Translate

lunes, 29 de diciembre de 2014

Ijurra! ¡no hay que apurar la burra! (1790)

1

¿No saben ustedes quién fue Ijurra? ¡Pues es raro!
Don Manuel Fuentes Ijurra era, por los años de 1790, el mozo más rico del Perú; como que poseía en el Cerro de Paseo una mina de plata, que durante quin­ce años le produjo mil doscientos marcos por cajón. Aquello era de cortar a cincel.
Ijurra era de un feo subido de punto, tenía más fealdad que la que a un solo cristiano cumple y com­pete, realzada con su desgreño en el vestir. En cambio era rumboso y gastador, siempre que su largueza diera campo pará que de él se hablara. Así, cuando delante de testigos, sobre todo si éstos erari del sexo que se viste por la cabeza, le pedían una peseta de limosna, metía Ijurra mano al bolsillo y daba algunas onzas de oro, diciendo:
-Socórrase, hermano, y perdone la pe­queñez. Por el contrario, si una viuda vergonzante u otro necesitado ocurría a él en secreto, pidiéndole una caridad, contestaba Ijurra:
-Yo no doy de comer a ociosos ni a pelanduscas: trabaje el bausán, que bue­nos lomos tiene, ovaya la buscona al tambo y a los portales.
No quiero hablar de las conquistas amorosas que hi­zo Ijurra gracias a su caudal, porque este tema podría llevarme lejos. Como que le birló la moza nada menos que al regidor Valladares, sujeto a quien no tuve el disgusto de conocer personalmente, pero del cual tengo largas noticias, que por hoy dejo en el fondo del tintero.
Visto está, pues, que a Ijurra le había agarrado el diablo por la vanidad, y que para él fue siempre letra muerta aquel precepto evangélico de no sepa tu iz­quierda lo que des con tu derecha. El lujo de su casa, su coche con ruedas de plata y la esplendidez de sus festines, formaron época.
En esos tiempos en que no estaban en boga las tinas de mármol ni el sistema de cañerías para conducir el agua a las habitaciones, acostumbraba la gente acomo­dada humedecer la piel en tinas de madera. Las calles de Lima no estaban canalizadas como hoy, sino cru­zadas por acequias repugnantes a la vista y al olfato. Los vecinos, para impedir que las tablas se resecasen y descendieran de su armazón, hacían poner las tinas en la acequia durante un par de horas.
Pues el señor Ijurra tenía la vanidosa extravagancia de hacer remojar en la acequia una tina de plata maziza.
Cuéntase de él que un día mandó aplicar veinti­cinco zurriagazos a un español empleado en la mina. El azotado puso el grito en el cielo y entabló querella criminal contra Ijurra. El proceso duraba ya dos años, presentando mal cariz para el insolente criollo. Éste compren-dió que, a pesar de sus millones, corría el peligro de ir a la cárcel, y para evitarlo pidió consejo a la almohada, que, dicho sea de paso, es mejor conse­jero que los de Estado.
Presentósele al otro día el escribano a notificarle un auto judicial, y después de firmar la diligencia, fin­giendo Ijurra equivocar la salvadera, vertió sobre el proceso el enorme cangilón de plata que le servía de tintero. El escribano, al ver ese repentino diluvio de tinta, se tomó la cabeza entre las manos, gritando:
-Jesús me ampare! ¡Estoy perdido!
-No se alarme -le interrumpió Ijurra, que para borrón tamaño uso yo de esta arenilla.
Y cogiendo un saco bien relleno de onzas de oro las echó encima del proceso, recurso mágico que bastó para tranquilizar el espíritu del cartulario, quien no sabemos cómo se las compuso con el juez.
Vaya si tuvo razón el poeta aquel que escrib:ó esta redondilla:

El signo del escribano
dice un astrólogo inglés,
que el signo de Cáncer es,
pues comE a todo cristiano.

Lo positivo es que de los azotes, viendo que llevaba dos años de litigio y que era cuestión de empezar de nuevo a gastar papel sellado, se avino a una transac­ción y a quedarse con la felpa a cambio de peluconas.
No sin fundamento dice un amigo mío que todo anda metalizado: desde el apretón de manos hasta los latidos del corazón.

 2

En la calle de Bodegones existía un italiano relojero, el cual ostentaba sobre el mostrador un curioso reloj de sobremesa. Era un reloj con torrecillas, campanitas chinescas, pajarillo cantor y no sé qué otros muñecos automá-ticos.
Para aquellos tiempos era una verdadera curiosidad, por la que el dueño pedía tres mil duretes; pero el reloj allí se estaba meses Y meses sin encontrar comprador.
La tienda de Bodegones era sitio de tertulia para los lechuguinos contemporáneos del virrey bailío Gil y Lemos, a varios de los que dijo una tarde el relojero:
-Per Bacco! Mucho de que el Perú es rico Y rum­bosos los peruanos, y salimos, ¡Santa Madona de So­rrento!, con que es tierra de gente roñosa y cominera. En Europa habría vendido ese relojillo en un abrir y cerrar de ojos, y en Lima no hay hombre que tenga calzones para comprarlo.
Llegó a noticia de Ijurra el triste concepto en que el italiano tenía a los hijos del Perú, y sin más averi­guarlo cogió capa y sombrero y seguido de tres negros, cargados con otros tantos talegos de a mil, entró en la relojería diciendo muy colérico:
-Oiga usted, Ño Fifirriche, y aprenda crianza para no llamar tacaños a los que le damos el pan que come. Mío es el reloj y ahora vea el muy desvergonzado el caso que los peruanos hacemos del dinero.
Y saliendo Ijurra a la puerta de la tienda tiró el reloj al suelo, lo hizo pedazos con el tacón de la bota, v los muchachos que a la sazón pasaban se echaron sobre los destrozados fragmentos.
A uno de los parroquianos del relojero no hubo de parecerle bien este arranque de vanidad, o nacionalis­mo, porque al alejarse el minero le gritó:
-¡Ijurra! jIjurra! ¡No hay que apitrar la burra!- palabras con las que quería significarle que al cabo podría la fortuna volverle la espalda, pues tan sin ten ni son despilfarraba sus dones.
La verdad es que estas palabras fueren para Ijurra como maldición de gitano; porque pocos días después, y a revienta-caballos, llegaba a Lima el administrador de la mina con la funesta noticia de que ésta se había inundado.
¡Qué cierto es que las desdichas caen por junto, co­mo al perro los palos, y que el mal entra a brazadas y sale a pulgaradas!
Ijurra gastó la gran fortuna que le quedaba en desa­guar la mina, empresa que ni él ni sus nietos, que aún viven en el cerro de Pasco, vieron realizada. Y este fracaso, y pérdidas de fuertes sumas en el juego, lo arruinaron tan completamente, que murió en una co­vacha del hospital de San Andrés.
Aquí es el caso de decir con el refran: -Mundo, mundillo, nacer en palacio y acabar en ventorrillo.
Desde entonces quedó por frase popular, entre los limeños, el decir a los que derrochan su hacienda sin cuidarse del mañana:
¡Ijurra! ¡No hay que apurar la burra!

