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sábado, 8 de septiembre de 2012

La dama de arintero

Fue en el último tercio del siglo XV cuando ocurrieron los hechos que aquí se relatan.
Un día llegó al pueblo un heraldo de los recientemente casados Isabel y Fernando trayendo el mandato real de que cada casa aportara un guerrero para luchar contra el ejército usurpador de Alfonso V, rey de Portugal, y Juana la Beltraneja. En seguida, los testigos del comunicado se dirigen a sus hogares a contar la noticia.
A la casa de don García, hijodalgo de Arintero y hombre de gran honor y lealtad al trono, llega una de sus siete hijas a la que interroga con premura. Y la hija le comunicó la noticia. Ni él podía ir a luchar para sus reyes, ni tenía un hijo varón al que mandar, lo cual le originaba un hondo pesar y le hacía lamentarse a todas horas.
Hasta que un día, Juana, la hija mediana, se levantó harta de tanta lamentación y dijo:
-Padre, no culpe usted a mi madre pues si alguien tuviera la culpa serían los dos. Pero no sufra más; deme armas y caballo que yo me haré pasar por un muchacho y lucharé por el honor de la familia como el más bravo guerrero.
Y al final su padre accedió.
Al principio, las cosas no fueron fáciles. Pero, en poco tiempo, Juana comenzó a hacerse con las armas; y pronto se convirtió en hábil espadachina. Sus brazos se tornaron fibrosos y su tez se endureció. El resto lo hizo su ingenio.
Por fin llegó la mañana de la partida. La dama de Arintero, convertida ahora en el caballero Oliveros, cabalgó durante varias jornadas al encuentro del ejército de los Reyes Católicos y con ellos se reunió en las puertas de Zamora, ciudad que estaba de parte de su contrincante La Beltraneja. En seguida se dirigió a alistarse y rápidamente se adaptó a convivir con hombres y actuar como ellos.
Y llegaron los tiempos de guerra. Y al cabo de varios meses de asedio, la ciudad no tuvo más remedio que rendirse a los pies del justo rey Fernando. Durante las hostilidades, el caballero Oliveros se ganó el respeto y la admiración de todos por su coraje y entrega en la batalla.
Tras la victoria se dirigieron hacia Toro, pues allí se había hecho fuerte el último batallón del ejército enemigo. Lo encontraron poco antes de llegar a Toro, en Peleagonzalo, y en cuanto formaron filas entraron a la carga. Aquél fue un día de mucho calor, y Juana prescindió de su coraza.
Comenzó la batalla y la dama de Arintero mostró enorme valentía e incluso temeridad. Pero una violenta lanzada le rompió su jubón dejando al descubierto un pecho, y su secreto.
Al final vencieron los Reyes Católicos y, tras el combate, el rey, enterado de la presencia de una mujer en sus filas, la mandó llamar a su tienda. Juana le explicó el porqué de su presencia allí, y el rey le dijo que le concedería lo que pidiera; Juana le pidió libertad, pero el rey le dijo que ese derecho ya lo tenía. Entonces Juana dijo:
-En ese caso, señor, hay algo que me gustaría pediros. Mi tierra os sirve tan generosamente que se está quedando sin varones y tiene que enviar a sus mujeres a la guerra. No consintáis que se despueble y libradla de los azotes de la guerra. No os pido que la libréis de los justos tributos de dinero; libradla de los tributos de sangre; haced que todos sus naturales sean hijosdalgo, y ello engrandecerá el reino.
El rey se lo concedió.
Con los privilegios en mano firmados por el rey, la dama de Arintero se dirigió a su casa, mientras la reina Isabel le dijo al rey que tenían que actuar con prudencia en esos tiempos con respecto a los privilegios que le había concedido a la dama de Arintero
En tres días llegó a La Cándana, a 20 km de Arintero, donde se dispuso a pasar la última noche del viaje en casa de unos parientes. Nada más entrar en el pueblo, al encontrar escenas de la vida cotidiana de su comarca, se sintió entre los suyos. Se dirigió a casa de sus tíos donde pasaría la noche y les enseñó los derechos concedidos por el rey. Pero en ese momento le comunicaron que unos soldados la buscaban al parecer con malas intenciones. Entregó a su pariente el documento con los privilegios reales, rogándole que se lo diese a su padre, pues él sabría dónde guardarlo. Ella sabía que los soldados venían a por ese documento, y se dispuso a luchar contra los rufianes. Y luego abrió la puerta.
A partir de ahí nadie sabe con certeza lo que ocurrió. Hay quien canta su valerosa muerte, y no faltan los que dicen que escapó y posteriormente contrajo matrimonio con un noble asturiano. Lo que sí es cierto es que cumplió su misión, como lo atestigua un escudo que aún se encuentra en Arintero con esta inscripción:

Si queréis saber quién es
este valiente guerrero,
quitad las armas, y veréis
ser la dama de Arintero.
Conoced los de Arintero
vuestra dama tan hermosa,
pues que como caballero
con su rey fue valerosa.

058. anonimo (castilla y leon)

El lago de sanabria

Lo que son retamas y cerezales, lo fueron siempre, pero lo que ahora es el lago de Sanabria dicen que fue Villaverde de Lucerna. Una aldea a la que llegó un pobre pidiendo. Ninguna puerta se le abrió y nadie le dio limosna. En la última casa a la que se acercó, unas mujeres estaban cociendo pan en el horno. «Si espera un poco -le dijeron, le daremos una hogaza caliente» Fue entonces cuando, al echar una pella de masa, ésta se puso a crecer hasta llenar el horno. Hubo que partir la enorme hogaza para sacarla y poderle dar un pedazo al pobre.
Cuando el pobre recibió el pan, advirtió a las mujeres que abandonaran el pueblo, que lo iba a inundar. Ellas rieron sin creerle hasta que vieron que el mendigo clavaba su bastón en el suelo a la vez que decía: «Aquí clavo mi bastón, que salga un gargallón de agua».
Y todo quedó inundado menos la casa del horno. Y todas las gentes se ahogaron menos las panaderas.
A partir de entonces, sólo el que estaba en gracia, persona o animal, el día de San Juan podía oír las campanas que se encontraban en el fondo del lago.
Y ocurrió mucho tiempo después que dos bueyes escaparon de la arada y entraron en el lago en busca de las campanas. Redondo, que iba por el fondo, logró sacar una, pero Bragao, que no había podido mamar ese día porque habían ordeñado a su madre, se hundió con la campana que arrastraba. Las campanas se despidieron diciendo: «Tú te vas, Verdosa, y yo me quedo, Bamba. Y, en lo que dure el mundo, jamás seré sacada».
Verdosa cuelga de la iglesia de Vigo de Sanabria y se pone boca arriba para espantar las tormentas. Si uno está en gracia, puede oír la campana que permanece en el fondo el día de San Juan. Guarda silencio Villaverde de Lucerna bajo el agua que ahora es un espejo generoso.

058. anonimo (castilla y leon)

