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jueves, 6 de septiembre de 2012

La torre de la malmuerta

Vivía en Córdoba, allá por el siglo XV, un noble ca­ballero, muy considerado por sus brillantes hazañas de guerra y por su noble porte, a quien el amor había uni­do en matrimonio con una dama de su alcurnia. Vi­vían con relativa opulencia en un pequeño palacete, ser­vidos por criados y doncellas, y en aparente felicidad.
Pasaron los años sin que ningún acontecimiento no­table viniese a perturbar la paz de aquella casa, hasta que un día un caballero desconocido, que se había pren­dado de la belleza de la dama, tuvo la osadía de decla­rarle su amor.
La infiel esposa se fingió en un principio muy reca­tada, por miedo a que trascendiera su aventura pero, poco a poco, cade vez más enamorada de su amante, se dejó vencer por la pasión y se entregó a su amor, llegando incluso a darle entrada en su propia casa.
En el mayor secreto y con toda la discreción posi­ble, trans-currieron aquellas relaciones algún tiempo, hasta que un día ocurrió lo que no podía por menos de suceder, aunque los amantes no lo hubieran previs­to. Estaban los dos, en ausencia del esposo, dentro del palacete, cuando de improviso se presentó el marido y les sorprendió en flagrante adulterio. Grande fue el asombro y el terror de los enamorados cuando el no­ble caballero se presentó ante ellos, y mucho mayor fue el perplejo dolor de éste al ver deshonrado su hogar y su nombre por aquel intruso, a cuyo amor corres­pondía su propia mujer, sin que él hubiera sido capaz de sospecharlo.
Ciego de ira y de dolor, desenvainó su espada y de un certero golpe atravesó el pecho del infame que, mor­talmente herido, se desplomó en el suelo. Acto segui­do, y sin que su mujer tuviera tiempo para huir, hun­dió la espada ensangrentada en el cuerpo de la infiel, que, exhalando un grito de agonía, cayó muerta sobre el cuerpo de su amante.
No consideró el caballero que con aquellas dos muer­tes quedaba ya salvado su honor, sino que cada vez más encolerizado y dolorido, al comprender que aquellas paredes de su casa habían visto y callado su propio des­honor, decidió hacer desaparecer todo cuanto se ha­bía encerrado en ellas. Corrió, en primer término, en busca de los criados y las doncellas, y uno a uno les fue dando muerte. Las carreras y los gritos llenaron durante algunos momentos los hasta entonces silencio­sos ámbitos del palacete. Unos instantes después, la ca­sa quedaba de nuevo sumida en sepulcral silencio.
El caballero se sentó jadeante en una silla y dejó caer sin fuerzas su espada. A su alrededor, un montón de ensangrentados cadáveres de doncellas y criados yacían con las miradas desorbitadas, contemplando con ges­to de horror un punto fijo de la habitación.
Inútil fue que el caballero, ya vuelto en sí, huyera de allí. Al otro día, toda la ciudad de Córdoba cono­cía la horrible noticia y hasta el mismo rey se vio obli­gado a intervenir en el trágico suceso. Llamó a su pre­sencia al caballero y supo por él la mala acción de su mujer. Aprobó el justo castigo que había impuesto a los dos amantes; pero no pudo justificar el asesinato de toda la inocente servidumbre, víctima también de su furor, y se vio obligado a hacer caer sobre él un du­ro castigo que sirviera de escarmiento. Rápidamente ordenó construir en la propia muralla de la ciudad una lóbrega torre, en la que mandó encerrar al caballero para el resto de sus días.
La edificación fue conocida desde entonces por el pueblo con el nombre de torre de la Malmuerta, en re­cuerdo a la violenta forma con que arrebató la vida a su mujer.
Todavía hoy se conserva el histórico torreón y los vecinos de Córdoba recuerdan aún el trágico suceso a su paso por esta parte de la muralla.

099. anonimo (andalucia)

