Translate

viernes, 11 de enero de 2013

Los hijos de seelandia

I

La comarca de seelandia estaba situada hacia Oresúnd, en la costa orien­tal, donde antiguamente había más tierras incultas y menos pobladas que en los territorios que rodeaban el fior­do de Ise.
En este país no habían tenido lugar grandes acontecimientos. Se vivía una vida campesina y los hombres no na­vegaban fuera de sus costas. Pero es­taban informados de lo que sucedía en otras naciones; y cuando un comer­ciante llegaba con su nave a la costa, todo el mundo se precipitaba hacia él, para saber noticias frescas del exterior y para comprar y vender.
En las largas veladas del invierno, cuando la gente se sentaba en el sue­lo, alrededor de la crepitante hoguera, las mujeres con sus labores, y los hombres con un cuerno de cerveza o hidromiel, arreglando la empuñadura de una lanza o una red, tomaba la pa­labra el narrador, el hombre de memo­ria feliz, que era el centro, el alma de la reunión, especialmente si era via­jante y tenía acento extranje-ro. Y se escuchaban leyendas maravillosas, re­latos increíbles, hazañas admirables de reyes y guerreros de países lejanos. Y se pronunciaba el nombre de Rolf Krake y Sigurd Faavnesbane, hasta que el fuego parecía llenar todo el aposen­to y saltaban de las llamas figuras fan­tasmagóricas.
En la parte exterior del círculo de fuego se apiñaban los muchachos; es­taban pendientes del narrador de tal forma que sus caras reflejaban, sin darse ellos cuenta, las situaciones del relato. No pestañeaban siquiera por miedo a perder una palabra. Las sacudidas del viento en la chimenea era para ellos el soplo del caballo prodigio­so -del cual hablaba en aquel momen­to el narrador, que venía corriendo por el aire.
Eran los tiempos de Ragnar Lod­broke. Y cuando el narrador mencio­nó su nombre, los muchachos cambia­ron de postura, lanzaron un suspiro y se quedaron petrificados esperando el relato. El fuego se reflejaba en sus ojos inmóviles; las aletas de sus narices es­taban dilatadas; y con los ojos y la nariz veían y aspiraban ei relato sobre el rey inigualable, el incomparable y heroico navegante.
También los viejos escuchaban aten­tamente los relatos acerca del rey Rag­nar; todo lo que de él se contaba era real. No se sabía qué era más subyu­gador: si la fama del rey y sus brillan­tes hazañas en tierras extranjeras y sus cualidades personales, o sus famo­sas y numerosas conquistas amorosas.
Pero la fama de Ragnar Lodbroke hacía en los muchachos más efecto que el de una mera leyenda. La gloria de este rey había calado en su alma. Tam­bién los jóvenes querían ser héroes; era su única aspiración y para ello no ahorraban esfuerzos.
Ante todo necesitaban ser valien­tes. Intentaban cortarse las cejas unos a otros con sus espadas de madera y regresaban de la prueba varonil con las narices rotas, sin acusar la menor señal de debilidad. El único pecado era el de ser cobardes. La banda es­taba formada por tipos que habían salido airosos de lances peligrosos. Te­nían, por ejemplo, un juego que con­sistía en saltar en el bosque de árbol a árbol sin tocar tierra; el que tocaba tierra ya podía regresar a su aldea: no valía para la banda.
Un tal Germundo quedó, al poco tiempo, como jefe único de la banda. Impuso a ésta una serie de normas y bajo su mando comenzaron los jóvenes del bosque a formar un pueblo dentro del pueblo. Había terminado aquella vida infantil: ahora había que hacer algo nuevo.
La cualidad que distinguía a Ger­mundo de los otros era su increíble rapidez. Era como si pudiera hacerse invisible; nadie podía seguir sus mo­vimientos cuando luchaba o ejecutaba cualquier cosa. Parecía rodeado de una cegadora bruma en que, no uno, sino cien relámpagos fulguraban cuando comenzaba a pegar. Él no sopesaba an­tes los puños ni predecía al adversario una larga desgracia; pero ya había vuelto la espalda y decidido la lucha cuando aún parecía que ésta tenía que empezar. Pensar una cosa y realizarla era todo uno. Su decisión era fulgu­rante. Y esta rapidez innata le hacía desafiar la muerte a todas horas del día. Todos le admiraban y al propio tiempo temían.

A los pocos días de haber desapare­cido el hielo del Sund, tras otro invier­no largo e inclemente, salió del bosque la banda sin dejar rastro alguno. Pa­recía habérsela llevado un huracán. Quedó el bosque sumido en el más pro­fundo silencio. Y no se sabía si la gen­te se alegraba de que la banda hubie­se desaparecido o si la echaba ya de menos.
Bajo el mando de Germundo los jó­venes habían preparado el terreno para la realización de sus planes. Se habían asegurado una nave grande que estaba en el río frente al caserío del jefe de la comarca. Era una nave que en otros tiempos había surcado las olas y que, desde hacía mucho, estaba fondeada en el río, cubierta de limo hasta la lí­nea de flotación y descolorida por el tiempo. Ocultos bajo cuerdas y cabos estaban los remos y diversos aparejos, que los muchachos habían ido metien­do poco a poco a bordo. Todo el in­vierno se habían ocupado de la nave en el mayor secreto.
Una noche oscura, los muchachos se dirigieron a bordo y antes de media noche ya se encontraban frente a Hevn. Allí desembarcaron, cogieron un par de carneros y después se dirigieron re­mando hacia el norte del Sund, en bus­ca del mar abierto.

