas de altos funcionarios y po­tentes comerciantes, unos cuantos oficia­les que habían venido a despedirla, le gri­taron desde la pasarela agitando sus pa­ñuelos:
-Cuando hayáis exhibido a Surcouf en su jaula por todo Londres, enviád-noslo para que también nosotros podamos verle su horrible hocico.
No sabían que en aquellos momentos Surcouf navegaba siguiendo las costas de Bengala. Iba a bordo de su brick, armado de veinte cañones. Surcouf se sentía con­tento de aquel pequeño velero y de su tri­pulación de cien hombres decididos, que, casi todos, llevaban ya bastantes años a sus órdenes por aquellos parajes. El Con­fiance se había construido en Burdeos bajo sus indicaciones y poseía las cualida­des que requiere la navegación por el Pa­cífico; podía desplegar mucho trapo, cosa indispensable en mares donde hay que aprovechar el menor soplo de brisa; por lo demás, era muy manejable y muy veloz.
Sin embargo, a Surcouf le hubiese gus­tado gobernar un navío más importante, por ejemplo una bonita fragata de cuaren­ta cañones. ¡Cuántas hazañas podría rea­lizar entonces! Pero una fragata sale muy cara, y ya se había gastado en el brick to­dos sus haberes.
El corso era buen oficio. Aunque el cor­sario, en cierta manera, dependiese del Estado y necesitara su «patente» para que le consideraran como beligerante, no tenía más dueño que el mar, actuaba a su antojo e iba a donde quería. Toda nave enemiga conquistada, nave mercante o nave de guerra, desde que quedaba decla­rada «objeto de botín», le pertenecía y po­día venderla en provecho propio.
Llevaba Surcouf cinco años ejerciendo el corso. Tenía su base en un puerto de la isla de Francia, Port-Louis. Muchas eran las veces que había regresado con barcos ingleses capturados, como aquel Tritón caído en la emboscada que le tendió por el Ganges, y sin embargo, aún no era rico. Escaseaban los compradores, no era fácil vender las naves apresadas y, para colmo, encontraba obstáculos para colocar su cargamento pues el comercio con los ho­landeses, que hubiesen sido los mejores clientes, se hallaba paralizado por los in­gleses. Del producto de la venta, tenía que destinar un tercio para pagar a la tripu­lación, y parte del resto correspondía al Estado. Armar una nave valía mucho di­nero.
Mientras vigilaba las costas, Surcouf soñaba en alguna presa importante que le permitiera liquidar ciertas deudas enojo­sas. También sus hombres comenzaban a impacientarse. Los británicos, de un tiem­po a esta parte, manifestaban excesiva prudencia.
Pocos días antes, el corsario había zar­pado de una bahía cercana a Coromandel. No sólo se había reabastecido de agua po­table, sino que se había entrevistado con un rajá destronado por los ingleses y que, por consiguiente, se había vuelto amigo suyo en nombre de una enemistad común. Ese emisario había advertido a Surcouf de la salida del Kent y también le había informado acerca de los rumores que alu­dían, procedentes de Calcuta, a las frases pronunciadas por el capitán Rivington y por la margravesa d'Anspach. Igualmente le comunicó las intenciones que tenía esa amable dama de encerrarle a él, a Sur­couf, en una jaula y de exhibirlo en Lon­dres.
Ese era el motivo de que Surcouf, aque­lla mañana, mientras paseaba absorto por el puente del Confiance fumando un apes­toso cigarro, mostrara destellos irónicos en su astuta mirada.
No estaba muy alto el sol todavía cuan­do el serviola gritó:
-¡Barco a la vista!
En dos saltos Surcouf había subido al castillo de popa y, con su catalejo, escru­taba el horizonte. A distancia, al norte, una gran fragata de tres palos, armada con cuarenta cañones del dieciocho, tan­to en la batería como en sus castillos, na­vegaba velas desplegadas a favor de una fresca brisa. Su rumbo la acercaba al Con­fiance. Enarbolaba el pabellón de Inglate­rra y el gallardete de la Compañía de In­dias.
Atacar a semejante navío tan fuerte­mente armado cuando sólo se dispone de un brick de veinte cañones del ocho, y so­bre todo cuando la fragata tiene el viento a favor, parecía una loca temeridad. No quedaba más opción que dar media vuel­ta y aprovechar las cualidades marineras del brick para escaparse. Pero, precisa­mente, Surcouf tenía ideas muy distintas.
Se acercó al alerón del castillo y les gri­tó a los contramaestres que ya se habían puesto a discutir cuáles serían las posi­bles intenciones de su jefe:
-¡Zafarrancho de combate!
Luego añadió:
-Aún nos queda media hora antes de ponernos a tiro. Que se distribuya ración doble de ron. Hacen falta muchos ánimos para atacar al inglés, que nos dobla. Con­cedo una hora de saqueo sobre todo lo que no sea cargamento.
De toldilla y del entrepuente llegaron alegres gruñidos. Todos esos hombres, ru­dos marinos, recogidos en puertos tan distintos, no tenían más propósito que asestar cuchilladas, tragar pintas de ron y saquear bienes ajenos. Todos guardaban una confianza ciega en su jefe. El nom­bre del brick era la divisa de la tripula­ción. Si el comandante había dicho que habría saqueo, es que habría saqueo y que ganarían el combate que se avecinaba. Tan seguros se sentían en esto como de la doble ración de ron que ahora bebían en sus vasos metálicos. La nave enemiga era muy grande. Pues mejor, así sería mayor el botín. Surcouf conocía su oficio, basta con dejarle maniobrar a su antojo, y esperar.