La retama

En uno de los pueblos de la serranía de Málaga guar­dan la siguiente costumbre: Cerca de la mole del Cas­tillejo crece una retama cuyas hojas se ven curiosamente anudadas. Los vecinos del citado pueblo, cada vez que pasan por allí, rezan un padrenuestro y hacen un nue­vo nudo. Mas solamente de día, pues de noche nadie se atrevía a transitar por aquel sendero, ya que decían todos que quien fuese sorprendido por aquellos con­tornos al caer las sombras de la tarde, vería aparecer a un temible fantasma, de enorme figura, que lo lleva­ría consigo al otro mundo. Y así, al que le cogía el ano­checer en camino, prefería dormir en el campo o vol­ver a su punto de partida antes que pasar al lado de la retama en medio de la oscuridad.
Pasaron los años, y al fin se deshizo el encantamiento que pesaba sobre aquel lugar.
Un muchacho allí nacido, de nombre Andrés Carras­co, había partido para alistarse en la milicia, siguien­do el ejemplo de tantos jóvenes de aquella época, y ha­bía combatido siempre con indomable valor.
Era en los años en que reinaba la pálida majestad de Felipe IV en el trono de España.
Andrés había sido soldado del tercio de Spínola, y había alcanzado por sus heroicas acciones la banda de alférez. Un poco cansado de la vida de combates y cam­pamentos, quiso volver a la dulzura y apacibilidad de su lugar natal.
Cuando llegó al pueblo, fue acogido con gran aga­sajo por sus convecinos. Una tarde había ido a una ro­mería que se celebraba en el pueblo vecino. Durante toda la jornada comió, bebió y bailó, hasta que las len­tas y graves campanadas del Ángelus pusieron fin a la fiesta. Entonces manifestó a sus amigos el propósito de volver al pueblo.
-No lo hagáis, doncel -dijo uno de los viejos que escuchó su propósito. Han sonado las campanadas del Ángelus y pronto alumbrarán las estrellas. Tendréis que ir por el camino del Castillejo y pasar por la reta­ma del Clérigo.
-¿Qué clérigo? -preguntó Andrés. Salí muy mu­chacho del pueblo y he perdido el recuerdo de eso.
-Hace mucho tiempo -continuó diciendo el viejo, un clérigo llamado don Diego volvía a caba­llo de este mismo pueblo. Al pasar cerca del monte Cas­tillejo, el caballo, espantado, lo tiró, y don Diego mu­rió inconfeso. Desde entonces, su ánima se aparece a quien, osado, se atreva a transitar por allí de noche.
Andrés contestó que él era fiel cristiano, y que si no había temido a los herejes luteranos, que eran de car­ne y hueso, no iba a temer a un fantasma.
-Tales fantasmas y fantasmones son invención de viejas y niños. Allá voy, a ver qué es ese fantasma: que no podrá conmigo.
Espantados, los circunstantes quisieron disuadirle; pero él, montando en su rocín, se alejó, saludando gallardamente.
Antes de salir de la linde del pueblo, entró en una ermita que se alzaba junto al calvario y allí oró con fervor, saliendo bien confortado.
El sol se había puesto, enrojeciendo vivamente el ho­rizonte. El campo estaba en silencio.
Cuando comenzaron a brillar las primeras estrellas, comenzaron también a sonar los mil ruidos de la no­che: el silbo de la coruja, el alegre canto del grillo, la suave voz del sapo...
Andrés caminaba tranquilo, hasta que se vio al lado del monte Castillejo. Allí, en efecto, había una gran retama, que crecía en el terreno pedregoso y sombrío.
Se sentó a aguardar lo que se presentara el joven al­férez, teniendo bien presta la espada, pues había vis­to, por experiencia, que muchas veces esas aparicio­nes eran cosas de maleantes que se aprovechaban de la ingenuidad de la gente para poder tramar y realizar sus fechorías. Pero de pronto vio cómo una sombra se acercaba a él con un extraño y tristísimo rumor.
-¡Quinquiera que seáis, os conjuro, en nombre de esta santa reliquga, a que os detengáis, y en nom­bre de Dios que me digáis qué queréis de mí! -dijo Andrés, con voz firme y fuerte, al mismo tiempo que alzaba una reliquia santa que una priora belga le ha­bía entregado, en pago de haberla liberado de una par­tida de luteranos.
La sombra dijo con voz doliente:
-No temas, que no he de hacerte ningún mal. Fui clérigo, y un día caí de mala manera de mi caballo y tuve rápido final. La muerte no avisa, y yo estaba en pecado. Peno en el pulgatorio mis faltas, y aunque la voluntad divina me sacará pronto de aquel océano de llamas, puedo aparecerme a quien por aquí pase para rogar que me tengan en cuenta en sus oraciones. Dilo así a tus convecinos, y que nada teman de mí, ya que doliente ánima tan sólo soy.
Y después de decir estas palabras, desapareció. Andrés se arrodilló y oró con fervor por el alma de aquel a quien la muerte sorprendiera. Y, regresando al pueblo, contó lo que le había ocurrido. Nunca más volvió a aparecer el espectro del clérigo don Diego. Mas desde entonces, cada vez que pasaba alguien por allí, rezaba un padrenuestro, y para dejar testimonio de su piadosa acción, hacía un nudo a las hojas de la retama.
Andrés mereció gran aplauso de sus amigos por el valor demostrado; aunque él, después de tan grave ex­periencia, modificó su carácter alegre, haciéndose se­rio y meditativo.

