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miércoles, 5 de septiembre de 2012

El legado del moro

Era Peregil un gallego fuerte, aguador de oficio, que se ganaba la vida vendiendo el agua fresca que sacaba de un pozo de la Alhambra. Tenía un aire jovial pero no era feliz, pues le había tocado una mujer holgaza­na y descuidada, y además tenía una caterva de hijos harapientos, que lo asediaban como una nidada de gorriones.
En uno de sus viajes al pozo, para ganarse unas mo­nedas, encontró sentado en un banco de piedra, junto al brocal, a un moro desfallecido, el cual le pidió que en lugar de bajar los cántaros de agua en el borrico, que le bajase a él y le pagaría doble de lo que pudiera ganar con el agua.
Compadecido, Peregil aceptó, diciéndole que no que­ría recom-pensa alguna.
Al llegar a Granada, preguntó al moro adónde lo lle­vaba, y éste contestó que no tenía casa ni conocidos y que le pagaría con creces si lo llevaba a su casa. El bueno de Peregil, al verlo en tan extremado apuro, lo condujo a su choza. La mujer protestó, por las conse­cuencias que tendría para ellos alojar en su casa un huésped perseguido por ser moro.
El aguador era duro de cabeza y no quiso someterse a lo que dijo su mujer. Colocó al moro en la parte más fresca de su casa y le dio por cama una estera y una zalea.
Aquella noche un fuerte ataque puso en peligro la vida del moro. Cuando recobró el conocimiento, con voz desfallecida dijo a Peregil que temía morir, y en agradecimiento a lo que había hecho por él le dejaba una cajita de sándalo que llevaba atada a su cuerpo con una correa. Se repitieron las convulsiones, cada vez más violentas, hasta que al fin el moro expiró.
El aguador y su mujer estaban tristes, pensando que la gente los trataría de asesinos cuando encontrasen al muerto en su casa y que pagarían con la horca la obra de caridad que habían hecho.
Peregil tuvo una idea. Era de noche; podía sacar el cadáver envuelto en la estera y enterrarlo a orillas del Genil. Nadie había visto entrar al moro en casa y na­die tendría noticias de su muerte.
Dicho y hecho. Su mujer le ayudó a envolver el ca­dáver en la estera y a cargarlo sobre el asno. Pero la fatalidad quiso que viviera enfrente del aguador un bar­bero llamado Pedrillo, chismoso y charlatán, que vio entrar aquella noche en casa de Peregil a éste con un hombre vestido de moro.
Por un ventanillo que le servía de mirilla estuvo ob­servando toda la noche la luz que se filtraba por los resquicios de la puerta de su vecino, y antes de amane­cer vio que Peregil salía con su jumento, cargado de un modo muy raro. Siguió al aguador a cierta distan­cia, hasta que vio que se detenía a cavar una fosa, a orillas del Genil, para enterrar un bulto que parecía un cadáver.
El barbero volvió a su casa, y cuando se hizo de día se dirigió a casa del alcalde, que era su cliente de todos los días, y mientras le rasuraba, le contó lo que había visto, afirmando que Peregil, el gallego, había dado muerte a un moro que tenía en su casa y lo había ente­rrado aquella misma noche.
El alcalde era el hombre más despótico y avariento de Granada. Examinó el caso desde el punto de vista de robo con asesinato; el botín sería grande y lo im­portante era que pasara a manos de la justicia.
Peregil iría a la horca. Con esta idea llamó al algua­cil, hombre flaco, vestido a la antigua usanza españo­la, con un gran sombrero negro, una capa negra que le caía de los hombros, traje negro y una vara lisa, in­signia de su autoridad. Ante su presencia le dio orden de echar el guante al pobre Peregil. No tardó en cum­plirla, pues poco después comparecía ante el alcalde el acusado con su borrico. Con aspecto ceñudo y voz dura, le dijo que sólo con el patíbulo se pagaba el cri­men que había cometido; pero que era caritativo con él y se hacía cargo de que el muerto en su casa era un moro, y por ser enemigo de su religión, en un arreba­to, lo había matado.
-Echemos tierra al asunto -dijo, y entrega lo que has robado.
El pobre aguador, asustado, contó lo ocurrido con el moro enfermo. Pero fue inútil. El alcalde se obsti­naba en que el moro tendría joyas, a lo que contestó Peregil que sólo le había dejado una caja de sándalo en pago a sus servicios.
