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miércoles, 19 de diciembre de 2012

La güestia

Poco a poco, a través de los tiempos, el viejo mito de la Güestia ha ido borrándose del recuerdo popular. Sólo que­da memoria de ella en los fastos mitológicos, en las páginas de antiguas crónicas, en las aldeas apartadas o en los labios de las añosas abuelas que intentan asustar a sus inquietos nietos, diciéndoles: «¡ahí viene la Gües-tia...!».
La Güestia es, en Asturias, una procesión de almas en pena, con velas encendidas a altas horas de la noche[1]. Equivale a «la buena gente», con sentido antitético, y a es­tantigua, santa compaña, güaspida, etc. Que nosotros se­pamos, nunca nadie vio la Güestia; todos, sin embargo, cuentan lo que sucedió a tal o cual que, una noche aciaga, por entre la quejumbre de los bosques del Toral, sobre los prados del molino o en torno a los sotos de Espinaredo, se encontró con ella.
Para los vecinos de Libardón, municipalidad de Colunga, Griselda, la de Fano, era una costurera excepcional; al decir de nuestro comunicante, «como nunca tal otra se vio». De toda la vecindad le llovían los encargos y a todos procuraba contentar. Cosía por aquellos días en una casa del Esla­bayo, apartado barrio de la parroquia, ya en las estribacio­nes del altivo Sueve. Se le hizo tarde y, contra lo que era costumbre, no había en casa varón que la pudiera acompa­ñar hasta Fano.
Apenas se apartaba de la última casa de la quintana, cuando vio unas luces verdosas que avanzaban por el cami­no de herradura hacia la cría.
-Ha de ser el viático -pensó; voy a correr para abrir­le la portilla.
Se acercaba la comitiva; con aquella luz se mezclaban extrañas voces, lamentos y « misereres» que le llegaban al cuerpo como un cuchillo pcnctrantc. Empezó a notar que no conocía a nadie; tampoco venía el párroco con el Sacra­mento, ni entendía palabra de lo que rezaban. Mas de pronto... ¿No es aquél Xuanón de Juaca, que murió el año pasado? ¿Y aquélla...? bien se parece a Balbina la del Cota­xu, que va hace dos años que la enterraron...
El susto se le metió en el cuerpo. Cuando estaba a punto de estremecerse, una blanca figura y pálido rostro. cuya piel tensa v apergaminada querían romperle los huesos de la calavera, se le acercó diciéndole:
-Soy tu tío Pedro. ¿No me reconoces? ¿Cómo estáis to­dos? Toma...
Y le puso una vela en la mano. Griselda, que no había acertado a pronunciar palabra, bañada en un sudor frío, se fijó en la vela y, al mirarla, entre luz y sombra, dio un grito de horror. Lo que tenía en la mano era un hueso humano llameante.
Cuando los vecinos del Eslabayo llegaron al lugar donde yacía la costurera, sólo pudieron oírle:
-¡Era la Güestia! ¡Era la Güestia...![2].
Pero..., la Güestia se va porque los niños de hoy no se espantan con los fantasmas del pasado y se encaran muchas veces con las realidades del presente.

Leyenda mitologica

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[1] Cfr. CABAL, C., o.c., pp. 100-144; CASTAÑÓN, L., Supersticiones y creencias de Asturias, Salinas, 1976, pp. 54-56; JOVE Y BRAVO, A., Mitos y supersticiones de Asturias, Oviedo 1903, pp. 54-56; LLANO, A., o.c., pp. 66-69.
[2] Comunicación de Ramón Cortés Carús, de Libardón, en 12 de abril de 1971. Aunque con algunas variantes, recogen la leyenda: GARCIA DE DIEGO, V., o.r., p. 316, y LLANO, A., n.c., p. 72. A este tema se refiere el opúsculo siguiente: Don Nuño de Rondaliegos. Aquí se contienen unas cien assonadas coplas que fizzo Johan Menendez Pidal, natural de las Asturias de Oviedo y en la qual es relatado de como el buen cavallero D. Nuño de Rondaliegos se topo con la uestia... El encuentro en cuestión tiene este tenor:

«...Por entr'una angosta vía
d'álamos et robredales,
luenga hilera de pantasmas
que unos en pos d’otros vane;       
todos llevan blancos cirios,
e visten blanco sayale;
todos vienen silenciosos.
todos andan de vagare...».

