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viernes, 7 de septiembre de 2012

La peste de 1599

Una epidemia de peste invadió Madrid en aquel verano del año 1599 -hacía tan sólo un año que se había inicia­do el reinado de Felipe III. El espectáculo era dantesco. Los cadáveres permanecían en las casas y amontonados en las calles, insepultos, aumentando así el propio poder de la plaga, porque ni personal había para dar digna sepultura a los muertos.
Los sanos huían a toda prisa y los moribundos queda­ban solos esperando el trágico e irremediable final; ni fuer­zas para la plegaria les quedaban ya.
Un silencio de sepulcro, estremecedor, invadía la Villa y Corte que interrumpía algún quejumbroso lamento o el ladrido de un perro carcomido por la sarna y succionado por los piojos, convertido de esta guisa en un achacoso y decrépito cancerbero de los muertos y de los que no a mucho tardar iban también a morir.
Pero existía una auténtica isla de amor: era el Hospital de Convalecientes -lugar en el que hasta hace poco tiem­po estaba el Hospital General, y donde un día llamara el arrepentimiento de Bernardino de Obregón para ofrecerse como humilde enfermero. Él y sus hermanos de congrega­ción se multiplicaban viendo que era insuficiente la capa­cidad del hospital en tan críticos momentos.
Bernardino atendía a los apestados repartiendo consuelo, oraciones y medicinas, que no eran remedios, cerrando los ojos de los que partían defini-tivamente. Incansable, sin dormir apenas, sin comer, sin miedo al contagio, iba de un lado para otro, día y noche.
Fue una lucha contra la muerte que le costó la suya.
Arcanos del alma popular. Su cuerpo permaneció expuesto en la iglesia del hospital y, ante él, como una pos­trera muestra de agra-decimiento, desfiló la muchedumbre sin temor al posible contagio. Dos veces fue necesarioo cambiar su hábito porque la gente se lo arrancaba a jirones para conservarlos como reliquias que, después según se cuenta, forjaron prodigios.

127. anonimo (madrid)

La misa de hora en la iglesia de jesús

Aunque no debiera haber modas tratándose del Santo Sacrificio de la Misa, y por más que, en los tiempos augus­tos de la fe católica, se dieran casos de incongruencia litúr­gica, respecto al culto, es lo cierto qué la Misa de hora en la Iglesia de Jesús, puesta de moda por las histrionistas más bellas y más requeridas de aquellos barrios, próximos al Mentidero de Comediantes, dio sobrado qué pensar y no poco qué decir, a teólogos y devotos, porque verdadera­mente, una misa de hota, concertada de antemano entre varias personas de ambos sexos, viene a ser como cita que se da para verse y hablarse dentro y fuera de la Iglesia; es, hasta cierto punto, un Mentidero a lo divino, que patrocina la liviandad;,y si las que andan en el fregado, son cómicas bonitas, solicitadas y requebradas, por los petimetres albi­llos, por los curtidos moscateles y por los viejos rufos, entonces la cosa toma proporciones sinodales alarmantes y hay que luchar bravamente, para sacar a salvo, nada menos que el dogma.
Los bonetes de la retórica silogística, saltan solos de los pupitres al iniciarse el litigio; los chambergos, echados con gracia sobre la oreja izquierda; se ponen en guardia provocativa, como si dijeran a la gente de la Iglesia: «¿Bien, y qué?» Y las Magdalenas, o las devotas Mamás, arrodilladas en el santo y sucio suelo, rezan, mientras dura el vendaval, una parte de rosario con la vista en el altar, o atrevidamente clavada en el ideal de carne y hueso de sus meditaciones matutinas y de sus desvelos nocturnos.
Fue mucho el ruido que armó la misa de hora de la Igle­sia de Jesús puesta de moda por las Comediantas llamadas Marías -que no fueron pocas, de las calles de Cervan­tes, Francos y Cantarranas. Por ejemplo, por Mari-Flores, María Calderón, madre de don Juan de Austria y Abadesa de un convento, como la señorita de la Valliére, lucero de la corte y amiga de Luis XIV, María Lavenad, el prodigio de la escena española, muerta a los veinticuatro años, María de Córdo-ba, la famosa Amarilis, celebrada con encomio por Lope de Vega Carpio, María de Heredia, una realísima moza, según la crónica, María, de Navas, actriz Protea, según Pellicer, porque servía para todo, María de los Reyes, María Riquelme, otro prodigio de talento y her­mosura, y las tres Marías, representadas por tres doncellas honestas que cantaron las primeras Xacaras en los corrales en cuanto se alzó la prohibición de que las mujeres repre­sentaran comedias.
Fue medida meticulosa y tiránica, esa de impedir a las mujeres que salieran a escena con papeles de su sexo. Faltó con ellas el entremés y el baile, que eran el gran atractivo de las comedias y el público aflojó y acabó por desertar del teatro. Entonces los Contadores del Hospital general de la Pasión, de Mujeres, de Niños expósitos y de los Desamparados, pusieron el grito en el cielo y memo­riales en manos del rey don Felipe III, en los cuales se hizo constar: primero, que la renta de las comedias no valía nada, por falta de concurrentes a ella; segundo, que esta falta provenía de no haber baile de mujeres, ni castañetas en los espectáculos, y tercero, que antes, ellas solas ani­maban, a los hombres, y que esta disminución de rentas era tanto más sensible «cuanto que aquel año valían muy caras las cosas, pues el pan se había subido de tres cuartos y medio a seis, el carnero de cinco y medio a siete y medio, la vaca de cuatro cuartos a cinco, los garbanzos de 28 rea­les la hanega a 70, las lentejas de 10 reales la hanega a 40, el aceite de 16 reales la arroba a 22, y así todos los demás artículos».
Un pueblo semejante no es feliz, está dominado por el hambre, ya que la baratura en los mantenimientos es señal de miseria, puesto que todos los demás artículos de consumo corren parejos. No puede haber servicios públicos por falta de dinero, no puede haber repre-sentación internacio­nal, ni ejército activo, ni armada de guerra: lo que hay, lo que ocurre con estas baraturas imposibles, es lo que suce­dió precisamente en el reinado de Felipe III por los años en que se puso de moda la Misa de hora en Jesús, y fue que se pidió limosna públicamente, yendo de casa en casa, para mantener la mesa de S. M. y de su familia.
Hemos incurrido en una digresión, que el lector bene­volente nos perdonará, si tiene en cuenta la correlación íntima de los hechos históricos que surgen de archivos y bibliotecas en cuanto se intenta hablar de alguno de ellos.
Quedamos en que la Misa de hora de la Iglesia de Jesús, puesta de moda por las Comediántas, dio ocasión de varias consultas de los Teólogos y Consejeros: que se dis­cutió el pro y el contra y se arguyó con verdadero frenesí: se consultó también a fray Félix Lope de Vega y Carpio y a don Pedro Calderón de la Barca y al ingeniosísimo mer­cenario fray Gabriel Téllez, Tirso de Molina, autor de regocijadas comedias.. Los teólogos dieron una de cal y, otra de arena al asunto; los presbíteros y autores de come­dias, alegría de la Corte, Lope y Calderón, que fueron seglares antes que clérigos, no tuvieron nada que contra­decir siempre que la Misa se oyera con devoción, pues por lo demás, donde va la soga va el caldero, y el hombre pro­pone y la mujer dispone, y por ellas, algunas veces nos solemos perder, pero casi siempre nos salvamos.
El fraile de la Merced fue el más franco y categórico:
-El paraíso es de todos -anunció. El hombre y la mujer son, por la Iglesia, dos en uno. No se les. puede re­chazar cuando vayan juntos, porque sería lo mismo que di­vidir en dos mitades un cuerpo. Ellas han puesto de moda la Misa de hora en Jesús porque tienen quien las siga al cielo, porque ellas van siempre delante y los hombres detrás. Dejadlos, pues, que se amen y se casen; la religión gana en ello y vosotros también.
Y no hubo más que decir.
Venció la opinión ilustrada de aquellos barrios simpá­ticos, y el humilde cura de la Iglesia de Jesús, tuvo la satisfacción de pavonearse diciendo todos los domingos la Misa de hora a las mujeres más hermosas de su tiempo: a las celebridades del arte dramático más encomiadas, a los, escritores refulgentes, gloria de la patria española, a los autores predilectos de los corrales de Madrid y del rei­no, a la crema de la elegancia superpiche, como luego dirían los parisienses al hablar de los mancebos elegantes, a los ancianos nobilísimos, con hábito y, venera de las órdenes, y alguna vez, bastantes veces, a damas de toldo y copete, con manto de gloria, que iban a Misa para obser­var, sin ser vistas, la clase de devoción divina y humana que reinaba en el templo dé moda.
Sólo una vez hubo cintarazos de verdad al salir de Misa. Un hombre joven cayó muerto de una estocada. El grupo de las doce Marías se asustó y chilló grandemente. Un alcalde de ronda intervino en el lance y los concurren­tes se fueron tranquilos a casa.
Ocho días después la campana de Jesús tocó a Misa de once, como de ordinario, y los espectadores habituales concurrieron y se santiguaron con agua bendita como si nada hubiese sucedido allí.
A nadie se le ocurrió tampoco mirar la tierra ensan­grentada por uno de los suyos. Sin duda que aquellas, almas benditas conocían por intuición, antes de escribirlos el poeta, aquellos versos:

Que haya un cadáver más, ¿qué importa al mundo?

127. anonimo (madrid)

La leyenda del palacio del almirante

La coquetería debe de ser innata en la hembra, porque antes de inventarse o conocerse la palabra coqueta, lo eran ya, derretidas y esparcidas, nuestras venerables abuelas.
Ellas inventaron o perfeccionaron el manto de puntas para que sirviera de cebo de galanes y tapadera de antojos; ellas echaron el velo al recato que prohibía a las doncellas presentarse en sitios públicos; ellas hicieron emboscadas de encantos y trampantojos, de candor para sorprender a mancebos albillos de mejillas frescas, cuya curiosidad no tenía límites; ellas osaron a todos los atrevimientos habi­dos y por haber tras el manto de gloria, encubridor y tai­mado, y cuando abrían la red de seda feble o de abalorios para enseñar un ojo bellacón, penetrante y fino como puñal de Albacete, ocurrían en la acera asaltos de esgrima y se daban grandes estocadas los galanes que perseguían la estela perfumada y garbosa de aquellos arambeles de paño, tafetán y seda; ellas crearon el género de comedias de capa y espada y dieron nombre al siglo XVII, al igual que Calde­rón de la Barca; Lope de Vega, Quevedo, Tirso de Molina y Moreto, los cantores de los mantos y rebocillos.

Este día de nuestra historia había neblina en el Prado, por el mucho resudar de los árboles de huertas y jardi­nes. Empezaba a despertar la primavera y las flores del campo y las de estufa, las que crecen bajo el césped y las que se abren en los salones, daban a las auras sus perfu­mes y encantos para solaz y alegría de los mortales pe­destres.
A punto de las dos de la tarde, cantadas y tocadas por el reloj de campanas del convento de Agustinos Recoletos, se vio salir por la puerta de hierro del jardín del Almiran­te, te, acompañada de su escudero, una elegante dama en­vuelta con donaire en manto de soplillo que permitía exa­minar las líneas rectas y curvas de un busto correcto y aristocrático.
No tenía filis en el rostro, pero en cambio debía de tener esa atmósfera de hechizos, como el imán atrayente, que es liga de pájaros atónitos y de varones deslumbrados.
Llevaba, como se ha dicho, manto de soplillo y en el vestido un escote tan degollado, que sólo le faltaba para ir desnuda de medio cuerpo para arriba, quitarse el pergeño de jubón que defendía la boca del estómago. La chinela o chapín contaba doce dedos de tacón, con lo que el pie iba en zancos, aumentando con esto el donaire de la garbosa desconocida, que debía ser de lo caro por la gala de sus arreboles que descubrían las puntas del envoltorio y los azabaches del medio ojos.
Era viernes de Cuaresma, y aunque el disfraz no fuera del todo devoto, con él había asistido la tapada al miserere de los Capuchinos de la Paciencia, donde era moda rezar ternezas a la luz vacilante de una lámpara de hierro, cuya temblona llama apenas sí alumbraba el colgadizo y los contiguos bancos.
Seguida de un escudero sesentón con ferreruelo y es­padín de taza, había comprado dulces en la confitería del valenciano y continuado por la calle de las Infantas hasta la casa de las Siete Chimeneas que está junto al cerro de Buenavista; después había doblado la huerta de Juan Fer­nández, dirigiéndose, entre dos luces, pian pianino, por el solitario Prado de Recoletos al Retiro del Almirante, de donde, como, queda dicho, había salido bizarra y resuelta a pindonguear por las calles de Madrid llenas de lodo y tam­bién de lindos.
Hallábase en lo alto del Prado de atisbador diligente el conde Mónterey, presidente de Italia, acompañado del conde de Montes claros, presidente de Hacienda, y antes de que emparejara con ellos la misteriosa tapada, salieron dé un coche parado cuatro dueñas de honor con sus mantos y tocas, reverendas por defuera, y de seguros lacayos o dia­blos por dedentro, y con sendos garrotes los varearon dejándolos malparados.
La del soplillo voló como el humo.
Las dueñas depusieron los garrotes para fugir mejor y los mal-trechos condes fueron amparados por los frailes de Recoletos y las vecinas monjasTeresas, que enviaron a los vapuleados hilas, vendas y bálsamo de Fierabrás.

¿Quién era la dama?
¿Quiénes eran las dueñas?
¿Por orden de quién se perpetró el vapuleo?
Misterios éstos que no aclaran las crónicas de aquel tiempo; `sólo dicen qué el suceso, por lo estupendo y nuevo, fue motivo de gravísimo escándalo en la Villa y Corte.         
Lo único que de cierto se sabe es que la sirena del man­to, en cuanto traspasó los árboles de la cañada, saltó como una corza, derrumbaderos y baches, y fue a dar en el Pala­cio del Almirante, cuyo portero de cadena formó calle con el escudero y lacayos, para dejarla entrar como era cos­tumbre, con los honores debidos al rango de la egregia castellana de aquella morada.

