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sábado, 15 de septiembre de 2012

La misa del cura de benasque

Leyenda del pirineo

En la montaña siempre se ha tenido una gran devo­ción a las "almetas" o sea las ánimas de los difuntos que todavía no han llegado al cielo. Pero también se les tiene repeto y aun miedo. Son capaces de aparecerse para pedir las oraciones que necesitan y aunque lo hacen como ellas buenamente pueden no dejan de asustar a los vivos pues aunque sabemos que un día tendremos que ir al otro mundo, toda noticia que nos viene de él nos deja sobrecogidos.
Por eso, cuando una persona muere en su cama se abren de par en par las ventanas y balcones de la casa para que salgan las almas y se vuelven a cerrar hermé­ticamente para que no vuelvan a entrar. También se tapan los espejos para evitar que su imagen quede enredada entre ellos y no acabe de desaparecer.
Muchas veces el ama de casa, por la noche, depués de limpiar las legumbres (las judías, pongo por caso) para la comida del día siguiente las deja en un montoncito encima de la mesa. Y dicen que a la mañana siguiente, al volver a la cocina, se encuentra a veces con tres, seis o nueve judías, por ejemplo, aparte, separadas del montón.
Y esto se repite una y otra vez hasta que al fin cae en la cuenta de que se trata de la petición de alguna almeta que por ese sistema pide que se digan por ella tres, seis o nueve misas. Cuando se cumplen sus deseos todo vuelve a la normalidad.
La leyenda que os voy a contar ahora, la escuché en Benasque. Todos conoceís Benasque, la perla de la Ribagorza.
Bonita donde las haya. El dédalo empedrado de callejuelas estrechas y retorcidas presta a la villa un en­canto particular al mismo tiempo que la sumerge en un hechizo nostálgico de siglos pasados. Esto sobre todo, con las brumas. O en los días de lluvia cuando el cielo va bajando mansamente el valle para llorar con él las tardes de invierno y preparar el verdor estallante de su primavera.
También llovía aquella madrugada de abril. La obscuridad era total en las calles y sólo muy de tarde en tarde, un hachón encerrado en su fanal de cristal derra­maba una ténue claridad en alguna encrucijada difumi­nando las esquinas y portales. Y silencio. Silencio martilleado por las canaleras de los tejados que arroja­ban sus riachuelos a la calzada para que ella los engulle­ra en sus alcanta-rillas.
Como una sombra encogida y deslizante, doña Pilar, debajo de su paraguas mucho más grande que ella, acudía a la iglesia. La hora era inusitada y se preguntaba si ya estaría abierta la cancela exterior.
Pero lo cierto era que hacía un buen rato que habían tocado a misa primera y allí estaba ella, como siempre, camino de la parroquia. El reloj de pesas del salón había dejado descolgar las cinco de la mañana cuando el cimbalico del campanario convocaba a la oración. La criada, extrañada por la hora, se había despertado y, aunque llena de dudas, llamó a la señora que jamás se perdía la misa primera.
La dula que siempre era la madrugadora, acababa de recoger los animales del lugar para llevarlos a pastar y seguro que nadie más se había movido de su casa.
Doña Pilar -de casa Agustina- enlutada y encogi­da por el frío y los años había llegado a la iglesia con su pasito menudo y constante. Sí: estaba abierta. Penetró en el templo, tomó agua bendita con la puntita de su guante y se santiguó. Como de costumbre, echó una moneda en el cepillo de las ánimas y se dirigió a su reclinatorio en la parte delantera de la iglesia.
Ya estaba el sacerdote en el altar. Doña Pilar lo observó atenta-mente. No se parecía en nada a mosen Francisco, de espaldas como estaba. Este parecía mucho más alto y la casulla morada le colgaba lacia como si fuera de una percha. Pero ella siguió atenta a la ceremonia sin darle mayor importancia. En cuanto el celebran­te se volvió de cara hacia ella para saludar con su "Dóminus vobiscum", un escalofrío le recorrió toda la espina dorsal y la pobre señora cayó desmayada al suelo.
Como no había ninguna otra persona para escuchar la misa, el cura no pudo continuar la ceremonia. Volvió a plegar los corporales, recogió todo y se volvió lenta­mente a la sacristía, sin hacer ningún movimiento de ayuda hacia la señora caída. Solamente un par de horas más tarde la encontraron todavía en la misma postura, la ayudaron a volver en sí y la acompañaron a su casa.
La pobre señora estuvo desquiciada durante días y días. No hablaba con nadie. No hacía más que rezar y su mirada estaba siempre como ausente y enloquecida.
Los criados le preguntaban la causa. Pero ella no soltaba prenda.
Al final y ante la insistencia de su servicio, porque andaban todos preocupados, se decidió a compartir su secreto y su angustia. Aseguró que el celebrante de aquella misa temprana tenía una voz cavernosa, como de ultratumba y que al darse la vuelta para el saludo vio que era un esqueleto en plena descomposición.
Ya había vuelto casi a la normalidad, cuando otro día, mucho antes de amanecer volvieron a tañer las campanas para la misa primera. Pero doña Pilar no se atrevió a acudir a ella. Antonio, uno de los criados, decidió hacerlo por ella para poder comprobar las cosas personalmente y poder tranquilizar a su señora.
¡Pobre Antonio! ¡Jamás lo hubiera hecho! También él junto con dos abuelicas que habían acudido al Santo Sacrificio, contempló el mismo espectáculo que doña Pilar. Y menos mal que no se encontraba solo en aquel momento. Los tres huyeron despavoridos. Pronto se divulgó la noticia por todo el pueblo. La gente estaba sobrecogida y hasta el dulero se negó en redondo a salir de casa a aquellas horas. Era el tema de todas las con­versaciones en el horno, el lavadero, la carnicería, la taberna... Se hacían mil cábalas disparatadas.
Pero una cosa estaba clara: todo el mundo se acostaba con el miedo en el cuerpo, atrancaba las puer­tas y ventanas y se dormían con el temor de escuchar la campana de la iglesia.
Solamente don Roque, conocido por todo el mun­do por su acendrada piedad y su temple sereno de montañés parecía mantener la calma y dio su interpreta­ción más aceptable:
-"Seguro que se trata de un alma en pena que necesita una misa para encontrar su descanso eterno".
Y decidió que acudiría a la misa en la primera ocasión que convocara la campana a aquellas horas insólitas. Varios vecinos más, animados por su entereza, decidieron unírsele.
La ocasión no tardó ni dos semanas. Y allí acudie­ron los animosos vecinos. También llegaron cuando el cura estaba ya en el altar. Escucharon petrificados los latines litúrgicos que parecían salir de una cueva profun­da. Con las manos crispadas y agarradas en el apoyade­ro de los bancos aguantaron hasta el primer "Dóminus vobiscum".
Y ya no pudieron más. La dantesca visión del es­queleto diciendo misa les heló la sangre en las venas y en cuanto pudieron mover sus miembros escaparon de la iglesia.
Sólo don Roque continuó rezando con toda su alma. Al "orate fratres" sintió que se le doblaban las rodillas: le parecía que el muerto le acariciaba desde las cuencas vacías de sus ojos.
Pero él aguantó hasta la bendición y el "ite missa est".
El cadavérico celebrante cerró el misal en el altar, se inclinó profundamente y desapareció por la puerta de la sacristía.
Don Roque continuó rezando un rato con profun­do fervor y al final también salió de la iglesia. Y cuenta la leyenda que desde aquel día jamás las campanas volvieron a romper el silencio de la madrugada benas­quesa.