A bordo del Kent, pues ese era el bar­co avistado por el Confiance, también se tenían noticias del brick y ya sabían con quién iban a enfrentarse.
El capitán Rivington había mandado llamar a las damas para que subieran a ver la nave corsaria. La margravesa la examinó con el catalejo.
-No parece muy terrible -declaró ha­ciendo un mohín de desprecio.
-Miradla bien -dijo el capitán, no la veréis por mucho rato. Se escapará.
-iQué lástima! ¡Hubiese sido un buen recuerdo ver cómo castigabais a ese fran­cés insolente!
Sin embargo, el brick no daba señales de huida. Ciñendo velas, bordada tras bordada en su intento de navegar contra el viento, iba enfilando a la fragata cada vez con más proximidad. Ésta, impulsada por la brisa y muy cargada de trapo, co­rría con gran rapidez. El enfrentamiento era inminente.
-¡Está loco! -gritó Rivington que se había puesto nervioso, aunque simulara aires de calma. Peor para él -excla­mó, si eso es lo que quiere.
Entonces dio las órdenes para la bata­lla.
Los corsarios ya se habían bebido el ron y ahora se hallaban atentos en sus puestos de combate. Los marineros en las gavias, los artilleros junto a las carrona­das y los demás en el puente.
Surcouf, en el alcázar, lucía al cinto una ancha faja multicolor provista de sus joyas para la fiesta: un sable, un puñal y cuatro pistolones. Detrás, en cuclillas, su fiel negro Bambú ordenaba flemático tres fusiles dobles y una banasta llena de car­tuchos preparados, repletos de metralla. Surcouf afirmaba que la metralla es ex­celente en un combate a corta distancia y muy superior a la bala.
-No se trata -repetía convencido, de matar a la gente sino de tumbarlos a la primera.
Ahora, desde toldilla, la margravesa identificó a Surcouf. Clara-mente respon­día a la descripción que a menudo le ha­bían hecho: un coloso, vestido con camisa roja, ceñido por rutilante faja, cubierta la cabeza de madrás que flotaba al viento.
-iSobre todo cogedle vivo! -reco­mendaba la afable señora que no olvidaba su simpática idea de la jaula; ¡será un espectáculo tan pintoresco!
Rivington se lo prometió, aunque a la margravesa le pareció notar menos segu­ridad en su voz y menos decisión en sus palabras.
La tripulación inglesa se entregaba ale­gremente a los preparativos reglamenta­rios. De la santabárbara llegaban los ba­rrilitos de pólvora, las balas se acumula­ban junto a las portañolas, se encendían los botafuegos y el escobillón se introdu­cía por las bocas de los cañones.
El júbilo general surgía al pensar en los miles de rupias que significaría la cap­tura del corsario. Ningún inglés la ponía en duda.
Las piezas estaban ya cargadas y a pun­to de disparar.
-¡Esperad mis órdenes! -gritó el ca­pitán.
Reinó el mayor silencio.
El brick, con el pabellón tricolor que ondeaba a proa y en la punta de su palo mayor, ya se había puesto a tiro. Pero, de pronto, torció el rumbo y se deslizó lite­ralmente ante las narices de la fragata, saliendo del punto de mira de sus cañones de estribor. Fue la nave corsaria la que soltó una andanada, una andanada terri­blemente precisa que cortó de raíz el bau­prés del Kent, arrancó su mascarón de proa y acabó rompiendo un ancla.
-iVoto al chápiro! -juró Riving­ton. Lo tenemos que coger por babor.
El brick pasó alrededor de la fragata y ésta a su vez disparó. Las veinte piezas de babor escupieron sus balas, pero con gran furor del capitán, ninguna alcanzó al Confiance que se escabulló hacia la amura.
El brick se hallaba fuera del alcance de los cañones. ¿Mantendría su posición? En absoluto. Esta vez con el viento a favor, cargó velozmente sobre el inglés, se situó de nuevo lejos de su línea de tiro, pasó por la popa y mandó una descarga.
Ya no quedaban damas en toldilla. Se habían precipitado al sollado, temblando y creyendo que su última hora había lle­gado, mientras imaginaban al Kent he­cho pedazos en mitad del oleaje. Riving­ton, frenético y rabioso, con la cara más roja que el madrás de Surcouf, vocifera­ba sus órdenes a los marineros que no sa­lían de su asombro.
Los cañones disparaban inútilmente. Hasta ahora no habían obtenido más re­sultado que, a costa de quemar muchas libras de pólvora, estropear uno de los juanetes del Confiance, sin daños de ma­yor envergadura.
El capitán entonces, al comprender que el corsario tenía la audacia de buscar el abordaje, sólo pensó en evitarlo. Cambia­ba de rumbo, intentaba cazar al brick a cañonazos, despotricaba en vano pues el brick era más rápido y daba la impresión de que Surcouf conociera de antemano las maniobras que iniciaba su enemigo, burlándolas sin cesar.
El combate podía equipararse al de un perro enorme contra una avispa. El ani­mal da vueltas y más vueltas, se revuelve para aplastar al insecto pero el insecto escapa y regresa para picarle donde me­nos lo espera el perro.
El Kent comenzaba a verse seriamente dañado por la puntería artillera del Con­fiance. Varias de sus piezas habían que­dado inutilizadas, algunos boquetes se abrían en sus costados, el velámen apare­cía rasgado y el palo de mesana amenaza­ba con venirse abajo, aparte de la falta del bauprés.
