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jueves, 25 de abril de 2013

San narciso y el dragón

Narciso era un fiel y devoto siervo de Dios. Su fe le henchía el corazón con tanta fuerza que no podía evitar bendecir todo cuanto aparecía a su paso y dar las gracias a Dios por cada día de vida.
Dicen que los caminos de Dios son misteriosos. A Narciso esos caminos lo condujeron a Augsburgo y allí se instaló.
El primer día rentó una habitación en una posada y pasó varias horas acondicionándola, para poder realizar en ella sus estudios, sus lecturas de los textos sagrados y rezar sus oraciones; pero, cuando casi ya estaba todo listo, sintió, de pronto, un frío extraño.
Narciso se volvió y se encontró cara a cara con el mismo Dia­blo, que estaba de pie en medio de la oscuridad que lo rodeaba, donde sólo se destacaba su rostro abominable.
El hombre de fe lo observó por unos instantes y de inmediato comenzó a rezar para sacarlo de allí. Pero el Diablo le dijo:
-Entrégame un alma. Entrégame el alma de alguien a quien sólo yo pueda matar.
-¡Vade retro, Satanás! -le respondió Narciso con énfasis.
-No me iré hasta que me des un alma. Éste es el precio por tu estadía en este lugar.
De pronto la iluminación divina irradió la mente del devoto Narciso. Y le preguntó:
-¿Tomarás el alma de quien yo mencione?
El Diablo, envuelto en un halo de oscuridad, sonrió con sus ojos infernales y contestó:
-Así lo haré.
-¿Cómo puedo creerte? ¿Cómo puedo estar seguro? No eres más que un imitador de Dios, un vil mentiroso.
El Diablo pareció entonces enfurecerse de una manera increí­ble. Sus ojos despedían chispas y la oscuridad que lo envolvía pa­reció crecer.
-Yo prometo cumplir con mi palabra. Mataré a quien mencio­nes y tomaré su alma para mí.
-¿Sea quien sea? -siguió inquiriendo Narciso para estar com­pletamente seguro.
-Sí, sea quien sea.
Narciso sabía que si él mencionaba el nombre de una persona para que el Diablo la matase y arrebatara su alma, no sólo caería el alma de esa persona sino también la suya propia por haber pro­piciado que el Diablo se la llevara. También era consciente de que el Diablo sabía esto. Pero Narciso había sido tocado por la ilumi­nación divina y tenía fe en Dios.
Finalmente el hombre de fe habló:
-En los Alpes, en una de sus cimas, existe una vertiente de agua fresca. Los hombres han tallado una fuente a su alrededor para que sea más fácil beber de ella. Allí refrescan su garganta los peregrinos y toda persona que atraviesa tan imponentes montañas.
El Diablo escuchaba pacientemente. Narciso continuó:
-Ahora bien, hace algún tiempo que nadie puede beber de esa agua porque la fuente es custodiada por un terrible dragón negro, de cuerpo escamado y cuernos en su cabeza, que ataca a todo aquel que se acerque. Lo mata inundando su cuerpo del aliento venenoso que mana de su boca y de sus fosas nasales.
El silencio se hizo tangible por unos segundos y cuando el Diablo se estaba por impacientar Narciso habló:
-Quiero que tomes el alma del dragón.
El Diablo lanzó un alarido de furia que resonó en la habita­ción haciéndola temblar, pero Narciso siguió firme en su decisión y permaneció delante del Maligno ungido por la fe.
-Yo puse ese dragón allí para socavar la fe de los humanos -dijo el Diablo enardecido por la ira.
Narciso había recibido ese mensaje del cielo, aunque también había escuchado a varios peregrinos quejarse de la bestia que cus­todiaba esa fuente.
-¡Cumple con tu palabra! -lo conminó Narciso con la autori­dad de Dios.
El Diablo miró con odio a Narciso y desapareció sin dejar ras­tro, como si nunca hubiera aparecido.
Pero cumplió con su palabra: al poco tiempo Narciso se ente­ró de que "el horrible dragón de la fuente" había entrado súbita­mente en combustión "como engullido por unas llamas espanto­sas que parecían venir del averno".
Y entonces Narciso, en silencio, le dio gracias al Señor. Y no sólo por haber liberado la fuente, sino también por haberlo exi­mido a él del pecado de complicidad con el Diablo.

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