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miércoles, 15 de agosto de 2012

Panambí e irupé

Una tarde dos indiecitas jugaban sobre un barranco; y ni el sol ni el río hubieran podido decir cuál era la más bonita de las dos: si Irupé, con su vestido blanco, o Panambí, con su collar de cuentas de colores.
Irupé y Panambí se entretenían mirando las largas hileras de hormigas, se reían espiando a las lagartijas verdes, y tiraban piedrecitas al río que corría al pie del barranco. Así las dos indiecitas pasaban las horas bajo el sol de la siesta, hasta que Irupé, señalando con su dedito las ramas de un viejo árbol, exclamó:
-¡Allí hay un nido lleno de pichones! Vamos a verlos.
El árbol se inclinaba peligrosamente sobre el río, pero las indiecitas treparon por él, de una rama a otra rama;, hasta llegar al nido. Y ya estaban junto a los pichones, ya iban a estirar las manos para acariciarlos, cuando la rama que sostenía a Irupé se quebró y la indiecita cayó al vacío.
Panambí, al ver caer a su compañera, gritó:
-Sálvala, Tupá!
Porque Tupá era el dios de Panambí.
Y el dios Tupá la oyó, y así, antes que Irupé llegara al río, la transformó en una flor. La transformó en una flor blanca, que cayó suavemente sobre las aguas y flotó sostenida por sus grandes pétalos.
Panambí, desde el barranco, vio cómo Irupé se convertía en una flor. Asombrada, descendió hasta la orilla del río, metió los piececitos en el agua y le dijo a la flor blanca:
-Irupé, hermana, vuelve conmigo...
No puedo dejar el río -le contestó Irupé. Y tampoco quiero dejarlo. Me gusta flotar y quiero irme como una canoa sobre la corriente. Entonces Panambí, que no quería separarse de Irupé, le rogó:
-Irupé, llévame contigo.
Irupé cargó a Panambí sobre sus pétalos blancos y el río conduje lejos, muy lejos, a las dos indiecitas. A Panambí con su collar de cuentas de colores, a Irupé convertida en una flor.
El sol de la siesta las miraba alejarse cada vez más; los sauces de la orilla les decían adiós, meciendo sus largas ramas, y los ceibos sacudían sus flores, parecidas a pajaritos rojos, y también las saludaban. Así llegaron hasta un recodo del río, y la corriente las empujó hasta la orilla.
Allí, a la orilla del río, Irupé, la flor, se adormeció, y Panambí, viéndola, quietecita, no temió que pudiera despertarse, ni marcharse aguas abajo sobre la corriente, Así, Panambí puso un piececito sobre la tierra y después su otro piececito, y se fue a curiosear el bosque de la orilla.
En el bosque, las copas espesas escondían el cielo, las enreda-deras colgaban de las ramas y muchos pájaros volaban y cantaban. Sí, muchos pájaros volaban y cantaban allí, porque, aunque Panambí no lo sabía, aquel era el bosque del Yombero. Del Pombero de largas piernas, del Pombero de barba y bastón, del Pombero que sale a la siesta a robar y llevarse los indiecitos que persiguen a los pájaros. Panambí anduvo y anduvo mucho rato por el bosque, y andando y andando, de pronto se vio frente a un picaflor. La indiecita nunca había visto antes un pajarito así, y deslumbrada por su plumaje de brillantes colores, extendió las manos y corrió tras él, queriendo atraparlo.
Entonces... entonces,, de entre las altas hierbas, se levantó el Pombero. Y con sus piernas largas, su barba y su bastón, en dos zancadas, estuvo junto a Panambí y la asió por un brazo.
-¡Suéltame! -le pidió la indiecita, asustada.
-¡No! -le dijo el Pombero-. Tú querías atrapar mi picaflor. Pero yo te atrapé a ti. Y te encerraré en una jaulita de ramas.
Panambí forcejeaba y forcejeaba, tratando de desprenderse de las manos del Pombero, pero el Pombero no la soltaba. Entonces Panambí le mordió los dedos, y cuando el Pombero abrió la mano de dolor, la indiecita huyó.
El Pombero no quería dejarla escapar. Corrió tras ella. La indiecita, en su fuga, tropezó de pronto con el tatú. El tatú dejó de escarbar la tierra con sus fuertes uñas y miró a la niña.
-¡Protégeme, padre tatú! -rogó Panambí.
El tatú rozó un pie del Pombero con sus uñas y le dijo:
-Deja ir a la indiecita.
Pero el Pombero no lo escuchaba.
-Déjala ir y cantaré para ti con mi guitarra -insistió el tatú.
El tatú, cuando quiere, es un buen cantor. Y nadie puede negarse a escucharlo. Por eso el Pombero tampoco se negó.
Entonces, el tatú tomó su guitarrita y lenta, muy lentamente, cantó:

-Duérmanse los pájaros,
duérmase el Pombero,
y los pichoncitos
duérmanse ligero.
Que se duerma el bosque,
ramita a ramita,
que duerma el Pombero
y huya la indiecita.

Escuchando al tatú y a su guitarra, poco a poco el bosque se fue durmiendo. Se durmieron los pájaros a mitad de su vuelo y se durmió el Pombero, con su bastón y su barba, de pie sobre sus largas piernas. Entonces el tatú le dijo a Panambí:
-¡Corre, corre, Panambí! ¡Huye antes de que el Pombero se despierte! Pero huye por el río, porque si vas por el bosque, el Pombero te alcanzará.
Panambí corrió y corrió, y corriendo llegó a la orilla del río, pero una vez allí, no encontró a Irupé.
-¡Irupé, Irupé! -llamaba, la indiecita- ¡Ven a buscarme, que me alcanzará el Pombero!...
Pero Irupé, la flor, no la escuchaba, porque la corriente la había arrastrado río abajo, lejos, lejos, lejos...
Entonces Panambí se dijo:
Sin Irupé, no puedo huir por el río. Y si trato de huir por el bosque, me atrapará el Pombero... Me iré por el aire.
Panambí agitó y agitó sus bracitos, como si fueran alas, los agitó y los agitó, hasta que sintió que toda ella se empequeñecía... ¡y podía volar!.. Entonces, su collar se rompió y las cuentas de colores tiñeron sus alas.
Panambí fue la primera mariposa.
Panambí, la mariposa, buscó durante mucho tiempo a Irupé. Volando y volando se detenía en una flor y otra flor, y les preguntaba:
¿Viste a Irupé, viste a Irupé?
Y ninguna flor sabía contestarle.
Las mariposas que llegaron después de Panambí, también se detenían en una y otra flor y les preguntaban:
¿Viste a Irupé, viste a Irupé?...
...Entretanto, allá lejos; lejos, Irupé, con su traje de pétalos blancos, flota en las aguas y perfuma el río.

011. anonimo (america)

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