II

Por la noche hubo sarao y academia en el palacio del Almirante. Desde el toque de oraciones, fueron concu­rriendo a la aristocrática mansión las más linajudas damas en literas y carrozas, las doncellas más discretas, los poe­tas más ingeniosos, los caballeros de las Órdenes, los de la nobleza, los títulos del reino y los grandes de España.
Era una constelación viva de estrellas y planetas de pri­mera magnitud, un paraíso abreviado, con la serpiente, una reducción del Olimpo pagano del Buen Retiro, donde un rey poeta y caballero a la española representaba todos los días el papel mitológico del dios Apolo.
La ostentación de riqueza era grande.
Tocados y aderezos de pedrería legítima formaban des­lumbrador contraste con la luz de las cornucopias, el tisú y terciopelo de los trajes, las cruces y las veneras.
La diosa de aquel Empíreo, colocada en el estrado, recibía con distinción suprema el homenaje pulcro, afecta­do y cortés de damas y caballeros.
Uno a uno iban pasando ante la castellana hermosa, y al pasar lucían en competencia, la riqueza de las joyas y la de los conceptos.
Tocóle el túrno al príncipe de Melito., ex-embajador de Francia, quien se presentó aquella noche cubierto de pie­dras y perlas en su vestido, fingiendo estos primo rosos bordados, con tan oculto artificio que, al hacer reverencia ante la opulenta señora, se saltaron todas las piedras sobre la alfombra, por vía de gala, en obsequio de damas y cor­tesanos sin cuidarse de recogerlas el príncipe ni consentir que para él se recogiesen.
-Huélgome, señora, de que el miserere de esta tarde no haya acabado en tinieblas. Pues dicen que los apalea­dos se encuentran bien en la hospedería de Recoletos.
-Idos, Duque, y callad. Os lo suplico.
-Me voy, señora...
Este diálogo, hablado al socaire, mientras los lindos recogían las perlas y rubíes para sus meninas, no fue escuchado por nadie, pero alguien vio desde lejos la acción gallarda de sembrar por la sala piedras; el movi­miento rápido y nervioso de los labios; la expresión mis­teriosa de los semblantes y, poseído de impulso ciego al querer levantarse, clavó las uñas en el terciopelo del, sillón, donde los achaques y los años le tenían postrado hacía tiempo.
Este alguien se adivina, desde luego, que era el dueño del palacio, el noble almirante de Castilla, don Juan Gas­par Enríquez de Cabrera, duque de Medina de Rioseco, así como se deja conocer que la rica hembra del estrado, la belleza aclamada por reina del sarao y de la corte, era nada menos que la cónyuge legítima del ya calendado Almirante.
Tras una ayuda de sorbete y aloja y un agasajo de cho­colate puro, trabajado a brazo, dio principio la academia que fue notable por las preguntas, y más notables aún por las respuestas.
Damas y galanes hicieron alarde de ingenio, mientras dormía o parecía dormir el Almirante, y a poco más de las ocho, cuando dio la queda la campana mayor del conven­to próximo, el desfile de la retirada empezó de modo tan rápido que en pocos minutos quedó desocupado el salón.
¿Qué sucedió después, cuando el Almirante y su espo­sa quedaron solos?
La crónica no lo cuenta.
Y ello da derecho al lector de componerlo a su gusto con acompa-ñamiento de arpa, laúd o vihuela, que fueron los instrumentos de cencerrar zarabandas, rugeros y gallardas.

III

Han pasado tres siglos.
Una transmutación completa ha dado forma distinta al plano de Madrid, por este lado de la Villa-nueva, que se destinó entonces a hornos, tahonas y paneras.
Desapareció la huerta afamada del corregidor don Juan Fernán-dez, y con ella el palacio, jardín y huerta del Almi­rante, que hacían recodo por la calle del Escorial (después del Almirante) hasta la de los Reyes Alta (hoy de las Sale­sas). Surgió de los escombros dé una parte del palacio, por voluntad expresa de aquel ilustre magnate, que a este efec­to hizo donación de sus terrenos, el convento de monjas de San Pascual, cuya iglesia fue, antes de la reedificación y continúa siéndolo, la misma sala que sirvió de teatro al palacio y de asilo literario a las academias más célebres de aquel siglo. ¡Qué cambio más completo! ¡Desde el chiste picante a la plegaria mística, desde el cuchicheo de amor rimado al oído, al rezo salmódico, uniforme, distraído; dormilón, de las benditas madres! ¡Cuántos suspiros amantes en aquel teatro profano! ¡Cuántas penitencias leves en este santo templo!
Desapareció el convento de Agustinos Recoletos y su huerta, que fue, por sus dimensiones, un verdadero parque. Cayó la puerta monumental del mismo nombre que cerra­ba a Madrid por este lado, y con ella desaparecieron las extensas posesiones y palacio del conde de Oñate y mar­qués de Monte-Alegre que estaban donde hoy los palacios de Salamanca (Banco Hipotecario) y Calderón (hoy mar­qués de Campo).
Viéndose solo el convento de las Madres Teresas, desa­pareció también el vigor dé la piqueta reformadora y no hace mucho tiempo hemos visto la titánica labor de des­montar el conocido jardín de las Delicias que existió sobre el mismo que perteneció al conde de Baños, después de Altamira, y hoy duquesa de Medina de las Torres, para hacer lotes de solares donde se alzan ya suntuosos, hoteles y casas de vecindad.
Borrada esta última página del Madrid antiguo, de la villa poética, caballeresca y chispera de nuestros mayores, la prosa de cinco pisos con entresuelo y buhardilla, y sin jardines, consumirá la anemia a la generación presente y a las futuras, a menos que éstas adopten, como nuestros pro­genitores, el precepto higiénico de muchos árboles y pocas casas, muchos espacios libres, muchos pulmones amplios, y nada de ratoneras.
Y a propósito de ratoneras: tenemos que preguntar res­petuosamente a los archivos de las nobilísimas casas que van citadas, qué son, qué han podido ser, de qué han podi­do servir unas magníficas galerías de ladrillo, verdaderos túneles de comunicación subterránea, descubiertos a muchos metros de profundidad. Las hay en todas direccio­nes: unas, que vienen del lado de las Salesas, atravesando el solar del antiguo jardín por lo más hondo; otras, que parecen venir de los extinguidos conventos de Santa Bár­bara, las Teresas y los Agustinos Recoletos; otras, que lle­van la dirección de Buena-Vista y del convento de San Pascual; otras, en fin, que van culebreando en zigzag como festón de gutapercha por todo el ámbito del terreno allana­do. Es un detalle curioso, que ha debido estudiarse porque constituye, o, debió constituir en tiempos antiguos, una verdadera red de tranvías subterráneos para uso y recreo de mineros y geólogos.
Desaparecieron por completo las bocas de estás minas sin habernos descifrado el enigma de su existencia. En el mismo sitio en donde el conde de Baños tuvo su jardín y las Delicias su Mabille madrileño, donde últimamente nos dio a conocer Price las notabilidades acrobáticas, se han alzado hoteles y casas de vecindad y están naciendo unas cuantas berrugas negras obstructoras del aire puro que en el campo se anhela respirar y antes se respiraba.
¡Dios se lo demande a los ricos propietarios de esos solares históricos!