0.072.3 anonimo (peru) - 056

El chocolate de los jesuitas (1765)

1

No hace todavía una semana apocalíptica que, tra­tándose de un ministro de Estado, oí en la tribuna del Congreso a un honorable diputado de mi tierra la si­guiente frase:
-Hágole a su señoría la justicia de reconocer que es hombre de peso, como el chocolate de los teatinos.
Y el presidente de la Cámara, personaje más tieso que los palos de la horca, no agitó la campanilla, ni el ministro se dio por agraviado, y eso que era sujeto que no aguantaba pulgas.
El diputado que tal díjo era un venerable anciano, orador tan famoso por lo agudo de sus ocurrencias como por lo crónico de su sordera, achaque que lo obli­gaba a nunca separarse de su trompetilla acústica.
Muchacho era yo cuando oí la frase, y durante años y años no se me despintó de la memoria, cascabeleán­dome en ella a más y mejor. A haber podido yo enton­ces, sin pecar de irrespetuoso, pedir explicación al egre­gio autor de la Historia de los partidos, habríame aho­rrado el andar hasta hace poco husmeando el alcance de sus palabras.
Ocurrióme por el momento pensar que el chocolate de los teatinos (nombre que primitivamente se dio a los clérigos regulares de la Orden de San Cayetano y con el que más tarde se engalanó también a los jesui­tas) debió ser indigesto; pero viejos que saborearon, acompañado con bizcochuelos de Huancayo, me sostu­vieron que sus paternidades lo gastaban del Cuzco, con canela y vainilla, cacao legítimo, sano y nutritivo. Ergo, dije para mí, si era pesado, no sería porque los estómagos levantaran contra él acta plebiscitaria o de protesta... Hay, pues, que buscar la pesadez por otro camino, amén  de que muy pulcro orador era don San­tiago Távara (¡ya se me escapó el nombre!) para ha­berse tomado la franqueza de llamar indigesto a quien ceñía faja ministerial.
Tampoco debía suponer que un caballero de tan exquisita cortesa-nía como el ilustre diputado hubiera querido decir que su señoría era hombrc torpe, ma­chaca o fastidioso, lo que habría sido antiparlamen-tario y grosero y dado motivo justo para que el agraviado le rompiese, por lo menos, la trompetilla.
Gracias al asendereado oficio de tradicionista, he lo­grado a la postre aprender que cuando á un hombre le dicen en sus bigotes: "Es usted más pesado que el chocolate de los jesuitas", tiene éste la obligación de sonreír y dar las gracias, porque, en puridad de verdad, lejos de insultarlo, le han dirigido un piropo, algo alambicado, es cierto, pero que no por eso deja de ser una zalamería.
Según mi leal saber y entender, saco en limpio que el señor Távara quiso decir que el ministro era hombre de mucha trastienda, de hábiles recursos, de originales expedientes, de inteligencia nada común.
Y para que ustedes se convenzan, ahí va la tradición, que difiere un poco de lo que cuenta el duque de Saint­-Simon en sus curiosas Memorias.

 2

Parece que allá por los años de 1765, el superior de los jesuitas de Lima andaba un tanto escamado con las noticias que, galeón tras galeón, le llegaban de España sobre la influencia que en el caso de Carlos III iba ganando el ministro conde de Aranda. Sospechaba también, y no sin fundamento que cuando el virrey del Perú, don Manuel de Amat y Juniet y el antedicho secretario manteníase larga y constante correspondencia, en que la Compañía de Jesús tenía obligado capítulo.
Sea de ello lo que fuere, lo positivo es que de repente dieron los jesuitas en echarla de obsequiosos, y consiguieron del virrey permiso para enviar de regalo a España, y sin pago de derechos aduaneros, cajoncitos conteniendo bollos de riquísimo chocolate del Cuzco, muy apreciado, y con justicia, por los delicados paladares de la aristocracia madrileña. No zarpaba del Callao navío con rumbo a Cádiz que no fuese conductor de chocolate para Su Majestad, para los príncipes de la sangre y para el último títere de la real familia, para los ministros, para los consejeros de Indias, para los obispos y generales de órdenes religiosas, y pongo punto por no hacer una lista tan interminable como la de puntapiés que gobiernos y Congresos aplican a esa vieja chocha llamada Constitución. ¡Así anda la po­brecita que no echa luz!
Estómagos agradecidos defendían, pues, con calor, en los Consejos de Su Majestad, la causa y los intere­ses de los hijos de Loyola. Una jícara de buen choco­late era lo más eficaz que se conocía por entonces para conquistarse amigos y simpatías. Y tanto y tanto menu­deaban las remesas del cuzqueño, que hasta el rey empezó a mirar con aire receloso al conde de Aranda, único cortesano a quien no deleitaba el aroma de la golosina y que tenía el mal gusto de desayunarse con un cangilón del vulgar soconusco, haciendo ascos al divino manjar que enviaban los jesuitas.
Aún estaba fresco el recuerdo de la famosa contro­versia, en que se enfrascaron los teólogos de la cris­tiandad, sobre si el chocolate quebranta o no el ayuno, controversia en que hasta dos grandes señoras, la prin­cesa de los Ursinos y madame de Maintenon, tomaron parte. No poco se escribió en pro y en contra, y la po­lémica duraría hasta hoy si no hubiera habido jesuitas en el mundo que declarasen que un bollo de choco­late en agua no quebranta el ayuno. Liquidum non frangit jejunium. Algo más: el Papa concedió el ca­pelo carde-nalicio al padre Brancaccio, que en un libro titulado De usu et potu chocolatee diatriba sostuvo la tesis de los hijos de Loyola.
En éstas y en las otras se les durmió una vez el dia­blo a los teatinos, y un aduanero dio, en secreto, aviso al virrey Amat de que uno de los cajoncitos pesaba co­mo si, en lugar de bollos, contuviera piedras. El virrey quiso convencerse de si aquello era prodigio o patraña, y cuando menos se le esperaba aparecióse en el Callao y mandó abrir el sospechoso y sospechado cajoncito. En efecto. Lo que es bollos de chocolate... a la vista estaban; cuzqueño legítimo y exhalando perfume a ca­nela y vainilla. Pero cada bolillo pesaba como chisme de beata o interpelación al Ministerio.
Item (y esto no lo dico yo, sino el duque de Saint­-Simon) el cajón era rotulado al muy reverendo padre general de la Compañía de Jesús.
-¡Cascaritas! -murmuró el virrey.
No estaba don Manuel de Amat y Juniet, Pianella, Aymerich y Santa Pau hecho de pasta para no recelar que bollos tales fuesen de imposible digestión.
-Divinatur -dijo su excelencia...; y ¡saltó la liebre!
Dentro de cada bollito iba..., iba..., una onza de oro.