-¿Dónde está esa caja? -inquirió el alcalde.
-En uno de los cestos de mi borrico -contestó el aguador.
Inmediatamente vino el alguacil con la caja de sán­dalo. El alcalde, con mano temblorosa y ojos de codi­cia, abrió la caja y no encontró más que un rollo de pergamino lleno de caracteres arábigos y un cabo de vela. Convencido de que no había botín, escuchó las explica-ciones del aguador y, en vista de su inocen­cia, le dejó en libertad, pero se quedó con el burro.
Desde entonces, el desgraciado gallego subía y ba­jaba desde la fuente de la Alhambra con el cántaro al hombro y tenía que soportarlas injurias de su esposa, que le echaba en cara el no haberla obedecido.
Un día en que, a causa de estas riñas, se enfureció el desgraciado Peregil, agarró la caja de sándalo y la estrelló contra el suelo.
La caja, al caer, se abrió y de ella salió un rollo de pergamino. Lo cogió, se lo metió en el bolsillo y se fue a la tienda de un moro de Tánger, pidiéndole que le explicara el significado de aquél.
El moro le respondió que servía para rescatar teso­ros escondidos bajo el poder de algún encantamiento.
Pronto se enteró Peregil de que, según la leyenda, bajo la torre de Siete Suelos había grandes tesoros, y se lo comunicó al moro. Éste no había podido ente­rarse por completo del significado del pergamino, pues­to que había que leerlo a la luz de una vela especial, que al fin se encontró en la caja de sándalo.
Aquella misma noche, a las doce, fueron a la torre. Al oír las campanadas, encendieron el cabo de vela y el moro empezó a leer el pergamino. Apenas terminó de leerlo, se produjo un ruido subterráneo y el suelo se abrió, dejando al descubierto un tramo de escalones.
Bajaron temblando y vieron bajo una gran bóveda un arca custodiada por dos moros inmóviles, como en­cantados. Ante ellos había enormes montones de monedas de oro. En cuanto las vieron empezaron a lle­narse los bolsillos; pero de pronto un gran ruido se de­jó oír y el moro y Peregil echaron a correr, despavori­dos, no parando hasta llegar afuera.
Ya más tranquilos, se sentaron en el suelo, y deci­dieron no contar a nadie lo ocurrido y volver a la no­che siguiente por más dinero.
Al llegar a su casa, la mujer se le quejó por su tar­danza, y entonces Peregil no pudo menos de contarle lo ocurrido. La mujer se echó al cuello de su marido, loca de alegría. Aprovechó esto Peregil para decirle que no volviera en su vida a reñirle por ayudar a un seme­jante en la desgracia.
Al otro día, con el dinero que su marido había traí­do, se apresuró la mujer a comprar ropas y alimentos, de los que estaban tan necesitados, y éste, a su vez, ven­dió algunas monedas de oro a un joyero, que las cali­ficó de extra-ordinarias, ya que eran de purísimo oro y con inscripción árabe.
Todo el vecindario se hacía lenguas del cambio ope­rado en la familia de Peregil. De pobres y miserables habían pasado a ser unos burgueses acomodados.
Un día una vecina que fue a casa de Peregil vio so­bre una mesa un gran montón de oro. La sospecha na­ció en ella y le faltó tiempo para ir a contar al alcalde que en casa del desgraciado Peregil había visto mucho oro, y que sin duda tenía que haber sido robado de al­gún sitio.
El alcalde, sin perder un momento, envió a la justi­cia en busca de Peregil.
Éste no tuvo más remedio que contarle lo ocurrido. En cuanto lo supo el alcalde, que era muy ambicioso, decidió visitar los sótanos de la torre.
De nuevo todo ocurrió como la noche anterior. El alcalde, el barbero, el aguador y el moro salieron de aquellos sótanos cargados de oro. Una vez arriba, el alcaide quiso bajar de nuevo para subir el cofre. Pere­gil y el moro se opusieron; pero al alcalde no hubo quien le convenciera y bajó otra vez acompañado del barbero. No habían pasado unos minutos desde que se habían internado bajo tierra, cuando ésta, de repen­te, se cerró, quedando enterrados bajo la gran torre de los Siete Suelos.
En cuanto a Peregil y el moro, vivieron felices, dis­frutando de las. riquezas sacadas de esta encantada torre.

