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sábado, 18 de agosto de 2012

La leyenda del guayrá

Guayrá era un indio bueno. Tenía especial predilección por las "igás" (canoas) y dedicaba todo su tiempo a la fabricación de esas embarcaciones. De sus manos salían canoas admirables que despertaban la admiración y envidia de los demás.
Un día concluyó la que él consideraba más perfecta de su ingenio inquieto y creador.
Ufano, decidiose dar con ella un paseo por el Paraná.
Y así, gallardamente se deslizó por las mansas aguas del río dejando vagar sus pensamientos al azar. Anduvo extasiándose varias horas con el pintoresco paisaje que le ofrecían las orillas que encerraban todas las gamas del encantamiento que la Naturaleza y Dios pueden ofrecer al hombre, y cuando estaba próximo a hacerse la noche, quiso volver río arriba para regresar a su choza. A pesar de la aparente mansedumbre de las aguas, notó que la corriente le impedía remontar el trayecto recorrido. Comenzó a inquietarse, y duplicando su esfuerzo y su habilidad, intentó vencer la resistencia del agua. Inútilmente.
No conseguía avanzar ni un palmo. Presintió algo fatal y tornó a hacer supremos esfuerzos por zafarse de aquella dramática situación. Entonces comenzó a anochecer súbitamente y una tormenta furiosa atronó el espacio. Taú, el genio de las tormentas y acólito de Añang lo había atrapado.
Mientras oía las palabras de Taú, Guayrá luchaba desesperadamente gastando sus últimas energías.
Se embravecieron los vientos y las lluvias, y abatido Guayrá se dejó llevar por la corriente. La gallarda embarcación no resistió la furia de las aguas y bajo un relámpago cegador se abatió en ellas. Guayrá luchó un instante solo, pero de pronto, dando un salto espectacular, se hundió para siempre en aquel mar proceloso…
Consumada su obra, Taú se rió estrepitosamente, y su risa diabólica se prolongó largo tiempo en la noche.
Volvieron las aguas a tranquilizarse y se despejó el cielo. Pero en aquel lugar las aguas formaron un salto turbio, símbolo de la tragedia, y que los guara desconocen con el nombre de Salto de Guayrá.

037 anonimo (guarani)

La alegría de vivir

La alegría es la sal que sazona la vida, la llave de oro que abre todos los corazones. Al revés de la tristeza, la alegría es comunicativa. Es lo que en las flores el perfume; si no lo poseyeran, perderían la mitad de su encanto. El optimismo es la lima que suprime las aristas agresivas que a menudo nos oponen las cosas, la piel de gamuza que deja pulida y brillante su superficie. Como la fuerza disimulada bajo la gracia es doblemente eficaz, la voluntad logra más fácilmente lo que se propone si la acompañan la alegría y el buen humor. Aun en el trance de la muerte, ¿por que no volver el rostro hacia la vida, y despedirnos de ella sin acritud? ¿No sería la forma de expresarle nuestro agradecimiento por todo lo bueno que nos dio? Terminare estas disgresiones con un cuento a propósito, de los muchos que se atribuyen a Perurimá. Cansado de sus bromas y jugarretas, y de las quejas que con tal motivo le hacían llegar los vecinos, fue condenado a muerte por el Cacique. Perurimá no se inmutó. Solicitó como gracia se le permitiera elegir el árbol en que debía ser ahorcado. Pero transcurrieron días y días sin que lo hallara. El Cacique le fijó entonces un término perentorio de horas para hacerlo. Al poco rato regresó con el semblante iluminado por una sonrisa. Y entre el empiringotado personaje y el humilde vasallo, se entabló el siguiente diálogo:
-¿Encontraste por fin el árbol?
-Sí, Mburubichá (Jefe).
-¿En dónde está?
-En el patio de mi casa.
-En los alrededores de tu casa, que no pasa de ser un miserable tapií (choza), jamás he visto un árbol.
-Y sin embargo, se cuentan por cientos.
-Te estás burlando de mí y vas a pagarlo con una muerte inmediata.
Es que se trata de un tipichatá [1].
Tras la sorpresa que le produjo tal respuesta, comprado por el humor de que aun en el trance de perder la vida hacía gala Perurimá, no tan sólo le levantó la pena sino que lo sentó a comer en su mesa. En cuanto a los vecinos, el Cacique, que como buen gobernante, de todo sabía sacar partido, les ordenó que arrancaran cuantos tipichatás existieran en el pueblo -con lo que ganaría su limpieza-, a fin de que Perurimá no pudiera recurrir a ellos en el caso de que volviera a ser condenado, y solicitara y obtuviera la gracia de elegir nuevamente el árbol del que lo ahorcaran.