127. anonimo (madrid)


La casa del duende

En la noche del 2 de noviembre del año 17... caminaba. deprisa por las calles de Alsa piernas y Arrastra... cu... a la vera de los trufaldines de los Caños, el Rosario de Nuestra Señora de la Esperanza, vulgo del Pecado Mortal, acom­pañado de pobres del Ave María. Entre saetas y preces, exorcismos y lamentos, se improvisaba algo así como una protesta mística contra la Santa Inquisición que acababa de poner a buen recaudo a la Beata Clara, milagrera de ofi­cio, mujer muy afamada, que daba recetas a las damas, audiencia a los Ministros y permitía escenas muy poco . edificantes a sus íntimos, que por pura devoción arranca­ban el yeso de las paredes de su virginal alcoba para guar­darlo a guisa de talismán o reliquia.
Los hermanos del Pecado Mortal, entre salto y salto, se arreman-gaban muy pulcramente las sotanas y se tapaban las narices, porque aquel día la turba del arroyo tenía cre­cida y era mayor el número de animales muertos, esparci­dos por allá y acullá, para modificar con sus gases el aire seco y penetrante del Guadarrama.
Pues aunque cause asombro, es necesario decir que la ciencia higiénica de aquellos tiempos apadrinó la mons­truosidad de que los aires delgados del invierno se modifi­caban y se hacían más sanos y respirables cargándolos de amoníaco; y al efecto de producirlo fulminantemente, se arrojaban a las calles y a las plazas los animales muertos el estiércol de las cuadras, las aguas corruptas y las inmundicias, creándose así una atmósfera tan especial, tan salu­dable y limpia, que a no dudarlo contribuyó, en modo funesto, a degenerar la raza, antes vigorosa, de los infeli­ces habitantes de esta Villa y Corte.
Para llegar a la calle del Conde-Duque por las proximi­dades del Campo del Moro, entonces vertedero y hoy ame­no vergel, la cofradía del Pecado Mortal había recorrido a saltos en zigzag, además de las calles que quedan citadas, la de «Elbeso», «Nardoflorido», «Salsi-puedes», «Tentetie­so», «Pulgas», «Enhoramala vayas» y «Bodegones». Es decir, un diccionario completo de nombres incultos; un repertorio de pasquines de gusto depravado, una plantilla sucia, cuando no obscena y desvergonzada de las aficiones palatinas, de la ignorancia del pueblo, de lo contrahecho de los espíritus, de lo descarriado de la devoción y del rus­ticismo agusanado que pisaba con zapatos alcañados y dé orillo de suela plana los regatos que, desde las casas de malicia, tenía que vadear para ir a misa de alba por las aseadas calles de «Válgame Dios», «Medio cuartillo», «Jabón» y «Alsa piernas».
¡Qué horror de calles, de policía y de costumbres!
Detrás de los hermanos del Pecado Mortal iban en dos filas, los Capuchinos de la Paciencia, con velas verdes alumbrando una imagen de Cristo crucificado, muy vene­rado en la Iglesia de dichos Padres, que sólo salía en pro­cesión en los acontecimientos y aflicciones públicas muy trascendentales. Detrás de los frailes, dos Inquisidores con una taifa de alguaciles de Corte y soldados de la fe, que custodiaban al verdugo y, a distancia honesta por si acaso, una bandada de curiosos y curiosas de todas las clases y procedencias.
¿Qué novedad podía justificar un aparato nocturno, entre divino y profano, tan alarmante y misterioso como el que los transeúntes, atraídos por la campanilla medrosa del Pecado Mortal, descubrían en la oscuridad de la noche, a luz de velas amarillas y verdes y de farolillos y candiles colgados en las ventanas de'la viejas devotas?
Pues lo que ocurría era un suceso muy grave.
Había sido denunciada a la autoridad eclesiástica la casa del Duende, sita en la calle del Conde-Duque, junto al trozo que se llamó del Duque de Liria, y la Iglesia, provis­ta de exorcismo y excomunio-nes, se preparaba a regar las paredes del casón con el hisopo santo cargado de agua bendita. Se había encargado de la augusta ceremonia al obispo de Segovia, que debía llegar por el Pardo y la Mon­cloa, al amanecer, con sus familiares y corchetes.
Ésta era la causa del bureo matinal, de la profanación del Santo Rosario voceado con tono fúnebre, irreverente, según la costumbre, por los susodichos cofrades anda­riegos del Pecado Mortal, en jerarquía civil muy supe­riores a los de la ronda, también madrugadora, de pan y huevo.
La Inquisición había instruido el proceso, bajo la base de un papel escrito por los vecinos, del Conde-Duque en que se hacía constar, con espanto, los siguientes hechos que extractamos del Diccionario de localidades de Fernán­dez de los Ríos.

Primero; que hallándose cierta noche, en la casa del Duende, unos jugadores disputando sobre sus ganancias y pérdidas, apareció, sin saber cómo ni cuándo, un enano, exigiéndoles que guardasen silencio, y desa-parecio como sombra chinesca.
Item. Que habiendo seguido el alboroto después de atrancar las puertas, se presentó otro enano, horrible de ver, y repitió el recado, amenazando a los jugadores si no callaban.
Item. Que habiendo dispuesto colocar un jayán tras la puerta, con espada desnuda, para impedir la entrada de todo bicho viviente, hubo una tercera aparición, y tercera intimidación del enano, que no pudo ser habido, aunque se echaron sobre él los jugadores.
Item. Que habiendo seguido el juego y la algazara, con alguna indecisión por parte de los tímidos, pero con muchas balandronadas de los valientes, se presentaron veinte enanos armados con látigos, apagaron las luces y la emprendieron a bergajazos, a éste quiero a éste no quiero, hasta que no dejaron títere con cabeza. Los jugadores huyeron; abandonando la mesa y el dinero, y no han vuel­to jamás por la casa.
Item. Que, al cabo de algún tiempo, alquiló la casa la marquesa de las Hormazas, desafiando los temores del vulgo, y que dispuso que los cuartos se adornaran con lujo. Que cuando acababa de salir el Mayordomo, para encargar un cortinaje, se presentaron los enanos trayéndo­lo tal como deseaba la Marquesa en dibujo y colores; que la pobre señora se desmayó, y cuando volvió en sí, el cor­tinaje estaba colocado; que muy asustada la inquilina, mandó llamar al confesor; y que no habían llegado los emisarios al convento, cuando ya venía el fraile acompa­ñado de uno de los enanos, con lo que, aumentando el pas­mo de la relatada Marquesa, no esperó más apariciones huyendo de la casa.
Item. Que años después fue a vivirla el canónigo Mel­chor de Abellaneda, riéndose de los duendes. Que un día estaba escribiendo al Obispo, pidiéndole un libro, no bien hubo escrito el título, entró un enano, y puso el volumen sobre la mesa. Que a la mañana siguiente, acababa dé encargar al paje que llevara a la iglesia de Afligidos, el recado de celebrar, sacándole blanco, cuando se presentó un enano con otro encamado, que era el que marcaba la Epacta. Que sin esperar más embolismos, el canónigo puso pies en polvorosa y se alejó de Madrid.
Item. Que en la buhardilla de la casa habitaba una lavandera vieja, que un día de lluvia se retiró temprano del río, dejando la ropa en una casilla. Que habiendo sabi­do que él Manzanares tenía una gran crecida, daba ya por perdida la ropa, cuando apareció un enano trayéndola con dos mozos, lo cual admiró y mucho a la pobre lavandera.
Item. Que en consecuencia de tantos y tan repetidos actos diabólicos, perpetrados por duendes y endriagos, en la mencionada casa de la calle del Conde-Duque, nadie quería vivir en ella, excepto los malhechores que la bus­caban para burlar a la justicia, y los reos de lesa Majestad, como Valenzuela, para ocultarse en los sótanos y ponerse a cubierto del merecido castigo. Por todo lo cual, pedía el vecindario pacífico, escandalizado y amedrentado, que se pusiera mano en el asunto y que, si era preciso, se derri­base la casa hasta los cimientos y se sembrara de sal el hueco, a fin de que nunca más se repitiera el espectáculo de los duendes, que es muy poco cristiano y por el contra­rio da malísimo ejemplo, por lo que tiene de infernal, de mágico y de brujería.