El jardín de los almendros en flor

El caminante y admirador de las viejas villas históricas, ha de llegarse a Yanguas, villa de solera hidalga y tradición ganadera, situada en el nacimiento del río Cidacos. La circundan Monterreal, el Cayo del puerto de Oncala y los altos picos de San Pedro Manrique. La población conserva su castillo, sus murallas y sus palacios señoriales. Hay que pasar una noche en Yanguas para disfrutar de su sosiego y oír el toque de su campana de queda. Qué sublime emoción estar en Yanguas a la hora de queda en la tranquila paz de su ambiente saturado de rumores felices. Cada campanada, como hace mil años, vibra entre el cielo y la tierra en su atmósfera transparente como aldabonazo que invita a la oración. Felices aquellos tiempos que a las nueve en invierno y a las diez en verano, treinta y tres campanadas pausadas anunciaban la hora de queda en el anochecido silencio. Se cerraban las puertas de la villa y los centinelas alerta vigilaban el apacible sueño de los moradores del caserío.
Todavía, al oír el toque de la campana de queda, los yangüeses recuerdan el poético escenario del jardín de los almendros en flor. La patética leyenda de un acontecimiento romántico y caritativo, cuya tradición se conserva en gracia de una súplica femenina que enterneció el corazón de un guerrero. La maravilla del poder sugestivo de la belleza de una dama que intercedió caritativa por salvar la vida de un semejante.
Ocurrió en aquellos azarosos tiempos de las guerras civiles del siglo XIX, cuando España dividida en dos bandos contendientes dilucidaba con las armas en la mano, cuál de las dos ramas dinás-ticas tenía derecho a la corona.
Una señora de noble linaje hallábase con sus hijos en el jardín de su casa solariega, situada entre la puerta principal de la villa y la iglesia mayor. Era un jardín encantador bajo el cielo de purísimo azul, cercado de robustas paredes de piedra, que tenía un rústico cenador rodeado de enebros enanos, recoletos rincones adornados de rosales y lilas, románticos paseos, alineados por setos de zarzamoras y árboles frutales, y defendidos de los vientos del norte por una fila de almendros en flor que exhalaban sus delicados perfumes como regalos sobrenaturales. Parecía haberse transportado a este lugar un trozo del paraíso.
Cuando empezaba a anochecer, la noble dama se sentó con sus hijos en torno a la mesa del cenador. Sus sirvientes llegaron con la merienda. Una gran preocupación entristecía su rostro maternal. Miraba a sus hijos y pedía a Dios de todo corazón que su esposo y dueño salvara la vida en la guerra entablada a sangre y fuego.
Repartió la merienda a sus hijos y el eco gozoso de su aleteo mitigó un tanto la pena que le afligía. Pero un sobresalto vino a sobrecogerla. Al terminar de oír el toque del Ángelus, la misma campana empezó a voltear a rebato. Griterío de gente, voces de alarma de los centinelas. Estampidos de los cañones del castillo. Galopar de caballos por las calles. Semejante turbamulta la sumergió en un profundo pavor. Cobijó a sus hijos bajo su manto, que lloraban angustiados, y pidió amparo a la Divina Providencia.
Era que el jefe de un escuadrón, acompañado de su escolta, había entrado por la puerta principal junto a su casa. Se asomó a ver si conocía de qué bando eran los guerreros, y el jefe de los mismos, al contemplar la cara de pánico de la dama, la interrogó:
-¿Qué deseáis de mí, noble dama yangüesa?
-Me figuro que vais a dar muerte a ese prisionero que lleváis escoltado y os imploro piedad para él.
-Es un traidor a nuestra causa y ha sido sentenciado a la última pena.
El recuerdo de su esposo en el frente de guerra vino a la imaginación de la señora atribulada. Quizá su marido pudiera caer del mismo modo, en manos de los contrarios. Olvidó su alcurnia, cogió de la mano a sus tiernos hijos, se humilló ante el guerrero y le dijo:
-Mi esposo, padre de estos niños, lucha como vos por la misma causa de nuestro rey. Os ruego, en su nombre, que perdonéis la vida al prisionero que vais a ejecutar.
El jefe del escuadrón se quedó confuso ante las emocionadas palabras que había escuchado. Reflexionó unos instantes, suplicó a la señora se levantara del suelo, le besó la mano, acarició a los niños y dio orden a su escolta:
-Desatad al prisionero.
La intercesora le dio las gracias con los ojos arrasados de lágrimas de reconocimiento.
-Por ella salvas la vida -le dijo el cautivo, poniéndose en libertad.
-Gracias, señora -exclamó el liberado. Mis hijos os agradecerán eternamente vuestra gentileza.
Luego besó el manto de la dama y quedó bajo su amparo. Se despidió de la hermosa yangüesa como si fuera una reina y, ocultando su emoción, se alejó del lugar.
Desde que aconteció este suceso, el jardín de la casa se llama el Jardín de la Señora o jardín de los Almendros en Flor. Actualmente, tiene descas-carilladas sus cercas y marchita la vegetación, pero en las noches claras de luna, entre sus tapias mohosas se siente palpitar el hálito espiritual de aquella mujer caritativa, que salvó la vida de un semejante.

