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sábado, 25 de agosto de 2012

La ofrenda que apagó el fuego de lanín

Un espíritu bondadoso cuida los tesoros de cada montaña. Eso cuentan los mapuches porque saben que el Pillan es el guardián que las protege de cualquier abuso. La cima desierta es la vivienda del Pillan, allí está tranquilo y seguro, nadie se le anima a esas peligrosas cumbres. Siempre atento, baja y recorre todos los senderos, se fija muy bien cómo se encuentran los animales del bosque y también los que viven en la orilla de los lagos o a la entrada de los valles. No puede ir más allá porque en los bordes termina su reino. Cuando todo está en orden nada sucede, las cosas se mantienen en c­alma; cuando algo le molesta al Pillan, cuando alguien osó lastimar a una de sus protegidas criaturas, él se enoja y un terrible viento agita con violencia las ramas más altas de los árboles, el silencio huye y las nubes se reúnen en ronda negra. Si su furia es muy grande, provoca tormentas, derrumbes, erupciones... Los mapuches también saben que tranquilizar a un Pillan, suavizar su furia, implica sacrificios extraordinarios.
En el valle de Mamuil Malal, muchísimo tiempo atrás, vivía la tribu del cacique Huanquimil. El pueblo estaba construido sobre la ladera norte del Lanín, los hombres se sentían protegidos por esa inmensidad de tierra y piedra. Además, la zona resultaba muy frondosa, había animales por doquier.
Cierto día, un grupito de jóvenes cazadores seguía con sumo interés los pasos de un huemul. Sin dudarlo, armados con carcaj y cuchillo, abrigados con mantos de lana y acompañados por sus perros, comenzaron a trepar la ladera. Estaban seguros de que el animal se había ido hacia el torrente.
Más tarde, cansados pero satisfechos por su rapidez, lograron acercarse a la cascada. No era muy caudalosa pero el agua que bajaba desde la cumbre formaba con piedras o ramas caídas pequeños estanques bordeados de musgo y flores. Los furtivos cazadores sabían que el huemul se detendría a beber de esa fuente cristalina. Así que, agazapados, lo aguardaron con paciencia. Casi se exacerban cuando el ciervo llegó al claro y sin percibir el peligro comenzó a beber con tranquilidad. Los muchachos prepararon sus flechas, se dispusieron a disparar, pero la ansiedad de sus perros les jugó una mala pasada: ladraron y espantaron al animal. El huemul corrió velozmente cuesta arriba, buscando la protección de los árboles.
Por supuesto, los jóvenes no se dieron por vencidos sino que comenzaron una dificultosa persecución. Los perros olían aquí y allá el rastro de la futura presa y corrían entusiasmados. Los cazadores se pusieron de acuerdo y subieron por diferentes senderos, para acorralar a la presa. Por momentos, el ciervo se detenía a descansar; si percibía el peligro, volvía a trepar: cuanto más arriba, más seguro estaba.
Sin embargo, la agilidad de los muchachos pudo más y lograron atraparlo. El pobre animal quedó acorralado, sin aliento, contra una de las paredes del Lanín; los felices cazadores, también sin aliento y con el corazón palpitante por todo el esfuerzo realizado, pudieron matarlo fácilmente con sus cuchillos.
Luego de descansar un rato, decidieron descender. Miraron a su alrededor pero nada les era familiar, nunca habían subido tan alto por las laderas del Lanín. La vegetación raleaba, se encontraban en la zona desnuda de la gran montaña, ni siquiera los pájaros se aventuraban hasta allí. Tenían por compañía la soledad, unos pocos huesos blancos y secos de algún animal muerto y el profundo silencio apenas cortado por el látigo de un viento helado que por instantes se empeñaba en generar mayor desolación.
Entonces, añoraron la casa, el fuego encendido y el olor de la carne asada. Esa promesa de bienestar les dio la fuerza suficiente como para iniciar el descenso. Pero no era fácil con un animal tan grande a cuestas, por lo que decidieron desollarlo y deshuesarlo. En ese preciso instante en que empezaron la tarea, el volcán humeó, amenazante. La noche ya quería caer sobre ellos y no habían llegado a hacer un cuarto del camino. Tuvieron que detenerse, nada se veía. Ya acostados, sintieron en sus agotados cuerpos la furia de la montaña a través de sus terribles temblores.
A partir de ese momento todo cambió a la gente de Huanquimil: la alegría cotidiana se volvió angustia y desesperación. El cielo se pobló de un humo negro y espeso y la luz del sol desapareció. La tierra comenzó a calentarse y tembló bajo los pies de los mapuches, los sembrados se cubrieron de cenizas, la comunidad rogó y ofreció sus mejores obsequios a los espíritus, pero de nada sirvió: la furia del Pillan se había desatado.
La machi intentó leer en las cortezas de Coihue qué hacer, cómo ayudar a su pueblo pero las escrituras no se dejaron interpretar. Entonces, como buena sacerdotisa, supo que la única manera de ver la luz era aislándose de su pueblo. Se internó en un refugio para meditar, solo llevó a la grieta un manto para abrigarse y tallos de niolkin para no morir de hambre. Transcurridos dos días volvió de su retiro apesadumbrada por la revelación: solamente lograrían calmar la furia del Pillan ofreciéndole la mayor riqueza de Huanquimil, su hija Huilefún.
En la revelación se le había detallado que solo se la aceptaría si la llevaba a su destino el más joven y valiente de los koná.
La tristeza que invadió al pueblo se sumó a la angustia ya instalada. Pero, ¿qué hacer? Era un pedido divino, de no cumplirlo sucumbirían todos.
Huilefún era hermosa y tan pequeña... Su madre lloraba desesperada, debía aceptar el atroz sacrificio. Las mujeres que más la amaban, sus hermanas y primas, vistieron y prepararon a la niña que, en silencio, se dejaba arreglar.
Con amor y dulzura le trenzaron el cabello, le pusieron un manto nuevo sujetado con un hermoso prendedor. Quedó tan bonita que más dolor produjo su partida. Pero todavía faltaba decidir quién la acompañaría en el dificil recorrido hasta los parajes del Pillan.
Quechuán, resuelto, se propuso para la tarea. Todos aceptaron, era joven y valiente: nadie lo dudó.
Durante los últimos instantes de la despedida sonaron los kultrunes. Esta música tapó solo parcialmente el profundo sollozo de Huanquimil. La madre de la pequeña, con el cabello ya rasurado, corrió para abrazar una vez más a Huilefún y para prenderle en el pecho su mechón de duelo. Entonces, Quechuán, le ofreció su mano a la muchacha y juntos desaparecieron camino arriba, tragados por el humo y la desolación.
Los jóvenes subieron en silencio la cuesta del Lanín. Cada tanto, perdían el aliento por el esfuerzo y por el humo, necesitaban parar a descansar sobre las rocas. Además, a medida que ascendían el calor los envolvía sin piedad y para seguir subiendo debían cubrirse la cara con el manto a fin de no respirar el aire cargado de ceniza. Hasta que Huilefún no logró seguir, entonces Quechuán la cargó sobre sus hombros. Ya casi no podían más con sus debilitados cuerpos, cuando se encontraron en el borde del volcán.
El viaje había concluido, era tiempo de que Quechuán regresara con los suyos y así se lo recordó Huilefún. Pero el muchacho bajó a la joven con cuidado, la abrazó tiernamente y le susurró al oído que se quedaría con ella. Antes de que una posible protesta saliera de sus labios, Quechuán los cerró con un beso.
No quedaba más que esperar, así que se sentaron juntos, abrazados. No habían pasado más que unos minutos cuando un repentino viento les hizo alzar sus rostros: un poderoso cóndor se abalanzaba sobre ellos y alborotaba sus cabellos. Apenas intentaron protegerse cuando el ave arrancó a Huilefún de los brazos de Quechuán. Con sus potentes garras la levantó en el aire y la dejó caer en la boca humeante del Lanín.
Quechuán tragó sus lágrimas, era decisión divina el destino de la joven y no tuvo otro camino que el de correr cuesta abajo para reunirse con su pueblo. Mientras descendía un aire húmedo y frío invadió la montaña y los primeros copos de nieve comenzaron a caer.
Cuentan que fue la nevada más grande de todos los tiempos. Blancos y mansos, los copos cubrieron el volcán tapando para siempre su fuego.
Con sol o revestido de nubes, el viejo Lanín es la montaña más importante de Neuquén. No hay viajero que no vuelva la cabeza para verlo: es imponente y hermoso. Pero para que nadie se olvide de la furia del Pillan, a su alrededor se descubren bosques de suelo ceniciento y lagos de playas oscuras: son las huellas de los castigos del espíritu protector.

