Translate

miércoles, 29 de agosto de 2012

El quebracho colorado

Anka era el cacique de una tribu quichua de las que ocupaban el territorio de nuestro país que hoy llamamos Santiago del Estero.
La selva, poblada por gigantes de troncos recios y grandes copas siempre verdes, de cuyas ramas colgaban como encajes las lianas y las enredaderas, les proporcionaba el alimento necesario para su subsistencia.
El tacu, el árbol sagrado de los bravos indígenas, era la planta completa. Les daba sus bayas doradas que ellos transformaban en patay o en aloja o que comían al natural gustando su sabor dulce y agradable.
Anka tenía un hijo: Puca-Sonko, que desde pequeño acompañó a los hombres de la tribu en las incursiones a la selva, en la caza del jaguar, del venado y del quirquincho, adquiriendo así una fortaleza física y una destreza como sólo la vida sana, en contacto directo con la naturaleza es capaz de proporcionar.
Así llegó Puca-Sonko a ser un muchacho fuerte y audaz cuyos brazos nervudos de acero bruñido manejaban el arco y la flecha, la lanza y el hacha con la maestría del más aguerrido y valiente de los guerreros de su padre.
En las luchas contra otras tribus belicosas que pretendieron despojarlos de sus posesiones, el muchacho demostró su sin igual amor a la tierra de sus antepasados, dando pruebas concluyentes de coraje y de audacia.
En tiempos de paz, la vida transcurría plácida y serena en el seno de la tribu de Anka, el cacique venerado por todos, Dedicados a labrar la tierra, a la tejeduría y a la alfarería, fueron sorprendidos por la infausta noticia de que importantes ejércitos de viracochas venían del norte en son de conquista.
Interrumpieron entonces sus labores para dedicarse a trazar planes de acción tendientes a combatir al enemigo que se acercaba y cuyas armas -ellos ya las conocían- parecían creadas por Zúpay para ayudarlos en sus conquistas.
Anka llamó a su hijo. Se lamentó de que su edad y su precario estado físico le impidieran encabezar las filas de guerreros que combatirían a los extranjeros, pero confiaba en Puca-Sonko, que lo reemplazaría en la dirección de la lucha, pues unía a su bravura indómita una viveza y una perspicacia incomparables.
Escuchó Puca-Sonko los sabios consejos de su padre y confiado y decidido a vencer en la contienda, partió con sus huestes en busca de los intrusos.
Mucho tuvieron que luchar, pero al fin la astucia y su gran conocimiento del terreno lograron el triunfo sobre la inteligencia y la fuerza de los extranjeros, que debieron retirarse impotentes para realizar sus propósitos.
Pasó el tiempo. La paz volvió a reinar en la tribu y la vida de trabajo recomenzó.
El viejo cacique, cuya vida declinaba de día en día, sintió acercarse el final de su existencia.
La alarma cundió entre los que lo rodeaban y de inmediato se envió a llamar al hechicero.
Presto acudió el machi y debemos agregar que bien provisto, tal como acostumbraba hacerlo siempre.
A fin de dar visos de verdad a su tratamiento, recogía una piedrecita, una espina, un gusano o cualquier objeto que le fuera posible llevar en la boca y con él así escondido, se presentaba ante el enfermo.
Esto mismo hizo en la presente ocasión, en que llevaba, debajo de la lengua, oculto a las miradas de todos, un gusano hallado junto a su toldo.
Entró a la casa del cacique moribundo chupando la pipa, que sólo rara vez dejaba de fumar.
Se acercó al enfermo y, como si realmente conociera el mal que aquejaba al anciano, aplicó sus labios al pecho del curaca, chupando con fuerza. Parecía que esto bastaba para arrancar del cuerpo la dolencia que lo aquejaba.
Después de realizar varias veces esta operación se levantó, acercó a su nariz polvo de semillas de servil y aspiró con fuerza, lo que le produjo gran excitación y un estado particular. Parecía hallarse poseído por algún espíritu extraño.
Hizo después diversos gestos, profirió gritos destemplados y elevó sus brazos con movimientos nerviosos.
Una vez cumplido este ritual, entre espumarajos arrojó el gusano que aun guardaba en su boca y dijo con voz monótona, mostrándolo a los presentes, ahora descansando en la palma de su mano:
-¡Cuánta razón tenías al quejarte, Anka! Este coro roía tus entrañas produciéndote sufrimientos y desazón. Míralo. Aquí está... Desde ahora tus males han terminado. Descansarás tranquilo y recuperarás la salud.
Sin embargo, contra tales afirmaciones del machi, esa misma noche, el cacique murió.
Reunido el Consejo de Ancianos entregó el poder a Puca-Sonko, que reemplazó a su padre como curaca de la tribu.
Al poco tiempo volvieron a llegar rumores de que ejércitos de hombres blancos, en camino desde el norte, avasallaban a los pueblos indígenas que encontraban a su paso.
Fue lo suficiente para que los súbditos de Puca-Sonko, enca-bezados por él mismo y siguiendo sus ejemplos de audacia y de bravura, no pensaran sino en prepararse para hacer frente y expulsar de sus dominios a los odiados extranjeros.
El chasqui que llegó con la confirmación de la noticia de su arribo venía impresionado por el aspecto marcial de los españoles, cuyos cascos de metal bruñido relumbraban al sol. También sus corazas refulgían con brillo de oro al ser alcanzadas por los rayos de Inti.
Y llegó el día en que la selva se pobló de ruidos extraños, de retumbar de cascos de caballos, de chocar de armas y de voces que hablaban un idioma desconocido...
Los españoles estaban muy cerca de la aldea. Habían decidido acampar a la salida de la selva. Allí establecieron su cuartel.
La rapidez del chasqui, cuyas ágiles piernas y su gran resistencia le permitían recorrer largas distancias en relativamente cortos espacios de tiempo, hizo posible que los indígenas de la tribu de Puca-Sonko conocieran el arribo de los españoles al tiempo que éstos realizaban las tareas de instalación.
Los indígenas aprovecharon la nueva para prepararse. No querían ser tomados desprevenidos.