El alba los encontró en el Kattegat, donde la nave comenzó a levantarse entre las olas, y a balancearse de una forma que no respondía a la idea de navegación heroica que los muchachos se habían forjado. La vieja nave se abrió en el mar y hacía agua como si fuera un cesto de mimbre. Mitad de la tripulación tuvo que abandonar los re­mos para ponerse a achicar. Los jóve­nes vikingos estaban mareados y asus­tados de verse en medio del mar. Du­rante un buen rato nadie dijo una pa­labra. La nave no hacía más que dar vueltas, pues solamente remaban los de un lado, o se inclinaba fuertemente de banda cuando todos se precipitaban a la borda. Surgió el desacuerdo; al­gunos querían regresar a tierra, y con tal motivo se armó un griterío feno­menal, que terminó cuando Germundo, empuñando la vara del timón, empezó a repartir estacazos hasta imponer el orden.
Germundo vio la imposibilidad de mantener la nave, pero, en todo caso, tenían que tratar de alcanzar tierra. Ordenó lo que debía hacerse y, dejan­do ir la nave a la deriva, cogió todos los hombres que necesitaba para pre­parar el palo, mientras el resto se en­cargaba de achicar. Tenían sólo una vela vieja que había pertenecido a una nave mucho más pequeña; la izaron y la nave comenzó a avanzar con viento de popa. No sabían adónde se diri­gían. Seelandia iba desapareciendo en el horizonte. De no hundirse la nave, alcanzarían, al parecer, algún punto de Jutlandia. Pero ahora había muchos achicando y de momento parecía con­jurado el peligro de naufragio. La tri­pulación respiró aliviada y recobró ánimo.
Era un día de abril, claro y frío. El sol jugaba entre las nubes con la mo­jada vela. Galopaban las olas empuja­das por el viento, y grandes bandadas de ánades volaban delante de la nave. Las gaviotas resplandecían al sol y se lanzaban en picado; la proa de la nave, al cortar el agua, lanzaba salpicaduras en las que se formaba el arco iris. Un mundo salado y fresco se extendía bajo el cielo primaveral.
Pero aquella grandeza de alma que deben de tener los que van sobre el mar no la tenían los muchachos de Seelandia. En lugar de ir volando so­bre las olas hacia lejanas conquistas, aquellos jóvenes estaban metidos en el agua hasta la cintura, echando cubos y más cubos por la borda, sin conse­guir vaciar la nave, que no cesaba de hacer agua.
Sin dormir la noche anterior, sin tiempo para comer y sólo con una lige­ra esperanza de sobrevivir media hora más tarde: he aquí lo que les ofrecía el mar.
Todo lo que tenían -trabajo de un invierno- fue a parar a las olas, y con ello se fue todo el heroísmo que había encendido el relato sobre Ragnar Lod­broke y hasta ellos mismos se hubie­ran ido de aquel colador a descansar siquiera al fondo del mar, si Germundo no les hubiese sostenido el ánimo gol­peándoles la cabeza con un remo.
Aunque la situación era desespera­da estaba escrito que el Kattegat no sería su tumba; tenían a Germundo a bordo y el éxito se daba por descon­tado. Era evidente que estaba reserva­do para una muerte más cruel. Ya en­trado el día avistaron un velero que venía en la misma dirección que ellos y que, debido a su mayor velocidad, pronto les daría alcance.
¡Estaban salvados! Tan grande fue la emoción, que los decaídos gallos de mar dejaron caer de sus manos ateri­das los cubos de achique y prorrum­pieron en un coro de voces rotas, mien­tras extendían sus manos fuera de la borda llamando por señas a la nave libertadora.
Pero la potente voz de Germundo acabó con aquella alegría. Germundo no se resignaba a que su expedición terminase de aquella manera y se puso furioso. Ahora tenían ocasión de luchar. ¿Para qué habían ido al mar? ¡Había que tomar el barco! ¡A las armas todo el mundo!
Y tal era su poder sobre la banda que, una vez más, les hizo cambiar de propósito y todos se mostraron dis­puestos a tomar el barco. Era éste una nave bien construida, que con agua blanca en la proa se dirigía hacia ellos con el viento a favor, balanceándose ligeramente. Según se iba acercando se oía el ruido de la quilla al cortar las olas. Por su madera, que relucía a tra­vés del alquitrán, podía verse que se trataba de un barco acabado de cons­truir. El mástil, un abete con olor a corteza todavía, brillaba como el oro; las vergas acababan de estrenarse y la vela parecía jugar con el viento por pri­mera vez. A ambos costados asomaba por encima de la borda una fila de ca­bezas cubiertas con casco y flanquea­das de escudos y lanzas. ¡Qué suerte! ¡Un barco de guerra! ¡Al abordaje!
El resto transcurrió en medio de la confusión que suele rodear los gran­des acontecimientos. En el momento crítico puso proa Germundo hacia la nave desconocida, soltó el timón, y, lan­zando gritos de combate, trepó al más­til seguido por todos sus hombres, quienes, con el cuchillo entre los dien­tes, gritaban como posesos; y, mien­tras las naves chocaban, se echaron del cordaje a la nave enemiga. Y no ha­bían hecho más que lanzarse, cuando su desvencijada nave se hundía a con­secuencia de la colisión.