0.013. anonimo (aragon)

La liebre bruja

Leyenda del pirineo

Que las brujas pueden convertirse en gatos (espe­cialmente en gatos negros) nadie lo ignora. Nuestros pueblos están llenos de historias y cuentos de gatos y brujas entremezclados. Pero tembién pueden hacerse lobos. En Centroeuropa fue el caso más frecuente de épocas pasadas y de ahí viene el nombre de "licantro­pía" y "licántropo" que significa hombre lobo pero que se aplica a todos los casos de conversión de hombres en cualquier animal o de un animal en hombre.
Sin embargo tenemos en el Pirineo una historia bastante reciente que hace referencia a otra transforma­ción más extraña, ya que no se trata de ningún animal diabólico.
Empezamos por el principio.
Tres mozos amigos del pueblecillo de Aísa en el Campo de Jaca salieron a cazar un domingo por la mañana. Daban vueltas y vueltas pero no veían ninguna presa sobre la que disparar. Andando, andando, se me­tieron en el monte de Borau que linda con su pueblo. Se pararon a descansar un rato cuando en éstas que ven entre unas matas unas ropas como escondidas. Se trata­ba de vestidos de mujer. ¿Qué pintarían allí esos vesti­dos?
Uno de los jóvenes creyó adivinarlo:
-Seguro que se trata de alguna bruja que se ha convertido en lobo o en gato y ha dejado aquí su ropa...
-Pronto lo sabremos -dijo otro. -Mi madre, esta mañana al salir de misa me ha dado su rosario para que se lo guardara y lo tengo aquí. Si lo ponemos en la ropa, la bruja no se atreverá a tocarla.
Y diciendo esto, sacó, efectivamente del bolsillo un rosario y lo depositó encima de las prendas, sin cambiarlas para nada. Luego se escondieron por allí cerca los tres para esperar acontencimientos. Pasó más de una hora sin que sucediera nada. Ellos esperaban en silencio. Y de pronto, que se presenta en el lugar una liebre.
Uno de los mozos agarró inmediatamente su esco­peta y ya se disponía a apuntar el arma, cuando otro compañero le sujetó del brazo, impidiéndoselo y se llevó el dedo índice a los labios pidiéndole silencio. La liebre no se había percatado de su presencia y se acerca­ba paso a paso hacia ellos.
Al llegar a la ropa debió quedar desconcertada. La miró atentamente y empezó a dar vueltas alrededor de ella, sin tocarla. Luego empezó a mirar hacia todos los lados hasta que descubrió a los muchachos.
Ellos quedaron pasmados cuando vieron que, lejos de huir, se les aproximaba más y luego, con una voz extrañísima, pero claramente humana, les pidió:
Quitad "eso" de encima de la ropa, que no me puedo vestir.
El muchacho que parecía más enterado de las cosas de brujería le contestó:
-Sí, lo quitaremos. Pero antes tienes que decirnos de dónde vienes y qué mal has hecho.
-Vengo de Borau de casa Tal, porque le tenía que dar el mal de ojo a un niñer que tienen.
-Pues vuelve a Borau, a esa casa, y quítale el mal al niñer y nosotros quitaremos el rosario.
La bruja no se lo hizo repetir dos veces y desapa­reció a todo correr.
Como el pueblo no estaba demasiado lejos y uno de ellos era buen andador, marchó corriendo tras la liebre a comprobar los hechos. Conocía a la familia que había dicho la bruja y se dirigió directamente a su casa.
-Buenos días, señora Felisa. ¿Qué tal están todos? Nada, que pasaba por aquí y se me ha ocurrido parar a saludarles.
-Gracias, hijo mío. Todos estamos bien, ¿y vos­otros? ... Bueno, al nene esta mañana de repente se le ha puesto una fiebre muy alta, sin saber por qué. Y no se la podíamos quitar ni con pañuelos mojados con colonia en la frente. Pero, de pronto, hace un ratico, igual que le ha venido la calentura se le ha marchado. Ya está jugando otra vez tan campante. Pero, pasa y tomarás un traguico de vino.
-No, señora, no: que me están esperando unos amigos en Sandianar. Con que, nada. ¡A plantar fuerte!
-¡Gracias, hijo, que vaya bueno!
El mozo volvió corriendo a donde sus compañeros. La liebre estaba ya esperando agazapada. El contó todo y se decidieron a quitar el rosario. La liebre se convirtió en una vieja que ellos no conocían. Se vistió y desapa­reció por el bosque.
La verdad es que tuvo más suerte que otra bruja de otro pueblo de la montaña que se convirtió en cabra pero todo el mundo se dio cuenta porque se le olvidó quitarse los pendientes y a la pobre la persiguieron y hasta un zagal, bastante bruto, le cortó una oreja.
Desde aquel día, otra abuelica que llevaba fama de bruja en el pueblo se puso un pañuelo en la cabeza tapándose las orejas y nunca la vieron sin él.