Esa noche Puca-Sonko no durmió. Por primera vez debía enfrentar, como jefe supremo de su tribu, a un enemigo tan peligroso como era el extranjero. Por eso su mente no dejó un momento de elaborar proyectos. Deseaba salir airoso de tan difícil situación salvando sus posesiones y el bienestar de su pueblo.
Después de mucho luchar consigo mismo, decidió poner en práctica un plan audaz y por demás arriesgado pero con el que le pareció tener más probabilidades de triunfo.
Decidido, llamó a los guerreros más importantes. Era medianoche y todos dormían en la aldea indígena.
Cuando estuvieron reunidos, el curaca así les habló:
-Como lo afirmó el chasqui que vino del norte un ejército de viracochas ha acampado a la salida de la selva, instalando allí su cuartel. Sin duda piensan atacarnos, dirigiendo desde allí las operaciones. Pero he decidido que no les demos tiempo para que procedan así, sino que, por el contrario, tomándolos por sorpresa y aprovechando que se hallan preparando su instalación, seremos nosotros quienes iniciaremos el ataque, única forma que puede favorecer nuestra acción. Los extranjeros son muchos y sus armas seguras y diabólicas aniquilarán a nuestros hombres. Si a nuestro brío y a nuestra bravura no agregamos astucia y sagacidad, estamos perdidos... ¡ellos serán los vencedores!
Un rumor de voces indignadas acompañó sus últimas palabras. El más importante de los guerreros respondió:
-Señor... imparte tus órdenes que nosotros estamos dispuestos a cumplirlas. ¡No dejaremos de luchar, mientras estemos con vida, hasta que hayamos expulsado al último viracocha!
Rápido se hicieron los preparativos. La tribu estuvo en pie en contados minutos.
La noche sin luna favoreció a los nativos, que así encubiertos por la oscuridad marcharon decididos a exterminar a los intrusos.
Comenzaba a clarear cuando llegaron cerca de su punto de destino. Se distribuyeron de acuerdo a las órdenes del curaca y con empuje fiero se lanzaron al ataque de la guarnición.
Sin embargo, y contra todas las suposiciones de los jefes indígenas, en el cuartel de los españoles no se hallaban despre-venidos.
Hombres avezados en la lucha contra el indio, al que venían combatiendo desde tanto tiempo atrás, sabían que era necesario estar siempre alerta si no se quería ser víctima del ataque sorpresivo y astuto de los naturales.
Y se entabló la contienda recia, tenaz, salvaje...
Gritos estridentes, alentando a la lucha, se mezclaban con el estampido de los arcabuces. Se habían enfrentado la bravura de unos, con el coraje de los otros.
Rodaban los heridos alcanzados por el fuego de las armas españolas y caían éstos atravesados por las flechas mortíferas de los naturales.
Pero llegó un momento en que los indígenas, vencidos por la superioridad de número y de elementos, seguros de sucumbir ante el poder nefasto y arrollador de las armas extranjeras, abandonaron la lucha, dispersándose en todas direcciones.
En la confusión, nadie reconocía a sus jefes, y sintiéndose víctimas de algún enviado de Zúpay, sólo atinaban a huir, a huir del poder absoluto de las armas enemigas.
Sembrado quedó el campo de muertos y de heridos.
Cuando la calma hubo vuelto dos indígenas hallaron muerto, junto al tronco de un árbol, a Puca-Sonko, oculto por un cerco de jarilla y de sunchos.
Yacía sobre un charco de sangre y sin duda había llegado hasta allí arrastrándose, a juzgar por el rastro dejado sobre las piedras.
La parte inferior del tronco estaba tomando un color rojo. Se diría que la sangre perdida por el curaca era absorbida por el árbol, gracias a lo cual su sangre bravía seguiría circulando por un cuerpo vivo al que daría su fortaleza y su bravura.
Y según creencia de los indios así debió ocurrir, porque días más tarde todo el tronco había tomado un color rojo que hasta ese momento no tenía. Al mismo tiempo su dureza se hizo tan extra-ordinaria como había sido extraordinaria la bravura del cacique Puca-Sonko.
Así, de acuerdo a la convicción de los quichuas, nació el quebracho, árbol que puebla las selvas del norte argentino y que constituye la planta más útil de nuestra flora.
Referencias
El quebracho, conocido también con el nombre de quiebrahacha, es un árbol que debe su nombre a la extraordinaria dureza de su tronco.
El quebracho colorado se caracteriza por el color rojo de su madera, a diferencia del quebracho blanco, cuya madera es de este color.
En nuestro país se conocen dos especies de quebracho colorado: el chaqueño y el santiagueño.
El primero es un árbol que mide entre 10 y 20 metros de altura. Las ramas están, muchas veces, provistas de espinas agudas y fuertes. Las hojas son simples, enteras, unidas a la rama por un pequeño pecíolo. Las flores son pequeñas, de color amarillo verdoso. El fruto es una sámara leñosa.
Esta especie abunda en el noreste de nuestro país, en Formosa, Chaco, Corrientes, Misiones y norte de Santa Fe.
A diferencia de la especie chaqueña, el quebracho colorado santiagueño alcanza menos altura, unos quince metros más o menos, su corteza es oscura y las hojas compuestas.
Habita la región noroeste de nuestro país: Jujuy, Tucumán, Salta, Santiago del Estero, La Rioja, Catamarca, Córdoba.
Ambos árboles constituyen una de nuestras principales riquezas forestales. Su madera, extraordinariamente dura, muy rica en tanino, tiene especial resistencia a la humedad, por lo que en muchos casos reemplaza con ventaja al hierro, como sucede con los durmientes de ferrocarril, postes, pilotes y el que se usa en trabajos hidráulicos.
Se utiliza también para leña y para fabricar carbón.
El tanino que se extrae del tronco del quebracho colorado constituye un importante producto de exportación. Se envía en gran cantidad a Italia, Alemania, Francia y Estados Unidos de Norte América.
Es muy útil en el curtido de cueros, pues evita que se pudran.
Con lo expuesto, nos es fácil comprobar la gran utilidad de esta planta y la riqueza que representa para la economía de nuestro país.