Lo que ocurrió luego a bordo de la nave asaltada probó que la alegría de los campeones no se había extinguido del todo en el mar. Germundo y los suyos se habían lanzado sobre la tri­pulación de la nave vikinga, y ésta los recibió con los brazos abiertos en me­dio de una estrepitosa carcajada. En lugar de esgrimir la lanza y la aguda espada, les pusieron los escudos para que no se hiciesen daño. Los miembros de la nave vikinga tenían un humor excelente, y la lucha de los jóvenes pi­ratas se esfumó en abrazos y risas. Así terminó la primera aventura de la banda.
Apenas se habían recobrado de su inicial sorpresa, fue al encuentro de aquellos jóvenes un hombre de talla gigantesca, a quien la banda tomó en seguida por Ragnar Lodbroke.
Los chicos bajaron la vista mientras el hombre hablaba. No era clemente. Pero terminó diciendo con su voz de trueno que se diese de comer a los pri­sioneros. No les agradó a los mucha­chos el tono de sus palabras, pero sí el significado, y cuando se vieron de­lante de las fuentes de sopa de ceba­da y carne cocida fría se animaron y volvieron a recobrar sus sueños de gloria.
Más tarde se enteraron los chicos que el terrible jefe no era Ragnar Lod­broke. Se llamaba Gauk, y era uno de los capitanes del rey. Había recibido el encargo de ir a la costa de Hallaud para traer cerveza, queso y otros ar­tículos necesarios. El barco formaba parte de una flota mayor anclada jun­to a Sams; olía a resina y alquitrán, y lo había construido en Gotland un individuo al que se lo habían cogido apenas hacía una semana.
Se iba esfumando en el horizonte la costa de Seelandia; pero al mismo tiempo surgían del agua otras costas bajas -Sams y Jutlandia, cubiertas de bosques. Gaviotas y aves marinas acompañaban a la nave. Ésta seguía exactamente el mismo curso que el sol, y antes del atardecer dieron vista a la flota al norte de Sams, con la que se reunieron a la puesta del sol.
Una de las naves era mayor que las demás, y a ella fueron llevados Germundo y sus compañeros para ser presentados al almirante. Era éste un hombre alto, de aspecto muy juvenil, pestañas rubias y hombros extraordi­nariamente, bellos y proporcionados. Los muchachos pensaron que ahora sí tenían frente a ellos a Ragnar Lod­broke. No iban muy desacertados, pues el almirante era Bjorn Jernside, uno de sus hijos.
Germundo sintió un estremeci­miento al ver al hijo del rey; le pare­ció que sus rasgos le eran conocidos, y súbitamente se levantó y le miró a los ojos.
Bjorn Jernside mandó que le con­tasen las circunstancias del encuentro con aquellos muchachos, y tuvo que imponer silencio a los hombres para que le dejasen oír. Escuchó todo sin pestañear.
Mientras Bjorn Jernside escuchaba el relato sobre los recién llegados, Germundo estaba de pie sobre los ca­bos. Observó esto uno de los presen­tes, precisamente el hombre corpu­lento de ojos extraños, siempre con una paja en la boca, que andaba dando vueltas por allí. Gozoso ante la juga­rreta que preparaba, hizo una seña a los demás y con rapidez de relámpago tiró de la cuerda. Germundo midió el suelo con su cuerpo en medio de una carcajada general; pero en el mismo momento Germundo se hizo invisible. Se oía un cambio rápido de movimien­tos a todo lo largo de la nave, y se percibía vagamente como una rueda de miembros humanos. Eran Germun­do y el autor de la broma que rodaban sobre cubierta. Aumentó la carcajada, pero ya no exclusivamente a costa de Germundo. Cuando aún no se habían hecho visibles, los luchadores rodaron de nuevo, hechos un paquete sobre la borda y se dieron el gran remojón en el mar. Cuando los recogieron, estaba el guerrero campeón sin aliento. Se sentó en el suelo chorreando agua por la cota de malla y se echó a reír estrepitosa­mente; luego presentó su mano a Ger­mundo y, ayudado por éste, se levantó. No fue pequeña la gentileza para con un hombre desconocido.
Germundo sintió escalofríos al en­terarse después que el hombre contra el que había luchado y que luego le ofreció su amistad era nada menos que Haastein, el gran rey marino, padre adoptivo de Bjorn Jernside y terror de todos los mares.
Pronto quedó resuelto el problema de los muchachos de Seelan-dia, con gran satisfacción para todos. Los to­mó el rey a sueldo y los distribuyó por toda la flota.
Más tarde supieron que no eran ellos los únicos que habían sido incor­porados al ejército. Mientras Bjorn Jernside andaba por el Osters recibió nuevas tripulaciones de todas partes, gente joven, más o menos de la misma edad que ellos. También éstos habían buscado el mar en circunstancias muy parecidas a las de los muchachos de Seelandia, pero todos guiados por el mismo impulso y con el mismo éxito, pues terminaron alistándose bajo la bandera pirata.
Muchos habían oído hablar de la presencia de la flota y la buscaron por sí mismos; otros recorrieron zonas na­vegables y la encontraron por casua­lidad. Éstos últimos formaban tripula­ciones completas y tenían naves pro­pias unas veces, y otras se trataba de un solo tripulante a bordo, sin más comida que lo que pudiese pescar. Unos procedían del fiordo de Lin y otros de Noruega; había también escanianos, godos, mozos de Fyn y de la isla de Sams. Habían llegado en grupos com­pletos, empujados por la primavera y dispuestos a todo, menos a volverse a casa. Bjorn Jernside los recibió muy bien a todos.