El Tribunal de la fe, que ya andaba muy escamado con lo que se decía de la casa del Duende, admitió la demanda y acometió las pesquisas con impaciencias tales, que en pocos días tuvo los autos en disposición de dictar senten­cias, y sin más demora se falló que debía exorcizarse el edificio y asaltarle, a viva fuerza, hasta coger al Duende, y que una vez aprehendido, se le descuartizará a golpes de tenaza para asarlo después en la hoguera.
Éste era el motivo fundamental de aquella asamblea matutina, congregada a son de pregón, en Segovia y en Madrid, en los barrios altos y bajos, y en las mismas igle­sias, después de las vísperas.
Cuando el Obispo hizo acto de presencia en el campo de operaciones, no se escuchaba ni el zumbido de una mosca. La casa estaba cerrada a piedra y lodo. Por los res­quicios de las ventanas no se percibía un milímetro de cla­ridad. El edificio parecía abandonado y sin embargo, alguien de vista de hiena notó, que por una chimenea de ladrillo salía un hilo de humo imperceptible.
La observación fue comunicada al señor Obispo, y la ceremonia empezó en el acto, rociando con agua bendita las paredes de la casa, mientras se rezaban, a media voz, oraciones que articulaba su Ilustrísima gangueando y re­petían en coro frailes y soldados, cofrades y curiosos.
De pronto un grito estentóreo de consumatum est salió de las filas y aquel ejército de fanáticos e ignorantes se arrojó sobre la casa con picos, palas, azadones y otras herramientas de destrucción. Las puertas cedieron a las primeras cargas, y el torrente humano invadió el edificio, no dejando cuarto, ni desván; ni cueva, ni pozo que no se registrara. Y por cierto que a nadie encontraron, ni arriba ni abajo, lo cual hizo que lós invasores se retiraran tristes y desalentados, dando contra los muebles la furia que no lograron descargar sobre las personas.
La del alba sería ya, cuando la calle del Duque de Liria y sus adláteras quedaron otra vez limpias de polvo y paja, aunque no de malos olores.
La hermandad del Pecado Mortal tomó silenciosa a su calle del Rosal, frente a la plaza de los Mostenses, los frai­les capuchinos a su convento, los alguaciles y soldados de fe a sus respectivos cuarteles, el Obispo, en su mula man­chega, de regreso camino de Segovia, y los curiosos del auto, cabizbajos y alicaídos; desperdigándose por los callejones de atajo para llegar a sus viviendas a la hora del aguardiente, del chocolate y de las sopas de ajo.
Media hora después, 40 hombres, no enanos, sino altos, fornidos y resueltos, de rostro tostado por los alambiques, salieron en buen orden de la casa y cuando estuvieron en la calle se dispersaron después de despedirse con apretones de manos.
Eran los duendes de aquella mansión solitaria.
Unos monederos que acuñaban dobillas falsas del Bra­sil, reclamados por la justicia y condenados a muerte en rebeldía.
La casa, con su fantástica tradición a cuestas, quedó desierta y así ha llegado hasta no ha muchos años.
Los enanos del zurriago no volvieron a verse, ni las excéntricas marquesas, como la de Hormazas tampoco, ni canónigos como Avellaneda, ni nigromantes, ni otros monederos falsos, que algunos pobres vergonzantes, a quienes, por cálculo, se dio albergue, para ver si así se per­día el hilo de esta leyenda.
Ello no ha podido conseguirse, ni se conseguirá nunca, porque ha quedado impresa en la memoria del pueblo.
La casa fue derribada hace poco tiempo. En su lugar, queda, dicen que oliendo a azufre, el solar abandonado.
El solar del... Duende.

127. anonimo (madrid)

La calle mayor

La leyenda de la calle Mayor, con ser más poética y dramática que la de otras arterias vecinas o lejanas, no se sabe con exactitud si se ha hecho pública, o no, hasta aho­ra. Mesonero Romanos paso a mejor vida sin tiempo para escribirla; Narciso Serra, por lo visto, tampoco dispuso del tiempo necesario para involucrarse en tales menesteres; Espronceda no debió de encontrarla lo suficientemente romántica, y eso que el asesinato de Villamediana puso en conmoción a todos los vates del culteranismo, y Zorrilla pasó de largo, sin cantar una endecha por miedo a darse de bruces con el mentidero de las gradas de San Felipe y con los epigramas cáusticos del ya referido Villamediana.
La calle Mayor, asiento de una celebérrima mancebía sostenida por los magnates de la Corte con la venia del poder supremo de Felipe II; lonja de mercaderes y tiendas, las mejores provistas de chamelotes, guardainfantes a la medida con seis varas de ruedo, enaguas de beatilla con puntas, chapines con hebillas de plata, cintas y galones de plata y oro, etc., etc., fue en el siglo XVII la atracción de la moda; una especie de alameda urbana donde se usaba el coche en las tardes de primavera desde la Puerta de Gua­dalajara hasta el Prado; lugar de cita de las niñas picañas, de las busconas y daifas del agarro; el cielo azul de los lin­dos, engomados y lechugados; el golfo negro donde nau­fragaron recatos mal sostenidos; la calzada de la Plata; vía Apia de gorrones, testaferros, espadachines y duelistas; sitio de reunión para los mantos; de compunciones crepus­culares en el interior de los carrozas, y birrotones de hus­meo provocador en el estribo, y de escándalo inaudito para los timoratos que cruzaban la rúa desde la iglesia de Santa María de la Almudena hasta el convento de San Felipe.
Las turpídeces denunciadas fueron tantas, y los peli­gros para la honestidad tan visibles, que llegaron a enten­der en el asunto la Inquisición soberana y la autoridad Real, disponiendo que ninguna mujer pudiera salir a la rúa, ni en coche, ni a pie, con el rostro cubierto con el man­to, ni con cortinas tiradas al intento, so pena de multa y encierro. El vulgo tomó, por esta vez, la parte de los mora­listas y, con gracejos punzantes cantó por las calles y pla­zuelas, a gola tendida, aquella seguidilla que ha venido rodando hasta nues-tros tiempos en el folklore, de Madrid:

Por la corte, en los coches
se vende carne,
y ya es carnecería
cualquiera calle.