Vocabulario:
ANKA: Rebelde, osado, atrevido.
TACU: Algarrobo.
PUCA-SONKO: Corazón rojo.
VIRACOCHAS: Nombre que daban los quichuas a los españoles.
ZÜPAY: El demonio.
MACHI: Hechicero, curandero.
CORO: Gusano.
CHASQUI: Correo.
INTI: Sol.
CURACA: Cacique.
Esta leyenda fue extraída de la Biblioteca "Petaquita de Leyendas", de Azucena Carranza y Leonor M. Lorda
Tomo XVII: SHIRIK (Flor del Aire)

Material compilado y revisado por la educadora argentina Nidia Cobiella

050. anonimo (quechua)

El cacuy

Sonko y Huasca eran hermanos. Habían quedado huérfanos hacía muchos años, y desde entonces vivían solos en la selva, habitando el rancho que fuera de sus padres.
Sonko era el menor. Alto, fornido y muy trabajador, poseía un corazón tierno, cuyo cariño se volcaba en su hermana, a quien quería como a la madre que perdiera siendo niño.
Pero Huasca no retribuía ese afecto. Por el contrario, siempre se mostraba agresiva con el buen hermano, disputaba con él, lo maltrataba y le hacía padecer en toda ocasión la perversidad que la dominaba.
A pesar de ello, Sonko seguía profesando un profundo cariño a esta hermana cruel.
Tanto la quería, que al ver los jugosos frutos maduros, sólo tenía un pensamiento: recogerlos para Huasca.
Así lo hizo ese día. De vuelta al rancho, cortó los más dulces y sabrosos, los depositó en un canastillo de fibras de yuchán, que él mismo fabricara, y feliz y contento con el tesoro obtenido, corrió hasta su choza a fin de entregarlos a la ingrata.
Mientras corría, pensaba:
"¡Qué contenta se pondrá Huasca! Ella habrá preparado la comida para mi almuerzo, pero yo, en cambio, le regalaré estas hermosas chirimoyas y estas sabrosas algarrobas. ¡Mi hermana es tan golosa! ¡Si su corazón fuera más dulce conmigo! Porque con los demás es muy buena... y es cariñosa... Sólo conmigo es brusca y es mala."
Se detuvo un momento, para comprobar que las frutas no sufrían con la carrera, y continuó sus reflexiones:
"¿Por qué Huasca se mostrará tan dura conmigo? Pero... ¡no importa! Yo conseguiré que me quiera. Con mi cariño lograré el de ella."
Ilusionado por su fe llegó a la choza. Al lado de ésta había un telar rústico, con una manta de vivos colores empezada. Ello le demostró que Huasca había estado trabajando.
Una canción muy suave le llegó desde el interior del rancho. Era su hermana que cantaba.
 Alentado y gozoso, al pensar en el regalo que le traía, llamó con voz dulce:
-¡Huasca!... ¡Huasca!... ¡Hermanita!...
Una linda doncella de piel cobriza apareció en la puerta de la choza. La canción se había apagado en sus labios, y una mirada hosca, cargada de rencor, acompañó a sus palabras. Dirigiéndose a su hermano, le respondió en el más brusco de los tonos:
-¡Qué quieres!
Sonko sufrió un desencanto. Le pareció que su corazón se achicaba y le dolía al sentir el desprecio de la perversa doncella. Sin embargo resistió el dolor y nada dijo. Él se había prometido conquistar el afecto de su hermana y no abandonaría la empresa al primer contratiempo.
Con suave voz y tierna expresión, le dijo:
-Mira, golosa, mira lo que he traído para ti.
Al mismo tiempo abrió la cesta cargada de apetitosos frutos, y al verlos, la mala hermana sólo supo exclamar:
-¡Chirimoyas y algarrobas! ¡Cómo me gustan!
Sin una frase de agradecimiento al pobre muchacho, le arrebató la canastilla y entró en el rancho.
El hermano la siguió. No agregó una sola palabra y se sentó dispuesto a almorzar:
En una vasija de barro, la mazamorra se cocinaba al fuego.
Tomó un "puco", y ya iba a llenarlo con el sabroso alimento, cuando su hermana lo detuvo dándole un manotón, al tiempo que le gritaba airada:
-¡Deja eso! ¿O crees que yo cocino para ti? ¡Poca comodidad sería! ¡Pasar la mañana fuera y volver cuando ya está todo hecho! ¡Cuando no hay más que estirar la mano para servirse!
Y, dominante, agregó:
-¡Retírate turay! ¡Cacuy turay!
Pero... Huasca... Yo también he trabajado. He estado recogiendo miel de lechiguana y labrando la tierra pra sembrar... Y ¿quien si no yo cuida nuestra majadita de cabras?
Con el tono más humilde continuó:
-Anda, sé razonable... Sírveme un poco de mazamorra y dame un trozo de patay...
-¡Ya he dicho que no! Si quieres comer, tú te lo has de preparar. ¡Esto es mío! ¡Cacuy turay! ¡Cacuy turay!
-Dame entonces unas chirimoyas de las que traje... -imploró el muchacho.
-Ni una. Para mí dijiste que eran y yo las comeré -terminó inflexible Huasca.
Triste la miró Sonko. Sus ojos brillaron colmados de lágrimas; pero nada respondió.
Cabizbajo salió del rancho. ¿Cómo era posible que su hermana le negara una porción de mazamorra o un trozo de patay cuando él trataba siempre de complacerla? ¿Por qué sería así su hermana? ¿Qué podría hacer él para corregirla?
Sus esperanzas de dulcificar el corazón de la perversa iban perdiendo fuerza. Se sentía incapaz de continuar. Sin embargo, haría una última tentativa.
Ese día lo pasó vagando por el bosque y alimentándose con frutas silvestres.
Entrada la noche, volvió al rancho y se acostó. Una idea fija le impedía conciliar el sueño: cómo lograr el afecto de su hermana.
Por fin, el cansancio lo venció y se quedó dormido.
A la mañana siguiente, muy temprano, volvió a salir de la choza.
Llevaba la intención de conseguir, para su hermana, algo extraordinario, algo que le agradara mucho...
Sonko pensaba:
"Tal vez así, con una dedicación y un deseo de complacerla cada vez mayores, llegará un día en que Huasca corresponderá a este hondo cariño que por ella siento. ¡Qué felices seremos entonces!"