037 anonimo (guarani)



[1]El tipichatá, conocido vulgarmente con el nombre de escobadura, es una planta pequeña, de forma arborecente, común en Corrientes.

Historia del aguapé

Ivopé ‑hijo del cacique Curivai‑ y Atí se amaban, querían casarse. El pretendiente contaba ya con el consentimiento de su suegro y debía cumplir, antes de realizar su propósito, la condición exigida por el cacique: siguiendo con una costumbre de la raza, debía levantar su cabaña y tener su parcela de tierra para cultivar, con el fin de poder ayudar a la que sería su nueva familia.
Por eso, Ivopté trabajaba desde muy temprano, hasta que el sol se ocultaba en el horizonte.
Esa tarea le llevaría más de una luna, pero la realizaba con gran placer, pues ese sería su hogar cuando se casara: el suyo, el de su mujer y el de sus hijos.
La casa fue construida, Ivopé y Atí se casaron, y al tiempo tuvieron un hermoso hijo, El niño se llamaba Chululú y gozaba de la predilección del cacique, su abuelo. A medida que crecía él le enseñaba a nadar, a manejar el arco, a dirigir una canoa, y era muy común verlos juntos en la costa, pescando con anzuelos de madera o con flechas.
Un día que la tribu se dedicaba a sus tareas cotidianas de labrar la tierra, recoger manduví, miel silvestre o porotos, de hilar algodón o de tejer mantas en telares rudimentarios, fue sorprendida por la llegada de Ñaró, que venía jadeante, en busca del cacique.
Se lo notaba muy exaltado, pero el hábito de hablar con voz suave ‑rasgo preponderante de toda la raza y en general de los aborígenes‑ no le permitía gritar. Ya al lado del jefe indígena, le informó que se acercaban tres embarcaciones de hombres blancos...
‑¿Cómo sabes que son embarcaciones de hombres blancos, si jamás han llegado hasta aquí? ‑preguntó dudoso el cacique.
‑Yo las conozco ‑respondió Ñaró como si tal cosa, Yo estuve con los charrúas... Vi a los blancos apoderarse de la tierra de los charrúas...
Rápidamente se reunieron los principales jefes de familia y decídieron prepararse para atacar y sojuzgar a los extranjeros que llegaban, como lo habían hecho con otras tribus.
El cacique ejecutó las órdenes. Los hombres dejaron sus útiles de labranza y corrieron en busca de las armas; las mujeres y los niños se dirigieron al bosque, donde estarían más seguros.
En pocos instantes todo vestigio de movimiento desapareció del lugar. Se hubiera dicho que era una aldea abandonada. Cerca de la costa, detrás de los árboles y de los macizos de plantas que crecían exuberantes en esa zona tropical, se ocultaban los guaraníes, que estaban bien armados. El oído alerta y la vista aguda en dirección hacia donde el vigía daría el aviso del desembarco de los invasores.
El sol del mediodía calentaba los cuerpos en guardia de los guerreros cuando anclaron las naves españolas. Un rato después, los indígenas miraban azorados los extraños vestidos y el aspecto de los extranjeros, que caminaban con cautela por la orilla del Paraná.
Cuando el asombro dio lugar a la acción, una flecha silbó en oídos. El ataque comenzaba. Sin embargo, no duró mucho, los aborígenes, aterrados ante las explosiones de las armas españolas que vomitaban fuego y proyectiles, abandonaron la lucha. Trataron de huir, convencidos de que únicamente enviados de Aná podían lanzar fuego en la forma que lo hacían los invasores.
Al asalto se habían agregado los cañones de las embarcaciones, cuyo estampido logró aterrar a los guerreros y cuyas balas, al matar a varios de ellos, fueron razón más que suficiente para convencerlos de la superioridad extranjera, a la que no tenían más remedio que someterse.
El Capitán don Álvaro García de Zúñiga quedó al mando del poblado y como pensaba quedarse por mucho tiempo, había traído consigo a su única hija, María del Pilar.
La niña, que había perdido a su madre desde muy pequeña, tenía quince años de edad y acompañaba a su padre en las expediciones. Rubia, de grandes ojos azules y de piel blanca, contrastaba con las jovenes indias de piel cobriza, rasgados ojos negros y cabello lacio y renegrido.
Alegre, dulce y sencilla, María del Pilar se hizo querer rápidamente por todos los niños. Ellos disfrutaban de sus cuentos fantásticos, mitad en español, mitad en guaraní. A veces paseaban juntos por la playa. Uno de los mayores placeres para los pequeños guaranies era recorrer largas distancias a nado, y María del Pilar siempre los acompañaba.
Durante más de un año los españoles se establecieron en la aldea.