Por fin Rivington creyó haber alcanza­do al brick con una descarga. Surcouf ha­bía cometido una imprudencia y había presentado su flanco a la batería de es­tribor. La alegría duró poco cuando com­probaron los ingleses que su andanada apenas había rozado las velas del corsario. Rápidamente, los artilleros procedieron a limpiar los cañones con intención de apuntar de nuevo, pero no tuvieron tiem­po. El corsario, en un brusco viraje, se ha­bía pegado a la proa de la fragata.
El Kent poseía una envergadura mu­cho mayor que la del pequeño brick y pa­recía difícil que este último lograra arro­jar sus garfios de abordaje. Sin embargo, Surcouf no los necesitaba. La gigantesca ancla del Kent había quedado trincada entre los obenques del mesana corsario y ambas naves se hallaban mutuamente amarradas.
Aún no se había recuperado Rivington de su asombro cuando cincuenta france­ses, con el sable de abordaje entre los dientes y una pistola en cada mano, salta­ron sobre cubierta al mando de Surcouf.
Hubo una corta pelea, y los marineros y soldados británicos que intentaron resis­tirse al asalto de los corsarios, cayeron muertos o fueron rechazados.
-¡Todos al sollado! -aulló el capitán inglés.
En un instante la cubierta se vació y Surcouf se encontró dueño de un puente desierto donde yacían muertos y heridos.
Abajo, los ingleses se disponían a ven­der cara su piel. Levantaron barricadas en todas las puertas, reunieron armas de fuego y a toda prisa buscaron en el pañol cartuchos para esas armas, precaución que antes habían olvidado, al no haberlo ordenado su comandante que tan seguro se sentía de hundir a la primera descar­ga el «miserable brick» de Surcouf.
Las mujeres, locas de terror, lanzaban chillidos que se mezclaban con el chocar de las armas y los juramentos de los sol­dados.
-¡Como no os calléis de una vez, os hecho al mar! -rugió Rivington, que ya no era el galante gentleman del té del go­bernador, sino un hombre enloquecido que veía con desesperación cómo un puña­do de franceses desharrapados le asalta­ban el barco.
¿Pero qué significaba aquel sordo ru­mor que los ingleses percibían en el puen­te por encima de sus cabezas? ¿ Qué esta­rían haciendo los corsarios?
-¡Trasladan los cañones! -gruñó el artillero.
No se equivocaba. A los pocos minutos, por el marco de una escotilla que había quedado abierta, los británicos distinguie­ron la boca de un cañón, de uno de sus ca­ñones que les apuntaba. La oscuridad rei­naba en el sollado, todos los portillos es­taban cerrados y cada inglés corrió a acu­rrucarse donde fuera para librarse de la descarga.
Pero, formidable y estruendosa, áspera por su duro acento bretón, se oyó la voz de Surcouf, que resonaba en la batería con una potencia atronadora.
-¡Rendíos, ingleses, vuestro cañón es­tá cargado con metralla hasta los topes! Dispararé hasta que no quede nadie.
Hubo un silencio. Todos sabían que el corsario era hombre que hacía lo que de­cía. Del fondo del sollado se alzó la voz del coman-dante:
-Nos rendimos.
El cañón retrocedió y los franceses des­colgaron una escala de cuerda por la es­cotilla, que usaron uno tras otro los mari­neros y soldados de la tripulación.
En cabeza, apareció el comandante.
-¿Cómo os llamáis? -preguntó Sur­couf.
-Capitán Rivington, comandante del Kent.
-Es mentira. Habéis dicho que deja­ríais de llamaros Rivington si no me hun­díais, siempre que yo me cruzara en vues­tro camino. Me he cruzado en vuestro ca­mino y no creo que me hayáis hundido. Por eso os pregunto cómo os llamáis.
La broma no hizo sonreír al capitán que apretó blandamente la mano que le ten­día el corsario.
Soldados y marineros fueron desarma­dos y encerrados, unos en el brick y otros en la cala de la fragata. Se concedió la ho­ra de saqueo para la tripulación vence­dora, aunque Surcouf se cuidó de apos­tar centinelas en las puertas de los cama­rotes de las damas que se hallaban en el alcázar de popa, a fin de que nadie les hi­ciera ningún daño ni sufrieran desperfec­tos sus equipajes personales.
Una vez transcurrida esa hora, la fraga­ta, que ahora ostentaba la bandera trico­lor, escoltada por el Confiance y goberna­da por marinos franceses, dirigió su rum­bo a la isla de Francia.
La jornada le había costado a la Com­pañía de Indias uno de sus mejores vele­ros y una dotación de cuatrocientos hom­bres, entre ellos trece muertos y cincuen­ta heridos.
Surcouf y su presa, al llegar a Port­Louis, fueron acogidos con gritos de jú­bilo. Una muchedumbre de colonos asis­tió al desembarco de los prisioneros.
Cuando terminó el desfile de la tripula­ción inglesa, apareció Surcouf, vestido con sus mejores ropas y, cosa rara, se quitó el pañuelo que le cubría la cabeza. Entonces ayudó a que las damas descen­dieran por la pasarela.
Se inclinó con mucho respeto ante la margravesa y llegó a esbozar una reve­rencia que años antes no hubiese sorpren­dido en la corte de Versalles. Tendiéndo­le la mano, le dijo en voz alta:
-Deseásteis, señora, que me encerra­ran en una jaula para exhibirme ante vuestros amigos y divertirles. Siento no poder complacer vuestros amables deseos.
Y a continuación se encargó de que re­gresara a su país.