Era una multitud abigarrada. Al­gunos parecían muy sencillos; apenas llevaban ropa; sus armas se reducían a martillos de tiempo inmemorial, he­chos de piedra dura, sin duda recibi­dos en herencia de los antepasados fa­miliares como el arma más maravillo­sa y misterio-samente fuerte. Era la ro­busta descendencia de los hombres del bosque, de las tierras desconocidas del interior de Noruega y Suecia, de las tierras altas donde solamente crecían árboles. Se habían encomendado a las inundaciones, primaverales y lanzado río abajo hacia el mar en grandes cajo­nes hechos de ramas de abedul entrela­zadas y revestidas de piel.
Al principio tuvieron que apren­derlo todo igual que los niños.
Se contaban en la flota muchas his­torias acerca de las artes que utiliza­ron y los peligros que corrieron los jóvenes para llegar hasta ella. Se des­lizaban a bordo cuando las naves esta­ban cerca de tierra, y se escondían en las bodegas, donde los encontraban medio muertos. Otros aparecían en cu­bierta cuando la nave estaba ya en alta mar. Los había que se lanzaban al mar en balsas, y se dejaban llevar a la deri­va, y después gritaban pidiendo auxilio para que los salvaran y recogieran a bordo. Sin embargo, de ninguno se decía que había tenido la audacia de abordar una de las naves del rey; los únicos que se habían atrevido a ello fueron los muchachos de Seelandia. Germundo, su jefe, fue elegido por Bjorn Jernside para formar en la tripu­lación de su propia nave.
Desde la mañana hasta el anoche­cer se armaba un griterío inmenso de nave a nave, mientras el fresco viento de primavera jugaba con las banderas izadas en los mástiles. Parecía el grite­río de una enorme bandada de aves ávidas de presa.
Pero poco a poco fue cesando la algarabía en aquellos espíritus. Los vie­jos supieron hacer entrar en razón a los jóvenes tripulantes. Y un buen día Biorn Jernside se hizo a la mar para apoyar a su padre y a sus hermanos, que se hallaban en el canal de la Man­cha.
Cuando remontaban el Skagen los sorprendió una tempestad que- lanzó las naves hacia la costa, y puso la es­cuadra en grave peligro.
La nave de Bjorn Jernside, que era la más grande y la más difícil de re­mar, se encontraba en peligro inminen­te. Todos los tripulantes se agarraron a los remos para evitar la catástrofe y estuvieron remando no solamente los primeros momentos de tensión, sino hasta que les salió sangre de la palma de la mano. Al lado de Bjorn estaba Haastein, vigilante y pensativo.
Ya estaba cerca la costa. Sobre la arena batida por las olas se veía a la gente ir y venir con grandes pértigas en la mano. La tripulación aseguraba que las pértigas tenían un gancho en la punta para traer hacia tierra los restos de la nave, mientras otros espe­raban en tierra armados de hachas para matar a los náufragos.
En esto Haastein se hizo cargo del timón. La tripulación quedó en silen­cio. Lo primero que hizo Haastein fue una locura. Puso la nave de costado, permitiendo así que las olas se preci­pitasen sobre ella y cubriesen a los tri­pulantes. Cuando volvió a poner la nave proa al viento, estaban éstos chorrean­do agua y respirando con dificultad; en la lengua, el salado gusto de la muerte. Y así comenzó el mando de Haastein.
El jefe vikingo se agitó y enseñó los dientes; de su garganta salió un chorro de palabras. Ya no andaba so­bre la punta de los pies, sino que esta­bá plantado como una roca sobre la cubierta, Sus ojos eran como dos círcu­los; su voz ya no era dulce; recorría la nave de proa a popa como un latigazo. Y la tripulación cogió los remos. Haas­tein llevaba la boga con un vozarrón terrible. La tripulación se ponía lívida de fatiga y tenía nublada la vista y negros los dedos. Haastein se puso a remar también, y su fuerza de volun­tad se comunicó a la tripulación. ¡La situación estaba dominada!
Y cuando se alejaron de tierra y la corriente ya no los dominaba, Haas­tein se acordó de Ran, dios del mar. Éste quería una víctima, y aquél echó al mar una lanza de gran tamaño.
Y siguieron remando y avanzando, y notaron que las fuerzas aumentaban. Antes gemían bajo la carga de la fata­lidad, pero ahora cantaban y azotaban el mar con los remos.
Y cuando por fin se vio segura la nave mar adentro, toda la tripulación prorrumpió en un himno triunfal en que el nombre de Haastein se repetía nimbado de gloria.
Las demás naves, que habían corri­do el mismo peligro, se alejaron tam­bién de la costa animadas por el ejem­plo de la nave almirante. Toda la flota estaba a salvo.
Cuando todo el peligro hubo pasá­do, dejó el rey Haastein el timón, miró a su alrededor, cogió un puñado de paja y lo metió en la boca.
Antes del anochecer ya estaban en alta mar, sin ver otra cosa que cielo y agua. Este espectáculo hizo enmudecer a, aquellos que nunca habían perdido de vista la costa.
En la proa se dibujaba borrosamente contra las estrellas una figura inmóvil. Era el vigía.