058. anonimo (castilla y leon)

El acueducto de segovia

Cuenta una leyenda segoviana que en una ocasión, una muchacha que acarrea a un gran cántaro de agua hacia su casa exclamó con fastidio: «Daría cualquier cosa porque el agua llegase sola a las puertas de la ciudad y así no tener que volver nunca a recorrer este camino».
Nada más pronunciar estas palabras, escuchó a su espalda una voz melodiosa que le preguntaba si de verdad estaría dispuesta a dar cualquier cosa a cambio de no tener que volver a realizar aquella labor. Al escuchar esta pregunta la joven se dio la vuelta sumamente sorprendida, ya que habría jurado que el camino estaba desierto y nadie la seguía. Pero no, allí estaba, salido de no se sabe bien dónde, un elegante señor de edad indefinida, poseedor de un fino bigote y una extraña perilla puntiaguda.
La muchacha, una vez repuesta de su impresión inicial, respondió que sí, efectivamente daría lo que fuese, pero por desgracia era pobre y no tenía nada que dar. El desconocido replicó que aunque ella no lo supiera poseía algo precioso y de incalculable valor: su alma. ¿Estaría de acuerdo aquella amable jovencita en darle su alma a cambio de que él hiciera que el agua llegase hasta cerca de su casa?
La muchacha, que era un poco descreída, respondió que, puesto que el alma no le servía para nada, se la entregaría encantada. Pero como la sonrisa socarrona de aquel personaje comenzaba a inquietarla, decidió añadir una condición que pensó le sería imposible de cumplir, y que consistía en que para que el trato se cumpliera el agua tendría ya que desembocar cerca de su casa antes de que el gallo cantase a la mañana siguiente. Y el caballero accedió, y tras estrechar la mano de la joven, desapareció. O, a decir verdad, se desvaneció en el aire.
Cogió la moza el cántaro de agua y continuó su camino, dudando de si lo que acababa de sucederle había sido una fantasía o había sucedido en realidad. Durante el resto del día intentó no pensar más en ello, pues, real o no, la conversación que había tenido con aquel señor se le antojaba completamente absurda.
De noche, mientras dormía en su cama, se desató una terrible tormenta que le hizo despertarse aterrorizada. Salió a la calle, esperando encontrar allí a sus vecinos, desvelados como ella por aquellos excepcionales truenos y relámpagos. Pero no había nadie. Todas las puertas estaban cerradas y ninguna luz iluminaba las ventanas. El resto de la ciudad dormía como presa de un encanta-miento.
Más allá de la ciudad, en dirección al lejano manantial de agua, un resplandor iluminaba el cielo. La muchacha se dirigió hacia allí, y al llegar a la última casa pudo ver en el pequeño valle que separaba la loma donde se asentaba la ciudad y colina de enfrente a aquel extraño con el que había hablado la mañana anterior. Estaba envuelto en llamas, y volaba a una velocidad asombrosa de un sitio a otro moviendo unos grandes bloques de piedra que apilaba formando lo que parecían ser los pilares de una gran estructura. La muchacha comprendió con horror que aquel hombre era el Diablo, y estaba construyendo un conducto que llevaría el agua hasta Segovia. Algunos dicen que entonces la muchacha rezó arrepentida rogando a Dios que le ayudara a conservar su alma, y que los poderes celestiales escucharon su plegaria e hicieron que aquel día amaneciera más temprano, de tal manera que el Diablo no pudo terminar su obra antes del plazo pactado.
Pero otros afirman que fue la astucia de la joven la que salvó su alma, pues al ver que el Diablo estaba a punto de acabar regresó corriendo a casa, encendió una vela y se dirigió con ella al gallinero de sus vecinos. Al acercar la vela a una de sus ventanas, el gallo despertó y, como pensó que estaba amaneciendo, comenzó a cantar con todas sus fuerzas.
El Diablo escuchó sorprendido el canto del gallo. Estaba seguro de que aún faltaba mucho para el amanecer, y, por poco, no había terminado el acueducto que había decidido construir. Apenas le faltaba una piedra. Sin embargo, los términos del contrato estaban claros, así que, resignado, se marchó con las manos vacías de vuelta al infierno. Atrás dejó un magnífico acueducto que cientos de años después aún sigue en pie.