Otra curiosa narración puede verse en nuestra obra Costumbres asturianas. León 1982, p. 178.

La gallina de oro

En el lugar denominado del Fondo, en Guimarán, muni­cipio de Carreño, vivía, hace un sin cuento de años, una familia honrada y laboriosa, si bien acosada por la más te­rrible pobreza.
Una tarde, cuando el sol comenzaba a declinar, se acercó a la humilde vivienda una anciana, andrajosa y valetunida­ria, con trasuntos de bruja, en demanda de albergue para una noche. Con la elocuente espontaneidad de los humildes de espíritu, contestóle la dueña de la casa:
-Gustosos compartiremos con usted lo poco que tene­mos.
Jadeante todavía tomó asiento en la antojana de la casa y poniendo los ojos sobre la loma de San Pablo, en lo alto del monte Arco, como ensimismada, la espectral y fantástica vieja, comenzó a decir:

«Monte Areo,
monte Arola,
tierra rica,
gente boba...»

Intrigada la mujer; pidió que le aclarase el significado de aquellas palabras.
-Tú me has dado posada -dijo la anciana- y no quie­ro ser desagradecida.
Y fue explicándole cómo en cierto lugar del monte, casi a flor de tierra, había un tesoro escondido, consistente en una gallina con doce polluelos y doce pesadas barras, todo de oro.
-¿Y cómo es que sabiendo tales cosas imploras por el mundo limosna?
-Es que los dones -aclaró la vieja- son sólo de los que los merecen.
Luego desapareció misteriosamente.
No echó en faltriquera rota la conversación. Cuando llegó su marido, contóle la campesina la aparición. Aquella mis­ma noche, sigilosamente, con los pertinentes aperos de la­branza, se encaminaron al lugar indicado; allí estaba el co­diciado tesoro.
Y de aquel hogar que nunca había conocido la holgura, desaparecieron para siempre la pobreza y los pesares; ad­quirieron grandes extensiones de terreno, viajaron a la Cor­te, levantaron palacios... Hasta llegó a decirse que todas las noches se reunían en su casa un grupo de duendes que les llevaban hermosos y ricos presentes. Las habladurías alcan­zaron su apogeo cuando se observó que durante toda la no­che ardían velas en el interior de la casa. Nadie quiso, por lo tanto, dar crédito a las palabras de los buenos habitan­tes, quienes aseguraban que eran unos cirios encendidos a una imagen de la Virgen del Buen Suceso.
Mas..., en memoria de aquel suceso, edificaron en Gui­marán una capilla bajo la advocación del Buen Suceso (fun­dación, según la historia de la familia Muñiz Carreño); otro tanto hicieron en Candás, a la que se llamó «Capilla de los Doce», anexa al palacio de los Muñiz, en cuyo retablo apa­recían pintados, hasta el verano de 1936, la gallina con sus doce polluelos[1].

Leyenda mitologica

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[1] Si bien que la leyenda ya tenía letras de molde gracias al veraz histo­riador Marino Busto (Noticias históricos del concejo de Carreño, pp. 57-58), en 19 de agosto de 1983 nos proporcionó por escrito una nueva redacción en la que resumía todas las anotaciones y matices de sus cuadernos de campo. La formulilla aún reviste esta variante.

«Monte Irola,
monte lroba,
tierra rita,
gente boba.»

