Translate

Mostrando entradas con la etiqueta 1.083.3 Foresto de Segovia (Amelia). Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta 1.083.3 Foresto de Segovia (Amelia). Mostrar todas las entradas

sábado, 8 de septiembre de 2012

Las trampas del curupí

En medio de la selva había un árbol muy grande y muy viejo. Tan grande, que diez monitos asidos de las manos no podían rodearlo. ¡Tenían que llamar a cinco monitos más! Y tan viejo, que todos los otros árboles le decían abuelo.
Pero más viejo que el árbol viejo era el Curupí.
El Curupí dormía debajo de la Tierra mucho antes que la primera semilla asomara su brotecito. Y cuando asomó éste, por el agujero que hizo en la Tierra salió el Curupí.
Claro que el Curupí no parece un viejo. Parece un muchacho indio, bajo, fuerte y bastante feo. Y para descubrir que es el Curupí, hay que mirarle los pies. El Curupí los tiene al revés, para atrás.
Por eso engañan sus huellas: cuando viene, ¡parece que se va!
El Curupí no sólo sabe quedarse siempre joven. Sabe muchos, pero muchos otros encantamientos. Puede hacer que toda la selva cante, puede hacer queje obedezcan las víboras. Sí, puede eso y muchas cosas más. Cuando está de buen humor, busca a los leñadores y a los cazadores para conversar con ellos. A algunos les hace extraños regalos. Pero... muy pocas veces está de buen humor.
A menudo el Curupí se entretiene extraviando a la gente que cruza la selva, robándose los chicos, poniendo en peligro a todos. Sólo cuando el Curupí se duerme -a veces semanas enteras-, las demás indias están tranquilas y dejan de vigilar a sus hijitos. Pero cuando despierta -y lo anuncian los ruidos misteriosos del bosque, las mamás no permiten a los indiecitos que jueguen lejos de las chozas.
Una vez un leñador se metió en la selva, eligió un árbol y con su hacha golpeó y golpeó el grueso tronco para derribarlo. No sabía que allá arriba, en la copa, estaba, sentado el Curupí, matando las orugas que se comen las hojas,.
Cuando el árbol cayó, el Curupí también cayó. Con el golpe, el Curupí se quedó dormido y durmió hasta que salió la Luna y siguió durmiendo hasta que volvió a salir el Sol. Entonces se despertó y gritó:
¡Voy a cazar al leñador! ¡Ya verá quién es el Curupí!
Todas las hojas susurraron y desde Aguará, el zorro, hasta el tatú y el tapir, se estremecieron ante la furia del Curupí.
El Curupí arañó, la Tierra, después cavó en ella un pozo profundo, lo cubrió de ramas y hojas secas, y se escondió a esperar que el leñador regresara.
Pero aquel día el leñador no volvió al monte. Dejó su hacha colgada fuera de la choza, y allí la encontró su hijito Inambú.
Inambú a escondidas de su padre, descolgó el hacha, se la echó al hombro y se fue al monte, a jugar al leñador.
El Curupí lo vio probar el filo del hacha en la corteza de los árboles. Y lo empezó a seguir. Y mientras le seguía los pasos,
-Si no puedo cazar un leñador grande, cazaré un leñador chico.
Así Inambú, caminando, caminando, se acercaba al pozo disimulado por las ramas. Un poco más caería, dentro, prisionero del Curupí.
Entonces, Panambí, la mariposa, pasó volando y, rozando una oreja de Inambú, le dijo:
Vas a caer en una trampa. Te sigue el Curupí, Inambú miró delante de sus pies. Vio el pozo disimulado, entre las hojas, y despacito, despacito, se acercó a la orilla y clavó su hacha en el borde.