El día que se publicó la pragmática de las cortesías, que compuso de orden del Consejo Supremo, el Oidor don Francisco de Contreras, se armó tal rebollicio en el menti­dero de San Felipe que, salvando los pretiles y rodando por las gradas, fue a turbar el sosiego virginal de la Mar¡­blanca de la Puerta del Sol y a conmover la calle Mayor de un extremo a otro, desde el Palacio de Oñate hasta el de Pastrana, desde la platería e iglesia de San Salvador, a la sazón en estado de derribo para ensanchar la calle, hasta las buhardillas y tragaluces de la Plaza Mayor.
El caso no era para menos.
Los que salieron señalados en el bando para no llamar­se señoría, fueron veinte caballeros de los más elegantes y esforzados en la Corte, entre ellos...
D. Alonso de Córdova, mayordomo de S. M.
D. Sancho Bravo, adelantado de Terenate.
Los hermanos de los duques de Pastrana y de Maqueda.
... todos los hijos de los títulos, y otras señoras tan califi­cadas como...
Dª Ana María de Leiva.
Dª Leonor Manrique:
Dª Mayor de Toledo.
Dª Francisca Sarmiento.
...etc.
Júntense a los agredidos por el rescripto, los amigos de los mismos, y se comprenderá el alboroto que se produjo en toda la Calle Mayor por causa de la malhadada prag­mática. Se cerraron las tiendas de la Puerta de Guadalaja­ra; las de Botín y el Valenciano; se barricaron las puertas y hubo quien se disponía a echar agua hirviendo sobre los Corchetes, si por acaso tenían el atrevimiento de venir voceando el bando en el centro de la rúa de moda, donde lucían su garbo, su belleza y sus galas, las Usías, las Exce­lencias y las Mercedes de la Villa de Madrid.
El ruido del bullicio llegó hasta las losas del Palacio, y enterado el Monarca, parece ser que dijo:
-¿A mí qué se me da de esas cortesías, con tal de que mis vasallos me sirvan bien, entre Merced y Señoría?

La Calle Mayor era en día de rúa, un palenque agitado, un aluvión de faldas, un tumulto de guardainfantes, una invasión de chapines de varillas y de tacones de siete pisos; un confuso remolino de carrozas, carricoches y calesas, un ciclón de literas y jinetes, una galerna de intru­sos, un pandemónium de chillidos, gritos y juramentos. La mar... como ahora se dice; el cielo estrellado, como enton­ces se decía.
Quevedo escribe, que las damas de alta alcurnia más avizoradas, le incitaban a picardear y que él lo hacía has­ta el rojo blanco, con lengua tan suelta que las ponía como amapolas; de rubor, de ese rubor infantil que apren­dieron a tener con las monjas, o con la señora maestra, y que trocaron pronto en desenfado incitante con: el soplillo de corte.
Entonces no guiaban las damas, que llamó Quevedo apicaradas, porque no era fácil manejar cuatro mulas de colleras en carroza de seis asientos, pero sabían colocarse en el estribo muy descubiertas, como rezaban los bandos, o con mantos de disfraz insurrecto para mejor recibir el chaparrón de frases cultas, frívolas y almibaradas, que mano a mano y a boca de jarro, disparaban a sus beldades los lindos educados por Góngora, por lo que se llamaron gongorinos y crearon la escuela literaria de la culta latini­parla.
Cuando el inmortal Lope de Vega salía, para ir a coro, de la casa número 82 de la Calle Mayor, donde nació, y terciaba su manteo para cruzar mejor por entre la multitud,. enseñando en el costado izquierdo la cruz blanca de trapo de caballero de la orden de San Juan de Jerusalén, todos se descubrían, todos le saludaban, los más próximos le besa­ban la mano y, desde las carrozas paradas por causa del barullo, se enviaban al poeta y al sacerdote testimonios elocuentes de simpatía y cariño.
Cuando don Pedro Calderón de la Barca bajaba los pel­daños de la humilde casa, número 95 de la Calle Mayor, donde vivió y murió; y arrebujado en'su manteo, que tam­bién bién ostentaba una cruz de trapo, la de la orden militar de Santiago, intentaba pasar la rúa para bajar a la iglesia de Santa María o del Salvador, todos, hombres y mujeres, viejos y niños, abrían la calle, o mejor dicho, ellos abrían calle y apartaban obstáculos para que el ilustre anciano, gloria de España, hiciera sin dificultad la travesía.
¡Qué honor tan grande para esa Calle Mayor!
El espíritu de Lope de Vega y Calderón sobrevive en ella todavía en los edificios que quedan de su tiempo. En sus escritos nos han dado a conocer la fisonomía de la calle, que mejor que nadie conocie-ron, por, ser vecinos, y el paseo de corte que en ella se estableció, distinguiéndola de las demás por su tipo elegante, palatino, eminentemeri­te aristocrático y español por todas las embocaduras.

Nadie hubiera imaginado, a fines del siglo XVI, que sobre el callejón de la Duda, donde estuvieron las casas de mancebía pública o de tolerancia y lenocinio, llamadas de la Calle Mayor, en el tránsito a los Monasterios de San Jerónimo y Atocha, que por real cédula de Carlos V y de la Reina Dª Juana se mandaron retirar para que los fieles al ir a misa no viesen los escándalos que daban las daifas de respingón; nadie se hubiese figurado que allí se levan­tara en fraternal alianza, con el Tugurio magno del vicio consentido, la casi elegante casa palacio de los Condes de Oñate que todavía se conserva en buen estado. Al balcón principal de este palacio solían concurrir los reyes en los días solemnes de la Calle Mayor y desde dicho balcón, engalanado quizá con las mismas suntuosidades colgantes que luce el Palacio dé Sus Majestades en días de gala, iguales o mejores a las que lució hasta su derribo; el de Al­cañices, Duque de Sexto, presenciaron Carlos II, el de los hechizos, y su madre Dª María Luisa de Orleans, el día 13 de enero de 1680, con sol claro y luminoso y un frío como de Madrid en esa estación del año.
Escribe la Marquesa de D'Aulnoy, testigo presencial dee la ceremonia, lo siguiente, que merece leerse:

«Luego que S. M. estuvo adornada con los diamante de ambos mundos, y cuando se hubo puesto un rico sombrerillo, adornado con plumas blancas y realzado con la preciosa perla llamada la PEREGRINA (la más bella d las perlas célebres), montó en brioso alazán andaluz, qu el Marqués de Villamagna, su caballerizo mayor, llevab de la brida. La riqueza del traje añadía muchos encantos la belleza y majestad de la Reina y toda ponderación es poca para pintar la grandeza y el lujo de su comitiva. S. M hizo un ligero movimiento al pasar por delante de la casa del Conde de Oñate, para saludar al Rey y a su madre, que estaban en sus balcones. En seguida se dirigió, por la hermosa Calle Mayor, a Santa María, donde el Cardenal Portocarrero entonó un solemne "Te Deum". Al salir de la iglesia, la Reina pasó por debajo de varios arcos triunfales, y entró en plaza del Palacio, en medio de las aclamaciones de un numeroso pueblo. Pomposos arcos y graderías con muchos personajes alegóricos, fábulas y emblemas, le enviaban las felicitaciones más cordiales Los magistrados y las autoridades, ricamente vestidos, la arengaron en español, y en francés. El Ayuntamiento le ofreció las llaves de la Villa, y los Grandes de España acudieron a cumplimen-tarla con todo su magnífico séqui­to. Llegada a Palacio, el Rey y su madre bajaron a recibirla al pie de la escalera, y después de haberla abrazado tier­namente, la condujeron al Salón Real, donde toda la Corte se postró a sus pies y besó respetuosamente su mano.»