099. anonimo (andalucia)

La rauda, panteón árabe

Reinaba Muley Hacén en la bella ciudad de Grana­da; pero los últimos años de su reinado estaban ensom­brecidos por la gran tristeza que le causaba la rebeldía de su hijo Boabdil, el cual conspiraba contra su padre en la Alcazaba.
Centinela de Granada era la poderosa torre del Acei­tuno, de espesos muros, donde se guarecían los más bravos guerreros defensores del rey. Era alcaide de es­ta fortaleza el buen Aben-Farag, esforzado guerrero, que se había distinguido por su valor en cien batallas, y en el que depositaba su confianza el sultán Muley Hacén.
Tenía este alcaide una hija, llamada Celia, que ape­nas contaba quince años. El padre sentía verdadera pa­sión por la niña, en la que había concentrado todos sus afectos.
Era la muchacha una flor de maravillosa fragancia y espléndida juventud, y la fama de su hermosura se extendía por todo el reino granadino.
Varios eran los nobles árabes que la habían solicita­do por esposa; pero a Aben-Farag ninguno le parecía digno de su bella hija.
El alcaide de Moclín, joven árabe, fuerte y aguerri­do, de la misma sangre de Farag, con el que le unían estrechos lazos de amistad, atraído por la belleza de la doncella, acudió a la mansión de su pariente Aben, pidiéndole su consentimiento para desposarse con su hija. Complacido el padre con el poderoso pretendien­te, accedió muy gustoso a concederle su hija por espo­sa, y se fijó la boda para fecha próxima.
Aben-Farag llamó a la muchacha, que, acompaña­da de una esclava negra, acudió a la presencia de su padre. Éste, después de besarla con ternura en la fren­te, adoptando un tono más severo, le dijo:
-Hija mía, antes de que pase esta luna serás la es­posa del alcaide de Moclín, y te hospedará su podero­so castillo.
Celia, sin responder palabra, se despidió sumisa de su padre, mientras dos gruesas lágrimas temblaban en sus largas y sedosas pestañas.
Aquella noche, mientras todo dormía y el barrio del Albaicín semejaba un enorme fantasma, desde un alto ajimez de la torre del Aceituno se descolgaba ágilmen­te por una escala un gallardo moro. Era éste Alí, de padre árabe y madre cristiana, dotado de tan grandes perfecciones físicas y morales, que habían encendido el amor de la hija del alcaide. Él, a su vez, se había prendado de los irresistibles hechizos de la doncella mo­ra; mas no contando el pretendiente con riquezas para solicitar del poderoso Farag la mano de su maravillo­sa hija, tenía que esconder su profundo amor en la som­bra y mantenerlo en el secreto, mientras con juramen­tos y promesas se soldaban sus almas, y sus vidas con un amor invencible y eterno.
El negro Tarif, favorito del alcaide Farag, se había enamorado también de la doncella y, despechado por no encontrar correspon-dencia a su amor, la espiaba sin tregua, llegando así a enterarse de los amores secretos de los jóvenes árabes.
Pronto fue a comunicárselo a su prometido, el al­caide de Moclín, invitándole, para que se cerciorase, a acudir los dos al panteón árabe de la Rauda, donde se daban cita los enamorados.
El alcaide aceptó, y los dos acudieron, esperando im­pacientes entre las tumbas.
Pasada ya la medianoche, vieron deslizarse una si­lueta envuelta en un tupido velo, a cuyo encuentro acu­dió una sombra más alta y gallarda. Eran los dos aman­tes, que, comunicándose sus conflictos, se consolaban juntos hasta olvidar sus pesares, en aquel ambiente lú­gubre que los rodeaba, llegando a sentirse transporta­dos a un mundo de dichas e ilusiones y a embriagarse de amor.
El negro Tarif se acercó cauteloso a ellos, y a trai­ción clavó su daga en la espalda de Alí, que cayó mo­ribundo. En la agonía, se arrancó una cruz que lleva­ba al cuello, que, al morir, le había dado su madre, y se la entregó a Celia, quien, enloquecida de dolor, lanzaba angustiosos lamentos, viendo muerto a su amor, que era su vida.
El feroz negro se lanzó después sobre el alcaide de Moclfn y le asestó una terrible cuchillada, mientras de­cía con voz sorda:
-¡Esta mujer ha de ser mía!
Al día siguiente, entre las tumbas de la Rauda, sal­picadas en sangre, fueron encontrados los cadáveres de los dos hombres moros asesinados por amor.
Se avisó al cadí, que llegó enseguida a informarse del hecho. Para esclarecerlo, acudió al alcaide Farag, que ante la desaparición de su hija, desfallecía de do­lor. Se buscó al negro Tarif, y, al no encontrarlo, se le hizo culpable de todo, persiguiéndole a muerte.
La doncella, enloquecida, vagaba por los campos, con una cruz sobre su pecho y lanzando tristes gemidos.
Vencido Boabdil por los Reyes Católicos, éstos co­locaron una gran cruz de piedra sobre el panteón árabe.
Y todavía las jóvenes que tienen que ir de noche por agua al aljibe de San Luis, tiemblan ante la aparición de una sombra que llora con dolorosos lamentos de­trás de la Cruz de la Rauda.