El verano era sofocante. Los días hermosos, bajo un sol de fuego, especiales para estar en el agua, y los niños no desperdiciaban esta oportunidad. Entonces, la playa se poblaba de gritos. María del Pilar festejaba las travesuras de sus amiguitos y unía su alegría a la de ellos.
Ese día, un sol abrasador calcinaba la tierra. Las aguas del río, transparentes y calmas, reflejaban el celeste maravilloso del cielo y la exuberante vegetación de las orillas, como un gran espejo puesto por la naturaleza para reproducir tanta belleza.
Al provenir de una raza de excelentes nadadores, los pequeños se movían en el agua como los mismos peces: se zambullían, chapoteaban, hacían mil piruetas que provocaban la risa de la bella española, siempre dispuesta a festejarlas ocurrencias de sus amiguitos.
Chululú, de siete años, nieto del cacique Curivai, resultaba uno de los más audaces. A pesar de su corta edad, ya había dado pruebas de ser un buen nadador, por eso era él quien se alejaba más de la costa y el que mejor conocía los secretos del río.
Como siempre, con brazadas seguras y movimientos precisos de su cuerpo ágil, Chululú se separó de sus compañeros nadando hacia el centro del río. La calma era total. El Paraná, tranquilo, se dejaba invadir por el grupo de niños. Hasta que, de pronto, el aire trajo un pedido angustioso:
‑¡Socorro! ¡Me ahogo ... ! ¡Socorro...
¡No podía ser! Se trataba de Chululú, que se debatía en las aguas, al tiempo que repetía sin cesar su grito de auxilio.
Los niños, paralizados por el miedo, gritaron también. María del Pilar los oyó. Nadie más que ella se encontraba por los alrededores. Nadie más que ella podía salvar al pequeño Chululú. Sin pensarlo un segundo se quitó la amplia falda y los botines y se lanzó al agua, tratando de alcanzar cuanto antes al pequeño nadador.
Ella también sabía nadar muy bien, por eso no le fue complicado llegar: pronto estuvo junto al niño.
Era una zona profunda, de corrientes muy fuertes. Trató de tomarlo por los hombros, tal como su padre le había enseñado, pero no le fue posible. Chululú perdía fuerzas y ya le resultaba casi imposible mantenerse a flote. Un remolino se lo llevaba.
Desesperada, María del Pilar volvió a intentar acercarse al niño, pero nuevamente comprendió que sus esfuerzos resultaban inútiles. Los otros niños, mientras tanto, habían salido del agua y corrieron hasta la aldea para avisar lo que ocurría.
El cacique, enterado del peligro que corrían la valiente jovencita española y su nieto, acudió rápidamente a la costa y se arrojó al agua para salvar a los chicos. Al ser buen nadador, no le sería difícil llegar, aunque ya se encontraban aún más lejos, la corriente los arrastraba hacia el centro del río.
María del Pilar y Chululú aparecían y desaparecían. Cuando la valiente española vio que el cacique, con brazadas seguras, se acercaba, tomó confianza e hizo terribles esfuerzos por mantenerse a flote. Pero las aguas traicioneras, con movimiento envolvente, la atrajeron a su seno y la niña no volvió a aparecer.
Cuando el cacique por fin llegó donde su nieto se debatía desesperado, la niña había desaparecido por completo. Otros nadadores que se arrojaron al agua buscaron afanosos a María del Pilar, pero todo fue inútil. El río guardaba celoso la presa lograda después de una lucha tan tenaz.
La última visión que tuvieron de ella fueron sus grandes ojos azules buscando desesperados el socorro que no terminaba de llegar. El cacique, que había conseguido rescatar a su nieto de las aguas traicioneras, lo tendió en la playa para que se recuperara. El pobre niño, con voz casi moribunda, balbuceaba: ¡María del Pilar…! ¡María del Pilar…!
Pero su amiga, la amiga de todos los niños de la tribu, había desaparecido para siempre.
Una pena muy grande envolvió a todos y puso en sus semblantes una expresión de infinita tristeza por la pérdida de la bondadosa y dulce María del Pilar. Tanto lamentaron los aborígenes su desaparición, tan intenso fue su dolor que, sin duda, algún genio bondadoso se compadeció de ellos. Deseosos de eternizar la presencia de la extranjera, que desde su llegada solo había sembrado cariño y bondad, transformó su cuerpo muerto en una planta acuática, que desde entonces se desliza por la superficie bruñida de las aguas del Paraná.
Volvió a nacer, allí donde había perdido su vida humana, repartiéndose luego por los ríos y arroyos de nuestro país.
A esa planta que nosotros llamamos camalote, los guaraníes pusieron de nombre aguapé.
Su mayor belleza reside en sus flores, que surgen de entre el tupido follaje como racimos de estrellas celestes aliladas, como celestes eran los hermosos ojos de María del Pilar.