-Esperaré que mi hacha pesque un pez -exclamó en voz alta, para que lo oyera el Curupí, después lo asaré y me lo comeré.
El Curupí, curioso, quiso ver cómo el hacha de Inambú pescaba un pez del pozo. Y se acercó a la orilla. Entonces, rápidamente, Inambú lo empujó y lo tiró dentro de la trampa.
Ayúdame a salir -gritaba el Curupí. Ayúdame, Inambú, y te regalaré un tapir. Inambú trenzó las largas guías de una enredadera, haciendo una cuerda con ellas, dejó caer la cuerda improvisada en el pozo, y sacó al Curupí. Pero el Curupí no le dio el tapir.
-Lo tengo en el otro lado de la selva -le dijo-, junto a mi choza. Vamos a buscarlo. Yo iré delante, tú detrás.
Así el Curupí se adelantó a Inambú, llegó hasta el río que cruzaba la selva, y le dijo:
-Río, arrastra al primero que se atreva a meterse en tus aguas. Arrástralo y llévatelo. Caminando, caminando, Inambú se acercaba al río. Ya estaba en la orilla, ya se iba a echar al agua para cruzarlo nadando. Entonces Cururú, el sapo, salió de su casita de barro, rozó los pies del indiecito y le dijo:
¡Vas a caer en una trampa, Inambú! El río va a arrastrar al primero que se meta en sus aguas.
Inambú se inclinó sobre el río, miró la corriente y exclamó en voz alta, para que lo oyera el Curupí:
-Esperaré para tirarme, porqué el ratón está agujereando el fondo del río con una flecha. El Curupí, curioso, quiso ver cómo Anguyá, el ratón, podía agujerear el fondo del río con una flecha. Se acercó, y entonces, rápidamente, Inambú lo empujó y lo tiró al agua.
-Ayúdame, Inambú -gritaba el Curupí, que no podía nadar porque tiene los pies para atrás-.
Ayúdame, y te daré dos tapires.
Inambú corrió por la orilla, tendió una mano al Curupí y lo sacó del río.
Pero el Curupí no le quiso dar ninguno de los dos tapires que le había prometido.
-Los tengo en el otro extremo de la selva, junto a mi choza -le dijo-, Si los quieres, vamos allá. Rodearon el río y siguieron caminando. Mientras andaban y andaban entre los viejos árboles de la selva, el Curupí pensaba cómo podía engañar a Inambú.
Cuando estuvieron cerca de la choza, el Curupí dijo al indiecito:
-Descansemos un poco. Después te daré los dos tapires.
El Curupí e Inambú se tendieron en el suelo, Sobre las hierbas. El Curupí esperaba que el indiecito se durmiera, para apresarlo y encerrarlo en su choza. Inambú se estaba quietecito, esperando que el Curupí se descuidara, para escaparse. Pero el Curupí vigilaba y vigilaba, con los ojos cada vez más abiertos.
Entonces, desde las grietas del árbol donde hacía su miel, Mirín, la abeja, voló hasta la oreja de Inambú.
Te ayudaré, Inambú -le dijo. Haré dormir al Curupí.
Mirín, la abeja, rozó con sus patitas una y otra vez la frente del Curupí. El Curupí bostezó. Sentía las patitas de Mirín, la abeja, sobre su frente, como una caricia... como una caricia... ¡Y se durmió!...
Inambú ató sus dos tapires, cargó su hacha y dio las gracias a Mirín, la abeja. Después, antes de empezar el camino de regreso a su choza, buscó un poco de barro y pegó los ojos del Curupí. Por eso el Curupí duerme todavía. No puede abrir los ojos.
Y mientras el Curupí duerme, las mamás indias están tranquilas y los indiecitos pueden jugar lejos de sus chozas.