0.013. anonimo (aragon)

La leyenda del santo grial

Son incontables las leyendas que en toda Europa han surgido a través de los siglos en torno al Santo Grial, de forma que se ha considerado la suya como "la reina de las leyendas". Es imprescindible traer aquí la más importante ya que está mezclada con la historia, por una razón muy clara: es en Huesca en donde empiezan todas las leyendas sobre el Sagrado Cáliz.
De aquí la tomó el poeta y compositor Wagner para base de dos magníficas óperas, Lohengrin y Parsifal. El Montsalvat no puede ser más que San Juan de la Peña.
El Grial -o Graal- como se le llama, es la copa que utilizó el Señor en su última cena para beber, y al final de ella para consagrar el vino y convertirlo en su sangre en el maravilloso milagro y misterio de la Eucaristía. Una tradición medieval pretende que luego lo utilizó el amigo de Jesús, José de Arimatea, para recoger en él la sangre que brotó del costado de Cristo cuando, estando en la Cruz, el centurió le asestó la lanzada del costado.
Es lógico que, entre los objetos especialmente unidos a Jesús que recogieron sus primeros descípulos, el Grial fuese el más preciado de todos y lo guardasen como preciadísima reliqiuia, escondiéndolo de posibles profana-ciones. Y muy probablemente debió llegar a Roma ya con San Pedro, el primer Papa de la Iglesia.
Aquí se bifurcan las leyendas orientales y centro­europeas que es imposible enumerar en estas páginas. La justificación de su presencia en Huesca es la más contundente.
En la época de las persecuciones de cristianos por parte del emperador Valeriano que se cebó de un modo especial en la jerarquía de la Iglesia, San Lorenzo era el primer diácono de Roma y encargado especialmente por San Sixto (el sexto papa después de San Pedro) de los tesoros de la Iglesia.
Ya podemos suponer cuáles eran esos tesoros, aunque el Emperador creía que debía poseer cantidad ingente de dinero. Por eso San Lorenzo era una víctima apetecible para él y le exigió que le entregase todos esos tesoros. El santo que tenía un conocimiento exacto de las cosas y que como buen oscense disfrutaba de un extraordinario sentido del humor, reunió a todos los pobres, lisiados, cojos, ciegos, que solía socorrer con sus limosnas y se los presentó al César, diciéndole:
-"Estos son los más preciados tesoros de la Iglesia”.
Esto molestó sobremanera al Emperador y lo envió al martirio. Antes, Lorenzo había guardado la reliquia más estimable que custodiaba, el santo Cáliz o santo Grial y lo envió a su tierra, Huesca, para tenerlo a buen recaudo lejos de la codicia romana.
Y aquí empieza la peregrinación del Graal por el Alto Aragón. Primero estuvo guardado en su catedral (actual iglesia parroquial de San Pedro el Viejo) durante varios siglos hasta que la invasión sarracena de España lo puso en peligro ya que se temía su inmediata llegada a Huesca, como efectivamente sucedió.
Se envió, pues, al monasterio de San Pedro de Tabernas. Luego se debió de pensar que el lugar era inseguro o se creyó que era importante que cambiase con frecuencia de escondite ya que fue llevado a Yebra, a Bailo, a la catedral de Jaca, al monasterio de Siresa y finalmente a San Juan de la Peña, último refugio del santo Cáliz en Aragón.
Hasta aquí todo es historia en cuanto es factible re­componerla. Pero ya hemos dicho que durante la Edad Media aparecen las leyendas más variadas. La más extraordinaria de todas ellas hace referencia a San Juan de la Peña y la recogemos aquí.

***
El anciano de barba blanca envolvió con una mira­da de inmenso cariñó al muchacho. Le habían conmovi­do sus palabras y su actitud, hasta sentir casi un escalo­frío. Solamente hacía unas horas que había llegado a San Juan de la Peña, a Mont Salvato, como les gustaba decir a los caballeros teutónicos, y su pasión juvenil le había ganado ya el corazón de todos los frailes.
El joven, casi un muchacho, decía llamarse Parsi­fal y venía de la corte del Rey Arturo. El anhelo de toda su vida era contemplar el Santo Grial. Después ya podía morir.
Se había educado en la soledad y en la ingenuidad y había oído contar a unos cortesanos que aseguraban volver de las Cruzadas por Tierra Santa, que la santa Reliquia ya no estaba en Jerusalén, que había que buscarla en España. Se unió a dichos cortesanos y con ellos marchó a la corte del Rey Arturo que también quedó prendado de él y le dio las orientaciones necesa­rias para encontrar el Cáliz de la Ultima Cena.
Supo que se había conservado en las catacumbas de San Calixto de Roma en los años en que el diácono san Lorenzo era el guardián de los tesoros de la iglesia y que el papa San Sixto lo había depositado en manos del santo oscense a condición de que "no cayese en manos paganas".
El joven llegó hasta Huesca. Entonces la ciudad era mora. Pudo encontrar a un viejo canónigo que había visto la sagrada reliquia y que lo encaminó hacia Jaca. En Jaca lo orientaron hacia Siresa.
Nada más entrar en la basílica comprendió que estaba en el buen camino: el templo tenía en su empe­drado un laberinto. Se hincó de hinojos y así, arrodilla­do, siguió penitencialmente todo el laberinto. Ahora ya se había purificado y podía encontrar el Graal.
Observó que en el interior de la iglesia, a su entrada se dibujaba en el suelo una estrella de cinco puntas. La punta oriental estaba orientada hacia el altar mayor, y por tanto hacia el Este, hacia Jerusalén. ¿Sig­nificaría que el Santo Cáliz había vuelto a su país originario?
Estaba meditando la explicación cuando cayó en la cuenta de que la punta de la estrella no señalaba exacta­mente el centro del presbiterio sino que más bien estaba un tanto ladeada apuntando a la pared lateral izquierda. Registró el sitio que señalaba y descubrió que una de las piedras de la pared resultaba postiza, como colocada después de la obra. La retiró con mucho cuidado. Y detrás de ella apareció una horacina.
Ya no cabía duda de que el Santo Grial había estado escondido exactamente allí, pero ahora estaba vacío.
De nuevo tuvo que ponerse en camino reconstru­yendo el recorrido que antes había seguido el Cáliz y así llegó por fin a Mont Salvat, a San Juan de la Peña. Ahora se encontraba en el Monasterio y estaba a punto de contemplar el sueño de toda su vida y de su fe. Escucha-ba impaciente las palabras del viejo abad, que ahora le contemplaba con una sonrisa bondadosa que a él le parecía de aprobación.
Después de escuchar la odisea del viajero, el monje pareció reconcentrarse y al final, con voz pausada y grave, le comentó:
-Quien contempla el Santo Grial con ojos de pureza, no puede morir en una semana...
-¿Eso explica, Padre, la longevidad de los monjes de este monasterio?
El anciano abad sonrió, pero no contestó a esta pregunta. Y continuó:
-Quería advertirte, hijo mío, de una cosa. Hace ya unos cuantos años que un caballero de tu tierra, llamado el noble Anfortas, hijo de Titurel, cometió una impureza y al contemplar la sagrada Copa cayó herido, fulmina­do...
-Ya lo sabía, Padre: aquel caballero era mi tío. Y precisamente estoy aquí para buscar una solución para él. Anfortas no se recupera de ninguna manera. Los sabios de su palacio dicen que es el Santo Grial el que lo debe sanar.
-Antes tienes que hacerte digno. Eres muy joven.
El joven Parsifal salió del monasterio reconforta­do, lleno de ilusiones y decidido a realizar todas las hazañas que fuesen necesa-rias para hacerse digno de contemplar la sagrada reliquia.
Partió a lejanas tierras. Luchó en las Cruzadas contra los infieles. Tuvo la mala suerte de tropezarse con una mujer horrible, la bruja Kundrie cuyos consejos siguió ingenuamente al pie de la letra, y que tuvieron la virtud de confundirle todos los caminos. Durante más de cinco años anduvo errante de acá para allá por todas las rutas de Europa, casi desesperado, odiando todo y a todos.
En la ópera de Wagner, inspirada en esta leyenda, Parsifal encuentra finalmente a un viejo ermitaño que le aconseja la práctica del amor y la caridad y movido por estos nobles impulsos retorna a la corte del Rey Arturo y allí el monarca, entusiasmado con él le nombra "Rey del Graal".
Así, coronado rey, se pone a la cabeza de sus caballeros, consigue salvar a su tío Anfortas y trasladan el Graal a Oriente de donde dicen que no volverá a aparecer ni verse hasta el Juicio Final.
El final de la leyenda, convertida ya en historia, es muy diferente en el Alto Aragón. En San Juan de la Peña (el Mont Salvat de la leyenda) estuvo custodiado, efec­tivamente, hasta que a principios del siglo XV, el rey Martín de Humano lo mandó pedir.
Los frailes decidieron no entregarlo a no ser por orden papal. El rey recabó el permiso del Papa Luna en unos momentos en que no podía negarle nada: el reino de Aragón estaba a punto de separarse del papa de Avignon. Benedicto XIII dio la orden de entrega. Muer­to el rey, el Santo Grial fue a parar a la catedral de Valencia. En vano la catedral de Huesca pidió su devo­lución.
En la catedral de Huesca, un Lignum Crucis forra­do de plata repujada enaltece el tesoro catedralicio: es el obsequio de la catedral valenciana a cambio de retener la más fabulosa reliquia que durante toda la Edad Media palarizó el corazón y la atención de todos los caballeros de la nobleza europea.