  Levantó sus ojos al cielo y, como si hablara con alguien, continuó:

  "Viviremos unidos por un afecto profundo y nuestros padres nos bendecirán desde la estrella donde están ahora..."
  Con la agilidad de un muchacho acostumbrado a trepar árboles y a escalar montañas, Sonko apoyó en una rama baja sus pies calzados con ojotas, y ayudándose con manos, brazos y piernas fue subiendo... subiendo...
  Con las fuerzas y la desesperación que le prestaba su estado, corrió a la casa. Su hermana sabía preparar un bálsamo con las hojas y las flores del molle... Ella lo curaría y le daría de beber...
  Entró al rancho para buscar un "puco" con miel. Con ambas manos ocupadas se presentó ante Sonko.
  -¡Anda tú!... ¡Anda a la vertiente, que allí el agua sobra!... ¡Allí podrás tomar toda la que quieras!
  Cuando despertó, el sol se escondía tras los cerros vecinos. Se levantó y caminó unos pasos. El dolor de la herida persistía.
  Decidió ver a la curandera para pedirle algo que aliviara su mal. Y echó a andar en dirección a lo de la "médica".
  Fingiendo sentimientos que ya no sentía, y con la misma voz de pasados días, llamó a su hermana:
  -¡Sí! ¿Sí! En seguida. Ya lo creo que te acompañaré a buscar miel. ¡Si se me hace agua la boca!