099. anonimo (andalucia)

La piedra negra

En el año 1690, en una fría noche de invierno, los habitantes del barrio del Albaicín se hallaban refugia­dos en sus hogares, atemorizados ante el aspecto ame­nazador del cielo, cubierto de negros nubarrones.
En la plazuela del Almez había una humilde y rui­nosa casucha, en cuyos muros agrietados se descubrían los restos de un ajimez árabe, que indicaba la antigüe­dad de aquella construcción. Desde la puerta de la ca­lle veíase en el interior, un patio medio derruido, en cuyo suelo, cubierto de hierba y musgo, se destacaba una gran losa brillante, de mármol negro, a la que mi­raban las gentes con gran respeto, atribuyéndole un po­der sobrenatural.
Se decía que encerraba un tesoro árabe; pero si al­gún osado había pretendido levantarla, pronto tuvo que desistir de su empresa, ante el peso prodigioso de aque­lla losa, que no podía moverse ni con el esfuerzo de centenares de hombres.
Su brillo, debido a su encantamiento, no se había apagado nunca, ni con el transcurso de varias centurias.
En esta casa habitaban dos mujeres solas, tejedoras de oficio, aunque en la indigencia. Una era anciana, enferma y achacosa, y la otra, una nieta suya, huérfa­na, que, en contraste con ella, era una moza de esplén­dida juventud y gran hermosura, comparable a una fra­gante rosa.
Las dos mujeres oían constantemente sospechosos ruidos en la casa, que atribuían a las almas en pena de sus antiguos moradores árabes, conocedores tal vez del lugar en que se encontraba escondido el tesoro.
Una fría noche, en la que alrededor del fuego con­templaba la vieja el iluminado rostro de su nieta, de peregrina hermosura, sin otro adorno que sus humil­des trajes de paño burdo, soñando con verla rodeada de riquezas y vestida de seda, que hiciera resaltar su soberana belleza, que envidiarían las más nobles da­mas, pensó en el tesoro oculto y comunicó a su nieta sus deseos de poseerlo.
La nieta, que no tenía ambición alguna, sintió mie­do ante el enigma de la losa y la desagradable compa­ñía de los seres de ultratumba que lo custodiaban. Pe­ro dominada por su abuela, que ya gozaba en su men­te con aquella fabulosa fortuna, capaz de propocionar­les una vida de bienestar y lujos, se decidió a colabo­rar en la búsqueda, y las dos esperaron a que dieran las doce de la noche.
En el reloj de la Chancillería sonaron las doce cam­panadas y pronto empezó a oírse un ruido sordo que conmovía los cimientos de la casa.
Las dos mujeres se asomaron por una estrecha ven­tana que daba al patio, y en la tenebrosa noche vieron aparecer unos misteriosos seres que, cubiertos con co­gullas negras y llevando en la mano cirios amarillos, iban invadiendo aquel recinto.
En el centro de la losa negra apareció una lucecita, en la que fueron encendiendo sus cirios, cuya temblo­na llama no se apagaba a pesar del viento y de la llu­via; formaron todos un círculo en torno de la losa y empezaron a danzar al son de un monótono canto.
El espanto prendió en el ánimo de las pobres muje­res; mas allí continuaron, con el rostro pegado a la ven­tana y la respiración contenida, para no ser descubiertas.
Transcurridos unos minutos, la piedra empezó a le­vantarse sola, muy despacio, y acelerando el ritmo de la danza, saltaban enloque-cidos alrededor, hasta que se elevó en el aire, a la altura de un hombre, dejando una entrada subterránea por la que se veía una escale­ra de nácar y plata, iluminada con fantásticos resplan­dores, al mismo tiempo que se percibían en el ambien­te los más exquisitos aromas.
La vieja miraba con ojos codiciosos la entrada que conducía al tesoro. Aquellos raros seres continuaron danzando, y se empezó a oír una armoniosa melodía, y apareció por la escalera de nácar un arrogante y her­moso mancebo con ricas vestiduras recamadas de pie­dras preciosas y bordados de oro. Los enmascarados saludaron al joven agitando los cirios pero sin interrum­pir la danza, y el joven desapareció por la oscuridad del patio.
Pasó una hora y ya danzaban fatigosamente aque­llas sombras; pero si intentaban pararse, la losa des­cendía, y era preciso continuar la danza.
Al mismo tiempo que las fuerzas, se les agotaban los cirios, y ya les faltaba poco para quedarse a oscuras, cuando volvió el joven, con cierta tristeza en su sem­blante, y dio las gracias por haberle concedido unos momentos de libertad. Se le vio descender entonces por la escalera, mientras la losa bajaba poco a poco hasta quedar encajada en tierra. Rápidamente, como por en­canto, desaparecieron todos aquellos seres siniestros, y en el patio no quedaron más huellas de ellos que las gotas de cera de sus cirios derretidos.
Las dos mujeres, muy impresionadas por esta visión, se retiraron a sus lechos, si apenas hablarse. La vieja, con la obsesión aún del tesoro; la joven, con la figura de aquel hermoso mancebo en el pensamiento, tan fi­ja, que no podía apartarla.
Al día siguiente esperaron a que fueran las doce de la noche, con gran ansiedad, dispuestas asimismo a re­petir la ceremonia que habían visto para lograr entrar en el subterráneo.
Lo primero que hicieron fue recoger la cera derreti­da de los cirios de los enmascarados, y con ella hicie­ron una vela del largo de una vara, y discutieron des­pués quién había de ser la que entrara, pues las dos lo solicitaban, alegando cada una sus cualidades; por fin, triunfó la joven, ya que tenía más agilidad para poder salir.
La anciana encendió la vela y se puso a bailar alre­dedor de la losa, y con gran estupor vieron que la pie­dra se levantaba en el aire y dejaba el hueco suficiente para penetrar por él la nieta, que desapareció por las escaleras de nácar, mientras su abuela le recomendaba mucho que saliera enseguida.
Pasó un cuarto de hora, y la anciana, rendida, ape­nas podía ya bailar; sus movimientos eran cada vez más torpes, y la vela se iba consumiendo.
La pobre mujer veía con pavor que la losa empeza­ba a descender, y a grandes gritos, con angustia infini­ta, llamaba a su nieta para que saliera.
La dulce voz de la joven se oyó desde dentro diciendo:
-Aguárdeme usted un momento, que el joven me cuenta una historia, y quiero oírla.
La vela se había consumido ya casi por completo, y la vieja empezaba a quemarse la mano y, aterrada, llamaba a la nieta para que saliera antes que la losa terminara de caer, y por segunda vez contestó la nieta:
-Estoy recogiendo gran cantidad de brillantes, ru­bíes y oro, y enseguida subiré con ello.
Ardía ya el brazo de la abuela, mientras gritaba, en­ronquecida, llamando a la muchacha, y por tercera vez contestó:
-¡Ahora subo!
Y empezó a ascender por la escalera. Mas cuando faltaban los últimos peldaños, la losa acabó de caer, encajándose en el círculo del suelo y sepultando a la bella joven, que daba gritos de terror.
Tres días transcurrieron y, extrañados los vecinos al no ver salir a ninguna de las dos mujeres, dieron parte a la justicia, que hubo de tirar la puerta para penetrar en la casa.
Allí lo encontraron todo en orden, y la idea de muerte violenta fue desechada; pero las mujeres no aparecían.
Al salir al patio, les llamó la atención un montón de ceniza que había junto a la piedra negra y, examinán­dola, descubrieron que procedía de un ser humano, probablemente de la vieja, a quien los vecinos tenían por bruja.
Nada aclaró el paradero de la joven, hasta que los habitantes de aquel barrio empezaron a oír unos an­gustiosos lamentos, que partían de aquel patio, y en ellos reconocieron la voz de la nieta. Acudieron allí en las noches siguientes y comprobaron que deba­jo de aquella piedra negra y brillante estaba sepultada la joven, que continuó lanzando sus lastimeros queji­dos, llenando de compasión a los vecinos, que nada pu­dieron hacer por salvarla.