037 anonimo (guarani)

El yaguareté hú

Del guarani: Yaguareté: tigre. Hú: negro
                         
En la zona de influencia guaraní en torno de los fogones los paisanos en apretada rueda, narran siempre con nuevos detalles las hazañas y persecuciones del  " yaguareté tié" (tigre que hay que evitar).
Vivía en las orillas del río Gualeguay un hombre muy bueno y trabajador. Pero un día, unos bandidos lo asaltaron para robarle y lo asesinaron cobardemente.
El buen hombre murió de espaldas, con los ojos bien abiertos. Señal que se vengaría de sus asesinos.
Y así fue en efecto. Poco tiempo después, de entre los pajonales del estero, salió un enorme tigre negro que se lanzó sobre uno de los criminales y lo mató de un zarpazo, sin herir a ninguno de los que le acompañaban.
Más tarde aconteció lo mismo con otro de ellos, y luego otro. Donde quiera que uno de los asesinos se presentara aparecía el tigre, elegía sin titubeos al culpable y lo ultimaba... Todos los criminales cayeron así bajo la garra implacable del yaguareté hú y desde entonces, no se tiene memoria que el tigre haya atacado a alguien más…
Aquel tigre no es otro que el paisano bueno convertido en fiera, por quién sabe qué poderosas influencias, para vengar a sus asesinos.
Aun hoy el tigre negro vaga por los pajonales, y si bien es cierto que no ataca a. nadie, pues ya cumplió su misión, todos le temen por su origen sobrenatural, esperando que algún día desaparezca de los esteros para tranquilidad de los moradores, que viven pendientes del espejismo de aquel prodigioso acontecimiento...

037 anonimo (guarani)

El velo de la novia

(Cataratas del Iguazú)