0.013. anonimo (aragon)

La leyenda del monte perdido


Leyenda del pirineo

Tentación de montañeros. Atalaya que otea perma­nente los más bellos rincones del Pirineo: Ordesa, Cañón de Añisclo, Marboré, Pineta, Fanlo... Siempre al alcance de la mano, cuando la diáfana luz de la montaña despe­jada lo acerca hasta ponérnoslo a un tiro de piedra. Y siempre inalcanzable, con la eterna amenaza de las formidables tormentas que se desencadenan a una velo­cidad de vértigo en el momento en que asoma una sola nubecilla, venga de donde venga.
Solitario y majestuoso. Los montañeros de todos los tiempos lo han añorado y nos lo dieron a conocer, na­turalmente, como todo lo nuestro, los extranjeros. Esta vez Ramond, obsesionado por el Mont Perdu que nunca llega a verse desde las Galias: verdaderamente monte perdido. Y un reto personal consigo mismo que con mil esfuerzos consiguió dominar. Curioso contraste entre los hitos de este montañero: Ramond hace su ascensión a laMaladeta en diez días. ¡El Monte Perdido le va a costar diez años!
Pero vamos con la leyenda.
Todavía no existía la montaña. Los prados de Lalarri nos prestan la visón idílica de lo que debió ser antes de que la diosa Pirene encendiera o dejara encen­der la inmensa pira que se alzó hasta el Olimpo. Y, perdida en la bruma de los tiempos, la leyenda transmi­tida de abuelos a nietos durante generaciones, en inge­nua mezcla de todo lo divino y lo humano de un candoroso y conmovedor anacronismo.
Por los prados de Lalarri, precisamente, pastaban los rebaños del montañés. La blancura de las ovejas competía con las manchas nevadas de las umbrías. El tintineo alegre de sus esquilas y cencerros, en contra­punto con los trinos de los pajaricos, daba vida a la montaña tranquila. El pastor, sentado en una roca, apo­yada su barbilla en el bastón, parecía concentrar su atención en los dibujos que a punta de navaja iba a tallar en una cañabla de boj. El perro, acurrucado entre sus piernas, dormitaba.
Ni una nube turbaba el añil intenso del cielo. Hubiera valido la pena cristalizar para siempre la bucó­lica escena.
Absorto como estaba el montañés, le pasó inadver­tida la presen-cia de otro hombre, recién llegado, hasta que no lo tuvo a su lado. Al parecer se trataba de un mendigo, muy pobremente vestido, descalzo y con el rostro demacrado por muchos días de ayuno.
Así se lo dijo al pastor:
-Llevo mucho tiempo sin probar un bocado. Dame algo de comer, que Dios te lo pagará.
El montañés, duro de corazón, no le hizo ni el menor caso. El otro, insistió:
-Mírame: tengo hambre y frío.
Pero el pastor le respondió de mala manera, asegu­rándole que él también pasaba hambre y frío. Cogió la cañabla que tenía preparada y se sumergió en la tarea de bordar en la madera. En vano insistió el pobre mendigo en sus súplicas.
La miseria del visitante en nada había enternecido las duras entrañas del pastor. Sí, en cambio, parecieron conmover hasta las mismas fuerzas de la naturaleza que se rebelaron airadas.
El cielo, inmaculadamente azul se cubrió repenti­namente con espesos nubarrones negruzcos que pronto se arrastraron por los prados, cubriéndolos de niebla y oscuridad como si fuera noche cerrada. No se veía abso­lutamente nada. El pastor, amedrentado, se desentendió del pordiosero para intentar recoger su ganado disperso por el prado.
Pero con aquellas tinieblas se le hacía completa­mente imposible reunir sus reses. Hasta el perro se sentía irremediablemente perdido y no hacía más que gemir alrededor de su dueño, como desesperado por no poder realizar tarea tan sencilla como juntar el rebaño.
En seguida los nubarrones desencadenaron una ho­rrible tormenta, como jamás se había presenciado en el tormentoso valle de Pineta.
Perro, pastor y ganado se perdieron en medio de ella, de forma que nunca se supo nada más de ellos.
Nadie supo aclarar el misterio. Pero los montañe­ses dicen que en el paraje en que desaparecieron, se alzó una montaña formidable de piedra y de hielo, tal vez la más impresionante y peligrosa de todo el Pirineo.
Fue el castigo a aquel pastor que le había negado un corrusco de pan y una palabra de cariño a San Antonio, pues el mendigo que se le había presentado implorando su caridad, no era otro que San Antonio, que al despedirse le dijo:
-Te perderás por avaricioso, y allí donde te pier­das, saldrá un gran monte, inmenso, tan grande como tu falta de caridad.
Es el Monte Perdido.
El Perdido continuó siendo leyenda y sigue siéndo­lo todavía. No cabrían aquí todos los cuentos e historias qué se cuentan de él, desde la odisea apasionante de su conquista, y las increíbles aventuras que allí vivieron en el siglo pasado los contrabandistas del Pirineo, hasta las más bellas narraciones en torno a la Breca o Brecha de Roland en donde el sobrino y caballero de Carlomag­no vino a morir tras la derrota de Roncesvalles: la brecha la hizo él lanzando su espada Durandarte para tajar la montaña y ver a través de ella por última vez su amada y dulce Francia.
Y las Tres Sorores, las tres hermanas convertidas en piedra por la maldición de su padre. Y las Tres Marías, blancas como su voto de castidad que consi­guieron escapar de la Cueva de los Moros, prisioneras de Mohamed Altabill según unas narraciones o del gigante Añisclo según otras opiniones.
Y también parece que irrumpe en la historia como es el caso de don Iñigo de Zaidín.
Iñigo fue el compañero inseparable del rey Jaime Primero el Conquistador, desde que ambos eran niños. Juntos se educaron en Monzón y juntos vivieron las mil travesuras que les dictaba su imaginación infantil en el Castillo de Monzón.
Ya de mayor, Iñigo de Zaidín gozó de toda la con­fianza del rey al que acompañó incondicionalmente en todas las batallas. Su valor y temeridad, su fidelidad al rey amigo hicieron de él un dechado de caballero cris­tiano medieval.
Precisamente en la conquista de Mallorca, en pre­mio a su valentía, don Jaime le entregó como esclava la hija del rey moro de Mallorca de quien quedó primero prendado don Iñigo y cautivo después. Nadie podía suponer que el regalo del Conquistador iba a originar la perdición del caballero.
Todo el mundo sabe que el Rey quiso redondear su Reino con la reconquista de Ibiza. A nadie encontró mejor para realizar la empresa que a su amigo del alma, Iñigo de Zaidín.
Pero en Ibiza fue sorprendido por la defensa jamás sospechada de los isleños y en cruel batalla sin cuartel, todo el ejército conquistador aragonés, invencible hasta entonces, fue destrozado. De don Iñigo no quedó ni rastro.
Pasados muchos años, apareció por el Monte Per­dido un anacoreta entregado a las más arduas peniten­cias. Su humildad y su bondad, su ascetismo y su entrega a todos los demás sin distinción le granjearon una merecida fama de santidad.
De todas partes acudían los fieles a pedir su conse­jo y todos volvían aliviados y reconfortados. El "Santo de la Montaña" lo llamaba la gente y su muerte causó un gran dolor a los montañeses.
Cuando fueron a recoger piadosamente sus restos, en la gruta que le servía de vivienda se descubrió que había escrito con sangre:
"Don Jaime, perdonadme. Yo os traicioné y tam­bién a mis compañeros en la conquista de Ibiza".