099. anonimo (andalucia)

La padilla y don fadrique

Allá por los años en que el rey don Pedro residía con su corte en el fastuoso Alcázar, su favorita, doña Ma­ría de Padilla, por todos reconocida como la perla de Sevilla, deslumbraba con sus gracias y su belleza a to­da la ciudad. Amada por el rey con desatada locura, se había convertido en la verdadera reina de Castilla.
Don Pedro tenía un hermano, popular por su ex­traordinario valor, distinguido por su porte señoril en­tre todos los jóvenes de la corte. Era don Fadrique, el gran maestre de la Orden de Calatrava.
Cuenta la leyenda que don Fadrique y la Padilla se amaban. Trataron de ocultar su pasión, conocedores de la ferocidad del rey; pero pronto la duda se desper­tó en el alma de don Pedro. Aunque no tenía pruebas que condenasen a los dos amantes, sus sospechas fue­ron creciendo, hasta convertirse en una absoluta con­vicción. Desde entonces, la vida del maestre peligró.
Don Fadrique, cegado por la pasión, no parecía darse cuenta de la amenaza que se cernía sobre él. Pero do­ña María, adivinando que ya estaba sentenciado, es­peró a la primera ocasión para darle aviso.
Hacía algún tiempo que apenas tenían oportunida­des de verse. Un día llegó al Alcázar un embajador in­glés, y mientras don Pedro presidía la recepción, la fiel nodriza de doña María condujo a don Fadrique a la cámara de su señora. La Padilla, entonces, le suplicó que huyera adonde no pudiera alcanzarle la sorda ame­naza del rey. Pero como él no quería reconocer otro peligro que el de enloquecer por amor, ella le prome­tió abandonar secretamente el Alcázar, más adelante, y reunirse con él en Navarra. Sólo bajo esta promesa el maestre consintió en ausentarse de Sevilla.
Con el corazón lleno de esperanza se dirigió a Na­varra y fue recibido con espléndida hospitalidad en el castillo de Monteagudo, morada de sus amigos los Beaumont.
Durante días y semanas esperó, sin que llegase la me­nor noticia de su amada. Ni los obsequios, ni las dis­tracciones de la caza podían calmar su febril impacien­cia. Envió un mensajero a Sevilla; pero pasaba el tiem­po y no regresaba.
Durante días y días permaneció don Fadrique sen­tado junto a la ventana abierta, con los ojos fijos en el camino del Mediodía.
Un día divisó, a lo lejos, un jinete que se aproxima­ba al galope. Su corazón dio un salto, porque había reconocido en él a su mensajero, don Menendo. Mo­mentos después éste se hallaba, cubierto de polvo, an­te la presencia de su impaciente señor.
Contestó a las ansiosas preguntas del príncipe, dán­dole las nuevas que traía de Sevilla. Doña María vivía recluida en el Alcázar como una prisionera; el temor de verse espiada por todas partes no le permitía ni sa­lir a los jardines. Don Menendo no había podido, por lo tanto, verla; pero sí había hablado con su fiel no­driza, quien le había entregado una carta de su señora para don Fadrique.
El maestre recibió la carta de manos de su mensaje­ro con gesto pensativo. Entonces, el servidor le expu­so un plan que había ideado para libertar a doña Ma­ría. Sólo necesitaba dinero y el consentimiento de su señor. Se había puesto de acuerdo con dos vendedores del mercado que surtían al Alcázar, para engañar a los espías de don Pedro. Uno de ellos estaba casado con una huertana que guardaba cierto parecido en el porte con el favorita del rey. Un día en que éste no estuviera en el Alcázar, entrarían los dos vendedores acompa­ñados de la hortelana y provistos de sus cestos. Al ama­necer, cuando no fuera fácil distinguir si la mujer que los acompañaba era la huertana o doña María, saldrían de nuevo con la regia prisionera, vestida con un traje de labradora, que le habrían llevado en el cesto. La mu­jer del vendedor podría dejar el Alcázar poco después, sin llamar la atención de nadie. Don Fadrique estaría por los alrededores con su gente, y ya no tendría más que recoger a su amante y emprender la huida.