0.072.3 anonimo (peru) - 056

Despues de dios, quiros" (1640)

1


Donde se prueba, con la autoridad de la historia, que un rico de hoy es pobre de solemnidad al lado de nuestro protagonista

Por los años de 1640 llegó a la villa imperial de Potosí el maestre de campo don Antonio López Quirós, castellano a las derechas, católico rancio, bravo, gene­roso roso y entendido. La fortuna tomó a capricho ampararlo en todas sus empresas; v minas como las de Cotamito, Amolodera y Candelaria, abandonadas por sus primitivos dueños como pobrísimas de metales, se de­clararon en hoya apenas pasaron a ser propiedad del maestre. En Oruro, Aulagas y Puno adquirió también minas que, en riqueza y abundancia de metales, podían competir con las de Potosí.
Tres mil llamas, al cuidado de un centenar de indios, tenía constantemente ocupadas en trasportar desde Arica hasta Potosí los azogues de Almadén y Huan­cavelica. No osando nadie hacerle competencia, puede decirse que, sin necesidad de real privilegio, nuestro castellano tenía monopelizado artículo tan precioso pa­ra beneficio de los metales.
En sus minas, haciendas e ingenios empleaba sesenta mayor-domos o administradores, con sueldos de cien pesos a la semana, y daba ocupación y buen salario a poco más de cuatro mil indios.
Para dar una idea de la (que si uniformemente no la testificaran muchos historiadores, tendríamos por fa­bulosa) fortuna de Quirós, nos bastará referir que en 1668, a poco de llegado a Lima el virrey conde de Le­mos, propúsose nuestro minero hacerle una visita, y salió de Potosí trayendo valiosísimos obsequios para su excelencia.
El conde de Lemos, a pesar de su beatitud, y de ayu­dar a misa y de tocar el órgano en la iglesia de los Desamparados, era gran amigo del fausto, y se trataba a cuerpo de rey. Pensaba mucho en el esplendor de las procesiones y fiestas religiosas y en la salvación de su alma; pero esto no embarazaba para que se ocupase también de las comodidades y regalo del cuerpo.
Conversando un día con Quirós el mavordomo del virrey, dijo éste que su señor era todo ló que había que ser de ostentoso y manirroto.
-Supóngase vuesa merced -decía el fámulo- si el señor conde será rumboso, cuando me da quinientos pesos semanales para los gastos caseros.
-¡Gran puñado de moscas! -exclamó el maestre. Quinientos pesos gasto yo a la semana en velas de sebo para mis ingenios y hacien-das.
Y no hay que creerlo chilindrina, lectores míos. Así era la veidad.
Para poner punto al relato de las riquezas de Quirós, transcribiremos estas líneas, escritas por un su contem­poráneo: "Gastó en la infructuosa conquista del gran Paititi más de dos millones de plata; y a este modo tuvo desagües con su gran riqueza, la cual era en tanta su­ma que ignoraba el número de millones que tenía. Desocupado en cierta ocasión un cuarto, hallaron los criados, en un rincón, una partida de dos mil marcos en piñas que no supo cuándo las había puesto allí. Los quintos que dio a su majestad pasaron de quince mi­llones, que es cosa que espanta; y esto se sabe por los libros reales, por donde se puede considerar qué suma de millones tendría de caudal".
Francamente, lectores, ¿no se les hace a ustedes la boca agua?
Convengamos en que su merced no era ningún po­bre de hacha, nombre que se daba en Lima a los infe­lices que, por pequeña pitanza, concurrían, cirio en mano, al entierro de personas principales y hacían coro al gimotear de las plañideras o lloronas.

 2

Que trata de un milagro que le colgaron al apóstol santiago, patrón de potosi

Residía en la imperial villa un honradísimo mestizo, cuya fortuna toda consistía en veinte mulas, con las que se ocupaba en trans-portar metales y mercaderías. Como se sabe, en el frigidísimo Potosí escasea el pasto para las bestias, y nuestro hombre acostumbraba enviar por la tarde sus veinte mulas a Cantumarca, pueblecito próximo, donde la tierra produce un gramalote que sirve de alimento a los rumiantes.
Una mañana levantóse el arriero con el alba v fue a Cantumarca en busca de sus animales; pero no en­contró ni huellas. Echóse a tomar lenguas y sacó en limpio la consoladora certidumbre de que su hacienda había pasado a otro dueño.
Afligidísimo regresó el arruinado arriero a Potosí, y pasando por la iglesia de San Lorenzo sintió en su espí­ritu la necesidad de buscar consuelo en la oración. Tan cierto es que los hombres, aun los más descreídos, nos acordamos de Dios y elevamos a él preces fervoro­sas cuando una desventura, grande o pequeña, nos ha­ce probar su acíbar.
El mestizo, después de rezar y pedir al apóstol San­tiago que hiciese en su obsequio un milagríta de esos que el santo, a quien tantos atribuían, hacía entonces por debajo de la pierna, levantóse v se dispuso a salir del templo. Al pasar junto al cepillo de las ánimas me­tió mano al bolsillo y sacó un peso macuquino, único caudal que le quedaba; pero al ir a depositar su ofren­da ocurrióle más piadoso pensamiento.
«¡No! Mejor será que mí última blanca se la dé de limosna al primer pobre que encuentre en las gradas de San Lorenzo. Perdonen las ánimas benditas, que sus mercedes no necesitan pan."
Las gradas de San Lorenzo en Potosí, como las gra­das de la catedral de Lima, desde Pizarro hasta el pa­sado siglo, eran el sitio donde de preferencia afluían los mendigos, los galanes y demás gente desocupada. Las gradas eran el mentidero público y la sastrería donde se cortaban sayos, se zurcían voluntades y se deshil-vanaban honras.
Aquella mañana el sol tenía pereza para dorar los tejados de la villa, y entre si salgo o no salgo andábase remolón y rebujado entre nubes. Las gradas de San Lorenzo estaban desiertas, y solo se paseaba en ellas un viejecito enclenque, envuelto en una capa, vieja como él, pero sin mancha ni remiendos, y cubierta la cabeza con el tradicional sombrero de vicuña.
Nuestro arriero pensó: "¡Cuánta será la gazuza de ese pobre cuando, con el frío que hace, ha madrugado en busca de un alma caritativa!"
Y acercándose al viejecito le puso en la mano el macuquino, diciéndole:
-Tome, hermano, y remédiese, y en sus oraciones pídale al santo patrón que me haga un milagro.
-Dios se lo pague, hermano -contestó sonriéndose el mendigo, y cuente que si el milagro es hacedero se lo hará Santiago, y con creces, en premio de su caridad y de su fe.
-Dios lo oiga, hermano -murmuró el arriero, y atra­vesando la plaza siguió calle adelante.
Tres días pasaron. v notorio era ya en Potosí que unos pícaros ladrones habían dejado mano sobre mano a un infeliz arriero. En cuanto a éste, cansado de pes­quisas y de entenderse con el corregidor, y el alcalde, y los alguaciles, comenzaba a desesperar de que San­tiago se tomase la molestia de hacer por él un milagro, cuando en la mañana del cuarto día se le acercó un mestizo y le dijo:
-Véngase conmigo, compadre, que su merced don Antonio López Quirós lo necesita.
El arriero no conocía al maestre de campo más que por la fama de su caudal y por sus buenas acciones y larguezas; así es que, sorprendido del llamamiento, dijo:
-¿Y qué querrá conmigo ese señor? Si es asunto de transportar metales, excusado es que lo vea.
-Véngase conmigo, compadre, y déjese de imagina­ciones, que lo que fuere ya se lo dirá don Antonio. Despabílese, amigo, que al raposo durmiente no le amanece la gallina en el vientre.
Llegado el arriero a casa de Quirós, encontró en la sala al mendigo de las gradas de San Lorenzo, quien la abrazó afectuosamente, y le dijo:
-Hermano, tanto he pedido a Santiago apóstol, que ha hecho el milagro y con usura. Vuélvase a su casa y hallará en el corral, no veinte, sino cuarenta mulas de Tucumán. ¡Ea! A trabajar... y cons-tancia, que Dios ayuda a los buenos.
Y esquivándose a las manifestaciones de gratitud del arriero, dio un portazo v se encerró en su cuarto.
Aquel viejecito era Quirós.
“Vestía habitualmente en Potosí -dice un cronista­- calzón y zamarra de bayeta, capa de paño burdo y tos­cos zapatos, no diferen-ciándose su traje del de los pobres y trabajadores."