0.120. anonimo (francia)

El sudario de esmeralda

Los normandos, palabra que quiere de­cir hombres del norte, iniciaron en el si­glo VIII la invasión y el pillaje de las cos­tas de Francia, Inglaterra y los Países Ba­jos y con la desaparición del imperio caro­lingio se asentaron en la desembocadura del Sena, donde tras el pacto de Saint­Clair-sur-Epte (911) Rolón fundó el pri­mer ducado de Normandía, vasallo del rey de los francos. Siglo y medio después, Guillermo, duque de Normandía invadirá Inglaterra, derrotando al rey anglosajón Haroldo II en la batalla de Hastings (1066) y fundando la dinastía de aquel nombre.

En el vasto bosque de Touques, que por entonces se prolongaba hasta las orillas de ese mar que separa el imperio de los franceses del país de los ingleses, se al­zaba en aquel año 932 de nuestra era una poderosa fortaleza.
Era ya noche cerrada y el viento so­plaba con furia. De vez en cuando, ráfa­gas de lluvia azotaban el bosque.
En la última sala de una de las torres del castillo, junto a una chimenea donde ardían los leños, sentado en sillón de pie­dra, velaba, a pesar de la hora tardía, un anciano. Tenía la barba blanca. Tenía casi cien años. Su estatura, aunque disminui­da por la edad, era aún superior a la de muchos hombres. Y sin embargo, quien hubiese podido reconocer en ese anciano a Rolón, primer duque de Norman-día, el orgulloso vikingo que sesenta años an­tes había devastado el país y luego lo había gobernado como legítimo señor hasta que, ya hacía cinco años, había ali­gerado sus hombros fatigados abdicando en favor de su hijo, Guillermo Espada Larga.
Los pensamientos del anciano rey del mar no eran pensamientos alegres, pues inclinaba la frente hacia los leños que ardían y parecía agobiado por preocupa­ciones crueles. De súbito, se levantó, se desperezó y todos sus huesos crujieron.
A grandes zancadas dio la vuelta a la sala. Andaba pegado a los muros de los que colgaban trofeos: pesadas tizonas que hay que manejar con dos manos, hachas, imá­genes burdamente talladas: la de Odín, dios del Norte, cuya religión había aban­donado el anciano. Se detuvo ante un amasijo de hierros coloreados de herrum­bre.
-La cerradura de la puerta de París­murmuró en voz muy baja.
Tras contemplar un momento la vieja reliquia, volvió de nuevo a la vera del fue­go. Si alguien más se hubiese encontrado en la sala, le hubiera oído decir en voz alta:
-iUn sudario blanco! ¡No, un sudario blanco no!
Por un rato prosiguió su paseo a gran­des zancadas, luego regresó a sentarse en su asiento de piedra.
Afuera el viento soplaba y se estreme­cía el postigo que aseguraba la ventana; por un instante una ráfaga más violenta llenó de humo de la chimenea. El an­ciano levantó la voz. Era una voz que conservaba acentos de fuerza y de mando.
-iHarrold! -gritó. ¡Harrold!
Se oyeron pasos cansinos por la esca­lera que unía el piso inferior de la torre con la sala del duque. Apareció otro an­ciano, más encorvado que Rolón, de cara igualmente adornada con una larga bar­ba blanca. Era el lugarteniente del jefe, su viejo camarada que, a su lado, había recorrido los mares, saqueado las costas, compar-tiendo peligros, aventuras y botín. Nunca se separó de Rolón y ahora seguía viviendo con él.
Al llegar ante su señor, Harrold boste­zaba hasta casi desencajar la mandíbula.
-¿Estabas durmiendo, Harrold? -di­jo Rolón en tono agresivo.
-Claro que sí -contestó el otro, ¿pues qué más se puede hacer a estas horas sino dormir en un blando jergón al calor de las mantas, mientras sopla el viento y cae la lluvia?
-Yo -replicó el jefe- no llego a dor­mirme. Pienso en mis ante-pasados y en mis gloriosos vikingos. Recuerdo nues­tras propias empresas.
-Precisamente, ¿esas empresas no nos han dado derecho a descansar y a ceder a otros las armas que nuestra vejez nos impide llevar?
Rolón no respondió a ese comentario; se irguió ante su lugar-teniente y, seña­lando las paredes de la sala, le dijo con voz apagada:
-¿Te acuerdas de aquellos tiempos cuando, a bordo de nuestras estrechas naves, de nuestros drakkars de proa la­brada en forma de dragón, surcábamos la llanura de las gaviotas? ¿Te acuerdas de nuestras expediciones a lo largo del sonriente Loira o por las bochornosas costas de la árida España? ¿Te acuerdas de las noches que pasamos leyendo nues­tro rumbo en las estrellas y de los días de lucha contra las milicias francas recluta­das a toda prisa para cerrarnos el paso? ¿Te acuerdas de aquellas tempestades que sufrimos y que costaron la vida a tantos de los nuestros?
-Me acuerdo -dijo Harrold- ¿pero es que no da gusto vivir en una casa bien guardada? ¿No es menos de temer el rui­do del viento detrás de unos gruesos pos­tigos que en el océano, cuando uno se expone a toda su crudeza?
-¿Te acuerdas de que pueblos enteros huían cuando nos acercá-bamos? -se exaltaba el jefe. Abandonaban sus ciu­dades y corrían al campo a esconderse, y nosotros podíamos saquear los palacios, desvalijar las casas, quemar las cosechas y si encontrábamos a gente que se nos re­sistía, la degollábamos con nuestras es­padas.
-Cuánto mejor es vivir entre vecinos tranquilos, contemplar cómo vuela el hu­mo de la chimenea del labriego, ver cómo amarillea el trigo en los surcos y cobrar un impuesto legítimo por todas estas ta­reas pacíficas.