1.083. Foresto de Segovia, Amelia

Eireté la indiecita

Allí donde el río da una vuelta y los ceibos echan sus flores más rojas que el fuego, vivían, en su choza, nueve indiecitas hermanas.
De las nueve indiecitas, ocho tenían nombre de flor, pero la última, la pequeñita, se llamaba Eireté quiere decir, en la lengua de los guaraníes, miel de abeja.
A la mañana, muy temprano, cuando el Sol despertaba a las campanillas silvestres, las indiecitas también se despertaban. Sí, se despertaban y se levantaban, todas, menos Eireté.
Eireté dormía mientras sus hermanas molían el maíz en el mortero. Eireté bostezaba mientras sus hermanas cuidaban las plantas del sembrado. Y mientras sus hermanas amasaban el barro y modelaban cacharros y jarras y marmitas, Eireté se decía:
-¿Dejo o no dejo la hamaca?
Y no la dejaba. Continuaba tendida, bostezando… boste… zzz… ando…
De las nueve indiecitas, ocho trabajaban, corrían y jugaban. Sólo una, Eireté, tenía siempre pereza para todo: para vestirse, para peinarse, para ir con el cántaro a traer agua del río.
Una mañana, las hermanas de Eireté, le dijeron:
-Levántate. Vas a ir con nosotras a buscar juncos y hierbas para hacer cestos. Levántate en seguida, Eireté.
Siguiendo el río, entraron en el bosque. Allí, las indiecitas comieron los frutos dulces del mburucuyá [1], y miraron volar y volar a Mainumbí, el picaflor, vestido con su precioso traje de todos colores. Andando y andando pasaron bajo la rama donde Ayurú, el papagallo, se peinaba las plumas, y Ayurú les gritó los buenos días. Andando y andando pasaron junto a la palmera donde vivía Ca-í, el monito, y Ca-í las saludó con la mallo.
Por la orilla del río, por el medio del bosque, siempre en fila, caminaban Y caminaban las nueve indiecitas, ocho indiecitas delante, y una, Eireté, bastante, pero bastante más atrás. Así llegaron adonde los juncos eran flexibles y las hierbas elásticas, y los cortaron y los ataron y los cargaron sobre sus cabezas.
Ya era mediodía cuando las indiecitas iniciaron el camino de vuelta, ocho hermanitas delante y Eireté cada vez más atrás, cada vez más atrás... Tan atrás se iba quedando Eireté, que, llegado un momento, ya no vio a sus hermanas. Pero Eireté no se asustó, ni siquiera corrió para alcanzarlas. Se sentó en el suelo y se entretuvo, mientras bostezaba, mirando las plantas y los animalitos del bosque. Tan quieta se estaba, que Panambí, la mariposa, se posó sobre su pelo. Cururú, el sapo, se acercó -croac, croac- a contarle los dedos de los pies, y mamá Ca-í dejó que sus monitos jugaran en su derredor a la rueda-rueda.
Así, el tiempo fue pasando. El Sol ya sólo alumbraba las ramas altas de los árboles. Pronto, las sombras empezaron a jugar al escondite entre los árboles y llegó la noche. Y con la noche llegaron los aullidos de las fieras, los aletazos de los búhos, el chistar de las lechuzas y el miedo. Sí, entonces Eireté tuvo miedo, y abandonando su haz de juncos y de hierbas, se levantó y empezó a andar: perdida en el bosque, apenas iluminado por la luz de la Luna.
Eireté temía al jabalí, a Yaguareté, el tigre, y temía. a la serpiente, que cuelga de los árboles. Pero Eireté no conocía el camino para volver a su choza, y andando al azar, mientras brillaban entre las ramas fosforescentes ojos desconocidos, mientras oía cuchicheos extraños... Así anduvo y anduvo la indiecita, hasta que tropezó con una choza perdida en medio del bosque. Era la casa de una vieja india hechicera.
-¡Protégeme de las fieras! -rogó Eireté a la anciana.
La hechicera la hizo entrar en la choza. Todo estaba oscuro. Sólo un rayo de Luna, que entraba por la ventana, iluminaba un rincón.