 3

¿Dios te la depare buena!

Asegura Bartolomé Martínez Vela, en sus Anales, que el maestre de campo López Quirós pretendió me­recer de su majestad el título de conde de Incahuasi, y que su pretensión fue cortésmente desechada por el rey. Paréceme que si entre ceja y ceja se le hubiera metido al archimillonario obtener, no digo un simple pergamino de conde, sino un bajalato de tres colas, de fijo que se habría salido con el empeño. ¡Bonito era Carlos II para hacer ascos a la plata! Bajo su reinado se vendieron en América, por veinte mil duretes, más de treinta títulos de condes y marqueses. Precisamente en solo el Perú creó los marquesados de Monterrico, Valleumbroso, Zeledá de la Fuente, Otero v Villa­blanca, y los condados de Villafuertes, Castillejo, Cor­pa, Concha, Vega del Ren, Cartago, Montemar, Sierra­bella, Lurigancho, Villahermosa, Moscoso y Sotoflori­do. Quede, pues, sentado, que si nuestro minero no llegó a calzarse un título de Castilla fue... porque no le dio su regalada gana de pensar en candideces.
A propósito del apellido Quirós, recordamos haber leído en un genealogista que el primero que lo llevó fue un soldado griego llamado Constantino, el cual, en una batalla contra los moros, allá por los años de 846, viendo en peligro de caer del caballo al rey don Ra­miro, voló en su socorro, gritando: Is Kirós!, is Kirós! (¡Tente firme!, ¡no te rindas!) y ayudando al rey a levantarse diole sus armas y caballo. El monarca quiso que en memoria de la hazaña tomase el apellido de Quirós; dándole por divisa escudo de plata y dos llaves de azur en aspas, anguladas de cuatro rosas y cuatro flores de lis, un cordón de orla, y en una bordura este mote: Después de Dios, la casa de Quirós. El solar de la familia se fundó en el castillo de Alba, en Astu­rias, después del matrimonio de Constantino con una hija de Bernardo del Carpio. Cuando la conquista de Granada, hubo un Quirós tan principal y valeroso que los Reyes Católicos lo llamaban el rey chiquito de Asturias.
Refiérense de Quirós, el de Potosí, excentricidades que hacen el más cumplido elogio de su carácter y per­sana. Apuntaremos algunas:
Cuando le denunciaban robos de gruesas sumas que le hacían sus mayordomos, don Antonio se confor­maba con destituir al ladrón y daba su plaza al denun­ciante, diciendo: "No menear el arroz aunque se pegue. Veamos si éste ha obrado por envidia o por lealtad".
En una ocasión le avisaron que uno de sus adminis­tradores había ocultado piñas de plata por valor de seis mil pesos. Reconvenido por Quirós, contestó el infiel dependiente que había robado por dar dote a una hija casadera.
-La franqueza y el propósito te salvan, que quien no cae no se levanta -le dijo el patrón. Llévate los seis mil, y que tu hija se conforme con esa dote, que no todas las muchachas bonitas nacen hijas de empe­radores o de Antonio López de Quirós.
Y en verdad que las dos hijas de nuestro personaje, al casarse con dos caballeros del hábito de Santiago, llevaron una dote que abriría el apetito al mismo autó­crata de todas las Rusias.
Presentóse un joven, sobrino de un título de Casti­lla, pidiéndole protección. Quirós le dijo que la ocio­sidad era mala senda, y que lo habilitaría con cinco mil pesos para que trabajase en el comercio. El hidal­güelo sin blanca se dio por agraviado, y contestó que él no envilecería sus pergaminos viviendo como un hortera plebeyo tras de un mostrador. Nuestro minero le volvió la espalda, murmurando: -Si tan caballero, ¿por qué tan pobre? Y si tan pobre, ¿por qué tan ca­ballero?
En su manera de practicar la caridad había también mucho de original.
Durante los días de Semana Santa acostumbraba Quirós sentarse por dos horas en el salón de su casa, rodeado de sacos de plata y teniendo en la mano una copa de metal, la cual metía en uno de los sacos y la cantidad que en ella cupiera la daba de limosna a cada pobre vergonzante que se le acercaba en esos días. Su­pongo que aquella casa estaría más concurrida que el jubileo magno.
Con personas de otro carácter que iban donde él a solicitar un donativo, empleaba un curioso expediente. En un cuarto tenía multitud de cajones clavados en la pared. Las dimensiones de ellos eran iguales, y en cada uno podía encerrarse holgadamente un talego de a mil. Quirós ponía en algunos toda esta suma, y en los demás la iba proporcionalmente disminuyendo has­ta llegar a un peso. Todos los cajones estaban nume­rados; y cuando don Antonio tenía que habérselas con uno de los llamados hoy pobres de levita, y que enton­ces se llamarían pobres de capa larga, conducíalo al cuarto, diciéndole:
-Escoja vuesa merced un número, y... ¡que Dios se lo depare bueno!

 4

Entre col y col...