II

Una cruda mañana de abril navega­ba hacia Inglaterra, bajo un aire hela­do, Bjorn Jernside.
Al amanecer surgió en el horizonte un vago contorno sinuoso de varias millas de largo. Eran altos acantilados, blancos de niebla, a cuyos pies se rom­pían las olas. Inglaterra estaba a la vista.
La tripulación, emocionada, no apar­taba los ojos de aquella tierra que los esperaba con sus hermosos paisajes, bosques y praderas, caseríos y conda­dos. Pero también había hombres y con ellos tendrían que luchar. Y ante este pensamiento la tripulación se fro­taba las manos. En el puente estaban los jefes señalando con el brazo los pasos y puestos que conducían al inte­rior del país a cuya conquista iban.
En un punto donde se abría el acan­tilado, que daba vista a una tierra de brezales, vieron los tripulantes que de la cima de una colina se elevaba al cie­lo una columna de humo. Se estaba ya dando la noticia de su llegada, que pronto conocería todo el país que iba a ser invadido.
Pero los normandos no desembarca­ron allí. Estuvieron anclados varias ho­ras y después buscaron más al sur el estuario de Humber, para reunirse con el grueso del ejército normando.
Todo el estuario de Humber era un hormiguero de naves de todos los tipos. Venían del este y del sur, del Sena y de otros puntos de la costa francesa. Todo daba la sensación de falta de orden.
Pero en el ejército normando había un cerebro organizado, el rey en per­sona, Ragnar Lodbroke. Con él bajó la juventud de las regiones del Norte para participar de su suerte. En la cabeza del monarca anidaban los sueños pi­ráticos de los vikingos. Cuando todos aquellos guerreros vacilaban, él deci­día por ellos.
Huelga decir que el rey Ragnar, que a lo largo de su dilatada vida se había elevado al primer puesto, era un fenó­meno de corpulencia y de fuerza. Pero además se había distinguido, en los últimos años, por su inteligencia, me­moria e intuición. Tenía una cabeza de recia osamenta. Sus pestañas y cejas eran brillantes. Cuando estaba sentado, le caían tanto las cejas que casi le tapa­ban los ojos. Su aspecto era como el de cualquier campesino. Se movía muy poco y sólo hablaba en contadas oca­siones. En la nave iba siempre desar­mado y con la misma ropa. Con fre­cuencia se le veía descansar, bastantes veces, con un niño pequeño sentado en sus rodillas. Sonreía a todos los niños con espíritu ausente y dulce. Para él todos los niños eran hijos suyos.
Mientras el rey estaba tranquilo, todos los demás estaban febriles. Co­rría el rumor de que el rey Ragnar se proponía aquel año concentrar sus fuerzas para atacar Inglaterra. Durante toda su vida había guerreado, ora a un lado del canal y del mar de occidente, ora al otro; aquel verano, en cambio, había que conquistar York.
Nadie dudaba de que los misterio­sos planes del rey eran los mejores, ni tampoco de que el ejército estaba allí esperando a que los planes madurasen. Pero había en el ejército un grupo que difícilmente podía mantenerse in­activo mientras el rey espiaba en Ingla­terra el momento oportuno para el ata­que. Al frente de este grupo estaban nada menos que los hijos del rey.
Finalmente, antes de que la espera se hiciese demasiado explosiva, aque­lla impaciencia que bullía en el corazón de los jóvenes terminó en algo real, en una finalidad, en una oportunidad para realizar grandes hazañas. Aquel mes de abril el rey autorizó a sus hijos y a sus amigos para que eligiesen a los hombres y a las naves, dispuestos a seguirlos, y se lanzasen a una incur­sión por su propia cuenta, mientras él se quedaba esperando en Inglaterra su oportunidad. Y de aquí arrancaron las famosas incursiones por aguas del Mediterráneo.
Los hijos dc Lodbroke y sus com­pañeros tenían trazado su plan hacía tiempo. Era obra de Haastein, que iría al frente de la expedición. Y lo que había planeado era, ni más ni menos, ir a conquistar el Reino Celestial, el Paraíso de la Eterna Juventud.
Haastein, que, como los hijos de Muspel, procedía de las altas tierras de Noruega, había conservado, a pesar de sus contactos con el mundo, ciertas ideas antiguas de su clan, y estas ideas dieron origen al proyecto que los im­pulsaba a salir de Inglaterra.
Además de Haastein, los hijos de Lodbroke y. sus amigos, formaba la ex­pedición lo más selecto de la juventud. Eran sesenta y dos naves dotadas con tripulaciones formadas por muchachos de veinte años, procedentes de todas las regiones escandinavas: los hijos de Muspel, los muchachos de Seelandia, jóvenes de Fyn, escanios, frisios... Era toda una nación en armas.
Ragnar Lodbroke, de pie en la nave real y con un niño en brazos, estuvo mirando a los que se marchaban hasta que las naves se esfumaron en el hori­zonte.

III

En el recuerdo de todos quedó gra­bada para siempre la costa francesa con sus cabos, su perfil, sus playas y las desembocaduras de sus ríos.
Los tripulantes vieron los oscuros cabos de la costa septentrional de Es­paña y sus largos y fogosos ríos. Tam­bién vieron, en un lugar de aquellas tierras escarpadas, un rebaño de ca­bras con su pastor empuñando un lar­go cayado.
Nadie pudo hacer una relación com­pleta de lo que hace mil años vieron los vikingos, o normandos, ávidos de saber, en su viaje alrededor de la costa europea.
Los normandos llegaron a las cos­tas de Andalucía, llamada así desde que un pueblo nórdico, los vándalos, la conquistó siglos antes. En este lugar perdieron algunas naves en un com­bate reñido en el Guadalquivir. Los in­dígenas de aquellas regiones llanas ob­tenían la sal del agua del mar, y luego la amontonaban. A los vikingos, les parecía la sal, desde lejos, como un puro diamante.
Pero no siempre los normandos tu­vieron éxito. Cuando navegaban por la costa de Galicia, antes de llegar al Gua­dalquivir, decidieron hacer una incur­sión por tierra firme. Pero no llegaron a desembarcar. Los habitantes de la región disponían de galeras peligrosas. Con ellos salieron del puerto y avanza­ron hacia los vikingos con ánimo de vencerlos. Llevaban a bordo catapul­tas, con las que, a larga distancia, lan­zaban piedras calientes.
En este encuentro perdió la flota vikinga dos naves que llevaban un va­lioso cargamento. Pero lo peor fue que sus tripulaciones perecieron.
Sin embargo, esta derrota quedó compensada más tarde en Algeciras, donde los normandos quemaron una mezquita situada a orillas del mar.
Atravesaron después el estrecho de Gibraltar y contemplaron la colosal puerta del Mediterráneo. Vieron que era de una altura extraordinaria, pero no encontraron pruebas de que sostu­viese la bóveda del cielo.
La crónica hace un breve relato de los puntos más importantes que toca­ron en su viaje. De Gibraltar se dirigie­ron al sur y al este y cayeron sobre la costa africana, en el actual Marruecos, donde mataron y saquearon a placer.
Los indígenas, a quienes los vikin­gos llamaron hombres azules, comba­tían a caballo con lanzas y, cimitarras; a distancia enseñaban los dientes de tal manera, que casi daban miedo; pero cuando se llegaba a las manos du­raban muy poco. Los vikingos comba­tieron a placer, mataron cuantos mo­ros quisieron y cogieron cuanto había de valor.
Solamente una semana duró su cam­paña por Marruecos. Ya se habían di­vertido bastante y se fueron tan de improviso como habían venido.
Luego se dirigieron a España otra vez; recorrieron toda la costa oriental, donde derrotaron a los moros, y con­quistaron e incendiaron Orihuela.
De la Península Ibérica pusieron proa a las islas Baleares, cuya pobla­ción recibió a los normandos como si fueran parientes próximos.
Las Baleares fueron sometidas a un saqueo total. Toda la comida y bebida se consumió en banquetes públicos; pero no hubo matanzas.
Salieron de las Baleares rumbo al norte para refrescar, y se metieron en la costa sur de Francia, remontando los cursos de los ríos.
La región era rica, pero los jóve­nes prefirieron seguir adelante. Toda­vía no habían recibido lo que se les había prometido y no se dejaron des­lumbr,ár por la abundancia de bienes que les brindaba el sur de Francia. do terminó levando anclas y nave­gando hacia el este, según su primi­tiva misión.
Por fin, divisaron la hermosa Ita­lia, país que hasta entonces se había interpuesto entre ellos y sus sueños.