La exuberante vegetación de la selva tropical envuelve el paisaje con el embrujo de su magnifica belleza.
Los árboles elevan sus copas al cielo en isipós, helechos y bejucos, y se mezclan y se entrecruzan unos con otros en cascadas de verdes intensos, de amarillos, de sepias y de pardos.
El duro lapacho cubierto de flores violáceas, el peteribí festoneado de pétalos blancos, el Jacarandá que luce su floración añil, el ivirá pitá con su manto de corolas amarillas, y los cedros, los algarrobos, los quebrachos y los timbós, que forman la abigarrada selva, son cuna y sostén de las maravillosas orquídeas que, en múltiples formas y coloridos hermosos, se ofrecen con profusión a los ojos admirados de los que llegan a gozar de belleza tan extraordinaria.
Y junto a esta hermosura de formas y de colores, el magnífico espectáculo del río, del Iguazú, del Agua Grande, como bien lo nombraron los primitivos habitantes de la región.
Fue en tiempos de los guaraníes, precisamente, hace muchísimos años, tantos que no se podría determinar su número.
En ese marco de Soberbia belleza, en una choza levantada junto a la orilla, defendida por los colosos de la selva, vivía Panambí con su madre.
Tan bonita y tenue como mariposas que en vuelo raudo cruzaban la floresta, era esta Panambí de la leyenda.
Bonita, muy joven, de grandes y expresivos ojos negros y lacio y brillante cabello, vivía gozando de los dones que le brindaba la naturaleza.
Su voz armoniosa se desgranaba en dulces melodías, cuando, dirigiendo la frágil canoa, llevando su cesto tejido con fibras de yuchán, iba en busca de apetitosos frutos o de exquisita miel silvestre, de camoatí o de lechiguana.
Su madre la oía desde lejos y distinguía su voz cristalina destacándose del ruido que hacía el agua al precipitarse desde la altura y de los trinos de los pájaros que cantaban en la fronda...
Panambí llegada fresca y armoniosa, con su cesto repleto de provisiones. Era una flor más, entre las flores de la selva y su sonrisa constante reflejaba su amor a la vida, su alegría de vivir.
Un día, como tantos otros, Panambí, con su cesto enlazado en el brazo, llegó hasta la orilla donde se hallaba amarrada la canoa. marchaba a su cabaña llevando el tribuno del bosque.
Desató el cordel que sujetaba la canoa; tomó la pala y a los pocos instantes, manejada con pericia, la embarcación se deslizaba por las aguas tranquilas en dirección a su oga.
Volvía del grupo de islas a las que había llegado en busca de frutos y de miel de camoatí. Allí el río era ancho y la corriente muy suave. El crepúsculo teñía de rojo, violado y oro, las nubes y las aguas.
La vegetación de las orillas, erguida o inclinada sobre el río, ponía un marco de verdes diversos en el paisaje.
A mitad de camino se cruzó con otra canoa. La dirigía un indio joven, desconocido para ella, que la miró, con curiosidad primero, con interés, luego.
El indio, apuesto, de piel cobriza y brillante, de cuerpo recio y brazos fuertes, impulsaba la canoa con movimientos firmes y precisos.
Al pasar cerca de la doncella, clavó sus ojos dominadores en la dulce Panambí y una gran admiración se pintó en ellos.
La niña quedó como hipnotizada, incapaz de separar su vista del desconocido que así la había impresionado.
Continuó mirándolo en la misma forma hasta verlo desaparecer en la lejanía. Por un momento quedó inmóvil, en medio del río, la canoa mecida suavemente por el vaivén de las aguas.
Cuando volvió a la realidad, la luna había extendido su manto de plata y se reflejaba en el río dibujando una estela brillante.
Pensando en su madre que la esperaría ansiosa, dio a la pala un impulso vigoroso y la canoa surcó las aguas con rapidez.
Al llegar a su cabaña, tal como se lo figuraba, la madre la esperaba afligida.
- ¿Qué te ha sucedido, Panambí? ¿Cómo vuelves tan tarde? - le preguntó.
- No sé... madre... - respondió la niña con mirada ausente.
La madre la miró sorprendida. Una expresión desconocida, como ausente, se pintaba en el semblante de la niña. Por eso, alarmada, insistió:
-¿Qué te ha sucedido, Panambí? ¿No habrás hallado, por ventura, a Pyra-yara?
La niña la miró con mirada turbada y nada respondió. Ella misma no sabía lo que sucedía: pero eso si, sabía que no estaba como siempre.
El recuerdo del apuesto muchacho que viera en el río, no la abandonó desde entonces.
Si caminaba sobre la tierra rojiza que formaba los senderos, o marchaba por la selva separando helechos e isipós para poder pasar, o recostada en su hamaca miraba al cielo azul, o junto a la orilla mojaba sus pies en el agua clara que lamía la playa, la imagen del desconocido estaba siempre ante ella como un ser sobrenatural que la hubiera hechizado.
Sólo ansiaba que llegara la tarde para tomar su canoa y marchar a las islas, con la esperanza de volverlo a ver.
Y cada tarde y cada crepúsculo, el encuentro se repitió durante mucho tiempo.
Una noche, la paz reinaba en la selva y en la cabaña de la orilla, cuando se oyó, viniendo del río, un ruido de remos que hendían las aguas. Estas, a su contacto, se agitaban y se encrespaban, levantándose en olas que golpeaban con furia en la playa.
Panambí tuvo un sobresalto y se despertó como al conjuro de un mandato ineludible.
Abandonó la hamaca tejida, de algodón, donde hallaba descansando, y corrió a la orilla atraída por el llamado del desconocido que en ese instante pasaba con su canoa frente a la niña.
Panambí miraba absorta hacia el medio del río.
La misma fuerza que la impulsó hasta allí la condujo hacia el lugar donde se  había detenido la canoa.
Al introducir sus pies en el río, éste se calmó y una superficie de aguas mansas y tranquilas la invitó a llegar hasta la embarcación que esperaba.
Panambí, inconsciente, obedeció a la fuerza poderosa que la dominaba y entró en el agua, la mirada fija en un punto lejano...
Las aguas, bajas al principio, sólo taparon sus pies, pero a medida que se internaba en ellas, iban cubriendo todo su cuerpo hasta que en un instante, sin notarlo siquiera, con la visión del apuesto guerrero que aún la esperaba, Panambí se hundió en las aguas que la envolvieron con su manto de cristal.
Poco después, el cuerpo exánime de la doncella, llevado por las aguas, aparecía junto a Pyra-yara, que no otro era el extraño ocupante de la embarcación.
El Dueño del río y de los peces, la tomó entre sus brazos fuertes y colocó el cuerpo sin vida en una balsa de juncos y tacuaras que flotaba amarrada a la popa de su canoa.
Con tan delicado botín, dirigió su embarcación hacia el lugar donde las aguas, al despeñarse en el abismo, formaban una enorme caída.
Los cabellos de Panambí, fuera de la balsa, marcaban una estela oscura en las aguas del río.
Navegaron durante algunos instantes, hasta que un ruido sordo e impotente, anunció la proximidad de la caída.
Al llegar, la canoa dirigida por Pyra-yara, apenas apoyada en las aguas, cayó al abismo formando un todo con la masa líquida, para seguir allí abajo el curso del río, como si no hubiera tenido que pasar semejante obstáculo, demostrando con ello su naturaleza sobrehumana.
No sucedió lo mismo con el cuerpo de Panambí que, despedido de la balsa por el potente impulso de la caída, quedó preso entre piedras del gran macizo por donde se volcaban las aguas al abismo, convirtiéndose en piedra ella misma y guardando sus formas humanas.
Un chorro de agua muy blanca y muy tenue se desliza desde entonces por su cabeza y cubre su cuerpo de piedra semejando un velo de novia que se deshace en gotitas de cristal antes de volver a formar parte del caudal del río.
Ese fue el final de Panambí, la enamorada de un imposible, que olvidó que Pyrayara, Dueño del río y de los peces, es incapaz, por ser esencia divina, de amar a ninguna mujer sobre la tierra.
  