El maestre aceptó el plan, confiadamente, y dio el dinero que se le pedía. Enseguida se retiró a leer la carta que don Menendo le había entregado. Doña María le rogaba en ella que no abandonase la hospitalaria Na­varra; pero los términos encendidos en que le escribía acabaron por decidirle a marchar a Sevilla.
De nada sirvieron los prudentes consejos de su ami­go el de Beaumont. Desconfiaba éste del aspecto ru­fianesco de don Menendo; pero viendo que no había manera de que don Fadrique desistiera de su propósi­to, se ofreció a acompañarle con cien lanzas y entrar por sorpresa en Andalucía. El maestre rechazó esta idea, porque pensaba que era imposible sorprender a don Pedro, siempre prevenido, y resolvió partir acom­pañado solamente de su servidor.
Amo y criado emprendieron el viaje, disfrazados de trajinantes navarros, de los que llevaban mosto a An­dalucía para cambiarlo por jerez y montilla.
El de Beaumont, no pudiendo rechazar sus recelos, dispuso que seis hombres de armas siguieran de lejos a los trajinantes, por si encontraban alguna asechanza en el camino. Efectivamente, sus sospechas eran fun­dadas. Cuando habían pasado las fronteras de Nava­rra, don Menendo se adelantó, con el pretexto de ex­plorar el camino. Momentos después, varios salteado­res de aspecto feroz cayeron sobre don Fadrique. És­te, que iba armado bajo su disfraz, se disponía a de­fenderse con temerario valor, cuando llegó don Me­nendo y le aconsejó que no lo intentara, pues segura­mente aquellos hombres se contentarían con el dinero que llevaba. Los salteadores asintieron a las palabras de don Menendo, y la mirada de inteligencia que se cambió entre uno y otros hizo comprender la verdad a don Fadrique. Y cuando su servidor se acercó a co­ger el dinero, le atravesó el cuello con la espada.
Los demás hombres se lanzaron sobre él; pero su es­pada trazaba en torno suyo un círculo que ninguno po­día pasar. En esto se oyó el galope de unos caballos, e instantes después llegaban los hombres de Beaumont, que se lanzaron contra los malhechores, dejándolos a todos tendidos por tierra. Uno de los heridos, bajo pro­mesa de perdón, confesó que habían sido pagados por un agente del rey, en connivencia con don Menendo.
Ni la emboscada ni las nuevas persuasiones de sus amigos pudieron detener a don Fadrique, y siguió su camino con loca obstinación.
Los hombres de Beaumont le acompañaron hasta Se­villa, y después regresaron a Navarra.
Durante algunos días, el maestre residió en la ciu­dad, ignorado por todos. Algunas tardes, embozado en una capa de hidalgo, rondaba el Alcázar, con la es­peranza de ver a doña María. Y un día pudo contem­plarla en una terraza, acompañada de dos doncellas. Estaba pálida y parecía triste; pero su belleza era to­davía más grande en su dolor. Don Fadrique la con­templaba tan embelesado, que dejó caer el embozo por unos momentos. Una de las doncellas, espía pagada por el rey, le reconoció al instante; pero supo disimu­lar su descubrimiento.
Esta visión decidió a don Fadrique a dejar el incóg­nito y a presentarse en Sevilla como el gran maestre de Calatrava.
Con el pretexto de tratar un asunto importante, se dirigió al Alcázar, seguido de una lucida cabalgata. Iba a proponer a su real hermano, en nombre de la Orden, una empresa guerrera contra los infieles.
Entró en el Alcázar con la cabeza erguida, el paso resuelto y seguro. Cruzó las primeras estancias entre los homenajes de la servidumbre. A la puerta de la an­tecámara real había dos maceros, rígidos como esta­tuas. Don Fadrique avanzó resueltamente; pero al ir a atravesar la puerta, las mazas cayeron sobre él rápi­damente una y otra vez. El maestre de Calatrava cayó al suelo sin proferir un gemido, sin exhalar un suspiro.
En el suelo de la antecámara real del Alcázar se puede ver todavía una extensa mancha rojiza. El pueblo cree que es la sangre de don Fadrique, muerto en ese sitio, el año 1358, por orden de su hermano el rey don Pe­dra el Cruel.