-¡Qué alegría daba, después de nues­tras expediciones, volver a encontrarnos en los helados fiordos de los mares escan­dinavos y beber hidromiel, sentados en círculo junto a los negros abetos que po­blaban la costa!
-¿No es preferible beber zumo de uva o de manzana en una mesa bien puesta?
-¿Te acuerdas, Harrold, de la vez que fuimos a sitiar París que ya había sufri­do la invasión de nuestros padres? ¿Te acuerdas de cuando esa ciudad orgullosa, defendida por el conde Eudes y por Goz­lin, su obispo, estuvo a punto de caer en nuestras manos? Bien es verdad que el valor de sus habitantes nos impidió pe­netrar en la isla, pero qué juergas más alegres nos pegamos en aquella abadía de Saint-Germain-des-Prés donde nos ins­talamos. El rey Carlos tuvo que pagar tri­buto para que nos marchásemos.
-¡Pero cuántos compañeros se queda­ron para siempre en las orillas del Sena y qué fracaso sufrimos en Chartres!
-Aún me río pensando en aquella tie­rra de Normandía que saqueamos y en la ciudad de Ruán que en vano nos recla­mó Carlos el Simple.
-Sí, pero en Saint-Clair-sur-Epte, Car­los te hizo duque y reinaste sosegada-men­te en esa misma Normandía.
-Es verdad, el día del tratado- de Saint-Clair fue genial. ¿Te acuerdas de que a la hora de jurar fidelidad y sumi­sión al rey Carlos, alguien se empeñó en que para seguir la ceremonia, yo tenía que besarle el pie derecho?
El viejo Harrold se echó a reír.
-¡Claro que me acuerdo! Y me encar­gaste que fuera yo quien cumpliera esa formalidad por ti, pero como yo no quería proster-narme en el suelo, cogí el pie del rey y me lo llevé a los labios, y el rey per­dió el equilibrio y ¡paf!
Por un instante, el recuerdo distrajo a los dos ancianos pero Rolón, huraño otra vez, se puso a recorrer la sala lleno de enojo. Al cabo, volvió a plantarse de­lante de su lugarteniente.
-¿Te acuerdas -dijo con aspereza- ­de aquel conde de Bayeux que no tuvó más remedio que darme en matrimonio a su hija Poppa?
-Sí. Pero, después de Saint-Clair, el rey Carlos hizo que te casaras con su pro­pia hija Gisèle.
-¡Ah! Ojalá aún fuera entre mis vi­kingos el «seeflongr», el rey del mar, a quien todos temen y respetan.
-Sí, pero eres el duque de Normandía, querido y halagado.
-Me llamaban Hrolf el Andarín porque iba a pie delante de mis tropas. No había caballo lo bastante fuerte que pudiera lle­varme.
-Hoy puedes ir en litera adonde te guste.
-En los bosques y en los mares, adora­ba a Odín y a sus compa-ñeros, los dioses del Walhalla.
-Ahora en cambio, sentado en sitial de honor asistes a las ceremonias de los cristianos, que queman cirios e incienso.
Poco a poco, Rolón levantó la frente y clavó su mirada en los ojos de Harrold.
-Yo entonces tenía amigos, hoy ya no los tengo. Mi hijo Guillermo Espada Lar­ga, sólo piensa en gobernar los países que le entregué; favorece al labrador, estimu­la al mercader y yo, mientras, me quedo solo. Tú mismo, viejo compañero de ar­mas, viejo camarada de mares y batallas, vives satisfecho, prefieres las llanuras fér­tiles a las movedizas extensiones del océa­no. Así es como emprenderé yo solo el via­je para ir adonde hay que ir.
Harrold se estremeció; asió brusca­mente la mano del venerado jefe.
-¡Oh, Rolón! -exclamó- no merez­co que uses conmigo ese len-guaje. Sí, me siento feliz de gozar los frutos de tus victorias con-seguidas por tu inteligencia y valor con nuestra ayuda, la de nosotros tus servidores y de los que no están. Pero si me dijeras que mi cuerpo casi centena­rio ha de ceñirse el tahalí y que mis vie­jas manos han de volver a manejar la espada de hierro para defenderte, me en­contrarías a tu lado. Habla, que te obe­dezco.
Los rasgos de Rolón perdieron rigor y quizás una lágrima cayó de sus ojos, aun­que eso no podría afirmarse pues nadie vio nunca que el rey del mar llorase. Esa emoción duró poco, no tardó en recobrar su talante testarudo y brutal, y con voz breve replicó:
-Está bien, Harrold, eres digno de tu pasado. Escucha, siento que se acerca la muerte. Uno de estos días me quedaré en cama sin poder levantarme. Cerraré los ojos y cuando mi alma vaya a unirse con la de mis antepasados, mi hijo y sus ser­vidores me sepultarán a la manera de los señores de la tierra y envolverán mi cuer­po con un sudario blanco. No debe ocu­rrir. El único sudario que conviene a un vikingo, es el verde oleaje del océano. Recuerda que Odín, cuando sintió que se le acercaba la muerte, se embarcó para un largo viaje que sólo terminaría al de­sembarcar en el Walhalla.
Entonces los dos ancianos se ciñeron las armas cuyo peso apenas podían sopor­tar. Bajaron por la escalera de la torre, salieron del castillo y caminaron hacia la playa.
En la playa dormían varadas las barcas de los pescadores. Sin hacer caso de 0.120. anonimo (francia), bros ya entumecidos. Entraron en el agua hasta las rodillas, como si fueran insensibles al frío. Cuan­do la barca flotó, penosamente subieron a bordo.
El viento soplaba de tierra. Con sus de­dos agarrotados, lograron desplegar la vela. El viejo rey del mar se sentó al ti­món. La barca singló hacia alta mar.
Nadie más volvió a ver a Rolón, el see­kongr, el feroz pirata, el rudo conquista­dor. No cabe duda de que murió en el ele­mento que tanto amó y dominó.
Así se explica que en ninguna iglesia normanda aparezca la tumba de Rolón el primer duque, cuyo cadáver tuvo como sepultura el sudario que deseaba: el sudario de esmeralda.