IV

Italia, país donde desembarcaron los hijos de Lodbroke, había ya visto antes pueblos de su misma sangre, hérulos y godos, que el-cuerno de la abundancia de Escandinavia había va­ciado hacia el sur.
Mil años atrás, los hermanos de raza de los vikingos, los cimbrios, ha­bían dejado en Italia sus vidas en tal cantidad que desde entonces los campesinos cercaban sus viñas con los de los hombres que habían caído allí. Precisamente el sueño de aque­llos muertos había sido ver su frente ceñida de ramas y racimos; y alrede­dor de sus pechos vacíos se entrelaza­ban los sarmientos y se coronaban los cráneos de los hombres del Norte.
Pero la nueva ola de invasores nada sabía de aquellos que los habían precedido. Sus antepasados no deja­ron ninguna leyenda tras sí: salieron y no volvieron. Los hijos de Lodbroke siguieron exacta-mente la misma lla­mada que los impetuosos antecesores, pero en una ignorancia verdaderamen­te genial.
Lo primero que vieron los norman­dos al llegar a Italia fueron preciosas montañas de muchos colores y ríos, salpicadas de manchas blancas que parecían glaciares, aunque eran rriár­moles. Un río arcilloso que desembo­caba entre dunas bajas cubiertas de pinos y enebros, y teñía de color de barro las aguas del mar en el espacio de una milla, indicó el camino a los vikingos. Feraz tenía que ser la tierra por donde pasaba el río. Y se decidie­ron a remontar su curso. Y aquí sur­gió inesperadamente su destino, que los esperaba en forma de una equivo­cación. Creyeron que el río era el Tí­ber; por consiguiente, la primera ciu­dad a la que llegasen no podía ser otra que Roma, la capital del mundo. ¡Oh! ¡Tomar Roma era una hazaña!
¡Vaya si lo era! Roma era precisa­mente la entrada al Reino Celestial, según se decía. El blanco vicario de Cristo, a quien llamaban Papa, tenía la llave de él. Y había que hacérsela entregar. ¡Roma tenía que ser tomada!
El pueblo al que habían llegado era Luna, en un tiempo preciosa ciudad, edificada casi exclusivamente de már­mol de Carrara, que hizo creer a los bárbaros que era Roma ante aquella magnificencia nunca vista por ellos.
Toda la ciudad estaba rodeada de murallas y sólidas torres, detrás de las cuales destacaban en el limpio cie­lo azul bellos edificios con gabletes y columnas que parecían hechas de nie­ve recién caída. Los vikingos distin­guieron preciosas imágenes de dioses, de aspecto tan vivo, que parecían hom­bres petrificados en una paz eterna.
De la ciudad salían voces; la ciudad hablaba con mil lenguas sonoras: eran las campanas de sus templos. A veces sonaban todas a un tiempo, estreme­ciendo el aire con su potente polifonía de bronce, una oleada de sonidos tras otra. Por las mañanas saludaba la ciu­dad al sol con sus lenguas de metal; por la tarde tañían las campanas dul­cemente mientras el sol se hundía en el horizonte.
Ya cuando los normandos remon­taban el río, antes de ver la ciudad, oyeron la voz de las campanas, y cre­yeron que la tierra que tenían a la vista hablaba y los recibía con un can­to de bienvenida. Sonaban como si hubiese arpas escondidas en un lugar cercano; y la tripulación de las naves dirigió la vista a las márgenes del río por si descubría alguna sirena oculta entre los juncos, lanzando al viento su canto fascinador.
El rey del mar, en su sano juicio, envió mensajeros a las autoridades de la ciudad y al obispo, a quien tomó por el Papa. Los enviados dijeron que eran unos marinos que habían tenido el viento en contra sin otro recurso que desembarcar allí. Les pedían solamente firmar la paz con la ciudad mientras compraban víveres. Dijeron también que su jefe estaba enfermo, sufría te­rribles dolores y deseaba recibir el bautismo.
A las autoridades de Luna les pare­cieron bien estas palabras, y se firmó la paz, y, al mismo tiempo, se estable­ció una corriente comercial entre los normandos y los habitantes de Luna; pero sin que los primeros tuviesen ac­ceso a la ciudad.
Haastein fue bautizado. El astuto Haastein entró en el baño y recibió el bautismo para su perdición eterna. Después fue sacado del baño con todo honor por el obispo y las autoridades, y en estado de fingida debilidad fue llevado a la nave.
Haastein no consideró su hazaña ni como impía ni como ligada a serios deberes. Para él, como para los habi­tantes del Norte, la fe era un asunto mucho más práctico que las simbólicas ceremonias que llevaba aparejadas.
Algo así había estado pensando Haastein cuando se hallaba en la fuen­te bautismal y el obispo, tocado de mi­tra, le enseñaba a juntar las manos. Los deberes ligados al bautismo no en­traron en él. Otra cosa hubiera sido si el baño le hiciese inmortal, como cuan­do uno se zambullía en el Río de la Juventud; entonces sí que valdría la fe y los diezmos. De la carne de caballo se podría hablar, pero el bautismo no confería ese don; había que considerar­lo como un acto simbólico, pues los cristianos eran tan mortales después como antes.
Haastein se reunió en consejo con sus hermanos de raza, y se acordó co­municar al día siguiente al obispo y a las autoridades que el jefe había su­cumbido a la enfermedad y que su úl­timo deseo era ser enterrado en tierra sagrada. En agradecimiento por tal favor, los normandos entregarían todas sus armas y riquezas. Ante estas hipó­critas palabras, y vencidos por la fuer­za de los dones, las autoridades de Luna prometieron dar al muerto una sepultura cristiana.