059. anonimo (mapuche)

La montaña que truena

En el principio de los tiempos vivía en la cordillera una tribu de guerreros que los otros llamaban "el enemigo invencible". Se trataba de un pueblo solitario, no contaban con vecinos ni con aliados, porque si alguien, imprudente, se animaba entrar en su territorio sin autorización era esclavizado o aniquilado.
Cuentan los que estuvieron que no hubo país donde las piedras y las flores fueran más rojas, ya que allí la sangre de las guerras había penetrado hasta las capas más profundas de la tierra. Los invencibles se consideraban tan fuertes que no existía entre ellos lugar para los débiles: los niños mamaban el valor de los pechos de sus madres y, a medida que crecían, alimentándose con carne cruda, se convertían en hombres altos y fuertes como montes.
Este pueblo de guerreros tuvo un jefe formidable: Linko Nahuel, "el tigre que salta". Tan valiente como implacable, la sangre hervía en sus palpitantes venas. Linko Nahuel, hacía aparecer el miedo a su paso, vivía para defenderse, era incapaz de perdonar.
Su país se ubicaba bajo el amparo de enormes montañas. Entre ellas se distinguía el pico nevado del cerro Amun‑Kar, el monte sagrado, el trono de Dios. Su inmensidad dominaba el paisaje, con laderas verdes y boscosas, pero a determinada altura las rocas interrumpían bruscamente la vegetación y se podían observar extraños dibujos. Ya en lo más alto, la cumbre cubierta de hielo brillaba con los diferentes colores que le daba el sol. Algunas veces ‑nadie sabía muy bien cuándo‑ la montaña se transfiguraba: la nieve se derretía rápidamente, la boca del cerro lanzaba humo y fuego hacia el cielo, calcinaba bosques y bombardeaba a los mapuches con rocas incandescentes. La gente del pueblo en esos momentos le tenía más miedo que a la furia de Linko Nahuel.
Una mañana, cuando los invencibles se encontraban acampando en el gran valle a los pies del Amun‑Kar, algo muy extraño sucedió: a los lados de la montaña se comenzaron a observar columnas de humo que en un principio se confundían con la niebla, por lo que no podían estar seguros de su verdadero origen. Pero cuando la niebla desapareció de la montaña y el aire se puso diáfano la situación fue claramente vislumbrada desde el campamento. Entonces, inquietos, le llevaron la noticia a Linko Nahuel: algún extranjero había puesto su imprudente pie en el territorio.
¿Cómo sucedía esto? ¿No sabían acaso los intrusos del valor de este pueblo? ¿Cómo osaban acercarse justamente a la montaña sagrada?
Ya se preparaba el gran jefe para impedir el atropello, cuando los centinelas, como si se hubieran puesto de acuerdo, bajaron corriendo las laderas para contar, agitadísimos, lo que habían visto.
Un desconocido ejército de gente, luego de abandonar el campamento que había dado origen al humo avistado en el pueblo, se disponía a escalar el Amun‑Kar: eran miles y miles de enanos armados que avanzaban en formación como una gran mancha movediza por la cuesta de la montaña sagrada.
Linko Nahuel sintió una furia incontrolable que le subía por el pecho, sus brazos ansiaban descargar un golpe contra los invasores que ni permiso habían pedido. Él los aplastaría como a los escarabajos, nuevamente la sangre correría por las sendas y los arroyos. Pero Linko Nahuel también era astuto, sabía que cualquier precipitación sería contraproducente, así que llamó a sus segundos y junios elaboraron un plan: irían a entrevistarse con el jefe de los enanos cubiertos con cueros de guanacos y pumas, pintada la cara del modo más horroroso, y adornado el cuerpo con las plumas de choike más largas y oscuras que encontraran.
Así ataviados, les provocarían pánico. Aunque, no conforme, Linko Nahuel les recordó que mantuvieran la mirada severa y que apenas hablaran para intimidar aún más a los enanos.
La idea era atacarlos por la espalda cuando el jefe de los enanos diera la orden de retirada. ¡Ni uno solo contaría el cuento!
Los mensajeros se fueron confiados, pero volvieron humillados y furiosos a rendir cuentas ante Linko Nahuel:
-No logramos intimidarlos. Los enanos dijeron ser gente de montañas y nos informaron que planean quedarse a vivir en el Amun‑Kar. Ya estaban muy alto cuando los alcanzamos. Nos miraron sin prestarnos casi atencion, no conocen tu nombre y no tienen miedo de la ira de Dios. Les hablamos del terrible calor del cráter, de los rayos verdes que parten en pedazos las rocas, del torbellino de fuego que lame las laderas, pero se burlaron de nosotros. Son muy chiquitos, pero hay que reconocer que se muestran valientes y tantos, que cuando nos rodearon no veíamos nada más allá.
No, había duda alguna, la guerra debería comenzar. Linko Nahuel ultimó detalles: impartió órdenes, revisó las armas y comenzó a avanzar hacia la cumbre de la montaña por la ladera más próxima. Rodeo el cerro marchando al encuentro de los enemigos. El ejército era numeroso y su gente trepaba la cuesta mirando aquí y allá, ansiosa por escuchar la orden de atacar; pero sorpresivamente los enanos se lanzaron desde arriba sobre ellos como una feroz granizada, hiriéndolos con miles de flechas y lanzas diminutas. Defenderse fue dificil, sobre todo teniendo en cuenta el sorpresivo inicio del ataque y las condiciones del terreno: cada retroceso obligaba a nuevas y agotadoras subidas. Linko estimulaba a los suyos para alcanzar a los enemigos, pero de tan pequeños, les resultaba fácil protegerse detrás de las rocas salientes y, desde allí, casi como en un juego, empujaban la nieve y las piedras que caían en alud sobre el ejército invencible. La cantidad de enanos era incontable, y eso les permitió rodear a los mapuches. La tierra y la nieve se teñían de sangre, y Linko Nahuel, enfurecido, gritaba desaforadamente pidiendo refuerzos.
Otra sorpresa los impactó: los enanos se daban vuelta, huían con extraordinaria agilidad montaña arriba, y dejaban atrás a Linko Nahuel que, animado e inocente, los perseguía. Pero los guerreros de Linko eran gente de los valles y de las hondonadas, y no podían competir con sus enemigos, que milagrosamente se perdieron de vista.
La verdad no tardó en descubrirse: les habían tendido una nueva trampa. Los enanos salieron de sus escondites y los atraparon uno por uno. Primero a Linko Nahuel, que trepaba con la energía de un muchacho, después a otros jefes, compañeros de tantas guerras...
Cuando los mapuches que conformaban el ejércio invencible fueron prisioneros, el cacique de los enanos, que resultó ser más cruel que Linko Nahuel, dictó su sentencia: todos los prisioneros deberían subir hasta la cumbre y desde allí serían precipitados, el último en caer sería el jefe, para que viera la muerte muchas veces antes de dar su último salto.
Con más humillación que pena subía el tigre derrotado, pisaba por primera vez las rocas de la cima, allí donde no existía ya vegetación, ni caminos ni refugios, donde cada pisada quiebra ruidosamente los cristales de hielo y los vientos silban libres su música helada. Cuando al jefe pigmeo le pareció suficiente la altura, dio la orden de detenerse, entonces ataron a los prisioneros de pies y manos y comenzó el castigo.
El primer mapuche cayó al precipicio. Mudo y rígido, Linko Nahuel miraba a su alrededor, fijamente, sin mover ni un músculo. Ese paisaje nuevo no lo dejaba recordar, ese espacio desconocido aplacaba por primera vez su sangre huracanada. Se oyó entonces el primer estruendo, algo sucedía en el corazón de la montaña. Los estallidos producidos por la furia de Dios se desataron. Las rocas volaron en mil pedazos, convertidas en proyectiles incandescentes; un vertiginoso río de fuego arrastró al mapuche y a los enanos, que entrecruzaron gritos y lamentos, y quedaron confundidos para siempre en la misma ceniza.
Pero Dios no quedó satisfecho, dispuso que los dos jefes no murieran como sus pueblos sino que se sentaran frente a frente, y que contemplaran juntos el terrible espectáculo. Dios no quería que olvidaran lo que su osadía había provocado: ¿cómo pudieron llevar la guerra a su montaña?
El castigo debería ser eterno, entonces los convirtió en piedra; y desde aquel horrible día fueron cubiertos muchas veces por la lava ardiente o el hielo, condenados a escuchar el tronar intermitente de su furia.
Es por eso que la gente del valle ya no llama al cerro Amun‑Kar sino Tronador, y cuentan los mapuches que saben, que los dos caciques esperan en vano el día en que Dios se duerma y puedan por fin despertar para vengar a sus muertos.