A su paso, un ave asustada levantó el vuelo. Tan preocupado iba, que apenas prestó atención a este hecho. Tampoco oía el coro de los pájaros que a esa hora era una gloria.
Persistía en su mente la misma idea: merecer el cariño de su hermana.
De pronto, un fruto hermoso llamó su atención. Su color, su brillo y su tamaño lo hacían resaltar entre todos los otros
¡Ése sería el regalo para su hermana!
Pero, ¡qué alto estaba! Le costaría alcanzarlo... Mas, ¿qué importaban las dificultades cuando el premio iba a ser tan maravilloso?
Y ya no pensó más. Aunque los riesgos eran muchos, lo alcanzaría.
Las espinas y las ramas secas arañaban su piel y desgarraban sus ropas. Pero nada importaba. Lo esencial era llegar hasta el hermoso fruto que se ofrecía allá en lo alto.
Continuaba entusiasmado la ascención, cuando lanzó un grito. Una enorme espina se había clavado en su carne. El dolor que le producía era tan intenso que no le permitía sostenerse con la mano herida.
Trato de arrancarse la espina, pero fue en vano. La mano comenzó a hincharse y a tomar un feo color morado.
Debía darse por vencido y abandonar la empresa. Resuelto ya, comenzó a descender.
Una vez en tierra, observó la herida con detención. En un último esfuerzo, arrancó la espina, y la sangre brotó de la lastimadura. Se sintió desfallecer. Su cabeza ardía y tenía la garganta seca.
Ya le faltaba poco... Un último esfuerzo y llegaría a su rancho.
De lejos divisó a Huasca trabajando en el telar. Cuando estuvo delante, le suplicó:
-¡Huasca, por favor! Quise traerte un fruto hermoso que vi en el bosque, y cuando ya creía alcanzarlo, una espina que se clavó en mi mano me impidió lograr mi deseo. Huasca, hermanita, ¡sufro mucho y tengo sed! ¡Alcánzame un poco de agua!
La hermana se levantó de inmediato. Lo tomó de un brazo y lo ayudó a sentarse.
-¡Oh!. turay... ¡Cómo tienes la mano! Yo te la curaré y traeré agua y miel para apagar tu sed.
Así diciendo, corrió al interior del rancho, y llevando en sus manos un cántaro de barro, fue a una vertiente cercana para llenarlo con agua fresca.
Sonko creía soñar. Mentira le parecía la dedicación de la hermana. Llegaó a bendecir la espina que, al herirlo, le había permitido gozar del cariño y de los cuidados de su querida Huasca.
Corriendo volvió la doncella. Con la carrera el agua que llenaba el cántaro saltaba y caía al suelo salpicando sus piernas desnudas.
La ansiedad y el reconocimiento se pintaron en el rostro del hermano. Un dulce bienestar lo invadió al oír que Huasca le decía con dulzura:
-¡Pobre turay! Hermanito..., ¿sufres? ¿Tienes sed? Aquí hay yacu-chiri y miel en abundancia, ¿las ves?
Hizo una pausa, y cambiando de expresión y con la voz ruda de otras veces, agregó:
-¡Pero no son para ti! ¡Prefiero dárselos a la tierra!
Y al tiempo que, ante los ojos azorados del muchacho, volcaba el contenido de las dos vasijas, lanzando una carcajada estridente y burlona, continuó:
Esto bastó para que el cariño que sentía el muchacho se trocara en un odio intenso contra la perversa hermana.
Un sentimiento de venganza nació en él, tan profundo y persistente, que ya no lo abandonó.
Arrastrándose casi, llegó a la vertiente. Se hechó en el suelo y con avidez bebió el líquido fresco.
Sumergió en el agua la mano herida y se sintió mejor. Un suave sopor lo invadió y a la sombra de un árbol corpulento se quedó dormido.
El canto de los pájaros no se oía ya. Los rumores de la selva se habían apagado. Una estrella lejana brilló en el cielo. La media luz del crepúsculo, con reflejos rojos de incendio, iluminaba la paz de la tierra.