-Eireté -le aseguró la vieja india-, quiero ayudarte. Pero sólo tengo poder sobre las fieras durante el día. Si el jabalí o el tigre vienen a buscarte de noche, no los podré detener. Tampoco podré detener a la serpiente.
-¡Protégeme, hechicera! -volvió a suplicar Eireté.
Eireté tenía la voz dulce. Tan dulce como su nombre -miel de abeja-, y la vieja india se dejó conmover.
-Te esconderé de las fieras -le dijo. Te convertiré durante toda esta noche en una arañita, para que no te encuentren.
Y le dio a Eireté un ovillo de hilo fino.
-Teje, teje -le encareció. Mientras, tejas, serás una araña. Pero volverás a ser una indiecita tan pronto como dejes de tejer.
Eireté comenzó a trabajar el hilo. Y su tejido fue una hermosa tela de araña, colgada en un rincón de la choza. Una fina tela de araña iluminada por la Luna, que entraba por la ventana.
Y así, durante horas y horas, tejió y tejió Eireté.
Pasó el jabalí. Espió por la ventana, y sólo vio una arañita ocupada en tender los hilos de su tejido.
Y luego pasó Yaguareté, el tigre. Y más tarde la serpiente se descolgó de una rama y asomó la cabeza chata por la ventana.
Pero ni Yaguareté, ni la serpiente, ni el jabalí, sospecharon que en la choza se escondía una indiecita.
Sí, Eireté trabajó una hora, dos horas, tres... Pero Eireté no estaba acostumbrada a trabajar. Y entonces se cansó y dejó de tejer. Poco a poco la arañita fue convirtiéndose en una niña, y el rayo de Luna alumbró en el rincón a Eireté, junto a la fina tela de araña. Entonces el jabalí, que regresaba de beber en el río, volvió a asomarse por la ventana de la choza.
¿Qué tienes ahí, hechicera? -gruñó. ¡Esa niña es mía!
Y clavó los colmillos en la puerta y la sacudió, para abrirla y entrar.
Eireté, asustada, empezó a tejer y a tejer otra vez...
Y cuando el jabalí pudo abrir la puerta y entró, sólo vio una arañita tejedora sobre la tela. Y se fue.
Eireté tenía sueño, mucho sueño, Y el trabajo la cansaba mucho. Entonces abandonó la telaraña y descansó. Y cuando dejó de tejer, otra vez volvió a ser una indiecita.
Yaguareté, el tigre, regresaba de cazar, enojado porque se le habían escapado todas las presas. Yaguareté, el tigre, al pasar, quiso mirar de nuevo por la ventana de la choza de la hechicera. Y entonces vio a Eireté, casi dormida, al lado de la telaraña.
-¡Qué tienes allí, hechicera? -rugió Yaguareté.
Y lanzó su cuerpo con fuerza contra la puerta. Eireté se despertó y comenzó a tejer. Y cuando el tigre entró, sólo vio una arañita hacendosa. Y como antes el jabalí, también Yaguareté se fue. Ya no faltaba mucho para que saliera el Sol. Eireté tejía y tejía cada vez más fatigada, cada vez más soñolienta. Al fin, tejiendo y tejiendo se durmió.
Y entonces la serpiente se asomó por la ventana.
¡Y no vio una arañita, no! Vio una indiecita dormida. Y pasó la cabeza, y empezó a pasar el cuerpo... Y estaba casi dentro ya, cuando Eireté se despertó. La indiecita, recogiendo el extremo de su hilo, tejió y tejió. Y cuando la serpiente metió todos sus anillos en la choza de la hechicera, Eireté era otra vez una arañita escondida entre las pajas del techo. Entretanto había salido el Sol. Y la vieja india había recuperado su poder sobre todos los animales del monte. Así que, tomando a Eireté de la mano, pudo llevarla sin peligro hasta la choza de sus hermanas, en el recodo del río, donde florecen los ceibos.
Eireté nunca volvió en adelante a convertirse en arañita, aunque siguió tejiendo y tejiendo de la mañana a la noche, un día y otro día.
Y enseñó a tejer a sus hermanas ese hermoso tejido, hasta entonces desconocido, que parece formado por muchas telas de arañas. Ese tejido que se llama ñandutí.