La corona de estrellas

Es creencia marinera de Asturias que la Virgen quiso es­tablecer su morada por los contornos del litoral oriental, desistiendo de ello porque en todas partes se sentía el rumor del mar.
No alcanzamos la razón de tal asentimiento tradicional, toda vez que en Gijón, y dominando el mar, se halla la capilla de la Virgen de la Providencia; en Pimiango, la Vir­gen de Tina; en Ribadesella y Llanes, los santuarios de la Virgen de Guía, tan próximos al mar que deben alcanzarles las espumas salobres en los días de tempestad; lo mismo en otros lugares del occidente astur: Virgen de la Blanca, en Luarca, y la Virgen de la Barca, en Navia.
El Romancero, por otra parte, asegura que la Virgen na­vegaba en busca de Cristo:

«Navegando va la Virgen,
navegando por la mar;
los remos trae de oro
y la barca de cristal,
el remador que remaba
va diciendo este cantar:
Por aquella cuesta arriba,
por aquel camino real,
por el rastro de la sangre
a Cristo hemos de encontrar»[1]

En otro romance, recogido por nosotros en Llanes, se di­ce que los moros perseguían a la Virgen para prindarla y llevarla cautiva a Turquía:

«Por la mar vienen los moros
que quisiéranla prindar,
y ella escapa tierra adentro
mucho lejos de la mar».

Fue hace muchos años cuando, antes del alba, una joven bellísima, la Virgen, arribó a Cuevas del Mar, en Nueva de Llanes. Una mula ataviada al estilo oriental, que un hom­bre de más de media edad llevaba del diestro, esperaba a la Virgen. De inmediato se inicia la andadura.
La más hermosa estrella brillaba sobre el Pico de Socam­po, y una aurora plácida anunciaba la mañana próxima lle­na de tibiezas y armonías. Presurosos, dos pescadores acu­dían con sus cañas al hombro para ocupar sus atalayas al repunte de la marca. Y los dos pescadores, porque eran lim­pios de corazón, vieron el cortejo; y oyeron que el hombre que llevaba del diestro al animal dijo a la mujer con acento dulce:
-¿Aquí, mi Reina?
Alguien habló en el regazo de la mujer:
-Suena el mar, madre mía; subamos más.
Vieron entonces los pescadores que entre los brazos de aquella mujer había una corona de estrellas que alumbraba como el sol y cuyo reflejo alcanzaba y envolvía la parroquia de San Jorge; la Peña de San Antón y los acantilados de Villanueva también se alumbraron.
Creyeron los pescadores que era un encanto; tuvieron mie­do e invocaron a Santa María diciendo: ¡Ave María Purísi­ma! Pero el encanto no se deshizo. Se arrodillaron apoyando las conteras de sus cañas en las arenas de la playa y, fasci­nados por la corona de cstrcllas, cayeron desvanecidos. Las cañas tenían su sedal con tres anzuelos cada una.
Se deshizo el encanto cuando la Virgen se envolvió en su manto, ocultando cuidadosamente en su regazo el fulgor de la corona. El sueño de los pescadores quedó envuelto en las sombras.
Siguen tierra adentro. La estrella que brillaba en el Pico de Socampo había inclinado su disco más a Occidente y proyectaba su luz sobre la falda de la Peñe, mirando hacia Pría. Como siguiendo el curso de aquella luz celeste, los viajeros llegaron a Ruhazón, y por un estrecho y tortuoso sendero escalaron la ladera de la Peñe. Rendido por la fati­ga, a cierta altura, en el lugar conocido por la Valleyona, se detuvo el hombre. Tornando su mirar piadoso, preguntó a la Virgen:
-¿Aquí, mi Reina?
Ella desciñó otra vez el manto. Sobre su corazón brilló de nuevo la corona de estrellas con tanta intensidad que todo el paraje se inundó de luz; inclinó su rostro sobre la corona de estrellas que brillaba sobre su corazón y preguntó con cariñoso interés:
-¿Aquí, mi Rey?
De nuevo el Hijo hubo de contestar:
-Aún se oye el mar, madre mía; subamos más.
Prosiguieron la ascensión.
La pequeña cabalgadura pasó por la Cruz del Regón. Unos pastores, mañaneros como las alondras, tenían sus apriscos en Joncima. Los pastores, que también eran lim­pios de corazón, vieron que se iluminaba Paraperi con una lumbre maravillosa; el Niño resplandecía como un foco de luz. En el cielo no había otra luz que la de aquella estrella brillante ocultándose detrás del Pico del Sol.
Despertaron una vieja, astrosa y maldiciente, que aquella noche dormía en los apriscos, y le pidieron explicación de la maravilla:
-¡Malditos de vosotros -dijo ella- que me habéis qui­tado el sueño! Todavía es noche, nada veo. Estáis locos, pastores malditos.
Para ver la luz divina se requiere la gracia de Dios. Los pastores, que tenían diafanidad en el alma, pudieron ver con admiración que en aquella amanecida había cruzado derecho a la Paserina una Virgen bellísima sobre una mula que un hombre llevaba del ramal; que la Virgen llevaba en el regazo un precioso niño con una corona de estrellas tan luminosa que alumbraba hasta las borizas de la marina y más allá de la mar.
Atraídos por una fuerza misteriosa se fueron los pastores en pos de los viajeros, y en pos de los pastores se fueron los rebaños.
La vieja, porque no veía la celeste luz, se tumbó a dormor maldiciendo de los pastores que le habían turbado el sueño.
Una muralla de rocas atajó el paso a los viajeros. La estrella brillante se había pcultado detrás de los montes. No había paso practicable para la cabalgadura. Pero también allí llegaba el rumor rencoroso y lejano del mar: Los moros podían ganar la playa y prindar a la Virgen. El hombre vol­vió a hablar:
-Aún se oye el mar, mi Reina, y no tenemos paso. Entonces la Virgen extendió su brazo hacia la muralla de rocas y dijo:
-Ábrete, peña dura, y deja paso a mí y a mi mula.
Tembló la tierra, se estremeció el monte y, desplomándo­se un enorme bloque de roca, abrió un portillo por el que pasó la Virgen para huir del mar[2].