Sólo en el alma del pobre turay rugía, como una tormenta, la venganza.
Con conocimientos de hierbas y emplastos, el muchacho curó. A los pocos días estuvo completamente bien
¡Cómo había cambiado Sonko! La mirada, antes tierna, era ahora hosca y dura. Su voz había perdido la dulzura de otros días.
Callado y taciturno, continuaba preparando sus planes.
Un día, de vuelta del valle, a donde llevara la majadita de cabras, se dirigió muy resuelto al rancho. Iba a poner en práctica su idea de venganza.
-¡Huasca!... ¡Hermanita! He encontrado para ti algo que te va a dar un gran placer, golosa.
-¿Qué es, turay?
-Una colmena. Si te animas y me acompañas, toda la miel será para ti. La recogeremos y en varias vasijas la traeremos a casa. ¿Me acompañas?
-No olvides de llevar un poncho para envolverte la cabeza. Ya sabes que las abejas no abandonan de buen grado la colmena y te picarían sin piedad.
Muy preparados se fueron los dos hermanos. Caminaron entre plantas hermosas de grandes hojas y perfumadas flores. Los piquillines y los mistoles les ofrecían sus frutos dulces. La puya-puya les brindaba sus flores blancas y fragantes. La exuberante vegetación de la selva era allí un maravilloso espectáculo.
Al llegar a un claro del bosque, el hermano se detuvo.
-Aquí es -le dijo. Envuélvete la cabeza con el poncho, defendiendo tu cara de las picaduras de las abejas. ¿Ves ese árbol tan alto? En la cima está la colmena. ¿Te animas a subir?
-Ya lo creo. Tú me guiarás, pues yo no veré muy bien con mis ojos cubiertos con el poncho.
-No tengas cuidado. Yo te conduciré -la conformó su hermano.
Con mucho trabajo fueron subiendo al árbol que era el de mayor tamaño del lugar.
Una vez que hubo instalado a la hermana, sentada en una horqueta, en lo más alto de la copa, Sonko, fingiendo acercarse a la colmena, sacó de su cintura un hacha y comenzó a descender cortando las ramas que abandonaba.
Así dejó el tronco liso y sin puntos de apoyo para que no pudiera bajar la infeliz Huasca.
Ella, confiada y ajena a lo que sucedía, esperaba que su hermano le indicara la tarea a cumplir.
Cuando Sonko llegó a tierra, se alejó del lugar dejando abandonada y sin defensa a la ingrata hermana.
Pasados algunos instantes, y en vista de que no oía al muchacho, Huasca empezó a temer.
Apartó el poncho de su vista, y lo que vio le hizo temer algo desagradable. Anochecía y su hermano había desaparecido. Lo llamó, primero tranquila, pero al no obtener respuesta, el miedo la dominó.
Con tono quejumbroso y desesperado, que era un lamento, gritó:
-¡Turay! ¡Turay!
Pero el hermano no apareció. Con gran sorpresa de su parte, sintió que sus miembros se endurecían, que toda ella cambiaba de forma y su cuerpo se cubría de plumas. En pocos instantes quedó convertida en un ave cuyo grito lastimero se oía en la quietud de la hora.
-¡Turay! ¡Turay!
Y como recordando la orden que le daba de continuo, repetía:
-¡Cacuy turay! ¡Cacuy turay!
Desde entonces, este llamado, que es un doloroso recuerdo, un verdadero lamento, y que tal vez sea un grito de arrepentimiento, se oye al anochecer, cuando el cacuy se acuerda que fue una hermana cruel y perversa.
Así llama al hermano para pedirle perdón:
-¡Turay!... ¡Turay!
Y vuelve a repetir como en otros días:
-¡Cacuy turay!... ¡Cacuy Turay!...
Los que, al anochecer, oyen el grito de esta ave, se estremecen, pues creen escuchar el grito lastimero de una persona. Tal vez es su parecido con el gemido humano.