0.013. anonimo (aragon)

La leyenda del aneto


Leyenda del pirineo

Todos saben que el Aneto es el pico más alto de los Pirineos. El techo. Y todos saben también que, con ser el más alto, jamás se le ve. Siempre tienes otro pico delante que lo hurta de la vista. Pero hay pocos que conocen su historia y que todo se debe a una especie de maldición.
Los libros no nos lo cuentan. Es necesario hablar con las personas mayores del valle de Benasque para enterarse con pelos y señales. Lo que no saben con toda seguridad, se lo inventan, que para eso está la imagina­ción. Ellos sí, están en el secreto. Para que no tengaís que indagar vosotros recojo aquí la leyenda del Aneto.
Cuando se apagaron las últimas ascuas del Pirineo en la inmensa hoguera que la diosa Pirene había encen­dido, todo empezó de nuevo poco a poco a llenarse de alegría. Primero las nieves lo cubrieron todo y luego, al deshila-charse durante la primavera en miles de riachuelos, fueron remansándose en los ibones, empapando los prados y los bosques fueron creciendo de nuevo.
Las flores de nieve volvieron a tachonar nuestras tascas; los sarrios reanudaron sus ágiles saltos y carreras por las breñas; las águilas y quebrantahuesos volvieron a dominar los riscos y los cielos; las ardillas, las mari­posas, todos los animalillos del bosque animaron su vida; y los hombres, por fin, comenzaron a levantar sus pueblecitos en los valles. El Pirineo se convirtió en el precioso jardín que ahora conocemos.
Y, pronto también, los gigantes se prendaron de ese parque, único en el mundo y quisieron adueñarse de él.
Los antiguos griegos nos hablaron ya de la lucha titánica de los gigantes con los dioses. Los gigantes, según los poetas helenos, colocaban montaña sobre montaña para desalojar a los dioses del Olimpo, mane­jaban los grandes árboles que encendían para convertir­los en antorchas y los blandían amenazadores contra el cielo para provocar el pánico de hombres y dioses.
Y siguen diciendo, curiosamente, las leyendas, que los dioses jamás podrían con los gigantes si no se incor­poraba a la lucha contra ellos algún mortal, pues así lo habían anunciado los oráculos.
Fueron los dioses al final los vencedores y aquella raza terrible y maldita de los gigantes desapareció de la tierra. Pero parece que fue sólo aparente-mente. Algunos de ellos se escondieron de los dioses y las gentes. Entre los terribles gigantones que se agazaparon entre las montañas el más perverso de todos era Netú. Vivía oculto entre los recovecos más escondidos. Era pastor y todo lo quería para sus ganados y cualquier persona que se cruzaba en su camino era inmediatamente presa de sus furores.
Netú era especialmente cruel. ¡Ay del que se acer­case demasiado! Aparecía repentinamente, se lo tragaba y jamás se volvía a saber nada de él. ¡Qué de hombres desaparecidos de la misma manera! A veces devolvía alguno en la morrena de sus glaciares, momificado y resultaba que había desaparecido ochenta años antes. Pero era pocas veces. Los benasqueses sabían que el hombre que no volvía al día siguiente, ya no volvía nunca.
Netú, altivo, siempre enfadado parecía disfrutar haciendo daño a todos los que se ponían a su alcance. Era, pues, el terror de toda la montaña.
Y cuenta la leyenda que cierto día apareció en el valle un peregrino.
Nadie sabía de dónde venía ni a dónde se dirigía. Había estado viviendo casi de limosna por los pueblos vecinos, trabajando en lo que le pedían a cambio de la comida. Con muy poco tenía bastante y nunca se le oyó protestar si era pequeña la recompensa de su trabajo.
Al atardecer todos los días jugaba con los niños y les contaba historias preciosas. Pronto se ganó el afecto de la buenas gentes que querían retenerlo para siempre entre ellos. Pero él, cuando veía que la alegría y la concordia había llegado a un lugar, se marchaba a otro, como si toda su tarea fuera sembrar la paz.
Cuando sus amigos supieron que quería atravesar las montañas quisieron quitarle la idea de la cabeza porque forzosamente tenía que cruzar los dominios del terrible Netú.
El los tranquilizó. Nunca se había peleado con nadie y esta vez tampoco iba a dar motivo alguno al cruel gigante para merecer su castigo. Y una mañana, cogió su bordón de peregrino y marchó hacia el norte con intención de cruzar el Pirineo.
Era un verano abrasador y mientras caminó por la orilla del río Ésera no tuvo problemas para refrescarse. Lo malo fue cuando abandonó el valle y empezó a ganar altura.
Las torrenteras acusaban el estiaje y no disponían más que de un hilillo de agua. También la sobria alforja que le habían preparado en el pueblo se le fue vaciando y al tercer día ya no tenía nada para llevarse a la boca. Pero él continuó caminando.
Sudoroso y casi agotado vio a lo lejos un valleci­to en el que parecía pastar un numeroso rebaño. Pensó, con razón, que al menos allí habría agua para beber y además podría trabajar para los pastores a cambio de un corrusco de pan y un trozo de queso. Hacia allá, pues, se dirigió.
La marcha le resultó dura. Las distancias engañan mucho en la montaña: parece que puedes tocar un monte con la mano y resulta que faltan horas y horas para llegar a él.
Completamente extenuado alcanzó el vallecico al atardecer. Se había puesto el sol y le resultó menos tra­bajoso el andar aunque todas las fuentecillas que encon­tró estaban secas.
Por fin llegó hasta el rebaño. Calculó que por la hora pronto aparecerían los pastores ya que ninguno se veía por allí.
Y de repente se encontró frente a un gigantón, apa­recido no se sabía por dónde. Iba sucio, astroso, con barba de muchos días y cara de muy pocos amigos.
Sin ningún temor el peregrino se acercó a él para pedirle agua.
Netú (pues se trataba de él), poco dispuesto como siempre a hacer favores, desde su orgullo altivo, se la negó:
-No tengo agua para tí. Sólo para mis rebaños. Y date por satisfecho con que te deje marchar vivo. Ni siquiera sé por qué lo hago.
El peregrino, con voz tranquila, le repondió:
-Veo que tienes el corazón duro como la piedra. Ojalá que todo tú te conviertas en piedra.
Y en ese momento el gigante quedó petrificado y convertido en lo que es hoy: en el pico de Aneto.
Las gentes de la montaña aseguran que el peregri­no no era Dios.

0.013. anonimo (aragon)