Biblioteca "Petaquita de Leyendas", de Azucena Carranza y Leonor M. Lorda Perellón, Ed. Peuser, Bs. As. 1952
Tomo VI: RAYITRÁI (Cascada de flores)

Vocabulario
IGUAZU: (I: agua; GUAZU: grande) Agua grande.
PANAMBI: Mariposa.
YUCHAN: Palo borracho.
OGA: Casa.
CAMOATI: Avispa melera.
PYRA-YARA: Dueño del río y de los peces.

037 anonimo (guarani)

El timbó

El timbó es un árbol corpulento de hermosa forma, cuya parte superior se parece a una sombrilla abierta. Su madera es muy consistente y tiene la particularidad de no agrietarse ni astillarse. Su fruto es una baya negra, muy semejante a una oreja humana. Por eso los guaraníes le llaman cambá nambí (oreja negra) . Este árbol tiene una hermosa leyenda.
Se dice que un cacique famoso llamado Saguáa, adoraba a su hija bella como el sol, llamada Tacuarée. Vivía por ella y para ella. Pero he aquí que un día Tacuarée se enamora de un cacique de una tribu lejana. Llevada por ese amor irresistible abandona a su padre para unirse al hombre amado.  Sagnáa, desesperado, sale a buscada. Anda días y días entre la selva afrontando miles de peligros. Nada le arredra. Quiere encontrar a su hija amada. En el delirio de la desesperación cree escuchar sus pasos en la selva y aplica sus oídos sobre la tierra. Ese oído capaz de escuchar los más recónditos murmullos de la selva y descifrarlos. Pero nada puede escuchar y sigue andando y apoyando su oído a la tierra, con la esperanza postrera de oír los pasos de Tacuarée. Cuando ya sus fuerzas están agotadas, cae rendido, presa de una fiebre mortal. Y muere con el oído pegado a la tierra…
Mucho tiempo después, dos hombres de su tribu lo encuentran, pero cuando quieren levantar su cuerpo, notan que tiene una oreja. unida a la tierra donde ha echado. raíces. Para arrancar el cuerpo deben cercenar la oreja; pero ésta ha echado raíces y da origen a una nueva planta que crece y se levanta majestuosa en la selva, y todas  las primaveras brinda unas bayas negras en forma de oreja humana, recordando las orejas de indio. Es el timbó (cambá nambí) que simboliza el amor paternal.