Entre los manuscritos de la Biblioteca de Lima exis­te un libro, de autor anónimo, que creemos escrito en 1790. Titúlase Viaje al globo de la luna, y uno de sus capítulos está consagrado a hablar extensa-mente de las riquezas de Potosí y el Titicaca. Dice que desprendido en 1681 un crestón del Illimaní, se sacó de él tanto oro, que se vendía como el trigo o el maíz, y que en tiempo del virrey marqués de Castelfuerte se compró por su orden una pepita que pesaba cuarenta y cuatro libras.
Hablando de las minas de plata, cuenta el mismo autor anónimo que un minero de San Antonio de Esquilache, asiento de Chucuito, al retirarse del tra­bajo, arrendó su mina por mil cuarenta pesos diarios; que en la mina de Huacullani la libra de metal solo tenía cuatro onzas de tierra, siendo plata lo restante, y que allí se encontró la célebre mesa de plata maciza a cuyo alrededor podían comer diez hombres holga­damente.
Leemos en ese libro que un soldado, no creyendo bien premiados sus servicios por el presidente La Gas­ca, se dirigió a Carangas, donde, en un arranque de cólera, dio un puntapié sobre un crestoncillo, descu­briendo una veta tan rica que hizo en breve poderosos a cuantos la trabajaron. Ésa fue la conocida con el nombre de Mina de los Pobres.
Refiere el autor que una mina llamada la Hedionda producía cerca de dos mil marcos por cajón, pero que no puede explotarse por ser mortíferas sus emanacio­nes.
Larguísimo extracto podríamos hacer de las curiosas noticias que contiene este interesante manuscrito. Para satisfacer al lector bastará que hagamos un sumario de las materias de que trata cada capítulo de la obra.
En el capítulo I se ocupa el autor en discurrir sobre la posibilidad de la navegación aérea, y por incidencia consagra tres páginas a Santiago de Cárdenas el Vola­dor, limeño, que en la época del virrey Amat escribió un libro describiendo un aparato para viajar por los aires.
El capítulo II contiene una importantísima diserta­ción sobre la coca, su cultivo y propiedades, y un es­tudio, también muy notable, sobre la despoblación de España y población de las Indias.
Los capítulos III y IV están consagrados a noticias sobre los sistemas para beneficiar metales, datos sobre las minas de azogue de Huancavelica, descripción del lago Titicaca, opinión sobre su desagüe, posibilidad de una inundación espantosa, y pormenores sobre las mi­nas de Puno y Potosí.
Los dos últimos capítulos son de importancia pura­mente científica o literaría. Expone el autor sus teorías sobre las mareas, desviaciones de la aguja, vientos, etc., y diserta largamente sobre el teatro y la poesía dra­matica.
Como se ve por este sumario, el manuscrito del au­tor anónimo, que fue un español que residió muchos años en el Perú, merece ser leído y consultado.
Discúlpensenos estos párrafos que poca concomitan­cia tienen con la tradición, y concluyamos con López Quirós.

 5

Donde concluimos copiando un parrafo de un historiador

"Fue este caballero muy humilde, su conversación muy decente, extrema su religiosidad y devoción, su conciencia muy ajustada. Lo que encargaba más a sus administradores era que a los indios les satisfaciesen con puntualidad su trabajo, y que en ninguna forma especulasen con ellos; porque de no tratarlos bien y medrar avariciosamente con su sudor, podría Dios cas­tigarle quitándole lo que con tanta profusión le había dado. Finalmente, llegó a tener tanta edad (ciento nueve años) que era necesario sustentarle con leche de los pechos de las mujeres, dándole de mamar. Pasó de esta vida al descanso de la eterna por el mes de abril del año 1699. Fue muy llorado de los pobres, que, atentos a su ejemplar caridad y virtudes, decían: Después de Dios, Quirós, estribillo que nunca morirá en Potosí, porque mejor que en láminas y bronces está grabado en los corazones."

0.072.3 anonimo (peru) - 056

Con dias y ollas venceremos (1821)

A principios de junio de 1821, y cuando acababan de iniciarse las famosas negociaciones o armisticio de Punchat,ca entre el virrey La Serna y el general San Martín, recibió el ejército patriota, acantonado en Huaura, el siguiente santo, seña y contraseña: Con días -y ollas- venceremos.
Para todos, exceptuando Monteagudo, Luzuriaga, Cuido y García del Río, el santo y seña era una chara­da estúpida, una frase disparatada; y los que juzgaban a San Martín más cristiana y caritativamente se alza­ban de hombros murmurando: "¡Extravagancias del general!"
Sin embargo, el santo y seña tenía malicia o entri­pado, y es la síntesis de un gran suceso histórico. Y de eso es de lo que me propongo hoy hablar, apoyando mi relato, más que en la tradición oral que he oído contar al amanuense de San Martín y a otros soldados de la patria vieja, en la autoridad de mi amigo el escri­tor bonaerense don Mariano Pelliza, que a vuela plu­ma se ocupa del santo y seña en uno de sus interesan­tes libros.

 1

San Martín, por juiciosas razones que la historia consigna y aplaude, no quería deber la ocupación de Lima al éxito de una batalla, sino a los manejos y ar­dides de la política. Sus impacientes tropas, ganosas de habérselas cuanto antes con los engreídos realistas, rabiaban mirando la aparente pachorra del general; pero el héroe argentino tenía en mira, como acabamos de apuntarlo, pisar Lima sin consumo de pólvora y sin, lo que para él importaba más, exponer la vida de sus soldados, pues en verdad no andaba sobrado de ellos.
En correspondencia secreta y constante con los pa­triotas de la capital, confiaba en el entusiasmo y acti­vidad de éstos para conspirar, empeño que había pro­ducido ya, entre otros hechos de importancia para la causa libertadora, la defección del batallón de Nu­mancia.
Pero con frecuencia los espías y las partidas de ex­ploración o avanzadas lograban interceptar las comu­nicaciones entre San Martín y sus amigos, frustrando no pocas veces el desarrollo de un plan. Esta contia­riedad, reaRravada con el fusilamiento que hacían los españoles de aquellos a quienes sorprendían con cartas en clave, traía inquieto y pensativo al emprendedor caudillo. Era necesario encontrar a todo trance un me­dio seguro y expedito de comunica-ción.
Preocupado con este pensamiento, paseaba una tar­de el general, acompañado de Cuido y un ayudante, por la larga v única calle de Huaura, cuando, a inme­diaciones del puente, fijó su distraída mirada en un caserón viejo que en el patio tenía un horno para fun­dición de ladrillos y obras de alfarería. En aquel tiem­po, en que no llegaba por acá la porcelana hechiza, era éste lucrativo oficio; pues así la vajilla de uso diario, como los utensilios de cocina, eran de barro cocido y calcinado en el país, salvo tal cual jarrón de Guadala­iara y las escudillas de plata, que ciertamente figura­ban solo en la mesa de gente acomodada.
San Martín tuvo una de esas repentinas y misterio­sas inspira-ciones que acuden únicamente al cerebro de los hombres de genio, y exclamó para sí: "¡Eureka! Ya está resuelta la x del problema."
El dueño de la casa era un indio entrado en años, de espíritu despierto y gran partidario de los insurgen­tes. Entendióse con él San Martín, y el alfarero se comprometió a fabricar una olla con doble fondo, tan diestramente prepa-rada que el ojo más experto no pudiera descubrir la trampa.
El indio hacía semanalmente un viajecito a Lima, conduciendo dos mulas cargadas de platos y ollas de barro, que aún no se conocían por nuestra tierra las de peltre o cobre estañado. Entre estas últimas, y sin dife­renciarse ostensiblemente de las que componían el resto de la carga, iba la olla revolucionaria, llevando en su doble fondo impor-tantísimas cartas en cifra. El con­ductor se dejaba registrar por cuanta partida de campo encontraba, respondía con naturalidad a los interroga­torios, se quitaba el sombrero cuando el oficial del piquete pronunciaba el nombre de Fernando VII, nues­tro amo y señor, y lo dejaban seguir su viaje, no sin hacerle gritar antes: "¡Viva el rey! ¡Muera la patria!" ¿Quién demonio iba a imaginarse que ese pobre indio viejo andaba tan seriamente metido en belenes de po­lítica?
Nuestro alfarero era gran repentista o improvisador de coplas, como cierto soldado que, tomado prisionero por un coronel español, éste, como por burla o para hacerle renegar de su bandera, le dijo:
-Mira, palangana, te regalo un peso si haces una cuarteta con el pie forzado que voy a darte:

Viva el séptimo Fernando
con su noble y leal nación.