La leyenda de formigal


Leyenda del pirineo

Al igual que nuestra fabla y nuestras tradiciones más ancestrales, también la mitología aragonesa parece que se ha refugiado entre los escondrijos del Pirineo. Allí es preciso acudir en busca de nuestras esencias y de nuestro pasado.
Allí se conservaban de padres a hijos hasta que la televisión rompió el hechizo de las largas veladas de invierno que reunían a la mor de la lumbre a abuelos y críos y aquellos escanciaban en las almas curiosas de sus nietos todo lo que ellos, a su vez, habrían de transmitir a los suyos. Pero la televisión astilló las cadieras y apagó para siempre el calibo.
Pero quedan todavía las purnetas para reconstruir nuestra mitología. Yo no sé si es que los bosques y las montañas, las grutas y las cumbres, las nieves y los cierzos crean el caldo de cultivo adecuado a la leyenda o si el contagio de la mitología latina que humanizaba y multiplicaba dioses ayudó a crear el mito.
La montaña, imponente, recorta su blancura contra el cielo azul.
Miras a lo alto y sigues caminando. Y a cada instante la perspectiva te cambia la figura. Aquel pica­cho que antes parecía la quilla de un velero solitario es ahora una pirámide gigantesca; luego, el perfil inmacu­lado de una diosa, mientras sus compañeros de decora­ción han convertido sus gestos serenos en rictus avasa­lladores de dolor.
Por eso no es extrañar que los montañeses hayan encontrado siempre en todas sus montañas y heleros y rocas y lagos, la personificación más absoluta de lo humano, prestándoles a todos sus sentimientos y pasio­nes de hombres y mujeres.
La leyenda, que en tantas culturas ha servido para difuminar la historia de los pueblos o la ha interpretado, es aquí leyenda pura que nos sirve, no para descifrar la naturaleza, sino para descubrir el alma poética de sus hombres.
Es el caso de la leyenda de Formigal.
Formigal en aragonés significa "hormiguero", como todo el mundo sabe. No obstante, cuando uno visita ese precioso paraje tensino, ya famoso en el mundo del esquí, queda sorprendido por la ausencia de hormigas. Sobre todo, de hormigas blancas que en tiempos antiquísimos, por lo visto, abundaban allí.
Y entre Formigal y Sallent de Gállego destaca una de las peñas más emble­máticas de nuestro Piri­neo. Su silueta, con una doble punta a manera de bonete, se refleja ahora en el lago artificial de La­nuza porque le gusta re­petirse ya que es única. La llaman "La Peña Fo­ratata" y los que la han escalado aseguran que está casi hueca. Una boca, en su cima, parece la entrada del mundo del más allá: un volcán que nunca ha tenido erupción: la puerta del centro de la tierra.
Todos estos datos han forjado la leyenda.
El anciano que me la contaba hablaba con voz bajita y susurrante, como soñadora; y la vi­vía de tal modo que daría yo algo por reproducir exactamente sus palabras, ya que no sus gestos:
Anayet y Arafita eran tal vez los dioses más pobres de la montaña. Les habían despojado de sus pinares y abetales. En sus umbrías ya no se encontraban ni siquiera fresas o chor­dones. Hasta sus ganados escaseaban. Tampoco acudían ya los sarrios que no encontraban en ellas nada para comer. Sus senderos se habían convertido en pasos de contrabandistas.
Anayet y Arafita eran pobres pero trabajadores y honrados. Poco les importaba que los otros dioses-montañas los despreciasen porque ellos, en su pobreza, eran felices. Es más: tenían un tesoro que por nada del mundo cambiarían: una hija preciosa -la diosa Culibilla - a la que el cielo había adornado con todas las gracias imaginables entre las que destacaban sin duda el candor y la hermosura. Nada quería saber nunca de las pretensiones de todos los otros dioses pirenaicos.
Sus mejores afectos eran, sencillamente, hacia los corderillos que competían en blancura con los inmensos heleros y glaciares que rompían el verdor de sus monta­ñas. Y más aún amaba a las humildes y trabajadoras hormigas blancas que durante el verano continuaban blanqueando la montaña, hasta el punto que Culibilla la bautizó con el nombre de Formigal.
La bucólica paz se acabó el día en que Balaitús se enamoró ardientemente de Culibilla.
Balaitús era el reverso de la medalla: fuerte, pode­roso, temido de todos. Ningún obstáculo se oponía jamás a sus deseos. El amasaba las terribles tormentas del Pirineo y forjaba los rayos capaces de destruir todo lo que a él se le antojara. Violento como ninguno, cuando se enfadaba y hacía correr sus carros por encima de las nubes, se extremecían hasta los cimientos de las montañas.
¿Cómo iba a ser Culibilla feliz con ese dios? Na­turalmente, lo rechazó igual que a los demás que la habían pretendido. En mal momento para ella porque el desairado Balaitús, que era la primera vez que no colma­ba sus deseos, juró raptarla. Anayet y Arafita temían sus furores pero ¿Qué podían hacer los pobres para defender a su hija?
En tres zancadas dicen que se presentó Balaitús ante Culibilla, decidido a cumplir sus propósitos. Las montañas todas estaban atónitas, sin atreverse a defen­der a la hermosa y desgraciada diosa. Balaitús era el Zeus de aquel Olimpo Pirenaico. Y dice la leyenda que entonces Culibilla, al verse perdida, gritó:
-¡A mí las hormigas!
A millares acudieron de todos los sitios las hormi­gas blancas que empezaron a cubrir a Culibilla ante los ojos de Balaitús que, horrorizado, emprendió la huída.
Culibilla, en el colmo de la amistad y el agradeci­miento, se clavó un puñal en el pecho para guardar dentro, junto a su corazón, todas las hormigas: es el forau de Peña Foratata.
Y cuentan que los que suben al forau de la Peña, pueden oir claramente los latidos de Culibilla, la diosa agradecida.
Y aseguran también que en Formigal, desde enton­ces, ya no hay hormigas blancas: todas las tiene ella.

 0.013. anonimo (aragon)

