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miércoles, 15 de agosto de 2012

La virgen de la ciudad del esteco

La ciudad de Esteco era, según la leyenda, la más rica y poderosa de las ciudades del norte argentino. Se levantaba en medio de un fértil y hermoso paisaje de la provincia de Salta. Sus magníficos edificios resplandecía revestidos de oro y plata.  Sus habitantes estaban orgullosas de su ciudad y de la riqueza que habián acumulado. Usaban un lujo desmedido y en todo revelaban ostentación y derroche. Eran soberbios y petulantes. Si se les caía un objeto cualquiera, aunque fuese un pañuelo o un sombrero, y aun dinero, no se inclinaban siquiera para mirarlos, muchos menos para levantarlos. Solo vivián para la vanidad, la holganza y el placer.  Eran, además, mezquinos e insolentes con los pobres, y despiadados con los esclavos.
Un día, un viejo misionero entró en la ciudad para redimirla. Pidió limosna en cada puerta, pero ninguna persona le respondía: salvo una mujer. Ella era muy pobre y viviá en las afueras de la ciudad con su hijo pequeño. Entonces, mató a la única gallina que tenia para darle de comer a aquel extraño. El misionero predicó desde el púlpito la necesidad de volver a las costumbres sencillas y puras, de practicar la caridad, de ser humildes y generosos, y todo el mundo hizo burlas de tales pretensiones. Predijo, entonces, que si la población no daba pruebas de enmienda, la ciudad sería destruida por un terremoto. La mofa fue general y la palabra, terremoto, comenzó a ser burla de todos.
El misionero se presentó en la casa de la mujer pobre y le ordenó que en la madrugada de ese día saliera de la ciudad con su hijito en brazos. Le anunció que todo se echaría a perder, que todos morirían y que ella y su hijo se salvarían por su caridad.  Eso si, le puso una condición, no debía mirar nunca hacia atrás, aunque le pareciera que se perdía el mundo.
La mujer hizo caso, durante la madrugada salió con su pequeño hijo en brazos.  
Un trueno ensordecedor anunció la catastrofe. La tierra se estremeció en un pavoroso terremoto, se abrieron grietas inmensaas y lenguas de fuego brotaban por todas partes.  La ciudad y su gente se hundieron en esos abismos ardientes. La mujer caritativa marchó un rato oyendo a sus espaldas el fragor del terremoto y los lamentos de la gente, pero no pudo más y volvió la cabeza, aterrada y curiosa. En el acto, se transformó en una mole de piedra que conserva la forma de una mujer que lleva un niño en brazos. Los campesinos la ven a distancia, y la reconocen; dicen que cada año da un paso hacia la ciudad de Salta.

015. anonimo (argentina-salta)

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