059. anonimo (mapuche)

La cueva de los tué-tué

A dos kilómetros hacia el oriente de Graneros está el "Cerro Grande", el mayor de todos, cubierto por péumos, espinos y litres, es el último en despedir el sol poniente. Abajo crecen arbustos que adornan las campiñas.
En el pequeño flanco, casi en la cima del monte, existe una cueva, cuya entrada tiene la forma de un "escodén". Aquí entran los Viernes, cientos de "chonchones" que se conocen también con el nombre de "Tué-Tué", por ser éste el grito característico de esta ave nocturna, parecida a la lechuza, que encarna a los brujos.
La abertura de la caverna, que antes permanecía abierta, ahora está cerrada. Tiene a su alrededor una pequeña partidura redonda, especie de timbre, que tocan los brujos cuando llegan para abrir la puerta. Han tomado esta precaución, según ellos, porque la gente de hoy es más intrusa y novedosa que la antigua.
Los Tué-Tué, convertidos en brujos entran uno por uno y se van descolgando por la cavidad subterránea hasta llegar al "salón" donde se reúnen y tratan los acontecimientos últimos de la secta provincial.
Concurren a la cueva de "Cerro Grande", brujos de, Machalí, Doñihue, Larmahue, Graneros, Rengo, Rancagua, Almahue Viejo, Rinconada, Cerrillos, Quinta, Coltauco y Tagua, los que al despuntar el alba empiezan a salir. Su griterío se escucha a lo largo y ancho de la comarca; entonces los pobladores, para que no se acerquen dicen:
"Martes hoy, Martes mañana, Martes toda la semana".
Si alguien los siente y les ofrece alimentos o prendas de vestir, vuelven al día siguiente convertidos en seres humanos a cobrar lo ofrecido y en caso de que no se acceda, la burla es castigada con males o enfermedades que solo curan los "machis".

059. anonimo (mapuche)