1.083. Foresto de Segovia, Amelia


[1] Mburucuyá: pasionaria o pasiflora

Anguyá, el invisible

A la orilla del río estaba la choza de Ivopé, el indiecito. Un poco más allá se alzaba la choza de Anguyá, el glotón.
Claro que a Ivopé, el indiecito, no le alegraba mucho tener de vecino a Anguyá. Porque si Ivopé mordisqueaba una torta de maíz, Anguyá corría y se la arrebataba. Y si Ivopé sacaba un pescado del río, Anguyá iba, se lo quitaba, lo asaba y se lo comía.
Una vez Ivopé encontró un pajarito perdido; el pajarito era un pichón de tingasú. Ivopé crió al tingasú y le enseñó a hacer muchas cosas: a acudir cuando lo llamaba, a comer semillas en la planta de su mano, a tirarse y estarse en el suelo quietecito, como si estuviera muerto.
Ivopé quería mucho a su tingasú y lo escondía de Anguyá, el glotón. Porque con Anguyá, ni siquiera un tingasú estaba seguro.
Pero un día... Un día Anguyá el glotón descubrió al pajarito.
-Dámelo -le dijo a Ivopé. Me lo comeré crudo.
-¿Cómo vas a comerte un tingasú? -dijo el indiecito. El tingasú es un pájaro brujo.
-Verdad, verdad -se lamentó Anguyá. ¿Cómo voy a comerme un pájaro brujo?
Y lamentándose, se fue a robar maíz tierno en un sembrado vecino.
No sólo Ivopé, sino toda la tribu estaba cansada del glotón. Porque Anguyá devoraba las patatas y los zapallos ajenos, robaba los cacharros donde se cocían los porotos... ¡Y ni el bosque se salvaba del apetito de Anguyá! Porque Anguyá les comía la miel a las abejas y les robaba a los pájaros los huevos de sus nidos.
Aunque los hombres de la tribu le pegaban, las abejas lo picaban y los pájaros lo perseguían por todo el bosque, Anguyá no escarmentaba. Anguyá no se decía: -Me pegan, me pican, me corren, porque robo… No, Anguyá se decía: -Me corren, me pican, me pegan... ¡porque me ven! ¡Si yo fuera invisible, podría comerme hasta la comida del jefe...! ¡Y nadie sabría que había sido yo!
Y tanto deseó Anguyá hacerse invisible, que se fue a visitar a un viejo hechicero que vivía al otro lado del río y le dijo:
-Enséñame a volverme invisible y te traeré una olla llena de porotos y zapallo.
El hechicero buscó entre los huesos, las plumas y las hierbas secas que guardaba amontonadas en su choza, y sacando de una vasija tres semillitas, le dijo a Anguyá:
Toma estas semillas. Ellas van a hacerte invisible. Pero primero tienes que sembrarlas en un lugar del bosque adonde no llegue el canto del gallo. Y además, debajo de las semillas, tiene que estar muerto y enterrado un tingasú. Cuando broten tres hojas de las semillitas, escóndelas en tu boca, y nadie te verá. Serás invisible para todos.
Anguyá tomó las tres semillitas y las apretó dentro del puño. Pero después se quedó pensando.
-¿Y cómo estaré seguro, seguro, de que soy invisible? -le dijo al hechicero.
-Preguntándoselo a un niño inocente -contestó el brujo. Él no te mentirá.
Anguyá dejó la choza del hechicero y, mientras regresaba a la tribu, pensaba:
-Las semillas las tengo. Sólo me falta el tingasú. ¿Dónde conseguiré un tingasú? ¡Se lo quitaré a Ivopé!
Así cruzó el río, pasó el bosque y llegó hasta la choza del indiecito.
-Dame el tingasú -le dijo a Ivopé.
-¡No! -gritó Ivopé apretando el pajarito contra su pecho.
Pero Anguyá, de un manotón, le arrebató el tingasú y en dos saltos se metió en el bosque.
-Devuélveme mi tingasú -gritaba Ivopé. Y corría tras él.
Anguyá iba rápido, rápido, y para desorientar al indiecito daba vueltas y más vueltas entre los árboles. Al fin, cuando se creyó solo, se detuvo y exclamó:
-¿Llegará hasta aquí el canto del gallo?
Porque el brujo le había recomendado que matara y enterrara el tingasú en un lugar desde donde no se oyera cantar al gallo. Anguyá escuchó y escuchó y, como no oyera ni un solo kikirikí, exclamó muy contento:
-¡Éste es el lugar! Ahora tengo que matar al tingasú, enterrarlo y sembrar encima las semillas. Y después cosechar las hojas que nazcan, para hacerme invisible.
Lo que no sabía Anguyá, el glotón, era que Ivopé estaba escondido tras él, vigilándolo. Y así Ivopé, a sus espaldas, despacito, despacito, le dijo al tingasú:
-¡Hazte el muertecito, tingasú!..¡Hazte el muertecito, para que no te maten!...
Y el tingasú le obedeció.
Anguyá, el glotón, vio al pajarillo quieto, muy quieto, sobre el suelo. Creyéndolo muerto, hizo un pocito, lo acostó dentro, lo cubrió con tierra y plantó en la tierra las tres semillitas. En seguida exclamó:
-¡Mañana volveré!
Y se alejó. Ivopé, rápidamente, desenterró el pajarito. El tingasú revoloteo jurito a su cara y luego, entre los dos, acomodaron la tierra y las semillas exactamente como lo había hecho Anguyá.
-Nosotros también volveremos mañana -dijo Ivopé al pichoncito. Y veremos qué se propone Anguyá el glotón.
A la mañana siguiente, muy temprano, el indiecito y el tingasú se escondieron detrás de unas matas y esperaron. Al poco rato apareció entre los árboles el indio glotón y, acercándose al lugar donde creía que estaba enterrado el tingasú, miró y miró hasta que descubrió tres hojitas verdes a ras de tierra: Anguyá, de un solo tirón, arrancó las hojas y de la alegría se puso a bailar y a cantar.
-Con estas hojitas seré invisible -decía. Robaré en los sembrados el maíz tierno. Me llevaré los cacharros con porotos y quitaré su comida al anciano jefe. ¡Y nadie, nadie, sabrá que fui yo! Pero... ¿cómo estaré seguro de ser invisible?
-Yo te lo diré -exclamó Ivopé, el indiecito. Y dejando su escondite entre las matas, se acercó, a Anguyá.
-¡Sí, sí! -gritó Anguyá muy contento. Tú Me lo dirás.
Y en seguida se puso la primera hojita en la boca y le preguntó a Ivopé:
-¿Me ves, me ves?
-Sí, te veo -le contestó Ivopé.
Anguyá metió en su boca la segunda de las hojas, y volvió a preguntar:
-¿Me ves, me ves?
-Sí, te veo -le contestó Ivopé.
Entonces Anguyá puso en su boca la última de las hojitas.
-¿Y ahora., Ivopé, me ves, me ves?
¡Claro que lo veía Ivopé! Lo veía porque el hechizo estaba mal hecho. Y el hechizo estaba mal hecho porque el tingasú vivía. Todo esto lo sabía Ivopé, pero Anguyá, el indio glotón, lo ignoraba.
Y entonces, aunque Ivopé veía a Anguyá y lo veía muy bien, le dijo:
-No, no te veo. Te has vuelto invisible. Nadie te verá.
Anguyá, al oírlo, se puso muy contento. Tan contento, que echó a correr y no se detuvo hasta que se halló frente a la choza del jefe de la tribu. Después entró en la choza, tomó un cacharro lleno de crema de mandioca y empezó a comer, y a comer, a comer... El jefe de la tribu lo miraba asombrado.
¿Qué haces, Anguyá? -exclamó por fin. ¿Cómo te atreves a penetrar en m¡ choza y a comerte mi crema de mandioca?
De la sorpresa, Anguyá soltó el cacharro.
-¿Me ves, me ves? -exclamó ¿No soy invisible? El jefe, sin contestarle, tomó un grueso garrote y le pegó a Anguyá una vez y otra vez y muchas veces más. Anguyá no podía esquivar los golpes y gritaba:
-¡Ay, ay! ¿Me ves, me ves?
Al fin consiguió escapar de la choza. Corriendo, se metió en el bosque y corriendo se alejó para siempre de la tribu.
Y ya sin Anguyá que despojara los maizales, robara los cacharros de comida, quitara la miel a las abejas y sacara los huevecillos de los nidos, todos descansaron.
Descansaron los hombres de la tribu de darle palizas, las abejas de picarlo y los pajaritos de perseguirlo a aletazos por todo el bosque.
E Ivopé, en la puerta de su choza, pudo comer tranquilo su torta de maíz y darle las miguitas al tingasú.

1.083. Foresto de Segovia, Amelia