«De día andando en el monte,
de noche en camino real».

Llegaron a Covadonga, instalándose para siempre la Vir­gen en la Santa Cueva.
En la Peñe de Pría, también término de Llanes, a unos setecientos metros de altitud, se ve el Portellín por donde, según la tradición, pasó la Virgen camino de Covadonga, dejando la mula marcadas las herraduras en la roca en el sitio hoy llamado Patada de la Mula. En Caravia recogió Aurelio de Llano este romance:

«Allá arriba hay un portillo,
nunca le he visto cerrado,
por allí pasó la Virgen
de vestido colorado;
el vestido que traía
lo trae todo manchado,
que lo manchó Jesucristo
con la sangre del costado»[3].

En el valle de Piedra había un enorme abismo que, para dejar paso a la Virgen, se llenó con una avalancha de rocas derrumbadas al abrirse el Portellín; y al otro lado del For­cón existe un bloque rectangular de grandes dimensiones, que llaman la cama de Surpedro, en que quedó convertido el lecho de la vieja maldicente[4].

Leyenda marinera

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[1] MENENDEZ PIDAL, ,J., o.c., pp. 264-265; CANELL.A, F., o.c., p. 451; FEITO, J. M., Los romances de Somiedo, en BIDEA, núm. 37, Ovie­do 1959, p. 283; MARTINEZ, E., Floresta de antiguos romances, en EOA, Llanes, 17 de mayo de 1969, p. 6.
[2] Asegura la tradición que la Virgen pasó a pie y dejó la huella de su zapato en el lugar conocido hoy con el nombre de «Zapato de la Virgen». Como en el resto de España, el tema de las huellas legendarias es en Astu­rias inagotable. En ocasiones, la huella es el deterininante de la leyenda, forjada como explicación a la que invita la señal misteriosa; pero en otros muchos casos no es la idea propulsora de la leyenda, sino mera oportuni­dad para introducir un episodio.
[3] El libro de Cararia. Oviedo 1919, p. 200.
[4] MARTÍNEZ, E., Tradiciones marianas de Asturias, en BIDEA, núm. 83, Oviedo 1974, pp. 795-800. Nos contó la leyenda, por primera vez, el gran poeta y amigo Emilio Pola (1912-1967), que hasta tuvo la amabilidad de proporcionarnos una redacción antigua. Más tarde, por el año 1970, al recorrer los itinerarios de la leyenda topamos en el Valle de San Jorge con dos narraciones muy similares. Ahora nos asalta el interro­gante: ¿no se tratará de copias de algún impreso?