0.120. anonimo (francia)

El capitán del antifaz rojo

Bretaña es el trampolín de Francia ha­cia el Atlántico, así como su adelantado centinela sobre el Canal de la Mancha. Tierra de grandes tracidiones, patria de pescadores, piratas y navegantes de altu­ra, en todos sus rincones se cuenta una le­yenda que se refiere a su larga historia marinera.

«La noche de San Esteban está al caer
Y el antifaz rojo prepara su ronda;
Ante la puerta toda la plata hay que poner
La muerte se lleva al que no la ponga.»

Esta es la traducción de un cantar en lengua bretona, que de generación en ge­neración han transmitido los bardos del país de Armor, y que aún repiten los vie­jos de la región de Quiberon.
Se trata de una historia muy antigua, tan antigua, tan antigua que es imposi­ble saber cuándo pasó. ¿Y qué importa? La cuestión es que pasó.
Una noche a finales de diciembre -¡pues claro! ¿sería acaso en Navidad, vigilia del día dedicado a San Esteban?- ­una tempestad azotaba las costas de la isla Houat. No es nada raro que por el mes de diciembre caigan tempestades en ese lugar.
La isla Houat, situada entre Belle-Ile y Port-Navalo, frente a Quiberon, recibe durante muchos meses el embate de las olas que se rompen contra los escollos que la circundan y la unen a su hermana, la isla Hoédic.
Sin embargo, esa noche, el furor del oleaje sobrepasaba su habitual intensi­dad. Haría un tiempo parecido cuando parte del litoral que da a la punta de Croisic desapareció tragado por el mar. Soplaba el viento, embistiendo con peli­gro de quebrar los pocos y esmirriados árboles que crecen en la isla, y se desen­cadenaba con ruido siniestro por encima de los tejados de las chozas, construidas ya muy bajas para escapar al vendaval.
La lluvia, una lluvia densa y helada, arreciaba en tromba sobre la isla; las olas se estrellaban contra los escollos pul­verizándose hasta rociar las tierras. Tan­ta inclemencia, sin embargo, no bastaba para que los isleños se quedaran al res­guardo de sus casas. Desafiando la intem­perie, la lluvia, el viento y el agua del mar que les azotaba el rostro, se acercaban al extremo de las calas. Sabían que en noches como ésa, las naves cargadas de mercancías terminaban por perderse, arrastradas hasta zozobrar en los arre­cifes.
Sucede que, por esa época, los habitan­tes de Houat no tenían más medios de subsistencia que el saqueo de las naves naufragadas. Todo lo que cayera al mar, iba a parar a sus manos. Así, no era raro que chozas miserables estuvieran decora­das con singulares objetos procedentes de las lejanas Indias, con armas curio­samente labradas, de origen español, ni que cualquier infeliz pelagatos llevase ha­rapos cortados en rica tela de Flandes.
Esa noche de que hablamos, las tinie­blas no delataban la silueta de ningún na­vío de alto bordo, carabela o fragata... La tempestad llevaba arreciando hacía ya tantas horas que lo más probable es que todos los capitanes se hallaran en puerto, esperando poder hacerse a la mar.
No obstante, poco antes de mediano­che, se distinguió a lo lejos la silueta de una nave. La experta mirada de la gente de Houat reconoció la forma de uno de esos mercantes que emprenden largos viajes; navegaba desarbolado y parecía que fuera a la deriva. Impulsado por el viento, se acercaba a la costa. No tardó en darse cuenta la gente de Houat de que la nave andaba cargada en exceso. Se hun­día mucho en el agua a pesar de que el oleaje jugase con su casco como si se tratara de un tapón de corcho.
No era sólo la cala y los entrepuentes donde se acumulaba el peso; cajas y ba­rricas aparecían llenando la cubierta. Se­guramente se habían roto las estachas que los trincaban pues, a cada movimien­to de la nave, el cargamento corría de lado a lado con tanto estrépito que se oía desde la costa a pesar del fragor de los elementos.
Había un hombre erguido en toldilla y cuando la nave estuvo más cerca, los is­leños vieron que aquel hombre llevaba el rostro cubierto de un antifaz rojo. Esta­ba solo o al menos parecía estarlo ; nin­gún hombre de la tripulación ocupaba el puente, nadie intentaba reparar los des­perfectos ni trincar el cargamento.
La nave se acercaba, se iba acercando cada vez más, impulsada al azar por la corriente. El hombre del antifaz rojo veía sin duda a los de Houat, pero no lanzó llamada alguna, ni siquiera hizo un ges­to. ¿Sería un mercante, un pirata? ¿Lle­varía contrabando? Era imposible adivi­narlo.
Ya casi tocaba los arrecifes. Era un mi­lagro que aún no hubiese embarrancado. De súbito, sobrevino una ola gigantesca que cogió de través a la misteriosa nave y la dejó escorada.
Los habitantes de Houat, acostumbra­dos como estaban a ver siniestros mari­nos, gritaron. Ya no dudaban de que la nave estaba a punto de zozobrar. Sin em­bargo, cuando parecía que se la iba a tra­gar el oleaje, otra embestida la enderezó.
En toldilla, el capitán del antifaz rojo seguía erguido sin abandonar su sitio. No obstante, cajas y barrilles habían desapa­recido del puente. Indudable-mente, ha­bían caído al mar.
El viento, que hasta entonces había so­plado del este, dio un giro repentino y la borrasca comenzó a empujar desde el sur. Bajo ese nuevo impulso, la misteriosa nave cambió de rumbo, dando la popa a los isleños. Aquellos que tenían buenos ojos, pudieron distinguir entonces el nom­bre grabado en el alcázar: el San Esteban.
La nave se alejaba ya hacia el norte arrastrada por la tormenta y todos pu­dieron ver cómo el hombre del antifaz rojo cogía un megáfono y lo apuntaba ha­cia la isla. Por encima del ruido del hu­racán, del ulular del viento y del fragor de las olas, se oyeron claramente estas palabras:
-Lo que ha caído al mar me pertene­ce. Volveré a buscarlo la próxima noche de san Esteban.
Y el barco desapareció sumiéndose en las tinieblas y la tem-pestad.