058. anonimo (castilla y leon)

Los amores de la bella aixa

Hace muchos, muchos años, en la ciudad de Guadalajara, que por entonces era más pequeña, y se llamaba Wad-al-Hayara, la mayoría de sus moradores eran mahometanos y estaba rodeada de murallas. Para evitar que los enemigos que venían del norte se adentraran por sus calles y lo destrozaran todo, vivía al cargo de las llaves de las puertas de la ciudad un moro viejo y respetable llamado Alí, que tenía el cargo de alamín, es decir, de guardián de las puertas y los puentes. Residía Alí en el gran torreón que vigilaba el puente sobre el arroyo que descendía desde los altos del sotillo. Y con él vivía su única hija, llamada Aixa, que era bella y joven. La muchacha acudía todos los días por la tarde con sus cántaros a coger el agua de una fuente cercana, que quedaba fuera de las murallas.
Un día la vio pasar un capitán cristiano de los que merodeaban por la zona y se enamoró de ella. Este capitán se llamaba don Millán y montaba siempre un caballo pardo. Como Aixa era tan bella, también se enamoró de ella un criado del valí de la ciudad, y este joven mahometano se dedicaba a seguirla con la mirada. En cambio, el caballero cristiano un día se acercó a la joven Aixa y le declaró su amor, consiguiendo de ella que además se hiciera cristiana y acudiera a los ritos que los mozárabes de la ciudad celebraban en una iglesia llamada Santo Tomé que había al otro lado de la ciudad y que hoy se conoce como el santuario de la Virgen de la Antigua.
Don Millán tenía pensado ayudar a su general, don Alvar Fáñez de Minaya, a conquistar la ciudad de Wad-al-Hayara. Para ello, había conseguido convencer a Aixa de que le diera una copia de las llaves de las puertas de la ciudad impresas en cera, para que él pudiera hacer copias y una noche abrir las puertas y permitir que entrara en la ciudad el ejército cristiano.
Así pues, una tarde Aixa bajó a por agua y se encontró con don Millán, y tras su habitual coloquio amoroso, la joven entregó al caballero las copias de las llaves de la ciudad. Pero, como el enamorado criado del valí la seguía a todas partes, contempló furioso el furtivo encuentro y sin dudarlo sacó una flecha de su carcaj, la apuntó en el arco y la disparó al caballero Millán, pero con tan mala suerte, que en ese instante Aixa se movió levemente y la flecha se clavó en su corazón y cayó muerta al instante.
Asustado, el caballero echó a correr en su caballo, y el criado, con el alma rota, no dudó en ahorcarse allí mismo.
Ya entrada la noche, al ver que Aixa no regresaba al torreón, su padre llamó a los vecinos y emprendieron la búsqueda, hasta que la encontraron muerta de un flechazo, y a su enamorado moro, ahorcado cerca de ella. Todo fueron consternación y lloros, todo un inmenso dolor, al que se sumó, a la mañana siguiente, la impresión cruel de ver que los cristianos se habían apoderado de la ciudad, pues habían entrado sigilosamente durante la noche gracias a la copia de las llaves que Aixa había entregado al capitán. Alvar Fáñez ocupó la ciudad, y don Millán, roto de dolor también, se fue de allí

102. anonimo (castilla la mancha)