037 anonimo (guarani)

El sol rojo

Entre los indios mocoretaes había uno, joven, aguerrido y valiente llamado Igtá (hábil nadador) que amaba a la más buena y hermosa de las mujeres de su tribu, Picazú (paloma torcaz), y quería casarse con ella.
Los padres de Picazú consintieron en que se realizase tal boda; pero siendo necesario para ello la aprobación de la Luna, llamaron al Tuyá (adivino) de la tribu para que la consultara.
Era una noche plácida y serena. La luz blanca, clara, brillante y hermosa de la Luna iluminaba los campos y las tolderías de los indios. Y el Tuyá interpretó:
-Esa luz que nos envía la Luna significa que ella aprueba satisfecha la boda de Igtá y Picazú.
Entonces, el Jefe de la tribu ordenó a Igtá demostrase a todos que en verdad era digno y merecedor de tomar compañera. Para ello debía arrojarse a las aguas de la laguna y nadar durante largo rato.
Después, ir en busca de un gran número de presas de caza.
Igtá, que era excelente nadador y había cazado mucho desde su niñez, realizó las pruebas con el mayor éxito, pues nadó cuanto se lo pidió y trajo entre sus brazos abundante caza.
Las ceremonias de la boda realizáronse una noche, después de tres lunas. Se encendió una gran hoguera, a cuyo alrededor todos los indios comían, bebían, bailaban y gritaban, festejando tan grande acontecimiento.
Pero algo faltaba para que Igtá y Picazú fueran felices: tener la seguridad de que Tupá, su dios bueno, había aprobado también la boda. Y esperaron.
¡Cuál no sería su pena y desconsuelo, cuando llegada la noche siguiente comenzó a caer una copiosa lluvia!
Eran las lágrimas de Tupá las que caían sobre la tribu para significar el descontento y desaprobación del dios por haberse realizado la unión de los jóvenes indios.
Igtá y Picazú no podían, pues, continuar unidos perteneciendo a la tribu. Debían huir y arrojarse a las aguas de la laguna. Allí había una isla donde moraban todos los que se habían casado contrariando la voluntad de Tupá. Los dos debían ir a esa isla para no volver jamás.
Al día siguiente cesó la lluvia. Y por la tarde, a la hora en que el sol iba a ocultarse en el ocaso, Igtá y Picazú se arrojaron al agua y comenzaron a nadar.
Los indios de su tribu, reunidos a orillas de la laguna, viéndolos alejarse lentamente, los injuriaban y maldecían para aplacar el enojo de Tupá y evitar sus castigos, pues ésta era su creencia.
Igtá, hábil nadador, consiguió nadar buen trecho, ayudando también a su infortunada compañera. Poco faltaba a Igtá y Picazú para llegar a la isla sanos y salvos, cuando una nueva desgracia cayó sobre ellos:
Ñuatí (Espina), un guerrero malvado de la tribu, les arrojó una flecha. Todos los indios lo imitaron, y entonces fue una lluvia de flechas la que llegó hasta Picazú e Igtá, quienes, heridos quizás por ellas, desaparecieron de la superficie de las aguas.
En ese preciso instante el sol, que se hundía en el horizonte, tomó un intenso color rojo; y su luz tiñó la laguna e iluminó de rojo los campos y el cielo.
Esto llenó de asombro a los indios, los que, atemorizados, huyeron veloz-mente, alejándose de la laguna.
Mientras tanto Igtá y Picazú, ayudados sin duda por Tupá porque eran buenos, lograban salvarse y llegar a la isla, donde podrían al fin vivir felices, pues se amaban mucho.

Estas leyendas fueron adaptadas de la Biblioteca

"Petaquita de Leyendas", de Azucena Carranza y Leonor M. Lorda Perellón, Ed. Peuser, Bs. As. 1952
"Antología Folklórica Argentina", del Consejo Nacional de Educación, Kraft, 1940.
     
Vocabulario
Tupá: Dios bueno de los guaraníes.
Tuyá: Anciano de la tribu. Consultaba los astros. Era curandero y sacerdote.
Igtá: Hábil nadador.
Picazú: Paloma torcaz.
Ñuatí: Espina.

037 anonimo (guarani)