Referencias
El cacuy es un ave nocturna. Duerme durante el día escondida en algún árbol y aparece cuando el sol se esconde.
Tiene un aspecto desagradable. Su cuello, grueso y corto, sostiene una cabeza chata, en la que se destacan los ojos muy grandes y una boca enorme.
Para posarse busca el extremo de las ramas secas. El color de la corteza es como el del plumaje, pardo con mezcla de negro. Estirada sobre ellas, parece una continuación de la misma rama. En esa forma trata de pasar inadvertida y fuera de la vista de los cazadores.
Hace el nido en los huecos de los árboles con pequeñas ramas y recubre la parte interior con cerdas.
Su canto es un grito quejumbroso y muy fuerte que se oye a gran distancia. Muchos lo confunden con el lamento de un ser humano.
Esta forma de gritar: "¡ca... cuy! ¡ca... cuy!" ha originado el nombre con que la designan los pueblos de habla quichua. Los guaraníes le llaman urutaú.
En la Argentina habita las zonas Norte y Nordeste.
En Tucumán y Santiago del Estero se supone que su grito augura cambio de tiempo.
En Catamarca se tiene la creencia de que, al gritar, anuncia la proximidad de alguna colmena.
Es un ave mágica, se lo llamó antiguamente Kakó Kokó y luego Kakuy por deformación. En Tucumán entre los Lules: Tarpuí - llox; en el Litoral: Urutaú - gueimiene; entre los Jíbaros: Aohó, y en las tribus Guaicurúes: Nabopena - ganaga. Sus distintas formas de pronunciación se deben a las diferentes lenguas aborígenes.
Su nombre científico es " Nyctibius Griseus Cornutus ".

Vocabulario:
Sonko: Corazón
Huasca: Soga
Chirimoya: Fruto del chirimoyo, de sabor muy agradable
Algarroba: Fruto del algarrobo
Mazamorra: Comida hecha con maíz blanco muy cocido en agua
Patay: Pan de harina de algarroba negra
Lechiguana: Avispita que fabrica miel
Turay: Hermano
Puco: Escudilla
Cachu'y: "Haz harina"
Cacuy turay: "Muele harina, hermano"
Ojota: Plantilla de cuero que se asegura a los pies por medio de tiritas de cuero
Yacu: Agua
Yacu-Chiri: Agua fría.

Esta leyenda fue extraída de la Biblioteca "Petaquita de Leyen-das", de Azucena Carranza y Leonor M. Lorda
Tomo IV: PICHI HUILQUI (Zorzalito)

Material compilado y revisado por la educadora argentina Nidia Cobiella

050. anonimo (quechua)