El fuego sagrado

En la antiquísima cosmogonía tehuelche se cuenta que "El que siempre existió" vivía rodeado por densas y oscuras neblinas allí donde se juntan el cielo y el mar, hasta que un día, pensando en su terrible soledad, lloró y lloró por un tiempo incontable... y así sus lagrimas formaron a Arrok, el mar primitivo...
El eterno Kóoch al advertirlo dejó de llorar, y suspiró... Y su suspiro fué el principio del viento...
Entonces Kóoch quiso contemplar la creación: se alejó en el espacio, alzó su mano y de ella brotó una enorme chispa luminosa que rasgó las tinieblas. Había nacido el Sol.
Con él la sagrada creación tuvo la primera luz y el primer fuego, y con él nacieron las nubes...
Y los tres elementos del espacio armonizaron entonces su fuerzas para admirar y proteger a la tierra de la vida perecedera que Kóoch había hecho surgir de las aguas primeras.
Andando el tiempo Elal, el héroe-dios, el nacido de la Nube cautiva y el cruel gigante Nóshtex, creó a los Chónek (hombres) de la raza tehuelche en las tierras del Chaltén... y fué su organizador, protector y guía.
Y entre otras muchas cosas, como Elal viera qye sus criaturas tenían frío y oscuridad, cuando el Sol no estaba en el Cielo, les enseño a hacer fuego, el mismo que les permitiera vencer a la nieve y al frío en las laderas del Chaltén, el que brota cuando golpean ciertas piedras... Dicen que a partir de entonces los tehuelches ya no temieron a la oscuridad ni a las heladas porque eran dueños del secreto del fuego, y el fuego era sagrado para ellos porque se los había dado su padre creador...
Este es un hermoso mito del ciclo de Elal, el progenitor de los tehuelches... Claro que las otras razas del cono sur de América han explicado a su modo el origen del fuego, el preciado alemento que aseguró la vida de las culturas aborígenes patagonienses...
Una antigua leyenda cuenta que los mapuches no conocían el fuego, pero que lo aprendieron de los niños, más exactamente de dos hermanitos que se desafiaron para quien hacías girar más rapidamente un palito en un nido de pasto seco... ¡Y el resultado fué que casi queman todo con su juego inocente! Parece se que el gran incendio devoró los bosques y corrió los animales hasta atraparlos... De este modo los indios se quedaron sin caza. ¿Cómo harías para sobrevir sin un alimento tan imporante?... Pero los ancianos de la tribu dijeron que la carne de esos animales quemados no podía ser impura porque el fuego venía del Dios Padre... Y comieron así carne asada y la hallaron sabrosa... Tanto que, a partir de entonces, también los mapuches quisieron hacer fuego y conservarlo... porque les permitía no sólo cocinar sus alimentos sino disfrutar de su luz y su calor, todos reunidos en torno de la llama que era como el Sol.
Como todos los pueblos primitivos, los que habitaban las mágicas tierras de la Araucanía lograron encender el fuego por fricción de un palo sobre un lecho de yesca, o por percusión de piedras de pedernal hasta que el saltar de la chispa hace arder la hierba seca...
Y si resultaba laborioso encenderlo, aún más dificil era conservarlo... ¿Cómo lograr que no lo apagaran los vientos que trae y lleva Elëngansen? ¿Cómo protegerlo de enviado de Gualichú que intentaría robarlo? ¿Cómo entretenerlo para que no se cansara de arder y se fuera de nuevo...?
Por eso los tehuelches lo encerraban en vasijas de barro, y le prodigaron alimento y cuidados. Las mujeres eran las que se ocupaban del fuego, y cuando lo necesitaban secaban brasitas y con ellas encendían nuevos fuegos... Pero, ¡ay si se apagaba el fuego!.
Muchos relatos cuentan de los terribles catigos para la mujer que se dormía o se olvidaba... Es que fueron tiempos muy duros y los hombres no podían permitirse perder el sagrado tesoro.
Porque era un dón de Dios, el fuego volvía a Dios a través de ceremonias dobde ofrendaban al Supremo, en el pillan quitral, animales o frutos de la tierra, o bien objetos culturales de manufactura indígena.
También celebraron con homenajes y regalos el fuego de Pillán, el fuego de lo más hondo de la tierra que escupen las bocas enojadas o dolientes volcanes.
¿Acaso Pillán, el que vive arriba de las montañas, no comanda las terribles tormentas de fuego del Cielo y de la Tierra? ¿Sus rayos no destruyen y queman el corazón de la vida?. Por eso lo respetan y veneran, para que no se enoje y traiga el fuego que devora...
Y sacralizaron el cherufe, el fuegoceleste de los aerolítos que caen y que misteriosamente se vuelven piedra colorada y ya nunca más arden... Aunque: ¿qué habrá pasado con el fuego?, ¿estará sólo dormido o se habrá ido como los innombrables al más allá?
Y hasta honran mudamente a los fuegos fríos de las lejanas estrellas, porque los viejos de los loncos dicen que allí viven los espíritus de los antepasados, las almas de los que se fueron, y desde arriba contemplan sus parientes con el permiso del Elal...
En la creencia aborígen del Sur de América viven, desde hace incontables lunas, entidades mágicas en relación con fuegos malditos... como los de Anchimallén araucano, el duende enano que sirve a los brujos del diablo, el que roba para "el daño", el que ciega con su presencia por que la luzen la que se transforma es maligna... cuando su radiación brillante y fugaz aparece en los campos o en las montañas o en las ramas de los árboles o en los techos de las rucas...el indio tiembla porque significa la muerte para alguien: ¿a quién se llevará esta vez la luz mala?.
Dicen en voz baja que los anchimallenes son criaturas que los brujos alimentan con las míticas leche, sangre y miel, y que quién posea uno multiplicará su hacienda y tendrá protegidos sus ganados... Hay quién paga mucho al brujo para tener un niño anchimallén, y también quien lo roba, y hasta quien lo seduce para sus propios huertos, observando bien cuál es el alimento que le gusta más y poniéndoloa su alcance en abundancia en determinados lugares del campo... y es fama entonces que "por goloso pierde la vida" el anchimallen, pues los astutos hechiceros, sus verdaderos dueños, siempre se enteran, ¡y lo castigan con la muerte por su negligencia!...
Claro que la memoria de los mapuches siempre ha tenido un lugar para el ideal luminoso de la mítica Antú Malguén. Es la joven, y bella amada de Antü (el sol), la que parece flotar, delicada y frágil, junto al estanque de las totoras, allá en la cumbre del Domuyo.
Dicen que cantan melodías que son como suspiros de la brisa mientras peina sus largos cabellos rubios con peine de oro reluciente... ¿Por qué a veces su canto es un lamento y otra una risa feliz?. Nadie lo sabe, pero la fina voz que parece agua y que parece viento rueda ladera abajo por las rocas del volcán divino.
Sólo unos pocos osados que burlaron al toro y al potro del Domuyo han logrado ver Antü Malguén en la cima sagrada. Para unos huye disuelta en llama de cherufe al sentirse sorprendida, para otros se sumerge veloz en las aguas porque es la sirena Coñi Lafquén (hija del lago)... pero ni unos ni otros han podido olvidar el hechizo fascinador de la doncella de oro luz. Tal vez se deba a que Antü Malguén se funde en el fuego de la creación: el SOL.
Por eso mientras viva en el gran volcán andino y peine sus fantásticos cabellos los fuegos de las tribus milenarias no se apagarán, y los viejos continuarán contando y recordando su historia y las historias de todos los mitos, nacidos al calor de la llama que un día les regalará Elal...
                          