-No tengo el menor conveniente, señor coronel -contestó el prisio-nero. Escuche usted:

Viva el séptimo Fernando
con su noble y leal nación;
pero es con la condición
de que en mí no tenga mando...
y venga mi patacón.

 2

Vivía el señor don Francisco Javier de Luna Pizarro, sacerdote que ejerció desde entonces gran influencia en el país, en la casa fronteriza a la iglesia de la Con­cepción, y él fue el patriota designado por San Martín para entenderse con el ollero. Pasaba éste a las ocho de la mañana por la calle de la Concepción pregonando con toda la fuerza de sus pulmones: ¡Ollas y platos! ¡Baratosl ¡Baratos!, que, hasta hace pocos años los ven­dedores de Lima podían dar tema para un libro por la especialidad de sus pregones. Algo más. Casas había en que para saber la hora no se consultaba reloj, sino el pregón de los vendedores ambulantes.
Lima ha ganado en civilización; pero se ha despoeti­zado, y día por día pierde todo lo que de original y típico hubo en sus costumbres.
Yo he alcanzado esos tiempos en los que parece que, en Lima, la ocupación de los vecinos hubiera sido te­ner en continuo ejercicio los molinos de masticación llamados dientes v muelas. Juzgue el lector por el si­guiente cuadrito de cómo distribuían las horas en mi barrio, allá cuando yo andaba haciendo novillos por huertas y murallas, y muy distante de escribir tradi­ciones y dragonear de poeta, que es otra forma de matar el tiempo o hacer novillos.
La lechera indicaba las seis de la mañana.
La tisanera y la chichera de Terranova daban su pregón a las siete en punto.
El bizcochero y la vendedora de leche-vinagre, que gritaba ¡a la cuajadita!, designaban las ocho, ni minuto más ni minuto menos.
La vendedora de zanguito de ñajú y choncholíes marcaba las cuatro, hora de canónigos.
La tamalera era anuncio de las diez.
A las once pasaban la melonera y la mulata del con­vento vendiendo ranfañote, cocada, bocado de rey, chancaquitas de cancha y de maní, y fréjoles colados.
A las doce aparecían el frutero de canasta llena y el proveedor de empanaditas de picadillo.
La una era indefectiblemente señalada por el ven­dedor de ante con ante, la arrocera y el alfajorero.
A las dos de la tarde la picaronera, el lamnitero y el de la rica causa de Trujillo atronaban con sus pregones.
A las tres el melcochero, la turronera v el anticu­chero o vendedor de bisteque en palito clamoreaban con más puntualidad que la Mari-Angola de la catedral.
A las cuatro gritaban la picantera y el de la piñita de nuez.
A las cinco chillaban el jazminero, el de las cara­ manducas y el vendedor de flores de trapo, que grita­ba: ¡jardín, jardín! ¿Muchacha, no hueles?
A las seis canturreaban el raicero y el galletero.
A las siete de la noche pregonaban el caramelero, la mazamorrera y la charnpucera.
A las ocho el heladero y el barquillero.
Aun a las nueve de la noche, junto con el toque de cubrefuego, el animero o sacristán de la parroquia salía con capa colorada y farolito en mano pidiendo para las ánimas benditas del purgatorio o para la cena de Nues­tro Amo. Este prójimo era el terror de los niños rebel­des para acostarse.
Después de esa hora, era el sereno del barrio quien reemplazaba a los relojes ambulantes, cantando entre pitea y pitea: 
-¡Ave María Purísima! ¡Las diez han dado! ¡Viva el Perú, y sereno! Que eso sí, para los sere­nos de Lima, por mucho que el tiempo estuviese nu­blado o lluvioso, la consigna era declararlo ¡sereno! Y de sesenta en sesenta minutos se repetía el canticio hasta el amanecer.
Y hago caso omiso de innumerables pregones que se daban a una hora fija.
¡Ah tiempos dichosos! Podía en ellos ostentarse por pura cham-berinada un cronómetro; pero para saber con fijeza la hora en que uno vivía, ningún reloj más pun­tual que el pregón de los vendedores. Ese sí que no discrepaba pelo de segundo ni había para qué limpiarlo o enviarlo a la enfermería cada seis meses. ¡Y luego la baratura! Vamos; si cuando empiezo a hablar de anti­guallas se me va el santo al cielo y corre la pluma sobre el papel como caballo desbocado. Punto a la digresión y sigamos con nuestro insurgente ollero.
Apenas terminaba su pregón en cada esquina, cuan­do salían a la puerta todos los vecinos que tenían nece­sidad de utensilios de cocina.

 3

Pedro Manzanares, mayordomo del señor Luna Pi­zarro, era un negrito retinto, con toda la lisura criolla de los budingas y mataperros de Lima, gran decidor de desvergüenzas, cantador, guitarrista y navajero, pero muy leal a su amo y muy mimado por éste. Jamás de­jaba de acudir al pregón y pagar un real por una olla de barro; pero al día siguiente volvía a presentarse en la puerta, utensilio en mano, gritando: 
-Oiga usted so cholo ladronazo, con sus ollas que se chirrean todi­tas... Ya puede usted cambiarme esta que le compré ayer, antes de que se la rompa en la tutuma para en­señarlo a no engañar al marchante. ¡Pedazo de pillo!
El alfarero sonreía como quien desprecia injurias, y cambiaba la olla.
Y tanto se repitió la escena de compra y cambio de ollas y el agasajo de palabrotas, soportadas siempre con paciencia por el indio, que el barbero de la esquina, andaluz muy entrometido, llegó a decir una mañana:
-¡Córcholis! ¡Vaya con el cleriquito para cominero! Ni yo, que sov un pobre de hacha, lago tanta alharaca por un miserable real. ¡Recórcholis! Oye, macuito. Las ollas de barro v las mujeres, que también son de barro, se toman sin lugar a devolución, y el que se lleva chasco, ¡contracórcholis!, se mama el dedo meñique, y ni chispa ni mista y se aguanta el clavo, sin molestar con gritos y lamentaciones al vecindario.
-Y a usted, so godo de cuernos, cascabel sonajero, ¿quién le dio vela en este entierro? -contestó con su habitual insolencia el negrito Manzanares. Vaya us­ted a desollar barbas y cascar liendres, y no se meta en lo que no le va ni le viene, so adefesio en misa de una, so chapetón embreado y de ciento en carga...
Al oírse apostrofar así, se le avinagró al andaluz la mostaza, y exclamó, ceceando:
-¡María Zantícima! Hoy me pierdo... ¡Aguárdate, gallinazo de muladar!
Y echando mano al puñalito o limpiadientes, se fue sobre Perico Manzanares, que sin esperar la embestida se refugió en las habitaciones de su amo. ¡Quién sabe si la camorra entre el barbero y el mayordomo habría servido para despertar sospechas sobre las ollas, que de pequeñas causas han surgido grandes efectos! Pero, afortunadamente, ella coincidió con el último viaje que hizo el alfarero trayendo olla contrabandista; pues el escándalo pasó el 5 de julio, y al amanecer del siguien­te día abandonaba el virrey La Serna la ciudad, de la cual tomaron posesión los patriotas en la noche del 9.
Cuando el indio, a principios de junio, llevó a San Martín la primera olla devuelta por el mayordomo del señor Luna Pizarro, hallábase el general en su gabinete dictando la orden del día. Suspendió la ocupación, y después de leer las cartas que venían en el doble fondo, se volvió a sus ministros García del Río y Monteagudo y les dijo sonriendo:
-Como lo pide el suplicante.
Luego se aproximó al amanuense y añadió:
-Escribe, Manolito, santo, seña y contraseña para hoy: Con días y ollas- venceremos.
La victoria codiciada por San Martín era apoderarse de Lima sin quemar pólvora; y merced a las ollas que llevaban en el vientre ideas, más formidables siempre que los cañones modernos, el éxito fue tan espléndido, que el 28 de julio se juraba en Lima la Independencia y se declaraba la autonomía del Perú. Junín y el Aya­cucho fueron el corolario.