099. anonimo (andalucia)

El abencerraje y jarifa

Cabalgaba por los campos de Antequera el alcaide de esa ciudad y de Alora, Rodrigo de Narváez, acom­pañado de un grupo de sus caballeros. Habían salido a recorrer las vegas, en prevención de que algún grupo moro intentase talar los campos. Nada habían encon­trado, y regresaban ya a la ciudad cuando, de pronto, uno de los caballeros advirtió que a lo lejos se divisa­ban algunos jinetes que, por las vestiduras, semejaban ser musulmanes.
Picaron espuelas los cristianos y se dirigieron con­tra los jinetes sospecho-sos. Eran, en efecto, moros de Granada, que al verse atacados se defendieron con gran fiereza; mas de nada les valió su valentía, pues al fin hubieron de declararse vencidos y entregarse prisioneros.
Rodeados por los caballeros de Rodrigo de Narváez, fueron conducidos por el camino que llevaba a la ciudad.
El alcaide observó que de entre los cautivos desta­caba uno por la riqueza de sus vestiduras, por la ga­llardía de su presencia y también por el semblante do­lorido que tenía. Y acercándose a él, le dijo:
-No habéis de poner tan mal semblante. En esta vi­da nuestra de algaras y luchas, unas veces toca vencer y otras ser vencido. Y aún más: vuestro honor ha que­dado a salvo, porque tanto vos como los vuestros ha­béis luchado como valientes guerreros.
Mas el moro no contestó nada, sino que suspiró pro­fundamente. De nuevo insistió Narváez en dar ánimos a su vencido enemigo, hasta que al fin éste le contestó:
-No lamento mi cautiverio, sino la suerte infeliz de mis ilusiones. Mi nombre es Abindarráez y soy de la raza de los Abencerrajes. Durante mi infancia fui cria­do en Cártama, viviendo en la casa del alcaide de la ciudad. Tenía ese alcaide una hija, Jarifa, con la que compartí mis juegos infantiles. Con los años, Jarifa fue haciéndose una dulce y hermosísima muchacha, y nues­tro cariño de niños se hizo pasión de amantes. Pero cuando creíamos que era llegada la hora de nuestro en­lace, el rey ordenó que el padre de Jarifa pasase a Coín, y yo quedé solo y lleno de tristeza en Cártama. Hace unos días llegó a mi casa un mensajero de Jarifa, di­ciéndome, de parte suya, que me esperaba en Coín pa­ra que nos casásemos en secreto. Figuraos cuál sería mi júbilo al saber que por fin iba a terminar nuestra separación. Vestí mis mejores ropas, escogí mi mejor caballo y, acompañado de unos amigos y criados, partí para Coín. Pero ¡ay, qué vanamente tejemos ilusiones! El encuentro con vosotros, la lucha y mi vencimiento hacen imposible, una vez más, que pueda realizar-se lo que Jarifa y yo deseamos. Ahora, ella esperará en va­no, y la deses-peración, al creerme muerto, la matará. Ved si no es causa suficiente todo esto para que mi áni­mo esté sombrío y triste.
Narváez, emocionado ante la desdicha de su prisio­nero, tomó la decisión de remediarla en lo que pudie­ra, y le dijo:
-No hay que acatar los fallos de la fortuna cuando pueden repararse. Veo que sois de noble sangre, y quie­ro poner mi fe en vos. Os doy libertad para que vayáis a Coín a encontraros con vuestra amada, y después ha­bréis de regresar a nuestro campo para entregaros como cautivo.      
Inmensa fue la alegtía de Abindarráez, que descendió del caballo y quiso echarse a los pies de Rodrigo de Narváez, lo que impidió éste, exhortándole a que marchara al punto. Así lo hizo el moro, y cabalgando a todo galope, llegó a Coín, en donde Jarifa ya espe­raba, presa de la mayor impaciencia.
Le contó lo sucedido, y, una vez que celebraron sus esponsales, salieron ocultamente en dirección a Alora.
No como cautivos, sino como huéspedes, recibió Ro­drigo de Narváez a Jarifa y Abindarráez.
Todos los cristianos estaban admirados de la belle­za, la discreción y el encanto de Jarifa, y la apostura y nobleza del joven abencerraje. Éstos temían aún el castigo del padre de la doncella, al que suponían irri­tado por la unión y la fuga de los amantes. Así que Narváez mandó mensajeros al rey de Granada, rela­tándole todo el caso y pidiéndole que interpusiera su influencia cerca del alcaide de Coín para que perdona­ra a su hija.
El rey moro, conmovido y llevado por su cariño a Abindarráez, ordenó al padre de Jarifa que se presen­tase ante él, y le pidió que concediera su perdón a los fugitivos. El perdón fue concedido y comunicado a los mensajeros de Narváez.
Juntos estaban los amantes en el jardín del alcaide de Alora, meditando lo que les reservaría el porvenir, cuando Rodrigo, con el semblante muy alegre, llegóse a ellos para decirles:
-Han venido cartas de Granada por las que estáis perdonados. Yo no quiero ser menos generoso, y os concedo la libertad. Podéis marchar en cuanto mis hombres os preparen caballos y escolta.
Abindarráez y Jarifa, con los ojos llenos de lágri­mas, besaron las manos del generoso alcaide, agrade­ciéndole todo lo que por ellos había hecho. Y una vez que fueron despedidos por todos los que habían que­dado prendados por su juventud y belleza, marcharon hacia Coín, acompañados y agasajados por Narváez y sus caballeros hasta la misma frontera.
Días después llegaron unos emisarios de Abindarráez trayendo a Narváez seis mil escudos y unos hermosísi­mos caballos; presentes que el moro hacía a su vence­dor y libertador. Mas Rodrigo, galantemente, rehusó el rescate y el obsequio, mandando a los moros que se lo llevasen de nuevo y diciendo que él no acostumbra­ba robar damas, sino servirlas y honrarlas.