La condesa de fontalba

Todos, nobles y pecheros, todo el condado estaba de acuerdo: la más hermosa doncella en veinte leguas a la re­donda era la muy noble Florinda, hija del anciano conde de Peñalba. Cabellos rubios como espigas maduradas por el sol estival, ojos verdes y carnación blanca como las flores de manzano. Todos los nobles caballeros de las proximidades suspiraban por su amor. Ninguno de ellos, sin embargo, logró ganarse la simpatía de la muchacha. De sus visitas al castillo todos se volvían melancólicos, tristes, abrumados de la impertinente indiferencia de la doncella.
-¿Quieres renunciar de las alegrías y dulzuras del matri­monio? -le preguntaba su padre. Yo soy viejo y...
-No, señor -respondió ella, pero sólo me casaré con un hombre que sea hermoso, rico, fuerte, príncipe o rey.
-En amor, hija mía, más vale ternura que riqueza -apostilló el anciano.
Una tarde, cuando ya el sol veraniego doraba las altivas almenas del castillo, llegó un gentil mancebo, vestido de rojo y cabalgando sobre negro y fogoso potro. Dijo ser un poderoso señor que, desde lejanas tierras, venía atraído por la fama de la belleza de la condesa de Peñalba.
En el castillo era un día de gran fiesta. Para festejar la llegada del noble viajero celebróse aquella noche un suntuo­so banquete, donde no faltaron alagadores trovadores y ju­glares.
A la vista del gallardo desconocido sintió Florinda nacer en su corazón, frío y orgulloso, un sentimiento nuevo, algo de ardoroso que le oprimía el pecho y hacía violentamente latir sus sienes.
La estancia del misterioso huésped se prolongaba. En el castillo de Fontalba sucedíanse los festines y las cacerías. El caballero vestido de rojo era como el polo magnético que todo lo atraía. Una noche el desconocido se acercó a la jo­ven y le dijo:
-A media noche vendréis a la orilla del río; os espero en el robledal.
-Iré, señor; a las doce en punto allí estaré.
La joven llegó puntual. Llena de emoción susurró al rojo caballero:
-Heme aquí; ¿qué me queréis?
-Deciros que os amo y que os quiero como reina y se­ñora.
-Señor, os adoro.
-Pues seguidme.
-¿Y mi padre?
-Seguidme, os digo; un trono os aguarda. Venid, venid a recibir la corona que os tengo dispuesta.
Un relincho estremeció el silencio de la noche; era el ca­ballo negro que, como por encantamiento, acababa de lle­gar.
El extraño caballero montó y tendió sus brazos a Florinda.
-¿Seré reina?
-Sí, lo serás. Fe de Satán.
Y tomándola bruscamente la sentó en las grupas del ca­ballo. Una nube estruendosa y espesa los envolvió.
Desde entonces nunca más se supo de la hermosa Florin­da ni del rojo caballero. Y cuando en la anchurosa sala de castillo, no pudiendo reprimir la angustia de su corazón, el anciano conde de Fontalba daba rienda a alguna lamenta­ción, una carcajada burlona y siniestra le respondía. Sólo podía acallarla la intervención de la Cruz.
No hay memoria hoy en Fontalba del lugar que ocupó el castillo; quedan, sin embargo, hilos y retazos de la leyenda de una joven, tan rica como hermosa que, fría y orgullosa, desoyendo los consejos de su padre, se enredó en la suges­tión de un joven diablo y marchó a tierras lejanas para ser reina[1].

Leyenda mitologica

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[1] Recogimos la ley leyenda en San Félix, Tineo, el 22 de julio de 1969. Nos la contaron Manuel Rodríguez, de la Piñera, y Fidel Fernández, de San Facundo.