099. anonimo (andalucia)

La monja poseída del demonio

En el año 1489 una señora muy virtuosa fundó en Córdoba un convento para viudas y mujeres devotas. Pronto adquirió gran fama, y a él fueron a acogerse damas y jóvenes de todas las edades.
Un día, entró una novicia que apenas tenía trece años, pero que asombraba por su devoción. Tomó el hábito a los quince apenas cumplidos. Esta niña se lla­maba Magdalena de la Cruz, sin que nada se supiese de su vida, su nacimiento y su familia. Entonces era una niña y se la acogió muy bien por su inocencia y su candor. Pasado el tiempo, hizo los votos solemnes y cada vez fue creciendo en santidad y en virtudes. La fama de éstas se extendió de pueblo en pueblo y de con­vento en convento de tal manera, que pronto fue céle­bre en Córdoba y en sus alrededores.
Empezó a correr el rumor de que hacía portentosos milagros desde el rincón de su monasterio.
El pueblo y la nobleza, que eran muy dados a su­persticiones, conservaban como reliquias todos sus re­galos y cartas.
Entre los muchos milagros que se contaban de ella, uno gozaba de gran popularidad: el día de la octava del Corpus, cuando la sagrada custodia recorría las ca­lles de Córdoba, Magdalena se encontraba enferma en su celda, sin poder salir a ver la procesión. De repen­te, cuando murmuró una oración, se abrió la pared de su habitación, y de este modo vio desde el lecho pasar la procesión, y de nuevo el muro se cerró, una vez hubo pasado la custodia y concluido la ceremonia.
No menos conocida era la leyenda según la cual las monjas habían visto sobre el lecho de Magdalena infi­nidad de hermosos carneros negros. Ésta, interrogada acerca de este extraño suceso, contestó que eran áni­mas del purgatorio que iban a buscarla para pedirle oraciones.
Cuando el provincial de la orden se enteró de aque­llos extraños acontecimientos, encerró a la monja en un calabozo hasta aclarar todo aquello.
La prisión de Magdalena produjo un gran revuelo entre las gentes cristianas de Córdoba, que la tenían como santa.
El provincial, hombre sagaz y astuto, empezó a obrar con suma reserva y a poner los medios necesarios para descubrir aquel enredo, pues tenía algún indicio pa­ra dudar de la santidad de la monja.
Encerrada e incomunicada Magdalena dentro de la cárcel, continuó haciendo sus milagros. Uno de ellos fue que estando las monjas en el coro la vieron apare­cer de improviso entre ellas, aunque desapareció ense­guida. Magdalena se hallaba por aquellos días con gran fiebre y vigilada severamente en su prisión. Un mila­gro, y no otra cosa, fue la aparición repentina de la monja.
Una de las veces que vieron a Magdalena dormida en la prisión le ataron las manos fuertemente y, deján­dola sola en la habitación, el confesor, con el hisopo en la mano, empezó a conjurar los diablos que debía tener dentro del cuerpo por meciio de un riguroso exorcismo.
Apenas empezó las primeras oraciones, se oyó una voz dentro de ella que decía:
-Yo soy el diablo. Tengo bajo mi poder legiones de demonios y con otro de los míos acompaño cons­tantemente a esta pecadora hace años, a la cual no de­jaré que se escape, puesto que su alma me pertenece.
Magdalena perdió entonces su serenidad y se puso a temblar. Confesó que desde los trece años estaba en relaciones con los espíritus infernales. Todos los mila­gros que había obrado había sido con la ayuda de és­tos. Confesó, por fin, que había mentido constante­mente y que incluso había llegado a cometer crímenes contra las gentes que no creían en ella.
Al rogarle el confesor que firmara con su puño y le­tra todas aquellas confesiones, cayó desplomada en su lecho, exclamando horrorizada:
-¡No puedo, padre, no puedo!
La Inquisición se ocupó del caso, y se cuenta que en­vió a un sacerdote para desposeerla del demonio.
Después de grandes aullidos, como si fuera una so­námbula, el sacerdote, con la estola al cuello y el hiso­po en la mano, ante un crucifijo, logró desalojar a los demonios.
Una vez que hubo firmado su confesión, la Inquisi­ción la perdonó y Magdalena acabó viviendo retirada en un convento de la orden.
A pesar de su retiro, la gente no olvidó sus porten­tosos milagros.
Cuenta la leyenda que siempre que sale la procesión de la octava del Corpus, al pasar junto al convento de la célebre monja, lo hace acelerando la marcha, pues aún se cree aquel lugar poseído por los demonios.