Fuente: www.aborigenargentino.com.ar

059. anonimo (mapuche)

El bienpeinado y sus misterios

Hace mucho tiempo, en Katrü‑Katrü, junto al lago Nonthúe, un muchacho cuidaba sus ovejas. Cada día las llevaba donde había mejores pastos, en el sector de las grandes rocas que se alzan en el valle. Gracias a la sombra y a la protección de las inmensas piedras, los verdes y tiernos brotes crecían vigorosos para el deleite de los animales.
Una tarde, casi de regreso, cuando intentaba juntar a su disperso rebaño, el joven observó intrigado entre las piedras, huesos, plumas, cueros y otros restos de animales que, ubicados de modo extraño formaban una suerte de sendero. La curiosidad se le despertó y no pudo evitar seguir el rastro, incluso a riesgo de perder alguna de sus ovejas. Las huellas se adentraban en la montaña y parecían dirigirse al interior de una oscura caverna.
No le entusiasmaba la idea de penetrar a tientas a la gruta que se mostraba bastante inhóspita y demasiado profunda, pero el creciente interés pudo más y el pastor se introdujo en la cavidad en cuatro patas, tanteando el suelo con sus dos precavidas manos para no encontrarse con ninguna sorpresa desagradable. Al apoyar las palmas sobre la superficie fría y húmeda, sentía la presión de pequeñas piedritas que llegaban a lastimarlo. Molesto por esta inesperada alfombrita de cascotes, tomó un puñado y, siempre en cuatro patas, caminó hacia atrás como cangrejo, se acercó a la entrada para recibir la luz del sol y descubrió maravillado que lo que tenía en sus manos eran pepitas de oro.
Juntó a sus ovejas y emprendió el camino de regreso muy ensimismado, trataba de resolver qué hacer con la revelación. Ya en su casa, decidió visitar a sus amigos, contarles lo sucedido, para juntos explorar el resto de la gruta. Al enterarse de tamaño descubrimiento, los otros muchachos quedaron encantados de poder ayudarlo. Esa misma noche volverían a la cueva a llevarse el tesoro.
El pastor, orgulloso de ser el guía del grupo, caminaba confiado. Muy próximos a llegar, la confianza del joven guía se convirtió en temor e hizo detener al grupo cerca de la boca de la caverna, que se veía curiosamente iluminada por una imponente luna llena. Esa luz fue suficiente para ver, apoyado en un costado de la cueva, a un hombre tan negro como una rama quemada. Su cabeza altiva miraba hacia la luna y el pelo brillaba, liso y prolijo, bajo el reflejo plateado.
El temor se transformó en pánico, cuando, observando mejor, pudieron ver que hasta la cintura era un hombre, pero de allí para abajo se trataba del cuerpo grueso y largo de una inmensa serpiente, enroscado debajo de su torso. El corazón de estos jóvenes no resultó ser fuerte y ante tamaño terror murieron en el acto.
El pastor‑guía, quién sabe por qué milagro, permaneció con vida. Aunque su cuerpo temblaba y transpiraba frío, contó con el valor suficiente como para ir en busca de ayuda.
Una hora después retornaba al espantoso lugar con los familiares de los amigos muertos. El grupo era numeroso y la rabia y el odio lo hacia culpable de tan dolorosas muertes: antes de intentar recoger los cadáveres, quiso abalanzarse sobre el monstruo. Fue en ese momento cuando el pastor quedó inmovilizado y todo el grupo cayó, del mismo modo que los otros, fulminado.
Obviamente no eran los corazones que fallaron frente al miedo, sino el poder del hombre‑serpiente. El desesperado muchacho decidió formar un ejército para atrapar al asesino, que seguía impávido, sentado en su roca, enroscando y desenroscando lentamente su larga cola.
De regreso al pueblo, con su terrible relato, poco le costó al vengador juntar a los valerosos que se aprestaron a acompañarlo. Provistos de grandes palos llegaron los hombres y lo rodearon. Eran demasiados y, entre gritos, juramen-tos y amenazas pudieron apresarlo.
Con terrible repugnancia lo cargaron como pudieron en un carro, aferrándolo por debajo de los brazos, sosteniendo entre varios la pesada cola. A todos les producía un asco tremendo su cuerpo escamoso y frío.
Después de tanta amenaza y forcejeo para subirlo al carro, su prolijo peinado había quedado intacto, todos comenzaron a llamarlo el bienpeinado.
El medio hombre fue llevado a una gran llanura, donde pensaban matarlo. Entre todos lo empujaron para bajarlo del transporte y allí quedó, como si nada, tirado sobre el pasto, mirando ahora hacia el lago pero con la misma altivez con que el pastor y sus amigos lo habían encontrado.
Mucha gente esperaba ansiosa el fin de ese ser tan distinto y tan horrible. Algunos querían venganza, habían perdido a uno o más seres queridos, otros buscaban distracción... pero todos gritaban enfurecidos: 
"¡Muerte del hombre‑serpiente! ".
Nadie se acercaba a cumplir el deseo de la multitud. Entonces, de entre la muchedumbre, se abrió paso una anciana mapuche, se acercó despacio al monstruo y se sentó frente a él protegida solo por su manta.
El bienpeinado, tal vez conmovido por la audacia de la viejita, explicó:
‑¡No me maten! Está escrito que quien lo haga; sufrirá gran penuria. El lago se desbordará inundará todo el valle, los sembrados, las viviendas y los montes. El agua correrá tan fuerte que arrastrará consigo animales y niños. Lo que no se ahogue lo destruirá la misma tierra resquebrajada en mil pedazos por los movimientos sísmicos: lo perderán todo. Si, por el contrario, me tratan bien, les ofrezco una parte de mi tesoro, será suficiente para repartir entre todos. Eso sí, deberán llevarme nuevamente a mi caverna.