Como se ve, la relación de la Marquesa, tiene toda la frescura y fluidez de estilo de nuestros cronistas y repor­ters modernos.

Por esta Calle Mayor han desfilado todas las pompas de la monarquía, todas las comitivas de Reyes en su entrada y salida de Madrid, las de las proclamaciones y casamien­tos y las de llegadas de príncipes extranjeros, las procesio­nes más importantes, como las del Corpus y Minerva, los entierros más notables y los sucesos graves, entre otros el ocurrido estándose empedrando esta calle, cuando estalló el motín contra Esquilache, en el que sirvió de arsenal de piedras a los amotinados, dirigidos o no por el padre Cuenca.
En las Cartas de Andrés Almansa y Mendoza, con Avi­sos y Novedades de esta Corte, desde 1621 a 1626, se citan desposoriós de gente principal y varias entradas de perso­najes extranjeros en las que, la Calle Mayor jugó el papel principal, como que por ella se pasearon las bodas con el mayor lucimiento y gallardía.
Mencionaremos algunas, tomando el relato de las expresadas cartas:
En los desposorios de doña Ana de Guevara con D. To­más de Labaña, ambos de la Cámara de los Reyes, y fa­vorito el novio de los Condes de Olivares y del Marqués de Castel-Rodrigo, hubo un paseo nupcial, por la Calle Mayor, que dejó memoria por el lujo del acompañamiento. Sacó a la desposada la señora Marquesa del Carpio, con tan grandes acompañamiento, que hubo nueve Grandes y toda la Corte y una suntuosidad por parte de los novios que no había más que ver. Entonces era de buen tono pasear la boda por las calles más principales, y sería prolijo enume­rar las que, registran en sus anales la palaciega Calle Mayor.
Los desposorios de los Marqueses de Villena fueron en casa de su abuela y tía la Condesa de Miranda, siendo padrinos los Condes de Olivares, con tanta riqueza en el paseo y ornato, como agrado en el modo, lustre y esplen­dor de los criados de ambas casas, que recibieron de los novios librea de terciopelo negro prensado, picado, con forros, plumas y cabos de color celeste, todo ello muy vis­toso y rico.

Las bodas en palacio del Conde de Palma con doña María dé Tabora, hija del Conde de Sanjuán, por mano del Patriarca, a la presencia de los Reyes, padrinos, que hicie­ron merced a los desposados de nueve mil ducados de ren­ta. Los novios vistieron de verde ricamente bordado en oro, y la librea de sus criados lo mismo. Honró la Reina a la des­posada a su mesa, y fue la gala extraordinaria por ser los años de Su Majestad. Sacóla de palacio la señora Condesa de Olivares, y la paseó por la Calle Mayor hasta él Prado, con el acompañamiento que a la calidad de su excelencia, a la de los desposados y a la costumbre corresponde.
Las bodas celebradas en la huerta de la Condesa de Valencia, por mano del Arzobispo de Santiago, entre la hija mayor de los Duques de Sesa, futura Marquesa de Poza, padrinos y padres, con don Francisco de Córdova, hermano del Duque. Aunque procuraron celar el matrimo­nio, no se ocultó a los amigos que abundaban en la Corte, y así fue que toda la nobleza asistió a las ceremonias, gala, banquete y paseo por la Calle Mayor como correspondía a la gran calidad de los novios. Esta vez formaron, como otras, en la Calle Mayor, una nueva calle de madera, capaz con los tablados y ventanas, de contener a toda la Villa y Corte, ansiosa de ver las bodas y entradas reales.

Pero más que los paseos de Corte y el continuo ruar la calle con carrozas, a pie y a caballo, conmovió a los veci­nos y transeúntes, el rebato, que el día 8 de octubre de 1621, hubo en las tiendas de los joyeros de la Calle Mayor y Puerta de Guadalajara por desobedecer las pragmáticas suntuarias.
La Justicia recogió en las tiendas y joyerías, valonas, zapatillas bordadas, almillas, ligas, bandas, puntas, randas, abanicos, puños aderezados y otras galas de mujeres a este modo, y otras cosas, de las que se les había avisado muchas veces por el Consejo que no surtiesen sus tiendas, y en rebeldía hicieron los alcaldes esta diligencia, por orden del señor presidente, y aquella misma noche quemaron parte en la Calle Mayor, evaluando en muchos ducados la quema.
Hay un palacio junto al prado de San Fermín; que dijo Ventura de la Vega, recordando sucesos de Corte. Hay un palacio a la entrada de la Callé Mayor, decimos, que perte­nece al Conde de Oñate, Correo Mayor de Castilla. Enfrente de este palacio acostumbraban a exponer los pintores espa­ñoles sus cuadros y lienzos durante la octava de Corpus, igual que en una feria de cachivache. Así se dio a conocer en Madrid, el inmortal Murillo, quien sorprendió a Carlos II, yendo de paseo, con el cuadro de la Purísima Concepción. Este éxito inespe-rado fije el principio de su celebridad.
Pero lo que dio fama y nombre al palacio de Oñate, fue la muerte violenta, por mano de asesino, consumada en don Juan de Tassis y Peralta, Conde de Villamediana, el día 21 de agosto de 1622, aboca de noche, junto a la calle de Colorerós y callejuela angosta de San Ginés, yendo el don Juan en coche con el Menino de la Reina, don Luis de Haro, hermano del Marqués del Carpio.
Don Juan, sin ser un Tenorio, era joven y hermoso, ga­llardo y bien formado, elegante, valiente, fastuoso, enamo­rado y penden-ciero. Poeta de vena cáustica y hombre de atrevimientos tales, como el que en público realizó en una fiesta, presentándose con un vestido bordado con monedas de plata, todas nuevas, llamadas Reales, y la divisa o declaración de Mis amores son Reales, aludiendo con esto a la persona de la Reina, su encantadora y encomiada Beli­sa (Isabel).
La temeridad del Conde fue grande porque el de Oliva­res, enemigo de la Reina y de Villamediana, hizo notar a su augusto amo la osadía de quien en la real persona, en público, se declaraba amante de su esposa.
Antes había ocurrido, en una fiesta de toros en que lan­ceó reses Villamediana con apuesta gentileza, que, la Rei­na Isabel dijo a Felipe IV:
-Mira qué bien pica Villamediana.
A lo que el Monarca, con adusto ceño, replicó:
-Sí, pero pica muy alto.
¿Fue por esta razón que se consumó el asesinato de Villamediana momentos después de salir de Palacio?
Nadie lo sabe con certeza.
El señor Cotarelo escribió y publicó un interesante libro titulado El Conde de Villamediana, en el cual se entregaba a sabias y eruditas disquisiciones sobre las cau­sas probables de un atentado que conmovió la Corte y que humeó durante mucho tiempo en vapores de sangre, en el portal del Palacio de Oñate, donde se,expuso el cadáver hasta que la justicia y la religión fueron a encargarse de él:
No entraremos en estas discusiones porque no cuadran con la índole ligera y humorística de nuestros artículos. Nos contentaremos, pues, con reproducir, como solución del sangriento enigma, algo de lo que se escribió con carácter anónimo pocos días después del suceso.
Se trata de una décima que unos atribuyen a don Luis de Góngora y otros a Lope de Vega:

Mentidero de Madrid
decidnos ¿Quién mató al Conde?
Ni se sabe, ni se esconde
sin discurso, discurrid.
Dicen que le mató el Cid
por ser el Conde Lozano;
¡Disparate chavacano!
La verdad del caso ha sido
que el matador fue Bellido,
y el impulso soberano.