La calle del rosal

La historia de la ciudad de Oviedo, como la historia de todas las ciudades, tiene mucha relación con los nombres de sus calles, históricos unos y legendarios otros.
El origen de la calle que ocupa ahora nuestra atención se pierde en los nubarrones de la historia[1].
Dice la leyenda que la gentil damisela tenía, por su belle­za, muchos cortejantes, pero apenas conoció al joven Alfon­so quedóse Rosaura muy agradada de su persona. Con recí­proca pasión, los dos jóvenes se correspondieron: una era la voluntad de entrambos, unos los pensamientos, una el alma que en los dos había.
Los padres de Rosaura vieron con agrado que aquel hombre gallardo, rico, con muy clara alcurnia, era el mari­do que merecia serlo de su hija. Gustosos se la entregaron por esposa y él quedó recibido por yerno. Pronto se concer­tó el día del desposorio.
Sucedió, sin embargo, que por aquellas mismas fechas había hecho público el rey un edicto llamando a la guerra. Sin remedio, el joven tenía que partir.
Fue angustioso el momento de la despedida. En vano tra­taba el guerrero de consolar a su novia cuando ésta, inun­dados los ojos de lágrimas, llegó a confesarle:
-La incertidumbre corroe el corazón. ¿Cómo podré estar tranquila pensando en todo momento en lo que a ti te pue­da ocurrir?
Del jardín de su casa llevóle Alfonso un pequeño rosal. Así habló el galán:
-En tanto que este rosal no dé fruto, habrás de estar tranquila; si yo pereciera, verás cómo se cubre de rosas.
Y se despidió.
Con frecuencia llegaban a Rosaura noticias del apuesto guerrero, de su valor, de sus arriesgadas gestas; a diario subía la muchacha la empinada calzada que conducía a la ermita del Cristo del Aspra en demanda de consuelo, de noticias, de amparo para su prometido y a diario observaba el rosal.
Había pasado mucho tiempo sin nueva alguna. Un día llegó a la puerta de casa un fraile mercedario con encargos del ausente: había caído prisionero de los turcos y él le ha­bía redimido; su estado de salud no abrigaba grandes espe­ranzas; y puso en las manos de la desconsolada joven las cadenas que Alfonso había llevado durante sus días de cau­tividad.
Saltándole el corazón del pecho emprendió la joven el camino de la ermita del Cristo de sus consuelos, ofrendán­dole las cadenas de su amor. Más sosegada, aunque con un firme presentimiento, retornó a su casa. Así había sucedido: el rosal se había cubierto de rosas rojas como la sangre[2].

Leyenda naturalista

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[1] El nombre de la calle aparece ya documentado en el siglo tilv, de­biendo ser bastante más antiguo; TOLIVAR FAES, J. R., Las calles de Oviedo, Oviedo 1958, p. 304.
[2] Ibíd., pp. 191 y 304; CANELLA, F., El rosal y las cadenas, Oviedo s.a.; FERNÁNDEZ MENÉNDEZ, ,J. M., Leyenda de amor y fe, en O, Oviedo 1949.

La buena pesca

Ejemplo de lo que venimos diciendo es este romance lla­nisco, del corte de los viejos, que diría Canella, y que era cantado en las saleas, especie de procesión marinera que se celebraba en Llanes por las celebraciones de la Magdalena y Santa Ana, o en ocasión de algún señalado acontecimien­to. Narra sudores marineros, sentimientos de un pueblo y aparición, con promesa cumplida, de la Virgen soberana. Ofrecemos la versión más arcaica.

«Mañanila de San Juan
a la mar salió una lancha,
remeros llevaba doce
y un patrón que los mandaba.[1]
Los marineros, saliendo
por en medio de la barra,
se encomendaron a Dios
y a la Virgen Soberana.
Llegaron a la alta mar,
tempranito, de mañana,
y en las olas de blanca espuma
la Virgen se les depara[2].
Les preguntó: -¿de do sois,
marineros?, ¿de qué patria?
-Somos de Llanes, Señora,
buena villa y muy cristiana,
y venimos a pescar
como siempre en la mar alta.[3]

La Virgen les dijo entonces:
­-hoy buena pesca os aguarda;
echad vuestros aparejos
y vuestras redes al agua
para que de peces vengan
toditas, todas cargadas
que así recompenso yo
a quien me venera y ama[4].
-¿De quién diremos, Señora,
que nos hizo merced tanta?
-Que vos la dio una mujer
de las otras extremada
y, por mejor decir,
Nuestra Señora se llama[5].
Así diciendo se fue
rodeada de nubes blancas
y ángeles mil la seguían
a la celestial morada.
Después, redes y aparejos
sacan de peces cargadas
y en cada malla venían
pescados de oro y plata»[6].