 0.072.3 anonimo (peru) - 056

Capricho de limeña (1727)

Yo no sé, lector, si conoces una de mis leyendas tra­dicionales titulada Pepe Bandos, en la cual procuré pintar el carácter enérgico hasta rayar en arbitrario del virrey don Juan de Armendáriz, marqués de Castel­fuerte. Hoy, como complemento de aquélla se me antoja referirte uno de los arranques de su excelencia, arranque que me dejé olvidado en el tintero. 

1

Don Álvaro de Santiponce, maestro en todas las ar­tes y aprendiz de cosa ninguna, era por los años de 1727 un joven hidalgo andaluz, avecindado en Lima, buen mozo y gran trapisondista. Frecuentador de ga­ritos y rondador de ventanas, tenía el genio tan vivo que, a la menor contradicción, echaba mano por el estoque y armaba una de mil diablos. De sus medios de fortuna podía decirse aquello de presunción y po­breza todo en una pieza, y aplicarle, sin temor a incu­rrir en calumnia, la redondilla:

Del hidalgo montañés
don Pascual Pérez Quiñones
eran las camisas nones
y no llegaban a tres.

Con motivo de la reciente ejecución de Antequera, la ciudad estaba amagada de turbulencias, y el virrey había hecho publicar bando para que después de las diez de la noche no anduviesen los vecinos por las ca­lles; y a fin de que su ordenanza no fuese letra muerta, multiplicó las rondas y aun él mismo salió a veces al frente de una a recorrer la ciudad.
Nuestro andaluz no era hombre de sacrificar un ga­lanteo a la obediendia del bando, y una noche pillólo la ronda departiendo de amor al pie de una reja.
-¡Hola, hola, caballerito, dése usted preso! -le dijo el jefe de la ronda.
-¡Un demonio! -contestó Santiponce, y desenvai­nando el fierro empezó a repartir estocadas, hiriendo a un alguacil y logrando abrirse paso.
Corría el hidalgo, tras él los ministriles, hasta que, dos o tres calles adelante, viendo abierta la puerta de una casa, colóse en ella, y sin aflojar el paso penetró en el salón.
Hallábase la familia de gran tertulia, celebrando el cumpleaños de uno de sus miembros, cuando nuestro hidalgo vino con su presencia a aguar la fiesta.
La señora de la casa era una aristocrática limeña, llamada doña Margarita de***, muy pagada de lo azul de su sangre, como descendiente de uno de los caballeros de espuela dorada ennoble-cidos por la reina doña Juana la Loca por haber acompañado a Pizarro en la conquista. La engreída limeña era esposa de uno de los más ricos hacendados del país que, si bien no era de cuartelada nobleza, tenia en alta estima los per­gaminos de su mujer.
Impúsola el hidalgo de la cuita en que se hallaba, pidiéndole mil perdones por haber turbado el sarao, y la señora le condujo al interior de la casa.
Entraba en las quijotescas costumbres de la época, y como regazo del feudalismo, el no negar asilo ni al mayor criminal, y los aristó-cratas tenían a orgullo coro­prometer la negra honrilla defendiendo hasta la pared del frente la inmunidad del domicilio. Había en Lima casas que se llamaban de cadena y en las cuales, según real cédula, no podía penetrar la justicia sin previo per­miso del dueño, y aun esto en casos determinados y después de llenarse ciertas tramitaciones. Nuestra his­toria colonial está llena de querellas sobre asilo, entre los poderes civil y eclesiástico, y aun entre los gobier­nos y los particu-lares. Hoy, a Dios gracias, hemos dado de mano a esas antiguallas, y al pie del altar mayor se le echa la zarpa encima al prójimo que se descantilla; y aunque en la Constitución reza escrito no sé qué artículo o paparrucha sobre inviolabilidad del hogar doméstico, nuestros gobernantes hacen tanto case de la prohibición legal como de los mostachos del gigante Culiculiambro. Y aquí, pues la ocasión es calva, voy a aprovechar la oportunidad para referir el origen de un refrancito republicano.
Cierto presidente, de cuyo nombre me acuerdo, pero no se me antoja apuntarlo, veía un conspirador en to­dos los que no éramos partidarios de su política, y daba gran trajín a la autoridad de policía, encargándola echar guante y hundir en un calabozo a los oposicio­nistas.
Media noche era por filo cuando un agente de la prefectura con un cardumen de ministriles, escalando paredes, se sopló de rondón en una casa donde recelá­base que estuviera escondido un demagogo de cuenta. Asustóse la familia, que estaba va en brazos de Mor­feo, ante tan repentina irrupción de vándalos, y el due­ño de casa, hombre incapaz de meterse en barullos de política, pidió al seide que le enseñara la orden escrita, y firmada por autoridad competente, c;ue lo facultara para allanar su domicilio.
-¡Qué orden ni qué niño muerto! -contestó el agente. Aquí no hay más Dios que Mahoma, y yo que soy su profeta.
-Pues sin orden no le permito a usted que atropelle mi casa.
-¡Qué chocheces! No parece usted peruano. ¡Ea, muchachos, a registrar la casa!
-Las garantías individuales amparadas por la Cons­titución...
El esbirro no dejó continuar su discurso al leguleyo ciudadano, porque le interrumpió exclamando:
-¿Constitución y a estas horas? Que lo amarren al señor.
Y no hubo tu tía, y desde esa noche nació el refran­cito con que el buen sentido popular expresa lo inútil que es protestar contra las arbitrariedades, a que tan inclinados son los que tienen un cachito de poder.
La casa de doña Margarita era conocida por casa de cadena, y así lo comprobaban los gruesos eslabones de la que se extendía a la entrada del zaguán. Había en la casa un sótano o escondite, cuya entrada era un secreto para todo el mundo, menos para la señora y una de sus criadas de confianza, y bien podía echarse abajo el edificio sin que se descubriese el misterioso rincón.
El jefe de la ronda dio su espada en la puerta de la calle a un alguacil; y así desarmado llegó al salón, y con muy corteses palabras reclamó la persona del delincuente.
Doña Margarita se subió de tono; contestó al repre­sentante de la autoridad que ella no era de la raza de Judas para entregar a quien se había puesto bajo la salvaguardia de su nobleza, y que así se lo dijese a Pepe Bandos, que en cuanto a ella se le daba una higa de sus rabietas.
Y como cuando la mujer da rienda a la sin hueso, echa y echa palabras y no se agotan éstas como si bro­taran de un manantial, trató al pobre guardián del arden de corchete y esbirro vil, y a su excelencia de perro y excomulgado, aludiendo a la carga de caballe­ría dada contra los frailes de San Francisco el día de la ejecución de Antequera.
Palabra y piedra suelta no tienen vuelta. El de la ronda soportó impasible la andanada, retiróse mohino y, después de rodear la calle de alguaciles, encaminóse a palacio, hizo despertar al virrey, y lo informó, de can­to a canto y sin omitir letra de lo que acontecía y de cómo la noble señora había puesto de oro y azul, de­jándolo para agarrarlo con tenacillas, el respeto debido al que en estos reinos del Perú aspiraba a ser mirado como la persona misma de su majestad don Felipe V.