Con este y otros hechos análogos, que le precedieron y hubieron por teatro, callejuelas, que desembocan en la Calle Mayor, como por ejemplo la prisión de Manuel Leví, tesorero dé don Pedro el Cruel, ocurrida en una casa, cuyo solar se vendió al Duque de Nájera y sobre él se levantó su casa, que da nombre a la calle; la muerte de Escobedo, ordenada por Felipe II y consumada junto al palacio de Abrantes bajo el camarín de la Virgen de la Almudena; la prisión de Antonio Pérez y la de la tuerta Princesa de Ébo­li, amiga infiel de D. Felipe, en su palacio de Pastrana, que aún existe; con estos acontecimientos y otros que se silen­cian, la Calle Mayor adquirió una fama histórica y galante que sería de mal gusto desconocer: y por si algo falta para darle carácter especial, vino la moda de ruar por ella, en coche y a pie y de convertirse en jubileo de la gente deso­cupada, en bazar de novias y concubinas, en exposición activa de un lujo desenfrenado, en lugar de citas de los mantos y en club pernicioso, al aire libre, de los Lindos, alechugados, de los alvillos y de los cama-leones.
Por eso, anticipándose a Serra, hubo quien escribió esta aleluya:

Es mucha calle, Señor,
la hermosísima calle Mayor.

127. anonimo (madrid)

La calle del bonetillo

Esta calle no tiene leyenda.
Pero si en su memorial histórico y en su hoja de servi­cios, no hay fantasmas, ni damas picañas, ni lámparas tris­tes, ni imágenes sagradas, ni cuchilladas rajantes, ni esto­cadas perforantes, ni Roldanes altaneros, ni mendigos, ni matones, en cambio tiene una conseja, tradición o cuento, que ha llegado hasta nuestros días en pergaminos y letras de molde.
Ha llegado en recuerdo oral que se escucha en las tertu­lias nocturnas callejeras -en las del viejo Madrid por supuesto, en las del antiguo Madrid con sabor de señorío y relumbrón muy castizo, a esa hora pavorosa de los embozos en que ruge el león, aulla el lobo a la luna y se abren las tumbas, como en Roberto el Diablo, para dar salida a los espectros que van a corretear por los senderos de los cementerios.
La hora del Pastor, que dirían los franceses; la de los duendes y las brujas, que decimos los españoles.
No deja de ser chocante que el inolvidable Espronceda; tan proclive a cultivar hermosas patrañas, no recogiera del folklore de la Calle del Bonetillo el misterioso y lúgubre suceso al que se atribuye el origen de su nombre. La ver­dad es que El Estudiante de Salamanca, con su arrogancia y sus vicios y su desenfado caballeresco, no tiene punto de semejanza con el modesto, y casi ignorado, sacerdote de Santa Cruz, don Juan Enríquez, a quien se atribuye la paternidad de origen del Bonetillo, por causa de broma impia, que algunos jugaron a su bonete.
El cantor de la calle del Ataúd, estrecha y alta, con la me­drosa lámpara alumbrando una imagen de Jesús, mientras pasa un embozado, que lleva todavía en la manó la espada teñida de sangre, és el único, según modestos juicios, que hubiera dado lustre y colorido fuerte y tono de verdad romántica a la tradición poética de la Calle del Bonetillo.

Cuentan las crónicas, que allá por los años de aquel siglo marmóreo, que llamó suyo por haberlo domado el rey de acero, casi monje.del Escorial, don Felipe II; por aquellos díai nefastos en que, con razón o sin ella -que en esto no entramos ni salimos, ni quitamos ni ponemos rey, ni tan siquiera ayudamos a nuestro señor porque no lo te­nemos; se habló tanto, y se murmuró tanto, y se vilipen­dió hasta el exceso, por motivo de la enfermedad calificada de sospechosa, y por la muerte, aún más sospechosa, del príncipe don Carlos, hijo del rey Felipe, existía adscrito a la parroquia de Santa Cruz el presbítero don Juan Enríquez a quien el príncipe don Carlos dispensaba cariñosa amistad.
Estas relaciones no fueron del agrado del cardenal Espinosa, Dios sabrá por qué razón. La verdadera luz sobre Felipe II, del padre Montaña -inventor famoso del sermón de San Jerónimo y noble historiador vapuleado hasta los huesos por el padre Sánchez en sabia controver­sia- no se digna, o no sabe decir nada acerca de por qué el cardenal Espinosa vio siempre con desagrado y alarma las relaciones del príncipe don Carlos con don Juan Enrí­quez. Motivos tendría, altos o bajos, para la reprobación del Cardenal y para, los dimes y diretes satíricos de la Cor­te y de los parroquianos de Santa Cruz; lo cierto es que un día, pasada la media noche, cuando el sueño y la oscuridad envolvían la tierra y entre el rumor de algún portón mal entornado, parecía que se escuchaban voces temerosas y pisadas huecas, andando en las tinieblas se oyó una cam­pana tocar a muertos y luego ruido de pasos de gente que reza; y después se vieron cien luces alumbrando bultos enlutados, y en el centro de dos hileras apretadas, un fére­tro que llevaban en hombros cuatro, agonizan-tes...
Pero dejemos a la tradición de la calle contar el suceso tal como fue:
«Volvía don Juan Enríquez una noche a su casa cuando encontró un entierro; sobre el féretro llevaban un cáliz y un bonete. Se acercó a preguntar quién era el difunto y le contestaron que don Juan lrnríquez; asombrado el clérigo repitió cuatro veces el interrogante y otras tantas le res­pondieron que se trataba de su propio enfierro. Corrió a su casa y encontró una mesa cubierta con paño negro y cua­tro blandoncillos encendidos; preguntó a los vecinos quién era el difunto y vio que aquéllos huían despavoridos cre­yéndole un apa-recido. A la mañana siguiente fue a Santa Cruz y le enseñaron el libro en que constaba su partida de defunción y la provisión de su plaza en la parroquia.
»Al volver a su domicilio, la puerta estaba clavada, y un familiar del Santo Oficio le llevó a los calabozos de la Inquisición de Toledo.
»En el tejado de la casa apareció sobre un palo un bone­te encarnado, y desde entonces sé llama la calle donde ocurrió este suceso, Calle del Bonetillo.»

Y si lector dijeres ser comento,
como me lo contaron te lo cuento.

Las bromás, pesadas, o no darlas, que dirán en la actua­lidad los vecinos de la Calle del Bonetillo.

 127. anonimo (madrid)