La cruz del diablo

Un buen hombre, padre de muchos hijos, pequeños todavía, tenía un mísero jornal, con el que apenas podía atender a las necesidades de su casa. El pobre hombre trabajaba sin descanso de sol a sol, y apenas llevaba a casa lo indispensable para el sustento de él y de los suyos. En su pobre choza se albergaban el hambre y el frío.
Cierto día que necesitaba dinero para comprar unas herramientas de trabajo, fue al pueblo vecino a pedir un préstamo a un amigo. Se lo negó, y el hombre volvía por el camino, lleno de pesar. En su desesperación, llamó al Diablo en su ayuda, y a los pocos pasos notó que le invadía un pesado sueño que le impedía caminar. Se acostó al borde del camino y se durmió. Al despertar encontró que tenía una bolsa llena de monedas de oro. Loco de alegría, empezó a contarlas. ¡Había cientos de ellas! ¡Una verdadera fortuna! ¡Él y sus hijos iban a ser ricos! Al fondo de la bolsa encontró un papel escrito citándole en aquel mismo sitio para dentro de tres años. Feliz, se marchó a casa con su dinero. Fue acogido por su familia con grandes gritos de alegría. ¡Se acabó el hambre para todos!
Al cabo de tres años dedicados a disfrutar y gastar, llegó el día indicado y acudió a la cita. Se sentó en el mismo lugar y esperó; sintió que le volvía aquel mismo sueño y se tumbó a dormir. Al despertar, vio junto a él a un hombre horrendo; aquel rostro infundía pavor. Le sonreía con una boca infernal y le decía:
-Soy tu amigo el Diablo.
El hombre dio un grito e intentó huir, diciendo:
-Déjame, yo no quiero nada contigo.
Pero el Diablo le alcanzó y, agarrándole con una mano férrea, le dejó convertido en estatua de piedra.
Al día siguiente todos los vecinos del pueblo acudieron, sobrecogidos, a contemplar la obra del maligno, y durante mucho tiempo sirvió de lección para los impíos.
Hasta que un día un sacerdote mandó tallar una cruz sobre la estatua.

102. anonimo (castilla la mancha)