Al día siguiente, siguió el mal tiempo pero un día después decayó el viento y el mar recobró la calma. Todos los isleños aprovecharon la bajada de la marea para precipitarse hacia las rocas que ya despun­taban en la lejanía. Allí encontraron en­callados gran cantidad de cajas y barriles que sin duda habían caído del San Es­teban.
No les costó mucho trasladar a tierra los restos del naufragio, ya medio des­vencijados por las trompadas con los es­collos. Fue un buen botín. Cajas y barri­les contenían bandejas, jarros, cubiertos, copas, tazas, soperas, todo de plata ma­ciza.
Las gentes de Houat pasaron mucho rato admirando esos des-pojos y luego, no sin golpes ni disputas, se los repartieron entre sí. Una vez hecho el reparto, Yves el gordo, uno de los isleños más sensatos, observó que quizá resultara peligroso ir a tierra a vender esos objetos. Corrían el riesgo de verse mezclados en algún mal asunto que pudiera acabar con la horca para algunos.
Esa razonable opinión enfrió un poco los ánimos. Aun así, cada isleño se sentía algo más rico gracias a la posesión de aquel tesoro, de modo que todos se lleva­ron su parte a casa riéndose de las últi­mas palabras pronunciadas por el capitán del antifaz rojo.
Transcurrió el año igual que los demás años, y nadie fue más o menos feliz por guardar en la alacena una sopera de pla­ta o tener en el arcón una copa labrada.
Al fin llegó la Navidad, vigilia de san Esteban. Hacía ya algún tiempo que los timoratos se echaban a temblar bajo el recuerdo de la misteriosa nave, y después fueron los más valientes quienes a su vez cogieron miedo. Finalmente, decidieron visitar al párroco para preguntarle cuál había de ser su conducta con respecto a los bienes procedentes de la nave man­dada por el capitán del antifaz rojo que, al fin y al cabo, a lo mejor era el diablo en persona.
El párroco empezó diciendo que «la avaricia rompe el saco», pero la frase no pasaba de ser una idea general muy espe­culativa mientras que lo que hacía falta era un consejo práctico. Tras un rato de reflexión, el párroco opinó que lo más sen­sato sería que cada uno, durante la no­che de san Esteban, dejara en el umbral de su casa toda la plata que hubiese co­gido. Así, si volvía el capitán, podría re­cobrar sus bienes delante de cada puerta.
Los isleños no parecían muy convenci­dos de que ese consejo resultase eficaz. Cada uno esperaba a ver si el vecino se decidía a seguirlo, pero por su parte tam­bién el vecino esperaba. Así que nadie sacó ningún objeto.
Sin embargo, al caer la noche, un chi­co que deambulaba entre los escollos, lle­gó asustado diciendo que por el mar, esa noche excep-cionalmente serena, se acer­caba un barco muy grande y muy negro...
Cundió el pánico. Los isleños se apresu­raron a seguir la opinión del párroco.
Depositaron fuera su parte del botín, atrancaron puertas y ventanas, apagaron las luces y llenos de ansiedad se dispu­sieron a esperar lo que pudiera ocurrir. Se pasaron toda la noche temblando y hasta que no amaneció, no se atrevieron a salir de casa. Todo seguía en su sitio, ningún objeto de plata había sido tocado; algunos, que se jactaban de ser más va­lientes que los demás, o quizás es que eran más mentirosos, afirmaron cómo a medianoche habían visto desembarcar al capitán del antifaz rojo. Decían que ha­bía entrado en la aldea y que había pasa­do por delante de cada casa para ver si faltaba alguno de sus objetos de plata.
La tradiciórí arraigó. Cada año, y aún hoy, durante la noche de san Esteban, los habitantes de la isla Houat depositan sus objetos de plata en el umbral de su casa para que el capitán del antifaz rojo pueda venir a contarlos.
Parece ser que una vez, una sola, al­guien llegó a verlo y que incluso le habló, pero de eso hace ya tanto tiempo que for­ma parte de la leyenda.
Habían pasado muchos años desde la aparición de la misteriosa nave. Los ha­bitantes de la isla Houat habían abando­nado sus actividades de saquear naufra­gios para convertirse en lo que son: hon­rados pescadores, que viven de la venta de bogavantes y camarones. Los bienes se dividieron: había ricos y pobres; junto a chozas destartaladas y pobres se alzaban unas cuantas casas orgullosas y confor­tables.
No cabe duda de que una de las más míseras era la de Yvon Le Guern. Yvon Le Guern no tenía nada de perezoso -al contrario, era uno de los pescadores más valientes- pero su padre, antes de fa­llecer ahogado, había dilapidado el pa­trimonio familiar de mesón en mesón. Sólo le quedaba la choza, una vieja barca y una cucharita de plata que, según la tradición, procedía del tesoro del capitán del antifaz rojo. Le Guern, respetando las costumbres, la ponía en la puerta duran­te la noche de san Esteban.
En su miseria, el joven pescador poseía una riqueza, una riqueza que se lleva den­tro: el amor. Era novio de la dulce Annic y ya tenían decidido casarse por san Juan. Sin embargo, aquel año, hubo mala pesca y los padres de Annic, por miedo a la mi­seria, prohibieron el noviazgo. Preferían que su hija se casara con el rico Joris Calden, que si bien había dejado ya muy atrás su primera juventud, era en cambio un gran avaro y no cesaba de enriquecer­se con los productos de la usura.
Calden poseía la mejor casa de la isla, situada al salir del pueblo, y en esa casa había ido acumulando casi toda la plata que los antepasados le habían cogido al capitán fantasma.
Poco a poco, la había comprado a vil precio a todas las gentes del país que pa­saban apuros. Es inútil decir que duran­te la noche de san Esteban, en su afán de no exhibir la riqueza, se guardaba mucho de respetar la tradición y de poner toda su plata en el umbral de la casa.