La infortunada


Leyenda del pirineo

Si ahora nos impresionan los desfiladeros que casi indefectiblemente tenemos que atravesar para llegar a los valles altos de nuestro Pirineo, ¿qué no sería antes de abrir los túneles y diseñar las carreteras semicolgadas entre sus paredones? Antiguamente, los caminos de herradura no tenían otro remedio que escalar como Dios les daba a entender por riscos amenazadores y hacer equilibrios a veces a centenares de metros de altura sobre las gorgas del río que rebullían hasta el abismo y rascaban un trozo de pared rocosa para abrirse paso por enmedio. Eso, cuando no venía riada...
Todos nuestros ríos y barrancos se conoce que ju­gaban a ser ingenieros de minas y con paciencia bene­dictina iban tajando los roquedales de la montaña y de las sierras en eterna porfía de fuerzas.
Así lo hizo el Bellós en el cañón de Añisclo, sin parangón posible en ninguna geografía que no sea la nuestra (el barranco de Mascún o las gargantas de Escuáin); así el Veral en la foz de Biniés, y el Escalete, y el Flumen en el Salto de Roldán, y el Ésera en el Ventamillo y luego en los estrechos de Olvena. Así trabajó el Vero en Alquézar y el Cinqueta en la Enclusa y el Subordán en la Boca del Infierno y el Isábena en el congosto de la Croqueta.
Los geólogos tienen sus explicaciones técnicas. El pueblo las suyas, que son poéticas. Y por eso cada con­gosto tiene su leyenda o su historia (vaya usted a saber!) como la del Guatizalema y el puente del Diablo en el Entremón.
Pero hoy la leyenda nos lleva al Cinca ("La Cinca traidora -como dicen por allá arriba- que beyes as piedras y la chen s'afoga"). Y al Congosto de las Devotas que también tiene su historia o su leyenda, que no siempre están tan claras las fronteras entre la una y la otra, al menos en mi tierra.
Lo que sí es historia, seguro, es el Monasterio de Badáin, de monjas benedictinas, a sus orillas. La mag­nífica iglesia de Badáin que se conserva intacta es el único resto del antiguo monasterio que debió abarcar todo el lugar (que por lo demás solamente cuenta con tres casas) a juzgar por la grandiosidad del templo.
La comunicación normal que tenían las monjas con el beatorio de Saravillo y el Convento de Santa Cruz, les hizo abrir un camino atajo junto al Cinca que, en algunos tramos, como en el Congosto, debía ser particularmente peligroso. Y de ahí que recibiera el nombre de "el Paso de las Devotas".
Y devotas tenían que ser las que se arriesgaban a seguir el sendero. No todo el mundo tenía estómago para hacerlo: un simple traspiés o resbalón era suficiente para despeñarse en el acantilado y acabar con la vida en el río.
Sin embargo, las religiosas que habían diseñado su trazado parece que lo recorrían como si tal cosa. Es más: el trecho que era especialmente peligroso les duraba justo el rezo del rosario, lo tenían muy bien medido; o si no, cinco salves cantadas. Y por cierto que lo hacían con toda la fuerza de sus pulmones, de forma que dominaban el estruendo de la corriente que tenía que conformarse con añadirles la música de fondo.
Sí. Paso de las Devotas.
La leyenda nos dice que una mañana de verano, un grupo de siete monjas novicias de Badáin, que aquel día disfrutaban de vacación, decidieron visitar a la Comuni­dad del Convento de Santa Cruz para pasar juntas la jornada. Como jóvenes que eran y con el alma en paz de Dios, salieron del monasterio alegres como unas Pas­cuas.
El rosicler de la alborada anunciaba un tiempo es­pléndido. Ni una nube asomaba por el circo de Pineta que es el que amasa las tormentas estivales. Allá iban, pues, las religiosass charlando anima-damente. Cuando el sendero se estrechó tuvieron que caminar una tras otra en fila india y como así era más complicado lo de hablar, se pusieron a cantar a la Reina de los Cielos.
Hasta los pájaros se callaban para escucharlas. Y pasada la dificultad del camino, de nuevo se pudieron agrupar para charlar y reir todas juntas.
En Saravillo pasaron un día maravilloso con sus compañeras de vocación y al caer la tarde decidieron que era el momento de volver a su monasterio. Tanto más cuanto que por la parte de Parzán asomaba una nubecilla tímidamente, pero que podía anunciar tronada.
Se despidieron del convento que las había acogido en aquella jornada estupenda y empezaron a caminar a buen paso. Un vientecillo, más bien calentucho, les advirtió del peligro. Aún hubo una que propuso tomar el camino más largo pero más seguro, pero la mayoría se opuso. ¿Para qué renunciar al atajo que tan bien cono­cían? Sólo tenían un cuarto de hora de peligro y juntas lo pasarían sin problemas.
Yo no sé si conocéis las tormentas del Pirineo y más concreta-mente las que "fabrica" Monte Perdido y que pueden competir con cualquier otra de cualquier parte del mundo.