099. anonimo (andalucia)

Yuri, el arquero

En un reino lejano vivía un modesto arquero de aguda vista llamado Yuri. Su fama llegó a oídos del zar, que lo contrató.
Cierto día en que Yuri salió a cazar, advirtió que una tórtola se había posado en un árbol y lanzó su flecha con tanta puntería que el pájaro cayó al suelo.
Cuando se disponía a recogerla, la tórtola empezó a hablar y le contó que era una mujer encantada; que debía llevarla a su hogar y, por la noche, tocarla con sus manos. Entonces, ante sus ojos se obraría un milagro.
Yuri se compadeció de ella y la llevó a su hogar. La dejó descansar y, cuando cayó la noche, aprovechó para tocarla con sus manos.
Al momento, apareció en su lugar una doncella de maravillosa belleza que le dijo:
-Has sido bueno, generoso y obediente. Te has apoderado de mí y en compensación está escrito que seré tu esposa.
Completamente maravillado, Yuri no tardó en desposarse con la bella dama y los dos empezaron una nueva vida de felicidad.
Yuri seguía sirviendo al zar como arquero y volvía a su hogar cansado y sucio. Su esposa le dijo un buen día que, si le daba doscientas monedas, ella haría que se multiplicasen para que no tuviera que trabajar tanto.
Yuri no dudó en pedir prestado el dinero y se lo dio a su esposa antes de irse a dormir.
Con el dinero, ella compró sedas y bordados y, mientras Yuri dormía, llamó a dos magos a los que les entregó los ricos hilos y les pidió que durante la noche tejieran la más maravillosa alfombra del mundo.
Así lo hicieron los magos.
Al día siguiente, cuando Yuri despertó, su esposa le entregó la alfombra para que la vendiera en el mercado. Todos se quedaron admirados de su belleza. Entonces pasó por allí el primer ministro del zar y la compró por ocho mil monedas. Yuri regresó a casa encantado y, después de pagar su deuda, le entregó el resto a su mujer.
Mientras, el ministro, que vivía con el zar, le enseñó a su rey la alfombra recién comprada.
Le explicó cómo la había conseguido y el zar se empeñó inmediatamente en ser el poseedor de otra alfombra aún más ricamente bordada y más bella que la que poseía su primer ministro.
-Si tu alfombra la ha hecho la mujer del arquero, ve a visitarla y dile que tendrá que hacer otra mejor para su zar; y que, a cambio, le daré por ella veinte mil monedas.
El primer ministro fue con la orden a casa del arquero, pero cuando vio la belleza de la mujer de Yuri se quedó sin habla y, sin poder pensar en otra cosa que no fuera ella, regresó al palacio del zar.
-¿Qué te sucede, que regresas con aspecto confundido y sin haber cumplido con la orden que te di? -le preguntó el zar.
El primer ministro le habló de la prodigiosa belleza de la mujer del arquero y el zar quiso conocerla. Al instante de tenerla ante su presencia, quedó deslumbrado y vivió obsesionado con hacer desaparecer a Yuri para poder casarse con su mujer.
Por eso encargó al primer ministro:
-Tú me hiciste contemplar la belleza de la esposa del arquero y ahora debes librarme de su esposo. Si no me sirves en esto, te mataré.
No sabiendo cómo cumplir la orden, el ministro decidió que debía pedir consejo a una bruja que vivía escondida en el bosque cercano. Seguro que a cambio de algunas riquezas, ella le ayudaría contra Yuri...
Efectivamente, la bruja le dio precisas indicaciones:
-Ve y dile al zar que en una isla perdida vive una cabra con alas de oro. Que apareje una nave vieja e insegura, que reúna una tripulación de picaros y vagos, y que obligue a Yuri a capitanear una expedición en busca de la cabra.
-Necesitará al menos tres años para encontrar la isla, mucho tiempo más para cazar a la cabra y... ¡Bah! Con semejante tripulación y un barco en mal estado, por valiente que sea Yuri seguro que naufraga y fallece en la inmen-sidad del océano. Así el zar podrá desposarse con su viuda cuando quiera.
Muy satisfecho con las palabras de la bruja, el primer ministro le contó al zar punto por punto sus consejos. El zar los siguió al pie de la letra y, en cuanto estuvo aparejada la nave, llamó a su arquero y le dijo:
-Te he elegido para la misión de encontrar la cabra con alas de oro. Sé que puedes conseguirlo, pero si te niegas... tendrás que irte para siempre de mi reino porque te advierto que todo mi ejército te seguirá hasta cortarte la cabeza.
Debes cumplir mis deseos.
Yuri no pudo negarse pero, cuando llegó a casa y le contó las órdenes del zar a su esposa, ella le dijo que no se preocupase.
Aquella noche, de nuevo gracias a la ayuda de los magos, consiguió que le trajeran la cabra de alas de oro. La escondió en un baúl y se la entregó a su esposo por la mañana.
Su plan era embarcar el baúl en el barco y partir a la misión como si nada hubiera pasado. Sólo unos días después regresaría victorioso y con el tesoro... ¡que ya llevaba de antemano al levar anclas!
Dicho y hecho. Antes de un mes, Yuri regresó a puerto.
¿Cómo te atreves a regresar sin haber cumplido tu misión? -preguntó el zar seguro de que Yuri no tenía la cabra.
-Señor -contestó él, no habría vuelto si no fuera porque sí la he cumplido. ¡En este cofre tenéis la cabra de alas de oro!
Al verla, el zar no tuvo más remedio que permitir a Yuri regresar a su casa. Después buscó a su primer ministro y le dio la orden directa de acabar con el arquero aquella misma noche.
-Córtale la cabeza con tu espada -le ordenó el zar.
Obediente y asustado, el primer ministro fue a casa de Yuri y, viendo que él estaba solo y dormido, desenvainó su espada. En ese momento entró por la ventana una tórtola, tomó con sus débiles garras al arquero y desapareció por donde había venido.
Cuando el primer ministro le contó lo sucedido al zar, éste publicó un bando en el que prometía una gran recompensa a quien fuera capaz de apresar a Yuri y a su esposa, que también había desaparecido de repente. Pero es que ella se había convertido de nuevo en tórtola para salvar a su querido esposo.
Por eso, cuando se alejó lo bastante, posó en el suelo al arquero y recobró su forma de mujer.
Ambos se abrazaron con alegría y ella se lo explicó:
-El zar te busca para darte muerte porque quiere casarse conmigo. Pero no te preocupes porque tengo un plan. Descansa, que yo te sacaré del apuro y seremos felices de nuevo.
Dicho esto, llamó a sus amigos los magos y les pidió que construyesen para ella un palacio.
Lo levantaron enfrente del castillo del zar, protegido con el ejército más poderoso que pueda imaginarse y, una vez alojados en él, lanzaron sus tropas contra las de su vecino caprichoso y cobarde. Así fue como el zar, junto a su primer ministro, tuvieron que huir de su tierra, que quedó en manos de aquella mujer maravillosa y del bueno de Yuri, que dejó de ser arquero para convertirse en rey.