Haastein se hizo colocar en una caja, que fue llevada por los hijos de Lodbroke, mientras que sus mejores guerreros seguían el féretro. Delante del ataúd iban las magníficas armas, los anillos y las joyas del jefe norman­do fallecido; y, en medio del clamor general de los que se quedaron en el campamento, entró en la ciudad el fú­nebre cortejo.
No se omitió detalle para hacer un gran entierro. Las campanas doblaban a muerto sin cesar, como si toda la ciudad, muros y casas, prorrumpie­ran en un mugido doloroso; lloraba el cielo y gemía el viento. Los normandos se sentían muy impresionados dentro de aquella atmósfera tonante. Era para ellos como un presentimiento.
Una emoción profunda se apoderó de los rudos marinos. Algunos tenían las mejillas blancas; otros estaban fríos, pero mantenían una mirada valiente : si era una cuestión de vida o muerte, se les cogería preparados para cualquie­ra de los dos casos. A algunos les tem­blaban los labios, y había otros que miraban a su alrededor en una espe­cie de delirio, como si buscasen en el recinto puntos de apoyo para las ideas que les conmovían el alma.
De pronto pareció como si el ataúd donde dormía el jefe normando se moviese sobre su catafalco; sonó un fino ruido de acero, como si dentro de él hubiese una gran avispa, y, justa­mente cuando sonaba el órgano, saltó a un lado la tapa y Haastein, de un salto, se puso en pie. Haastein, vivo y sudoroso, empuñaba una larga y relu­ciente espada normanda. En un abrir y cerrar de ojos puso sus pies en el suelo y lanzó el grito de guerra, y antes que nadie volviese de su estupor em­pezó a matar a sus enemigos, uno por uno. Víctimas de su espada cayeron mortalmente heridos el obispo y las demás autoridades. Entonces todos sus guerreros dieron el grito de guerra; cayó la máscara, se cerraron las puer­tas de la iglesia, y el espantoso dios pagano de la guerra tiñó de sangre el altar.
Después, los vikingos se lanzaron por las calles y abrieron las puertas al resto de los guerreros que esperaban fuera. Éstos entraron como un ciclón en la ciudad y se generalizó la lucha. Todo el que ofrecía resistencia era in­mediatamente pasado a cuchillo; el res­to de los habitantes fue llevado pri­sionero a las naves.
La lucha no fue en modo alguno una carnicería por parte de los normandos. Los habitantes de Luna tuvieron oca­sión sobrada para defenderse, pues eran superiores en número a los nor­mandos.
En las distintas alturas que rodea­ban la ciudad, cerca y lejos, los nor­mandos habían colocado guerreros que tocaban la lira sin cesar y se movían lentamente hacia los cuatro puntos car­dinales. De este modo daban la impre­sión de que de todas partes venían so­bre la ciudad una enorme masa de combatientes. Las liras tenían a veces un sonido subterráneo, y otras sona­ban con un clamor agudo que parecía llegar al cielo; eran las trompetas del Juicio Final para los infelices atacados, y encendían el alma de los guerreros nórdicos, acostumbrados a vencer o morir bajo la señal de ataque de la lira.
La lucha se les subió a la cabeza a los normandos como una embriaguez salvaje y sobrehumana, con la que se sentían más ligeros que el aire y dueños de las cualidades más finas y destruc­toras de las fieras: la fuerza del oso, la resistencia del lobo y la mirada del águila; en el ataque tenían el ímpetu espantoso del jabalí. Arremetieron con­tra la ciudad profiriendo toda clase de aullidos, capaces de enloquecer a los defensores; pero no avanzaron en masa, sino en pequeños grupos dispersos, con el fin de desorientar al enemigo acerca del número de atacantes. Cada guerre­ro estaba en diez sitios a la vez y, sin embargo, no había manera de lanzarse sobre él: casi era invisible. La ancha espada vikinga y el hacha de mango largo y delgado hacían su trabajo con la rapidez del relámpago. Los defenso­res creyeron ver centenares de enemi­gos donde solamente había una docena de guerreros presa del delirio bélico. Los normandos desmoralizaron a sus enemigos, y la lucha estaba decidida a su favor ya antes de haber empezado. Esta ventaja era el resultado de su des­precio a la muerte, que los hacía due­ños de sí mismos, pues la vida aún no les había enseñado a dudar.
Cuando terminó la resistencia, em­pezó la locura del saqueo y de la des­trucción. Los hijos de Muspel prendie­ron fuego a toda la ciudad. Con extra­ordinaria rapidez corrían de casa en casa con la tea destructora, y en pocos minutos ardía la ciudad por cien pun­tos distintos. Casas, edificios magnífi­cos, iglesias y conventos eran presa de las llamas. Las campanas lanzaron un último tañido doloroso al tiempo que se derrumbaban estrepitosamente las torres y las flechas.
Y, finalmente, cuando se extinguió la última llama, se ofreció a los ojos la desolación más espantosa en forma de tristes ruinas humeantes.
Haastein creía haber conquistado Roma, capital del mundo, y se gloriaba de ello con sus amigos. Pero al descu­brir su error, tuvo tal rabia que devastó las tierras que rodeaban Luna y se lle­vó prisioneros a sus habitantes.
Por fortuna había cosas de valor con que consolarse. El botín fue in­menso. Sin embargo, tampoco se vie­ron los habitantes de Luna libres de la ingratitud. No todo era bueno. Los in­censarios, que los normandos creían por lo menos bañados en plata, eran de latón.