099. anonimo (andalucia)

La laguna de vacaras

Así llaman a un pequeño y profundo lago que entre las alturas abruptas de Sierra Nevada ofrece al sol el límpido espejo de sus aguas. Muy de cerca de él se al­za el ingente pico de la Veleta. Y en torno al lago y al monte, la imaginación popular ha tejido sus leyendas.
En cierta ocasión, un pastor condujo su rebaño por los riscos y fragosidades hasta las elevadas orillas de la laguna de Vacaras, cuando he aquí que vio a dos hombres que se acercaban hacia donde él estaba. Iban extrañamente ataviados, y uno de ellos llevaba en las manos un libro abierto, mientras el otro sostenía una hermosa red de pescador.
Se detuvieron a corta distancia del pastor y el pri­mero de ellos, inclinando su vista sobre las páginas del libro, leyó unos momentos y dijo a su acompañante:
-Echa la red.
La red se hundió en las aguas del lago y al momento la sintieron cargada. Tiraron con vigor hacia la super­ficie y sacaron un caballo negro. Y el del libro, con des­deñoso semblante, exclamó:
-No, no es éste; echemos de nuevo la red.
Y la echaron, y a los pocos instantes vieron salir un caballo variegado.
-Tampoco, tampoco es éste -dijo con impacien­cia el lector; probemos una vez más. Echa la red.
Un caballo blanco apareció sobre el agua tranquila.
-Basta: éste es -murmuró el del libro.
Nada respondió su compañero. Y ambos, subiendo sobre la blanca montura nacida del lago, partieron en silencio.
El pastor contemplaba la asombrosa escena. Los vio marchar y nunca volvió a saber más de ellos.
No falta leyenda que asegure que del lago tranquilo y apacible saldrá un día del monte e, irrumpiendo fe­roz e inclemente, anegará la ciudad. Y Granada y su vega desaparecerán bajo el turbión. Esto es tan cierto, que una noche un pastor que estaba sentado junto al lago, oyó una voz que interrogaba, amenazadora:
-¿Quieres que rompa el dique? Dime que sí, e inun­daré Granada.
Y otra voz, grave y piadosa, respondía:
-Todavía no, todavía no.
Otra vez fue un fraile el que, estando sentado a la orilla del lago, se vio sorprendido por la ingrata pre­sencia del diablo, que merodeaba por aquellos luga­res, en busca de almas a quienes tentar.
El viajero que abandone las inmediaciones de la la­guna de Vacaras y prosiga su ascensión hacia el pico de la Veleta, podrá ver en la cima de esta magnífica altura unos ruinosos y pétreos restos, que son proba­blemente las reliquias de una antigua torre que daría nombre al pico.
La leyenda opina de otro modo respecto del origen de estas ruinas que coronan el monte:
Hubo en lejanos tiempos, en Granada, un moro tan sabio como viejo, que agrupaba junto a sí a numero­sos servidores y discípulos.
Un buen día tomó a sus hombres y subió al picacho. Y habitaron en los edificios que remataban la cima.
Siete años pasaron, y los solitarios moradores de la cumbre vivían felices. Y en aquellos siete años, ni llu­vias ni tormentas oscurecieron la límpida diafanidad del cielo suspendido sobre el pico, ni la clara transpa­rencia del horizonte.
Al cumplirse los siete años y un día, el viejo árabe miró hacia el mar lejano, y de él parecía levantarse, tenue y perezosa, una nubecilla casi del tamaño de la mano de un hombre. Se elevaba sutil, como un jirón de gasa. El viejo sabio la contempló y llamando a los suyos, les dijo:
-La tempestad se aproxima. Marchemos, pues, de aquí, hijos míos.
Todos le obedecieron, bajando presurosos por las es­carpadas laderas. Y en la cima se desencadenó la furia incontrastable de la tempestad, y los maravillosos edi­ficios sucumbieron al furor ciego de los elementos.

099. anonimo (andalucia)