999. anonimo leyenda

Una llamada en la noche

El rey Alfonso VIII de León había llegado a Oviedo y fue a orar a la iglesia del Salvador.
Al terminar se retiró a descansar.
Muy entrada la noche, una mano invisible llamó a las puertas de la catedral.
-¿Quién es? -preguntaron desde dentro.
No se veía a nadie, ni nadie contestaba, pero el aldabón de la portada seguía sonando. El propio obispo se acercó desde su palacio y preguntó:
-¿Quién toca?
De pronto, de entre las sombras surgieron dos voces que respondieron a la pregunta.
-Somos Fernán González y Rodrigo Díaz de Vivar -respondieron dos hombres.
El obispo, maravillado, recordó a estos dos héroes muertos.
Venimos a advertir al rey de que dentro de tres días librará un gran batalla contra los moros en las Navas de Tolosa. Decidle que nosotros le ayudaremos. Las sombras desaparecieron y, efectiva-mente, tres días después tuvo lugar la batalla que el ejército del rey ganó con ayuda de dos caballeros misteriosos vestidos de blanco.

999. anonimo leyenda

San estanislao y el lobo

Hace mucho vivía en Polonia un santo varón llamado Estanislao. Amaba a los animales y se comunicaba con ellos, por eso un lobo se acercó a él para preguntarle si podía comer carne humana. Estanislao le contestó que no, pero viendo la insistencia del lobo prefirió ser por una vez más listo que el animal y le dijo que, en todo caso, debía comer carne de herrero y sólo de herrero, y no de mujer ni de niño ni de viejo, porque cualquier otra carne humana sería fatal para su salud. Así que el lobo se quedó con el aviso.
Oculto, el lobo esperó a que pasara por allí el herrero. Pronto su olfato le indicó que se acercaba su presa y saltó ante él con intención de atacarlo. Pero el herrero le pidió que antes de darle un bocado le permitiese asearse, pues venía muy sucio de la fragua y seguro que sabría mal. El lobo consintió y el hombre se alejó hasta un arroyo. Allí cortó una rama gruesa que escondió bajo su ropa y entonces, haciéndose el desvalido, regresó hasta donde le esperaba el lobo.
Justo cuando el lobo le iba a dar un bocado, el herrero le pidió que le dejara secarse el pelo, y en cuanto el lobo consintió, el hombre sacó el palo de entre su ropaje y se lió a garrotazos con el animal hasta que lo dejó moribundo. Entonces pasó por allí San Estanislao que preguntó al lobo si pensaba repetir su intento de probar la carne humana, a lo que el animal contestó que, en adelante, preferiría la carne de cordero.