Y ante la sorprendida mirada de los presentes, el bienpeinado comenzó a escupir, como si estuviera relleno de ellas, pepitas de oro. En instantes, el valle se tiñó de dorado, una alfombra de trocitos de oro lo cubría todo. Hombres, mujeres y niños, descontrolados, llenaban bolsillos, cuencos y manos...
La única que quedó al margen fue la anciana: quieta, serena y curiosa, permaneció sentada observando al bienpeinado. No sentía ni odio, ni miedo, ni codicia, su mirada estaba llena de pena hacia ese ser tan solitario. Luego, con la misma parsimonia con que se había sentado, se levantó, se escupió en la mano derecha y se la extendió al hombre‑serpiente, que la apretó con fuerza. Y en ese apretón de manos compartieron sus secretos.
Cosechado todo el oro, los obsequiados, con menos rencor, volvieron a alzar al generoso monstruo en el carro, que retomó el camino. Así cumplían con la parte del pacto que les tocaba. Nadie prestó atención a la anciana.
Llegaron al lugar indicado, pero todo había cambiado: la gruta desapareció. Dos árboles servían de sostén a una piel de guanaco que el viento hacía sacudir como si fuera una bandera en medio de un temporal... Frente a tan espantosa señal, quienes acompañaban el carro, se asomaron y lo descubrie-ron vacío, nadie vería nunca más al bienpeinado. Como impulsados por un resorte todos buscaron en sus bolsillos el tesoro recolectado pero con desesperación comprobaron que solo contaban con excrementos en sus manos...
Se acordaron de la anciana, ella sabría.
Volvieron al valle del milagro, pero allí crecía un frondoso bosque, y su suelo se cubría de bonitas flores doradas jamás vistas por los mapuches. Fue bautizada kuram‑filu, que significa "huevo de culebra".
Hoy pueden vérselas en los caminos del sur, y si el buen observador detiene su mirada en sus pétalos distingue la silueta de una mujer sentada y envuelta en su amplio küpan (manta).

059. anonimo (mapuche)

El alimento del terrible cherufe

Hace mucho tiempo sucedió esta historia tan triste, que comienza con la desventura de una dulce joven mapuche. La niña fue vendida como esposa a un espantoso brujo, viejo y sucio, que tenía una larga barba maloliente que colgaba sobre su enorme panza. La muchacha lloraba y lloraba, no podía dar crédito a tanta mala suerte y, entre llanto y llanto, pedía por favor a su desalmada familia que le permitiera quedarse en la casa. Pero la paga va estaba en los bolsillos de los negociantes y había que cumplir el trato: ese ser repugnante era su dueño.
Comenzaron su camino hacia las montañas y ya habían dejado atrás el poblado cuando la joven hizo un último intento por salvarse. Como toda mujer casada, caminaba detrás del marido y como se creía ágil y liviana, corrió y se escondió entre los matorrales de un prometedor cañadón. Sin poder dejar de temblar, oía las furiosas amenazas del brujo, que vociferaba buscándola infructuosamente. Tanto era el miedo que sentía que deseó hacerse chiquita como un escarabajo y desaparecer debajo de la tierra. Entonces se acurrucó rodeándose las piernas con las manos, apoyó la cabeza sobre sus rodillas y se envolvió en su pobre mantón. Así la encontró uno de sus hermanos, que en secreto la había seguido.
El querido hermano consoló a la joven y mientras le acariciaba la cabeza le entregó dieciocho plumas blancas de piuquén. Cada una de ellas serviría para enviar un mensaje: si lo necesitaba, él estaría allí. Pero la muchacha no quería irse y lloraba con amargura.
El hermano insistió hasta que la convenció con la promesa de no abandonarla, ademas le ofreció que llevara al perro que lo había acompañado. Entonces, los tres: el brujo, la joven y el perro retomaron el camino hacia el Oeste.
El brujo iba muy cómodo montado en una cabra y la muchacha lo seguía como podia, por una senda que se volvía cada vez más empinada. Agotada, preguntó hacia dónde iban.
‑A cazar un guanaco ‑contestó el brujo.
Pero en verdad, estaban subiendo por la ladera de un volcán en cuyo cráter vivía el espantoso Cherufé, el cruel y poderoso señor de esa montaña. Desde arriba dominaba el cielo y la tierra: amenazaba con relámpagos y truenos, lanzaba rayos que incendiaban los bosques o enviaba destructoras oleadas de lava. Todo el pueblo le temía y la única y atroz manera de tenerlo conforme era entregándole periódicamente una muchacha, para que se comiera su carne tierna. Después se entretenía con un juego macabro: incendiaba las cabezas y las arrojaba por la pendiente. Así llegaban al pie de la montaña, donde la gente del valle recibía espantada la confirmación terrible de su muerte.
Cuando ya estaban muy alto, el brujo le dijo a su esposa:
‑Descansa un poco que ya vuelvo ‑y fue a entrevistarse con el Cherufe. Pero la muchacha lo siguió, silenciosa, y los escuchó desesperada: el brujo recibiría enormes poderes a cambio de su joven y hermosa mujer. Pero, al parecer, la entrevista no había terminado, era mucho lo que ambos malvados tenían que hablar...
Entonces, la muchacha llamó a Trewul, el fiel perro que la acompañara en su pena y le entregó una de las dieciocho plumas de pitiquén.
‑Por favor, perrito, ve rápido que no sé si llegarás antes de mi muerte ‑susurró temblando.
Trewul tomó con cuidado la pluma entre los dientes y corrió montaña abajo, como si fuera una piedra más de las tantas que rodaban por la ladera.
Más rápido de lo que puede creerse, el joven estuvo junto a su desdichada hermana. Ella le contó precipitadamente lo que había oído y el muchacho decidió seguir al brujo. Cuando se acercaba seguido de su perro hacia la que supuso la cueva del Cherufe, comprobó que la custodiaba un nahuel. Pero Trewul supo tomar al puma por sorpresa y lo dejó fuera de combate.
Ya sin peligro, pudo acercarse al lugar de la entrevista. Escondido detrás de unos matorrales se asomó a la gruta donde negociaban los dos monstruos, sentados entre los restos de las muchachas muertas, hablaban fuerte, en un intento de tapar los gritos de otras tantas que esperaban encerradas, su cruel destino. Al finalizar el encuentro, el joven se ocultó rápidamente tras una roca alejada de la entrada para sorprender al brujo, que ya se despedía y observó cómo se montaba en su cabra. Cuando bajó unos metros, donde había dejado a su hermana, empujó sobre su cuñado la enorme roca sepultándolo.
No conforme con este acto heroico retrocedió para buscar al Cherufe y lo enfrentó con su cuchillo.
Entonces, el Señor del Volcán atacó con sus armas: los relámpagos iluminaron el cielo, la montaña tembló y se abrió en enormes grietas. Al borde de una de ellas gesticulaba enfurecido el Cherufé, cuando, en un instante, perdió el equilibrio y su cuerpo de gigante cayó al precipicio. hundiéndose para siempre entre las rocas.
Buscando un camino entre las grietas, las rocas partidas y el polvo, bajaron la montaña los dos hermanos y una corte de muchachas liberadas. Todos los mapuches del valle los esperaban y no hubo quien no vivara al salvador de las muchachas, al pacificador de la montaña, que llevaba en su bincha, como una corona nevada, las dieciocho plumas blancas de piuquén.