La conversión de sara

En la calle del Lirio, dentro de la aljama ciudad realeña, vivía el rico judío Efraín con su hija Sara. Ésta era de gran belleza y hermosura y tenía unos atractivos y penetrantes ojos.
Su padre era un conocido e importante comerciante que ejercía su oficio en las tiendas del Alcaná.
Efraín fue detenido y juzgado por la Santa Inquisición, acusado de hereje por practicar cultos y oraciones judaicas. Estuvo largo tiempo encerrado en un calabozo, y allí murió víctima de las tormentosas prácticas que empleaba la Inquisición en sus investigaciones.
Sara, su única hija, quedó por tanto huérfana y desolada. Pero ni el sufrimiento ni la soledad que soportó la joven judía por la muerte de su padre consiguieron deslucir su natural belleza.
Un día iba Sara por la calle a paso rápido hacia su casa, cuando se cruzó con un joven cristiano, hijo de familia noble e ilustre de esta ciudad, llamado Francisco Poblete. Era capitán de los Cuadrilleros de la Santa Hermandad. Al verla, Francisco quedó prendado de sus hechiceros ojos y de su inigualable belleza.
Después de varios intentos, una tarde el capitán Poblete consiguió hablar con Sara, y desde ese momento ambos quedaron cegados por la pasión amorosa. Así pues, todos los días, bien entrada la noche, Poblete iba a visitar a la hermosa hebrea, y lo hacía clandestinamente debido al peligro que corría un buen cristiano a esas horas de la noche, deambulando por las calles de la judería.
Una noche y otra sin faltar ninguna, los amantes se veían a solas, evitando ser descubiertos y poniendo todo el celo en no levantar sospechas, pues eran conscientes del peligro que uno y otro corrían si su relación llegaba a conocimiento de la Inquisición. Serían juzgados, uno por hereje y el otro por cómplice. Pero, a pesar de todos sus esfuerzos, pronto por el barrio de la judería empezaron a circular rumores sobre las visitas que el capitán Poblete efectuaba a la casa de la judía. Aun así, su amor no se vio debilitado y las visitas nocturnas se siguieron efectuando.
A toda costa quiso el capitán que su amante se hiciera cristiana, pero a pesar de sus ruegos no pudo conseguirlo. Por más que insistía haciéndole ver que era la única forma de poder sobrevivir y forma-lizar su relación, Sara una y otra vez le respondía que profesaba la fe que le enseñaron sus padres, pues en ella la educaron, y le decía que estaba dispuesta a complacerle en todos sus anhelos, menos en el de renunciar a su religión, sobre todo pensando que a su padre lo habían matado por defenderla.
Sara, que en belleza y hermosura rivalizaba con las flores, continuaba cada vez más enamorada, y de la misma forma era correspondida por Poblete, pero no había coincidencia religiosa entre el convencido cristiano y la bella judía.
Convencido de los buenos principios de su amor, Francisco Poblete se encomendó a Nuestro Padre Jesús Nazareno, que recibía culto en el Convento de los Dominicos del Compás de Santo Domingo, para que intercediese en la conversión de Sara. El convento se había construido sobre el solar donde antes estuvo la Sinagoga Mayor judía y a escasos metros de la vivienda de su amada.
Un buen día, llegó a la ciudad la noticia de que la Santa Herman-dad era llamada por el rey para que sus cuadrilleros acudieran a la frontera con Andalucía a sumarse a las tropas reales en su lucha contra los musulmanes. La noticia cayó como un jarro de agua fría sobre los amantes. El capitán Poblete debía partir junto con el resto de cuadrilleros en auxilio del rey. Quedó Sara llorando sobre la reja de la calle del Lirio y con el alma desolada y hecha pedazos.
Al despedirse, el capitán le prometió que la llevaría siempre en su pensamiento y le dijo que, al volver, le gustaría verla cristiana. Y, para que la protegiera en los malos momentos, le dio una estampa con la efigie de Jesús Nazareno, diciéndole que le rezara y lo tuviera siempre junto a ella, que a buen seguro le ayudaría a superar aquellos días de ausencia. Del mismo modo, antes de marchar al frente, le confesó a su madre los amores que mantenía con Sara y cuáles eran sus intenciones, a la vez que le pidió que acudiera con frecuencia a visitarla y que cuidara de ella.
Desde el mismo momento en que Poblete partió, Sara se sumergió en una profunda soledad, la tristeza se adueñó de ella y su salud se fue deteriorando progresivamente. La madre del capitán, que la visitaba a diario, la consolaba y cuidaba dándole ánimos.
Pasaron varios meses y Sara no tuvo noticias del joven cristiano. Cada vez su salud era más precaria. Los días se le hacían inter-minables, el temor a haber sido olvidada por el capitán la hundía más si cabe, sus ilusiones de volver a verlo junto a la reja de su casa se desvanecían. Para Sara la vida sin Poblete ya no tenía sentido. Llegó a pensar en hacer conjuros judaicos para que Poblete volviese a su lado, pero desistió y apeló a aquella imagen del Nazareno que el capitán le había regalado y que ella guardaba celosamente junto a su pecho, rezándole por su regreso.
Un día, Sara manifestó a la madre de su prometido que presentía la muerte y que si ésta llegaba sin ver a su hijo, le rogaba hiciese el favor de comunicarle que ella moría con el pensamiento puesto en él y que por verlo le había rezado a su Señor Jesús.
En la primaveral noche del Jueves Santo, la procesión de Jesús Nazareno salió del Convento de Santo Domingo situado en la calle del Compás, muy próximo a la vivienda donde agonizaba la desolada hebrea. Cuando pasaba a la altura de la ventana enrejada por donde Sara se asomaba a ver si venía su amante, la venerada imagen de Jesús se detuvo y, por más intentos que hicieron los que la llevaban a hombros, no pudieron arrancarla de aquel sitio. Sara, al mirar y ver a través de su ventana la imagen de Jesús Nazareno, sacó fuerzas de flaqueza, se hincó de rodillas, y mirándole a la cara le rezó prometiéndole, que como cristiana que ya era, si Francisco Poblete volvía a su lado, unirían sus manos en matrimonio allí en Santo Domingo, a los pies de su imagen. Al terminar de rezar ante la imagen del Nazareno, de lo más profundo de su ser exhaló un suspiro y murió.
La imagen de Jesús Nazareno empezó a caminar lentamente alejándose de la reja de la casa donde la bella hebrea Sara había vivido, amado, se había convertido y había muerto. Cuando la madre del capitán de Cuadrilleros envió la noticia a su hijo de que Sara había muerto de amor y convertida al cristianismo, él sintió que algo en su interior también moría, y a los pocos días, en un duro combate con el ejército musulmán, encontró la muerte.
Desde entonces cuenta la tradición que durante muchos años en Ciudad Real no se hablaba de otra cosa sino de la conversión de la bella judía ante Jesús Nazareno, y de la parada de la imagen en la ventana donde agonizaba Sara.

102. anonimo (castilla la mancha)