999. anonimo leyenda

Sabiduria en el gobierno

Cierto día, el sultán Hafid se reunió con sus consejeros.
-Todo va bien -dijo Zarat, el jefe de policía. Muchas comarcas luchan entre sí, pero la nación prospera porque parece que aquí las gallinas ponen huevos de oro.
El sultán no daba crédito y quiso saber más.
-En el mercado cada vendedor pide un cequí por un huevo, así que una humilde gallina gana muchos cequíes...
-Donde las gallinas ganan dinero fácil -sentenció el sabio Yusuf, que estaba en la reunión, las gentes suelen vivir mal.
Pero el sultán no le prestó atención...
El sultán se sintió feliz, salió a sus jardines y decidió recompensar de una u otra manera a todo el que se encontraba a su paso.
Así llegó al pabellón retirado del sabio Yusuf.
Recordando su comentario, retrocedió al verle:
-Los sabios sólo me gustan de lejos; de cerca nunca sé qué deciros.
Y es que, realmente, el sultán sabía que la inteligencia del sabio era superior.
-Ni siquiera el dinero os atrae -añadió el sultán.
-¡Una docena de huevos será bienvenida!
-¿Te bastará?
-Es necesario comer -dijo el sabio.
-¡Al diablo con lo que dijo el maldito
Zarat! -gritó de pronto el sultán.
Y es que estaba obsesionado:
-Sólo pienso que me he convertido en un ave y grito: «¡Quiquiriquí, un cequí! ».
Indignado, el sultán se fue de la casa del sabio y se olvidó de darle la docena de huevos.
Tras volver a palacio y meditar unas horas, decidió convocar de nuevo al consejo para explicarles sus conclusiones.
-¡Zarat me mintió! -chilló el sultán en la reunión. De lo contrario, los filósofos no pasarían hambre. Debemos hacer algo.
Zarat, para defenderse, dijo que el hecho de que los huevos fueran tan caros era culpa de los granjeros y había que castigarles.
Se talaron siete bosques para, con las varas de sus ramas, azotar a los campesinos del reino propietarios de gallinas.
Pero los huevos se encarecieron aún más porque los campesinos comenzaron a pedir «un cequí por el huevo y otro por el castigo».
Entretanto, el sabio Yusuf permanecía en su pabellón, desfallecido de hambre.
-El remedio de Zarat no sirve -dijo el sultán.
El sabio Yusuf, con sus últimas fuerzas, le explicó por qué no había dado, resultado el plan del castigo...
Has castigado a quien no debías...
El sultán entendió que debía castigar a quienes despilfarraban su dinero en los mercados. Pero el precio de los huevos subió aún más. Volvió a reunir al consejo y Zarat le dijo que las culpables eran las gallinas, así que las mandó matar.
Al ver que tampoco había huevos, comprendió su error: había castigado a todos menos al auténtico culpable, Zarat, un hombre que disfrutaba castigando y mintiendo.

999. anonimo leyenda

Perico y paloma

En la ciudad de Palos de Moguer la gente de antaño era tan pacífica como testaruda.
Perico, el sacristán, se había casado con una dulce joven llamada Paloma y todo iba bien hasta que amaneció un domingo fatal...
Perico encontró una mancha en la camisa que iba a ponerse y Paloma, a su vez, encontró roto su abanico favorito. Ambos se culparon mutuamente y se pelearon.
Por la tarde, Perico rompió sin querer una figurita de porcelana y su mujer de nuevo le increpo y la pelea casi les llevó a las manos.
Continuó el día y, por la noche, Paloma observó un cabello en el ropaje de su marido. Se echó a llorar pensando que era de otra mujer... y de nuevo comenzaron otra discusión. Ofendida, fue a ver a la alguacila, que era su madrina y, como el marido de ésta decidió defender al sacristán, también ellos se pelearon.
La alguacila y Paloma, ofendidísimas, fuero a casa del escribano para denunciar a sus maridos. Como la escribana defendiera a las mujeres, el marido se puso del lado de los hombres y se atrevió a abofetear a su mujer.
Más enfadadas aún, las tres fueron a ver a la alcaldesa...
Y así fueron uniéndose al mismo grupo todas las mujeres casadas de aquella ciudad.
Las autoridades de Palos de Moguer tuvieron que intervenir para frenar esta locura, que había llevado a enfrentarse a todos los matrimonios. Así las cosas, entró en la ciudad un destacamento de caballería.
El grupo de los maridos, viéndose agredido por el ejército, se armó con todo lo que pudo. A su vez las esposas, viendo que los sol-dados se inmiscuían, lucieron causa común con sus maridos y hos-tigaron también a quienes habían venido a poner orden.
Allí los únicos que salieron perdiendo fuero los soldados, pues recibieron palos de todos.
Curiosamente, duró años el recuerdo de aquel acontecimiento y, en cada aniversario, se reavivaban las rencillas. Hasta que un buen día, cierto sabio llegado de nadie sabe dónde consiguió conciliarlos convenciendo a todos de que el agua del río Tinto tenía la facultad de pacificar a los hombres que solían agredir a sus mujeres, y de acallar las quejas de las esposas más contestonas.

999. anonimo leyenda