Cuando el infortunio se ceba en al­guien, no perdona ningún rigor. En di­ciembre, la anciana madre de Yvon, con la que vivía, cayó enferma, tan enferma que se temió por su vida. El médico rece­tó medicinas, pero las medicinas eran caras y, ya lo hemos dicho, la pesca es­casa. Le Guern no sabía cómo reunir el dinero necesario para pagar pócimas y elixires.
De mala gana decidió recurrir a Joris Calden. Hacerlo significaba para él una ardiente humillación, pues sabía que Cal­den cortejaba a Annic y estaba claro que algún día, por voluntad de sus padres, ella sería la mujer de Calden. Y si no, ¿por qué Annic últimamente se negaba a pasear con Yvon a orillas del mar y por qué llevaba un collar de oro que le había dado el usurero?
Este último recibió a Yvon con esa cara abrumada que ponen los que tienen muchos negocios.
-No te entretengas, amigo -le dijo, que llevo prisa. ¿A qué has venido?
Yvon, estrujando la gorra en la mano, contó su solicitud. Necesitaba una peque­ña cantidad para comprarle las medici­nas a su madre; la devolvería en seguida que pudiera realizar una venta de pesca­do en el continente.
Joris dejó escapar una risa sardónica:
-¿Así que crees que doy mi dinero al primero que llega por unos peces que aún están en el mar? ¡Amigo, andas muy equivocado! ¡Ah, pero si me dieras algo en prenda...!
-¿El qué? -pregunto Yvon apesadum­brado. Todo lo que tengo son mis brazos y una barca vieja, y con esa barca me gano el pan.
-Escucha. Sé que en tu arcón guardas una cuchara de plata. Tráemela y te daré un luís.
¡Un luís! Era mucho más de lo que necesitaba el pescador para hacer sus compras. Estuvo pensando un rato y lue­go contestó:
-¡Imposible! Ya sabe que dentro de ocho días, la noche de san Esteban, he de ponerla delante de la puerta para que el capitán del antifaz rojo saque sus cuentas.
El usurero volvió a reírse:
-¡Tú también te crees esas fantasías! ¡Bueno! Como quieras, guárdate la cu­chara para tu capitán fantasma y yo me guardo el luís. Cuando te haga falta, tráe­me ese objeto.
Yvon volvió a casa lleno de tristeza. Se sentó al lado de su madre. La pobre mujer sufría mucho sin quejarse, pero arrojaba a su hijo penosas miradas en las que él creía ver un tierno reproche por no hacer cualquier cosa para salvarla.
Día tras día, la anciana se iba debili­tando. Volvió el médico y frunció el ceño.
-Si no le dan las medicinas que he re­cetado, se morirá.
Yvon, sin más idea en la cabeza que la de salvar a su querida madre, cogió la cucharita y se la llevó a Joris; luego, tras envolver en una punta del pañuelo la mo­neda de oro que a cambio le había dado el usurero, saltó a su barca, fue al conti­nente y compró las pócimas.
Llegó la noche de san Esteban. Como de costumbre, las gentes de la aldea de­positaron ante sus casas los objetos de plata, cerraron luego puertas y ventanas y apagaron la luz.
Yvon no tenía ya nada que poner en el umbral de su casa, así que dejó la puerta abierta y el candil encendido. Pasó un rato esperando y al fin decidió que más valía acostarse. Comenzaba a creer que Calden tenía razón y que la historia del capitán fantasma no era más que una in­vención. Se levantó para cerrar la puer­ta cuando, de pronto, se encontró frente a frente con un hombre muy alto, vesti­do de negro. Un antifaz rojo le tapaba el rostro.
El hombre del antifaz habló. Había fir­meza en su voz, como si estuviera acos­tumbrado a mandar.
-Yvon Le Guern -dijo, ¿qué has he­cho con mi cuchara? No me salen las cuentas.
Ya hemos dicho que Yvon Le Guern era un valiente. No se asustó sino que se sacó la gorra y saludó muy educado, lue­go se hizo a un lado para que pudiera pa­sar el hombre del antifaz:
-Entre, señor capitán, ya le explicaré.
El capitán entró. Lanzó una mirada ha­cia la anciana madre enferma que dor­mía sosegada en un rincón, cogió una silla y se sentó:
-¡Habla, Yvon Le Guern! Te escucho. Por esto estoy aquí.
Yvon habló. Contó sus temores por la salud de su querida madre, su apremian­te necesidad de dinero para comprarle medicinas, su entrevista con Joris Cal­den, la dureza que éste había mostrado, la venta de la cuchara. Lo contó todo. Lle­gó a hablar incluso de su amor por Annic, con la que ya no se podría casar porque era pobre.
Cuando terminó, el capitán del antifaz rojo se puso en pie:
-Está bien -dijo con su voz autorita­ria, eres buen chico, te perdono. Apaga el candil, cierra la puerta como los demás y mañana...
Su frase quedó sin acabar o al menos las últimas palabras se perdieron en la noche, pues el capitán fantasma había desaparecido.
Yvon obedeció y se acostó. Al día si­guiente, al amanecer, cuando los habi­tantes de la isla Houat desatrancaron sus puertas, descubrieron que la plata seguía intacta. Ni faltaba ni sobraba. Sin em­bargo corría por la aldea una noticia; Joris Calden se había asomado a la ven­tana para gritar que le habían robado. Todos sus objetos de plata, que para él significaban lo más importante de su for­tuna, se habían esfumado y en la puerta, clavada por un puñal, había aparecido esta nota:

«He recibido de Joris Calden los obje­tos de plata que me debía.»

«El capitán del San Esteban»

Por su parte, Yvon Le Guern había en­contrado ante su puerta la cucharita que días antes había entregado al usurero, con la diferencia de que ahora la cucha­ra, que había sido plata, se había vuelto de oro.
Los padres de Annic, sin ganas de que su hija se casara con un avaro arrui­nado, aceptaron de nuevo a Yvon y no tardó en celebrarse la boda.

La noche de san Esteban está al caer
Y el antifaz rojo prepara su ronda;
Ante la puerta toda la plata hay que poner
La muerte se lleva al que no la ponga.

¡Es posible que los turistas que en ve­rano visiten la isla Houat, aún encuen­tren en algunas casas objetos de plata procedentes de la misteriosa nave man­dada por el capitán del antifaz rojo!

0.120. anonimo (francia)