059. anonimo (mapuche) 

Domo y lituche

Hace infinidad de lluvias, en el mundo no había más que un espíritu que habitaba en el cielo. Solo él podía hacer la vida. Así decidió comenzar su obra cualquier día.
Aburrido un día de tanta quietud decidió crear a una criatura vivaz e imaginativa, la cual llamó "Hijo", porque mucho le quiso desde el comienzo. Luego muy contento lo lanzó a la tierra. Tan entusiasmado estaba que el impulso fue tan fuerte que se golpeó duramente al caer. Su madre desespe-rada quiso verlo y abrió una ventana en el cielo. Esa ventana es Kuyén, la luna, y desde entonces vigila el sueño de los hombres.
El gran espíritu quiso también seguir los primeros pasos de su hijo. Para mirarlo abrió un gran hueco redondo en el cielo. Esa ventana es Antú, el sol y su misión es desde entonces calentar a los hombres y alentar la vida cada día. Así todo ser viviente lo reconoce y saluda con amor y respeto. También es llamado padre sol.
Pero en la tierra el hijo del gran espíritu se sentía terriblemente solo. Nada había, nadie con quién conversar. Cada vez más triste miró al cielo y dijo: ¿Padre, porqué he de estar solo?
En realidad necesita una compañera -dijo Ngnechén, el espíritu progenitor.
Pronto le enviaron desde lo alto una mujer de suave cuerpo y muy graciosa, la que cayó sin hacerse daño cerca del primer hombre. Ella estaba desnuda y tuvo mucho frío. Para no morir helada echó a caminar y sucedió que a cada paso suyo crecía la hierba, y cuando cantó, de su boca insectos y mariposas salían a raudales y pronto llegó a Lituche el armónico sonido de la fauna.
Cuando uno estuvo frente al otro, dijo ella: 
-Qué hermoso eres. ¿Cómo he de llamarte? Yo soy Lituche el hombre del comienzo. Yo soy Domo la mujer, estaremos juntos y haremos florecer la vida amándonos -dijo ella. Así debe ser, juntos llenaremos el vacío de la tierra -dijo Lituche.
Mientras la primera mujer y el primer hombre construían su hogar, al cual llamaron ruka, el cielo se llenó de nuevos espíritus. Estos traviesos Cherruves eran torbellinos muy temidos por la tribu.
Lituche pronto aprendió que los frutos del pewén eran su mejor alimento y con ellos hizo panes y esperó tranquilo el invierno. Domo cortó la lana de una oveja, luego con las dos manos, frotando y moviéndolas una contra otra hizo un hilo grueso. Después en cuatro palos grandes enrolló la hebra y comenzó a cruzarlas.
Desde entonces hacen así sus tejidos en colores naturales, teñidos con raíces.
Cuando los hijos de Domo y Lituche se multiplicaron, ocuparon el territorio de mar a cordillera. Luego hubo un gran cataclismo, las aguas del mar comenzaron a subir guiadas por la serpiente Kai-Kai. La cordillera se elevó más y más porque en ella habitaba Tren-Tren la culebra de la tierra y así defendía a los hombres de la ira de Kai-Kai. Cuando las aguas se calmaron, comenzaron a bajar los sobre-vivientes de los cerros. Desde entonces se les conoce como "Hombres de la tierra" o Mapuches.
Siempre temerosos de nuevos desastres, los mapuches respetan la voluntad de
Ngnechén y tratan de no disgustarlo. Trabajan la tierra y realizan hermosa artesanía con cortezas de árboles y con raíces tiñen lana. Con fibras vegetales tejen canastos y con lana, mantas y vestidos.
Aún hoy en el cielo Kuyén y Antú se turnan para mirarlos y acompañarlos. Por eso la esperanza de un tiempo mejor nunca muere en el espíritu de los mapuches, los hombres de la tierra.

Fuente: Del libro "Monitores Culturas Originarias". Área Culturas Originarias. División de Cultura. Mineduc.

059. anonimo (mapuche)