Cuando menos lo esperas vienen los nubarrones a velas desplegadas deslizándose desde el fondo de Pineta por entre la sierra de Espierba y las Sucas. Desafiantes salen otras nubes a su encuentro desde la Val de Xistau: son las huestes de Lardana. Para no ser menos, las que Peña Montañesa tiene preparadas suben por Labuerda para arriba y cuando se juntan todas entre Bielsa y Salinas parece que se viene abajo el cielo entero.
Las nubes, que antes parecían de algodón se hacen negras como el hollín y aun en pleno día parece que asistes a un eclipse de sol. Como si fuera de noche. Sólo los relámpagos alumbran las montañas y los valles. Los rayos dibujan en el cielo como esqueletos de árboles en invierno. Los truenos van de un valle a otro y el eco los va repitiendo una y otra vez apagándose poco a poco en la lejanía para engancharse con el trueno siguiente. Sería un espectáculo mara-villoso si no resultase tan estreme­cedor.
No hay manera de guarecerse en ningún cobijo del granizo, enorme, como huevos de golondrina, ni de las centellas que las ves venir, no de arriba sino rastreando el suelo. El hombre, realmente, se siente así de pequeñi­co ante las formidables fuerzas de la naturaleza desata­da.
Así fue el final de aquella tarde verano entre Saravillo y Badáin cuando nuestras novicias, tembloro­sas, cogidas de la mano, avanzaban empapadas por el sendero hacia el congosto de las Devotas. El suelo embarrado era casi intransitable y en los trozos en que el piso era de piedra parecía que una bruja mala lo había untado con jabón por lo resbaladizo que se encontraba.
Una chispa que cayó muy cerca de ellas acabó casi con su moral. Se desasieron y cada una buscó abrigo por su cuenta en donde pudo. Alguna continuó su camino.
La tormenta duró unos pocos minutos pero a ellas les pareció una eternidad. Poco a poco los truenos fueron debilitándose y los relám-pagos se alejaron hacia el valle vecino. Las novicias, despiertas de su aturdi­miento empezaron a buscarse y llamarse unas a otras. ¡Y qué alegría al encontrarse con otra compañera! ¡Les parecía como si estuvieran asistiendo a la resurección!
Al cabo de un rato ya estaban juntas. Pero faltaba una: la hermana Carmen, que no se había reunido con ellas. La llamaron a gritos. Pero nada. Con el corazón golpeándoles aceleradamente en el pecho la buscaron por todos los sitios. Ni rastro. ¿Quién la había visto por última vez? ¿Si habría cruzado ya el Paso de las Devo­tas?
Una de ellas, la que mejor conocía el sendero corrió como una exhalación para intentar alcanzarla. Pero pronto deshizo su camino. Tenía que estar más cerca.
Se temían lo peor. Ya se estaba haciendo de noche y la hermana Carmen no aparecía por ningún sitio. Además no iban provistas de ningún tipo de farol para continuar la búsqueda.
Dos de las novicias se dirigieron a toda prisa a Salinas, el pueblecito más cercano, para pedir ayuda. Otras dos marcharon hasta el convento de Badáin para dar la noticia de la tragedia. Pronto se organizaron varios grupos de socorro con luces y cuerdas, para rastrear la zona palmo a palmo.
La Comunidad rezaba fervorosamente a nuestra Señora la Virgen de Badáin. ¿La tendría ya junto a Ella en el cielo?
Al cabo de algunas horas de angustiosa búsqueda pudo compro-barse con horror que la desgraciada novi­cia se había despeñado en el abismo, precisa-mente en el sitio más peligroso. Enganchada entre unas zarzas de junto a la senda y al pie del acantilado se encontró la prueba: un girón desgarrado de su toca. En el sendero, la señal inconfundible de un resbalón hacia el río. De ella, nada.
Muchos días más tarde, unos nabateros de Laspu­ña que andaban por el Cinca encontraron sus restos aguas abajo.
Pronto las gentes de la redolada bautizaron la senda que bordea el abismo y el paraje en donde ella cayó como "La infortunada". Y ese mismo nombre recibió el pequeño barrio (de tres casas) de enfrente de Badáin.
Muchos años después el primitivo núcleo creció como verdadero pueblo gracias a la central eléctrica que en él se construyó. Los moradores de la urbanización decidieron cambiarle el nombre: no les gustaba lo de la "infortunada" y le pusieron "Lafortunada" que suena mucho mejor.
Cuando subáis desde l'Aínsa por la carretera hacia Bielsa y Francia, los letreros seguirán recordándoos esta leyenda con muchas probabilidades de ser historia. Pa­saréis por el pueblo que ostenta a su entrada el nombre de "Lafortunada". Lo mejor es detenerse para descansar un poquillo y visitar la espléndida iglesia de Badáin, resto del antiguo convento.
Y cuando continuéis vuestro viaje, en el precioso congosto que forma allí el Cinca, con un hermoso túnel que lo facilita todo, otro letrero os anunciará: "Paso de las devotas".

0.013. anonimo (aragon)