2

Conocido el carácter del de Castelfuerte, es de su­poner que se le subió la mostaza a las narices. En el primer momento estuvo tentado de saltar por sobre la cadena y los privilegios, aprehender a la insolente li­meña, y con sus pergaminos nobiliarios encerrarla en la cochera, que así se llamaba a un cuarto de la cárcel de la corte destinado para arresto de mujeres de vida airada.
Pero, calmándose un tanto, reflexionó que haría mal en extremarse con una hija de Eva, y que su proceder sería estimado como indigno de un caballero. Ainda­máis pensó, la mujer esgrime la lengua, arma ofensiva y defensiva que le dio naturaleza; pero cuando la mujer tiene editor responsable, lo más llano es irse derecho a éste y entenderse de hombre a hombre.
Y, pensado v hecho, llamó a un oficial y enviólo a las volandas donde el marido de doña Margarita, que se encontraba en la hacienda, a pocas leguas de Lima, con una carta en la que, después de informarle de los sucesos, concluía diciendo:

"Tiempo es, señor mío, de saber quién lleva en su casa los gregüescos. Si es vuesa merced, me lo probará poniendo en manos de la justicia, antes de doce horas, al que se ha amparado de faldas; v si es la irrespetuosa compañera que le dio la Iglesia, dígamelo en puridad para ajustar mi conducta a su respuesta.
"Dé Dios Nuestro Señor a vuesa merced la entereza de fundar buen gobierno en su casa, que bien lo ha menester, y no me quiera mal por el deseo.- El marqués de Castelfuerte."
A la burlona y amenazadora carta del virrey contestó el marido muy lacónicamente:

"Duéleme, señor marqués, el desagrado de que me habla; y en él interviniera si la carta de vuecencia no en­cerrara más de agravio a mi honra y persona que de amor a los fueros de la justicia. Haga vuecencia lo que su buen consejo y prudencia le dicten, que en ello no habré enojo; advirtiendo que el marido que ama y respeta a su compañera de tálamo v madre de sus hijos, deja a ésta por entero el gobierno del hogar, en el res­guardo de que no ha de desdecir de lo que debe a su fama y nombre.
"Guarde Dios los días de vuecencia para bien de estos pueblos y mejor servicio de su majestad. -Carlos de ***."

Como se ve, las dos epístolas eran dos cantáridas, chispeantes de ironía.
Al recibir Armendáriz la contestación de don Carlos lo mandó traer preso a Lima.
-¡Y bien, señor mio! -le dijo el virrey. Conmigo no hay cháncharras máncharras. Doce horas de plazo le acordé para que me entregase al reo. ¿En qué que­damos? ¿Han de ser mangas o tije-retas?
-Será lo que plazca a vuecencia, que aunque me acordara un siglo no haría yo fuerza a mi mujer para que entregue al que sufre persecuciones por la justicia.
-¡Que no!... -exclamó furioso el marqués. Pues esta misma noche va usted con títeres y petacas deste­rrado a Valdivia; que, ¡por mi santo patrón el de las azucenas!, no ha de decirse de mí que un maridillo linajudo me puso la ceniza en la frente. ¡Bonito hogar es el de vuesa merced, en donde canta la gallina y no cacarea el gallo!
Pero como en palacio las paredes se vuelven oídos, súpose en el acto por todo Lima que en la fragata María de los Ángeles, lista para zarpar esa noche del Callao, iba a ser embarcado el opulento don Carlos.
Doña Margarita cogió el manto, y acompañada de su dueña, rodrigón y paje, salió a poner la ciudad en mo­vimiento. El arzobispo y varios canónigos, oidores, cabildantes y caballeros titulados fueron a palacio para pretender que el marqués cejase en lo relativo al des­tierro; pero su excelencia, después de dar órdenes al capitán de su escolta, se había encerrado a dormir, pre­viniendo al mayordomo que, aunque ardiese Troya, nadie osara despertarlo.
Cuando al otro día asistió el virrey al acuerdo de la Real Audiencia, ya la María de los Ángeles había desa­parecido del horizonte. Uno de los oidores se atrevió a insinuarse, y el marqués le contestó:
-Que doña Margarita entregue al delincuente, y volverá de Valdivia su marido.
Pero doña Margarita era un temple de alma como ya no se usa. Amaba mucho a su esposo; mas creía envi­lecerlo y envilecerse accediendo a la exigencia del marqués.
En punto a tenacidad, dama y virrey iban de potencia a potencia.

3

Y pasaron los años.
Y doña Margarita enviaba por resmas cartas y me­moriales a la corte de Madrid y se gastaba un dineral en misas, cirios y lámparas, para que los santos hicie­sen el milagro de que Felipe V le echase una filípica a su representante.
Y en éstas y las otras, don Carlos murió en el des­tierro.
Y Armendáriz regresó a España en 1731, donde fue agraciado con el Toisón de Oro.
Bajo el gobierno de su sucesor, el marqués de Villa­garcía, salió don Alvaro de Santiponce a respirar el aire libre; y para quitar a la justicia la tentación de ocuparse de su persona, se embarcó sin perder minuto para una de las posesiones portuguesas.
El marqués de Castelfuerte se disculpaba de este abuso de autoridad, diciendo: "-Cometílo para que los maridos aprendan a no permitir a sus mujeres desaca­tos contra la justicia, y los que la administran"; pero dudo que aproveche el ejemplo: pues, por más que se diga en contrario, los hijos de Adán seremos siempre unos bragazas, y ellas llevarán la voz de mando y harán de nosotros cera y pábilo.

0.072.3 anonimo (peru) - 056