El estribillo de las saleas no podía ser mas expresivo:

«Dichoso el marinero
que cruza la mar salada».

Leyenda marinera

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[1] .../ y lleva siete remeros / con el patrón que los guarda.
[2] .../ .../ entre las olas del mar...
[3] -¿De dónde sois, marineros?, / ¿de dónde es esta compaña?
[4] ... que la pesca de este día / será pesca señalada, / que así recompenso yo / a quien me venera y ama / y porque asi lo mandó / mi madre Santa Ana.
[5] -¿ Y quién diremos, Señora,/ que nos hizo tanta gracia?/ -Que vos la dio una mujer / de las otras estimada.
[6] Sus redes, los marineros / sacaron todas cargadas.

La bruja carla

El pueblo, que en todas partes y en todos los tiempos ha dado fácilmente crédito a lo maravilloso y fantástico, que por su mismo candor es impresionable a lo que de pronto hiere su imaginación, parece que estuvo convencido de la existencia de las brujas.
En la antigua Asturias, como en la antigua España, una de las supercherías más arraigadas fue la creencia en brujas que, por otros lares, no pocas víctimas proporcionó a un célebre Tribunal. Sostenía el vulgo que las brujas salían de noche, volando por encima de los tejados, cabalgando sobre una escoba y en busca de tiernos infantes en quienes saciar su sed de sangre:

«Diz... q'anda de noche
por todo el llugar
chupando los neños
que gordos eslan...»[1].

Creía a la vez, a pies juntillas, en los fatales efectos de las pócimas, en el poder de los conjuros y, cosa extraña, a pe­sar del terror que les infundían, acudían a consultarles en sus aflicciones, en sus dudas y en sus enferme-dades, ora para penetrar en los arcanos de lo desconocido, ora para encontrar remedio a males incurables.
Estos datos y otros que le andan cerca los sabemos en parte gracias a Carla, la pescadera de la Moría. Un día le mordió la curiosidad y quiso saber de las artes de la tía Benita, su vecina, a quien el pueblo tenía por bruja; abrió un pequeño boquete en la pared, observó cómo se daba la untura y oyó la formulilla mágica:

«Por encima de peñas,
por encima de malos
a Peñamellera
con todos los diablos»[2].

Creyéndose Carla poseedora de los secretos, entró en la casa de la bruja, untóse de la cabeza a los pies y, porque la oyera equivo-cada, recitó la fórmula de esta suerte:

«Por debajo de peñas,
por debajo de malos
a Peñamellera
con todos los diablos».

Al instante se abrió la techumbre y, como una exhala­ción, salió por los aires. Chorreando sangre, con el cuerpo plagado de magullamientos y espinos, aterrizó en un bos­que. Lo que allí vio no es para narrar, por más que ella creyera no haber dejado nada en el tintero: una bacanal desenfrenada en la que se cometieron todos los excesos, sin olvidar los más depravados.
Un poco antes del canto del gallo, cuando apenas el cielo empezaba a palidecer y brujas y brujos, en torno al macho cabrío, giraban vertiginosa-mente en son de despedida, bo­rrachos todos de vino y de lujuria, Carla subióse de nuevo a la escoba.
Llegó a Llanes cuando las campanas de la parroquial anunciaban la misa de alba. Tras acelerada limpieza y cu­ra, con el horror en los ojos y el arrepentimiento en el cora­zón, enderezó sus pasos hacia el confesonario.
Vivió con ejemplaridad desde entonces; pero quedóle pa­ra constante recuerdo el nombre de Carla «la Bruja».

Leyenda mitologica

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[1] CAVEDA, J., Poesías selectas en dialecto asturiano, Oviedo 1887, p. 197.
[2] Cambia la formulilla según los lugares. La que aquí recogemos, al igual que la versión de la leyenda, está tomada del manuscrito «Copia de antiguos y curiosos documentos y copilación de datos y noticias referentes a la Villa de Llanes», de Angel de la Moría.