La azucena del bosque

Hace muchos, muchos años, había una región de la tierra donde el hombre aún no había llegado. Cierta vez pasó por allí I-Yará (dueño de las aguas) uno de los principales ayudantes de Tupá (dios bueno). Se sorprendió mucho al ver despoblado un lugar tan hermoso, y decidió llevar a Tupá un trozo de tierra de ese lugar. Con ella, amasándola y dándole forma humana, el dios bueno creó dos hombres destinados a poblar la región.
Como uno fuera blanco, lo llamó Morotí, y al otro Pitá, pues era de color rojizo.
Estos hombres necesitaban esposas para formar sus familias, y Tupá encargó a I-Yará que amasase dos mujeres.
Así lo hizo el Dueño de las aguas y al poco tiempo, felices y contentas, vivían las dos parejas en el bosque, gozando de las bellezas del lugar, alimentándose de raíces y de frutas y dando hijos que aumentaban la población de ese sitio, amándose todos y ayudándose unos a otros.
En esta forma hubieran continuado siempre, si un hecho casual no hubiese cambiado su modo de vivir.
Un día que se encontraba Pitá cortando frutos de tacú (algarrobo) apareció junto a una roca un animal que parecía querer atacarlo. Para defenderse, Pitá tomó una gran piedra y se la arrojó con fuerza, pero en lugar de alcanzarlo, la piedra dio contra la roca, y al chocar saltaron algunas chispas.
Este era un fenómeno desconocido hasta entonces y Pitá, al notar el hermoso efecto producido por el choque de las dos piedras volvió a repetir una y muchas veces la operación, hasta convencerse de que siempre se producían las mismas vistosas luces. En esta forma descubrió el fuego.
Cierta vez, Moroti para defenderse, tuvo que dar muerte a un pecarí (cerdo salvaje - jabalí) y como no acostumbraban comer carne, no supo qué hacer con él.
Al ver que Pitá había encendido un hermoso fuego, se le ocurrió arrojar en él al animal muerto. Al rato se desprendió de la carne un olor que a Morotí le pareció apetitoso, y la probó. No se había equivocado: el gusto era tan agradable como el olor. La dio a probar a Pitá, a las mujeres de ambos, y a todos les resultó muy sabrosa.
Desde ese día desdeñaron las raíces y las frutas a las qué habían sido tan afectos hasta entonces, y se dedicaron a cazar animales para comer.
La fuerza y la destreza de algunos de ellos, los obligaron a aguzar su inteligencia y se ingeniaron en la construcción de armas que les sirvieron para vencer a esos animales y para defenderse de los ataques de los otros. En esa forma inventaron el arco, la flecha y la lanza. Entre las dos familias nació una rivalidad que nadie hubiera creído posible hasta entonces: la cantidad de animales cazados, la mayor destreza demostrada en el manejo de las armas, la mejor puntería... todo fue motivo de envidia y discusión entre los hermanos.


Tan grande fue el rencor, tanto el odio que llegaron a sentir unos contra otros, que decidieron separarse, y Morotí, con su familia, se alejó del hermoso lugar donde vivieran unidos los hermanos, hasta que la codicia, mala consejera, se encargó de separarlos. Y eligió para vivir el otro extremo del bosque, donde ni siquiera llegaran noticias de Pitá y de su familia.
Tupá decidió entonces castigarlos. El los había creado hermanos para que, como tales, vivieran amándose y gozando de tranquilidad y bienestar; pero ellos no habían sabido corresponder a favor tan grande y debían sufrir las consecuencias.
El castigo serviría de ejemplo para todos los que en adelante olvidaran que Tupá los había puesto en el mundo para vivir en paz y para amarse los unos a los otros.
El día siguiente al de la separación amaneció tormentoso. Nubes negras se recortaban entre los árboles y el trueno hacía estremecer de rato en rato con su sordo rezongo. Los relámpagos cruzaban el cielo como víboras de fuego. Llovió copiosamente durante varios días. Todos vieron en esto un mal presagio.
Después de tres días vividos en continuo espanto, la tormenta pasó.
Cuando hubo aclarado, vieron bajar de un tacú (algarrobo) del bosque, un enano de enorme cabeza y larga barba blanca.
Era I-Yará que había tomado esa forma para cumplir un mandato d e Tupá.
Llamó a todas las tribus de las cercanías y las reunió en un claro del bosque. Allí les habló de esta manera:
Tupá, nuestro creador y amo, me envía. La cólera se ha apoderado de él al conocer la ingratitud de vosotros, hombres. Él los creó hermanos para que la paz y el amor guiaran vuestras vidas... pero la codicia pudo más que vuestros buenos sentimientos y os dejasteis llevar por la intriga y la envidia. Tupá me manda para que hagáis la paz entre vosotros: iPitá! iMoroti! ¡Abrazaos, Tupá lo manda!
Arrepentidos y avergonzados, los dos hermanos se confundieron en un abrazo, y tos que presenciaban la escena vieron que, poco a poco, iban perdiendo sus formas humanas y cada vez más unidos, se convertían en un tallo que crecía y crecía...
Este tallo se convirtió en una planta que dio hermosas azucenas moradas. A medida que el tiempo transcurría, las flores iban perdiendo su color, aclarándose hasta llegar a ser blancas por completo. Eran Pitá (rojo) y Morotí (blanco) que, convertidos en flores, simbolizaban la unión y la paz entre los hermanos.
Ese arbusto, creado por Tupá para recordar a los hombres que deben vivir unidos por el amor fraternal, es la "AZUCENA DEL BOSQUE".

037. anonimo (guarani-paraguay)