V

Después de la conquista de Luna regresaron al mar los hijos de Lodbro­ke, sin que les faltase el ánimo después del error sufrido. Ahora sabían por ex­periencia que había un lugar menos para buscar las Islas Afortunadas, que no consideraban perdidas. Por los in­formes los normandos comprendieron que las islas había que buscarlas en otro punto del mar del mundo, más allá del estrecho de Gibraltar, en direc­ción suroeste.
Sin embargo, no podía negarse que, en general, las ansias de los jóvenes vikingos se habían modificado, que sus anhelos se habían apagado un poco. La estancia en el sur había dejado hue­lla en ellos. Incluso el calor tanto tiem­po suspirado les resultó, poco a poco, una carga pesada.
Estaba a punto de perderse aquel espíritu excelente que los guerreros te­nían antes. Algunos estaban consumi­dos por los excesos, y otros tenían una gordura fofa. No les faltaba el despre­cio a la muerte, pero sí el espíritu de victoria. Cada vez morían más en los encuentros, no porque éste fuese su destino, sino porque había muerto en ellos la inmortalidad en su concepto más sencillo.
Y llegó el día del gran naufragio, ocurrido frente a Gibraltar. La furia del mar se llevó más de la mitad de la flo­ta, con una enorme pérdida de vidas y de bienes. Iban en busca de las Islas Afortunadas, pero los que sobrevivieron a la desgracia no volvieron a pensar en ellas, sino en la patria lejana.
Pero el temporal fue para los nor­mandos como un baño de purificación. La prueba del mar que al principio los había escogido, ahora los seleccionaba. Solamente los que la resistieron volvie­ron a ver el Norte. Los demás se queda­ron para siempre en los abismos ma­rinos.
Y entonces, en un súbito anhelo del Norte, los supervivientes volvieron la mirada a la Osa Mayor. Durante mucho tiempo había estado oculto en su espí­ritu la nostalgia de la patria, quizá des­de el momento en que emprendieron el viaje. Ahora la nostalgia volvía a aso­mar a sus corazones.
Todo esto que los habitantes del Norte no creían posible que nadie lo echase de menos, ahora lo añoraban vivamente. En lo más íntimo de su ser suspiraban por volver a su tierra. Los llamaba la Osa Mayor. Y los llamaba la sangre, la infancia. En el Norte había algo que deseaban por encima de todo.
Día y noche navegaron los norman­dos con viento contrario y con viento favorable, a vela y a remo, para llegar a su tierra.
Los hijos de Lodbroke no encontra­ron países con oro; pero su viaje les enseñó a contentarse con países de tie­rra corriente y con las piedras patrias. Se quedaron en el Norte el resto de sus días.
El viaje soñado les agudizó la fe en lo que tenían. La empresa de conquis­tar Inglaterra prosiguió con ímpetu re­doblado. Lo que el rey Lodbroke había preparado lo terminaron sus hijos. El norte de Inglaterra quedó firmemente en manos normandas.
Haastein pasó el resto de su vida en una incesante guerra a ambos lados del canal, entre Francia y el sur de In­glaterra. Después de los viajes de su juventud le convenía preparar el terre­no para otra futura generación con un duro trabajo de muchos años, insepa­rable del timón y del hacha.
El rey Haastein recibió el cristia­nismo en Francia. Pero esta vez fue en serio; abrazó la fe y se sometió al diez­mo. Tuvo que haberle resultado venta­joso desprenderse de la parte más pe­queña de los bienes que aún no eran suyos, cuando de esta manera se acer­có a ellos. Respecto a la carne de caba­llo, a la larga podía resultarle un ali­mento insípido cuando excluía a uno de la caza en los bosques franceses y del derecho de propiedad a ella. En el bautismo volvió a juntar las manos.
Lástima que el baño sagrado no pudie­ra quitarle el viejo tatuaje que tenía en el brazo : el martillo de Tor fulmi­nando un haz de rayos terminado en flechas y un gran signo de Freya en el pecho. Por lo demás, nada se cuenta de él que ennegrezca su figura. Murió de muerte natural, y posiblemente con­vencido de que el Reino Celestial había que buscarlo al otro lado de esta vida, después de la muerte.

Fuente: Antonio Urrutia

0.079.3 anonimo (vikingo) - 015

No hay comentarios:

Publicar un comentario